Desperté de la siesta con una erección. Fui a comprar naranjas a la frutería de la esquina y al pagarlas ella no hizo el comentario que esperaba. No dijo nada y volví a casa. Cogí la bici y me fui al parque. Estuve leyendo en un banco apartado hasta que el sol empezó a ponerse y las sombras fueron oscureciendo el papel. Sorel acababa de pegarle dos tiros a su primera amante creyendo haberla matado. Luego, en la cárcel, se enteró de que estaba con vida y se alegró. Recogí las cosas y marché para casa mientras veía a la gente pasando ante mi.
Todavía era de día y yo apenas llevaba algo más de dos horas despierto. Estaba relajado y pensé que lo mejor sería salir a pasear antes de encerrarme por hoy. Dudé en volver a salir con la gorrilla pero al final me la llevé. El ocaso era tibio y despejado. La humedad que había recibido al día se había difuminado con sus nubes y todo parecía estar en su sitio correcto. Los viejos sacaban la basura por el barrio antiguo y un poco más allá, en la gran avenida, la gente andaba, corría, iba en bici, en patines o miraba jugar a sus hijos. El calvo de la oficina inmobiliaria se afanaba por convencer de sus planos a una pareja joven que le escuchaba con las piernas encogidas y la mano en la boca. Tuvo tiempo para mirarme de refilón mientras daba unos golpecitos en la mesa como queriendo recalcar algo. Sonreí.
Vi gente tomando el fresco en la calle y olí a chicos fumando hierba en los parquecillos; otros estaban sentados en las terrazas y hablaban; también me encontré a quien como yo sólo andaba por ahí; el último de estos era mayor que yo, llevaba la gorra del revés y olía mal; por suerte estaba cerca la esquina y no tuve necesidad de acelerar el paso.
Una pareja de ancianos caminaban delante de mi cogidos de la mano. Puede que vinieran de misa. La iglesia que hacía poco había dejado atrás todavía tenía luz cuando pasé por su puerta. El hombre andaba como si fuera en un barco y movía el brazo como algunos hacen cuando hablan. La mujer miraba de vez en cuando a la otra acera, quizá buscando alguna amistad a la que saludar.
Ya en la manzana de mi piso vi una bolsa de basura desparramada en el suelo. Creí ver algo pero no paré. A lo lejos, poco a poco, vi acercarse a una mujer con una camiseta naranja fosforescente y unos pantaloncitos negros. Ella también había salido a andar y también llevaba los auriculares puestos. Tenía la melena negra y rizada, el pecho firme y los muslos dorados y prietos. Pasamos de largo y doblé la última esquina.
En la puerta de mi bloque, un poco más allá, los trabajadores del super hablaban entre ellos después de su jornada laboral. Mientras me acercaba fui buscando la llave correcta del llavero y así entré en el rellano.
Y ya en el ascensor le di al botón, se cerró la puerta y me quité los cascos.
miércoles, 29 de agosto de 2018
sábado, 11 de agosto de 2018
SEIS DÍAS A TIEMPO COMPLETO
Despierto a eso de las siete. Salgo a pasear durante tres cuartos de hora y regreso a casa. Cojo las bolsas, la bici y me voy al parque. Hago algo de ejercicio y después leo un par de horas. Voy a ver a mi madre, hablo un rato con ella y de vuelta a casa para hacer la comida. Como pronto y me echo un rato en el sofá sin llegar a dormirme profundamente: hace demasiado calor en el piso para eso. A las cuatro y pico vuelvo a coger mis cosas y otra vez al parque. Se está mejor allí. Leo otro par de horas y otra vez para casa. A veces salgo a dar otro breve paseo sobre las ocho, cuando ya declina el sol. Pero por lo general ya me quedo allí, leyendo. Ceno algo y a la cama.
