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miércoles, 2 de mayo de 2012

ADIÓS...PERO PAGA, CABRÓN



Aquel era el típico bar de barrio obrero, y nosotros los típicos adolescentes en busca de un lugar en el que hacer con tranquilidad las cosas que nuestros padres no querían que hiciéramos.

El dueño era un viejo bajito que tenía nariz de boxeador porque en sus años mozos había sido boxeador a nivel amateur, "y de los buenos, tenía unos cojones así de grandes" nos contaron algunos parroquianos con el paso del tiempo, pero tuvo que dejarlo pronto porque se casó y empezó a hacerle hijos a su mujer, como se hacían entonces, uno detrás de otro, y aunque era bueno dando y recibiendo no lo era tanto como para vivir de ello, o quizá sí pero no tuvo suerte, ¡quién sabe!, hablando de boxeo el valor propio se difumina entre muchos otros factores, así que tuvo que dejarlo y buscarse la vida de cualquier manera, ninguna tan divertida, pero la vida es la vida, y entonces más aún: uno no podía hacer el tonto si quería comer él y su familia. Ahora no, ahora puedes hincharte haciéndote el tonto. Y siéndolo, también. Ya pagarán los listos.

Era sordomudo, pero no se le escapaba una; nosotros le respetábamos a pesar de la natural maldad de la edad, siempre dispuesta a hacer chanza del diferente, del anormal, aunque esta también es una cosa que se cura con los años cuando vas dándote cuenta de que, efectivamente, nadie es perfecto.

En los días en los que su negocio empezó a convertirse en nuestra segunda casa la clientela estaba compuesta por la fauna habitual de esos garitos: viejos que jugaban a las cartas o veían los toros mientras echaban la partida envueltos en nubes de picadura barata y bebían copas de coñac o anís sobre aquellas enormes mesas de madera vieja. Ellos nos trataban con una mezcla de curiosidad y desprecio, más éste que aquel, pero como éramos muchos y nos dejábamos la pasta tenían que tragar: si traga el jefe, tragan los demás. Así funcionan los bares. Y todo.

Manejábamos dinero, sableábamos aquí y allá, hacíamos trapos y nunca nos faltaba de nada, el jefe nos cuidaba y su mujer también, una vieja que nos quería mucho (o al menos se lo hacía) y que nos preparaba unos bocadillos estupendos, o raciones, o lo que hiciera falta, cuando el alcohol empezaba a hacernos hablar a trompicones.

Poco a poco la noticia del bar guai se corrió entre la muchachada, finalmente habíamos encontrado nuestro lugar, nuestro sitio, ése en el que los imbéciles diez años mayores que tú no te miraban como si fueras un moco crudo, un pringao, un niñato. Toda generación necesita sus bares, ni los de sus padres ni los de sus hermanos mayores, el suyo, por eso el funcionamiento medio de este tipo de locales es ése, diez años, desde que empiezas a salir hasta que dejas de hacerlo, de niño a hombre, de hacer lo que te sale de los cojones hasta que se los das a tu mujer en forma de anillo. Pero diez años pueden dar para mucho, y para muchísimo dieron a ese bar, a nuestro bar.

Cuando el negocio comenzó a despegar, cuando la juventud trajo su escoba en forma de billetes con la cara de tipos que a ninguno nos importaban una mierda pero por cuya posesión estábamos dispuestos a hacer casi lo que fuera necesario, la sección prehistórica fue arrinconada a la primera hora de la tarde, y casi ni eso, pues también nos aficionamos a las cartas, y claro, mientras ellos se bebían su copita de licor nosotros mediábamos botellas de ginebra, de whisky, una nuestra valía por tres suyas, y eso era más que suficiente para que el Jefe supiera cual era el bando ganador, el bando a cuidar...habíamos conquistado la plaza sin pegar una sola hostia.

Llegó un momento en el que el viejo sordomudo no podía dar más abasto aunque tuviera la ayuda de un buen camarero, un tipo que era de lo más golfo que he conocido pero también todo un profesional, cosa que, en bastantes ocasiones, van de la mano en éste negocio, así que terminó por llamar a un hijo suyo que andaba vageando por los madriles para que echara una mano, mano que no es que echara mucho pero como era joven y no se enrollaba mal con la peña (y vió lo que estaba comenzando a cocerse) vino y se quedó. Poco después fue echando a un lado a su padre, el viejo boxeador sordomudo quedó como una especie de relaciones públicas, la verdad es que si lo piensas un poco su tara resultaba ideal para el empeño, además que el tío tenía mucho arte y algunas reservas de su legendaria testosterona, no podía hablar ni oír, ¿pero quien necesita hablar cuando tus clientes son criaturas descerebradas? ¿u oír la música que ya por entonces exigíamos como impuesto revolucionario, esto es, jevi,  los Maiden, AC/DC, Judas...? si pasabas de los sesenta años y tenías que estar en un sitio así casi era mejor que fueras mudo y sordo.

La cosa creció y creció, creció de tal manera que se vertió por los bares cercanos, todos los locales del barrio empezaron a probar su trozo de la tarta, pero ninguno tanto como el nuestro, la nave nodriza continuó siendo la nuestra, la nave nodriza continuó haciendo cajas en un día que ya quisieran hacer el 90 % de los bares restantes del pueblo en una semana...

