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miércoles, 19 de enero de 2022

PAN DURO

 Primero echar gasolina al coche, después una breve parada en el Lidl y por último la pequeña pero impostergable compra para el bar en el mayorista.

Otra mañana había pasado sin dejar apenas huella. La viejecilla, según su cuidadora, empieza a desvariar un poco; hoy, sin ir más lejos, se había levantado convencida de su marcha a Francia con su hija y le había encargado que nos despidiese a todos de su parte, "a esos chicos tan buenos que quiero tanto como si fuesen de mi familia"; ya en el bar, con el desayuno delante y olvidada aquella idea no había parado de hablar de la Guerra Civil. La hija viene a verla desde Francia, eso es cierto, pero eso será dentro de unos días y no para llevársela con ella, algo que se reserva para un par de meses en el verano. Quizá la viejecilla siente que el sol va recibiéndola cada día más alto y cree que el verano ha vuelto. El otro día me habló de su tierra cántabra tan diferente a la manchega y que tanto añora. Su hijo la riñó al oírla cuando vino para recogerla. Se ve que es un pensamiento recurrente de la madre.

Gonzalo hizo acto de presencia a eso de las tres con una cámara fotográfica colgada del cuello. Hoy parecía tranquilo pero volví a ponerle el café descafeinado. Estábamos solos y empezó a enseñarme en el visor las fotografías que había realizado durante su paseo matinal. Sin coche desde hace unos días por culpa de "un estúpido mecánico", se ha visto obligado a aparcar las salidas al campo que tanto bien le hacen por renqueantes paseos en el pueblo: la parte vieja, las fachadas de las iglesias, algunas estatuas, escudos heráldicos y todo lo demás. También había tenido tiempo para fotografiar el centro, la calle comercial, un kiosko de la ONCE y algunas mesas de terraza con las vacías consumiciones todavía esperando a ser recogidas, cosa que me hizo gracia al pensar en el camarero que habría podido verlo. En muchas de ellas se veía en el centro una pequeña esfera de color a la que otorgaba una significación que iba más allá de mi sugerencia de que se tratara de una simple refracción de la luz sobre el objetivo, razón que no le terminó de convencer alegando algo que no entendí. Por último me mostró una magnífica imagen del sol tomada en las afueras, un centradísimo primer plano que alabé de corazón. Y entonces caí en la cuenta de que el sol estaba presente en la práctica totalidad de la fotografías que había tomado, hasta en las de las mesas. Quizá de manera inconsciente, quien sabe, sus extraños encuadres buscaban al sol que siempre le espera en el campo. Luego me preguntó por lo que había comido. Se lo dije y le devolví la pregunta. No se acordó en un primer momento, pero después de pensarlo un rato me dijo con la sonrisa propia de un niño que ha cometido una travesura que tras la habitual menestra de verduras cocinada por su madre se había "zampado" un pequeño bocadillo de salchichón que le había sabido a gloria.

La tarde era espléndida cuando salí de fría la sombra del bar. Subí al coche y conduje hasta la gasolinera de mi amigo, donde me atendió un nuevo empleado. El sol pegaba de frente en lo alto del parabrisas pero no bajé la visera. Era agradable. No cegaba. Me entró sueño. Ayer volví a dormir mal. Son raras las noches en las que el sueño te permite recuperar el desgaste. Todavía hay días en los que necesito un pequeño bocadillo de salchichón.

También en el Lidl fue la cosa tan rápida como en la gasolinera. También allí voy por un sólo producto, uno no muy popular y en tal cantidad que siempre sorprende a las cajeras. El invierno habrá acabado cuando vea a otra chica que se sorprenda.

Tuve que esperar un poco en el mayorista localizado un poco más adelante de la carretera. Aparqué y miré el reloj del coche. Diez minutos. Todo había ido tan rápido que sobraba tiempo.

El sol se quedó esta vez en una esquina del encuadre, sobre mi mejilla, en mi pecho, como solía hacerlo la mujer de esta última noche cuya imagen me despertó del sueño mucho antes de que sonara ningún despertador. 

No oigo respuesta alguna de nadie que haya amado cuando les veo mientras duermo. Todos callan. El resto es ir de un sitio a otro entre voces pronunciadas por caras extrañas y absurdos laberintos que me desesperan. Y cuando vuelvo a reencontrarme con alguien, callan. A veces sonríen, otras quedan serios. Pero nadie me dice nada. Y se desvanecen abandonándome en el laberinto.

Largos se hicieron esos diez minutos de espera. Cogí el móvil para mirar cualquier cosa cuando sólo habían pasado dos. En un foro de opinión alguien afirmaba saberlo todo sobre Metallica. Fui pasando páginas entre frecuentes miradas al retrovisor hasta que por fin abrieron la puerta.

Dejé la compra en el bar. La tarde todavía era esplendida. Tan sólo habían pasado treinta minutos y tenía tiempo para salir a ella. Quizá toda una hora, puede que más. Tengo la sensación que este año el sol se va más tarde. 

Pero al llegar a casa decidí que no necesitaba más de él para hacer otro pequeño bocadillo de salchichón. 


Que le hinque el diente quien no recuerde quien fui.

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