La mejor parte del día es la primera. Un paseo al amanecer es mejor que meterse en el bar a poner cafés y tostadas. El parque es una maravilla, todo verde y sin ruidos ni voces. El verde es un color fabuloso. A veces me levanto del banco donde leo para fumar un cigarrillo y me pongo a mirar la hierba y los árboles. De vez en cuando aparece algún pato torpe y despistado. No me gustan demasiado; son ridículamente desconfiados; siempre te miran de reojo y un poco altaneros, como tantos de esos que uno se encuentra en la vida. Me recuerdan a la gente. No hacen más que comer y gritar. La otra tarde, sin embargo, me llevé una agradable sorpresa al ver a una gata con sus tres crías. Yo iba con la bici, ya a punto de irme, cuando me di cuenta de que entre los patos que entorpecían al camino, a un lado, justo en el margen del canal, una gata deambulaba un tanto acogotada entre tanto pato. Alguno había que le alzaba el cuello chillándole, seguro de estarlo protegido por el resto de los patos. La gata desviaba su camino y se iba hacia otro lado, como rondando, como haciendo guardia. Me bajé de la bici y enseguida vi a sus crías, aún muy pequeñas y de ojillos asustados. Maullaban sin parar y seguían a la madre que parecía no hacerles mucho caso. Uno de ellos era negro y contrastaba bastante con la espléndida belleza de los otros dos; también era un poco más torpe al moverse y tuve la sensación de que la madre no le tenía el mismo aprecio que a los otros dos. Me quedé un rato ahí, sentado en un banco cercano, mientras los miraba hacer. La madre parecía nerviosa, como asqueada por el hambre suya y la de sus crías que no dejaban de recordársela intentando chupar de la teta. Pensé en ir a casa y llevarles algo de la comida de mi gata pero decidí dejarlo para el día siguiente.
Y así lo hice. Era por la tarde y la gata estaba por el mismo rodal del día anterior, junto al canal, en las cercanías del hermoso platanero. Cosa rara, no había patos alrededor. Tampoco vi a los gatitos. Me acerqué con cuidado. Con todo, ella se alejó unos metros más allá sin dejar de mirarme fijamente. Oí unos pequeños maullidos procedentes del árbol y para mi sorpresa vi a los tres gatitos entre sus frondosas ramas. Me miraban con la misma cara de susto que la tarde anterior, maullando entre las sombras de las grandes hojas del platanero, refugio y también coto de caza de bichos tales como avispas, palomas, gorriones, moscardones y demás seres zumbadores. Por un momento pensé en el miedo que debían sentir las crías mientras esperaban el regreso de su madre. Todo ese ruido negro, todas esas formas amenazantes amplificadas por mil, era lo que llegabas a ver en sus miradas. Me giré y miré a la madre, que andaba nerviosa junto al canal. Cogí la comida que llevaba y la dejé al pie del árbol. Y retirándome a un banco cercano me senté a mirar.
Al principio la gata se quedó muy quieta, como esperando a ver cual era mi siguiente movimiento. Luego, una vez calibrada la situación, se acercó lentamente a la comida, la husmeó, la probó y viendo que estaba buena se sentó sobre sus patas traseras y empezó a comer con ansia, tanta que pronto se olvidó de mi, aunque hubiera bastado el más leve movimiento descompuesto para traerle mi recuerdo a su memoria. Cuando acabó y se alejó me acerqué y vi que apenas había dejado nada para nadie. Quizá esperaba que bajaran sus gatitos y se unieran a la fiesta todos felices y contentos, como en las pelis, ¡qué sé yo!, pero no fue así. Y es que para dar de comer, primero hay que haber comido. Ya les daría de su leche después.
Por lo demás la gente en el parque no es mucha y se ven pequeños desde mis bancos. Coloco la bolsa con la almohada dentro en una de las esquinas y así me pongo cómodo para leer. A veces, cuando me levanto y recojo las cosas para echármelas a la espalda y pillar la bici, me veo como uno de esos vagabundos que van por ahí con el mismo plan. Hoy, esta tarde, he visto a uno de ellos saliendo con su bici y el petate de las cercanías de los servicios. Llevaba la cara y el pelo mojados y he pensado que venía de asearse, incluso de hacer sus necesidades. Esta mañana pasé a mear por primera vez desde que ando por aquí y fue más o menos como me esperaba. Nadie tira de la cadena en estos sitios. Ni aunque en lugar de tirar de las viejas cadenas ahora baste con pulsar un botón.