Y entonces, cuando la Cosa ya estaba a punto de viajar por el espacio sideral...aparecieron los yonkis.

Eran finales de los ochenta, primeros noventa, el SIDA y las sobredosis ya habían hecho gran parte de ese trabajo ingrato que todos desean que haga alguien, quizá sus familiares más que nadie, pero todavía quedaban algunos con sus pintas y sus malos rollos. Se presentaron poco a poco, por parejas, sin molestar demasiado, pero cuando se juntaron los suficientes como para poder cortarnos el rollo lo hicieron. No es que la liaran parda, pero su sola presencia, su roce, no molaba nada, éramos unos críos y les temíamos, y aunque muchos, ahí quien tenía que dar el primer paso no éramos nosotros sino el dueño, el Jefe, el que se lo estaba llevando crudo. Sí, también ellos pagaban lo que bebían, pero como decía Curro hablando de su negativa a torear en Pamplona: "hay dineros amargos...". Y en los bares también hay dineros que mejor no verlos, porque te quitan más de lo que te dan.

Y una noche veraniega, una noche de calor infernal, una noche en la que el hijo del ex boxeador se dió cuenta de que la Cosa estaba desinflándose, pasó lo que tenía que pasar, lo que siempre pasa cuando pasas de la abeja que no hace nada hasta que lo hace.

Estaban en la entrada, junto al ventanal de la calle, y no sé porqué se montó el follón. El hijo del ex boxeador salió de la barra y les dijo que se largaran, que no quería verlos, que no volvieran más, uno de ellos le sopló una hostia pero él se rehizo y le metió tal puñetazo que salió volando por el cristal, destrozándolo, demostrando que aunque ni mucho menos era el primogénito sí llevaba los genes de su padre, después se lió el pitote padre y fuimos todos una vez que vimos actuar al que debía hacerlo. Los echamos a palos. Y pese a sus múltiples amenazas y bravuconadas jamás volvieron a pasarse por allí. Esos tipos, esa clase de gente, se alimentan de la cobardía ajena, pero una vez que les demuestras que no eres un mierda se cortan de volver. La mierda se cree que todo lo que le rodea es mierda, y la única solución para sacarles de su error es cogiendo una pala y tirándola donde no la veas. Ni la huelas. No hay otra.


He recordado todo esto mientras leía esta tarde la noticia de Evo y su expropiación p´al pueblo.




Aquel bar, el del viejo boxeador sordomudo, viajó hasta las estrellas y más allá después de hacérselas ver a aquella piltrafa humana, aunque también su historia terminó y el hijo del viejo boxeador ha pasado de ser millonario a buscarse la vida como puede, cosas que pasan,


"Hay dineros amargos" que decía el gran Curro.


Si tenemos que torear en todas las plazas, debemos hacerlo con todas las garantías, ir pá ná es tontería.




Si se va, se va. Hasta el final.


Y la mierda, lejos, donde no podamos ni olerla.


Pero antes...que paguen lo que deben.

11 comentarios:

  1. Gran entrada Kufisto.

    Me has hecho recordar "mi bar".

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    1. Gracias, Ogro, también a mi me ha gustao.

      Saludos

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  2. Dedícate al fútbol o algo por el estilo, más adecuado a tus habilidades cognitivas.

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    1. Eso mismo me dice tu madre cuando estamos echando el pito: "la pasta está en el fútbol, Kufisto mío, deja de escribir"

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  3. Hola. Mira da la casualidad que son los Yonkis los que fueron al bar y no el bar a los Yonkis por lo que me da que pensar que te refieres a los Yonkis financieros que se instalan en los paises con un mono tremendo de dinero que evadir y recursos que expoliar.

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  4. Magnífica!!

    Y lo de los dineros amargos…los de la actualidad…es q hay a quien les puede la codicia y otros q se arrugan cuando hay q crecerse…

    En fin…

    Beso, Kufis,

    R

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  5. Si quieres arruinar a la competencia dale biruta a los yonkis para que se apalanquen en su bar, jajaja.
    Aquellos fueron tiempos duros para los barrios, que me va usted a contar de esto Don Kufis.
    Saluditos.

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    1. Sí, los yonkis se asemejan a frigoríficos apagados: todo lo echan a perder.

      ¿Te puedes creer que conozca algún zaque, propietario de local, que les hace la ola?

      Bueno, son cocainómanos arrabaleros, de los que viven al día, pero el muy gilipollas dice que con la crisis que hay tiene que tragar. Y lo que ha pasado es que se le han ido los pocos clientes "normales" que tenía.

      Ahora que se joda y que con su pan se los coma. Ni con un barril de zotal puede echarlos ya.

      Saludos.

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  6. Buen articulo, Kufisto. Lo de que antes habia que currar para salir adelante esta muy logrado. La nostalgia que lo invade a uno a veces. Un frigorifico apagado.

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    1. Gracias, amigo, quizá la crisis (CRISÓN, casi mejón) que estamos pasando reconduzca nuestros caminos, una vuelta a lo esencial, a lo verdaderamente importante, sin tanta tontería y superficialidad. Hasta de lo malo se puede sacar algo bueno.

      Saludos.

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