Las novelas son buenas, el tiempo acompaña y yo estoy tan bien como pueda estarlo alguien como yo: dueño de mi espacio y de mi tiempo.
No hay nada mejor.
La mejor parte del día es la primera. Un paseo al amanecer es mejor que meterse en el bar a poner cafés y tostadas. El parque es una maravilla, todo verde y sin ruidos ni voces. El verde es un color fabuloso. A veces me levanto del banco donde leo para fumar un cigarrillo y me pongo a mirar la hierba y los árboles. De vez en cuando aparece algún pato torpe y despistado. No me gustan demasiado; son ridículamente desconfiados; siempre te miran de reojo y un poco altaneros, como tantos de esos que uno se encuentra en la vida. Me recuerdan a la gente. No hacen más que comer y gritar. La otra tarde, sin embargo, me llevé una agradable sorpresa al ver a una gata con sus tres crías. Yo iba con la bici, ya a punto de irme, cuando me di cuenta de que entre los patos que entorpecían al camino, a un lado, justo en el margen del canal, una gata deambulaba un tanto acogotada entre tanto pato. Alguno había que le alzaba el cuello chillándole, seguro de estarlo protegido por el resto de los patos. La gata desviaba su camino y se iba hacia otro lado, como rondando, como haciendo guardia. Me bajé de la bici y enseguida vi a sus crías, aún muy pequeñas y de ojillos asustados. Maullaban sin parar y seguían a la madre que parecía no hacerles mucho caso. Uno de ellos era negro y contrastaba bastante con la espléndida belleza de los otros dos; también era un poco más torpe al moverse y tuve la sensación de que la madre no le tenía el mismo aprecio que a los otros dos. Me quedé un rato ahí, sentado en un banco cercano, mientras los miraba hacer. La madre parecía nerviosa, como asqueada por el hambre suya y la de sus crías que no dejaban de recordársela intentando chupar de la teta. Pensé en ir a casa y llevarles algo de la comida de mi gata pero decidí dejarlo para el día siguiente.
Y así lo hice. Era por la tarde y la gata estaba por el mismo rodal del día anterior, junto al canal, en las cercanías del hermoso platanero. Cosa rara, no había patos alrededor. Tampoco vi a los gatitos. Me acerqué con cuidado. Con todo, ella se alejó unos metros más allá sin dejar de mirarme fijamente. Oí unos pequeños maullidos procedentes del árbol y para mi sorpresa vi a los tres gatitos entre sus frondosas ramas. Me miraban con la misma cara de susto que la tarde anterior, maullando entre las sombras de las grandes hojas del platanero, refugio y también coto de caza de bichos tales como avispas, palomas, gorriones, moscardones y demás seres zumbadores. Por un momento pensé en el miedo que debían sentir las crías mientras esperaban el regreso de su madre. Todo ese ruido negro, todas esas formas amenazantes amplificadas por mil, era lo que llegabas a ver en sus miradas. Me giré y miré a la madre, que andaba nerviosa junto al canal. Cogí la comida que llevaba y la dejé al pie del árbol. Y retirándome a un banco cercano me senté a mirar.
Al principio la gata se quedó muy quieta, como esperando a ver cual era mi siguiente movimiento. Luego, una vez calibrada la situación, se acercó lentamente a la comida, la husmeó, la probó y viendo que estaba buena se sentó sobre sus patas traseras y empezó a comer con ansia, tanta que pronto se olvidó de mi, aunque hubiera bastado el más leve movimiento descompuesto para traerle mi recuerdo a su memoria. Cuando acabó y se alejó me acerqué y vi que apenas había dejado nada para nadie. Quizá esperaba que bajaran sus gatitos y se unieran a la fiesta todos felices y contentos, como en las pelis, ¡qué sé yo!, pero no fue así. Y es que para dar de comer, primero hay que haber comido. Ya les daría de su leche después.
Por lo demás la gente en el parque no es mucha y se ven pequeños desde mis bancos. Coloco la bolsa con la almohada dentro en una de las esquinas y así me pongo cómodo para leer. A veces, cuando me levanto y recojo las cosas para echármelas a la espalda y pillar la bici, me veo como uno de esos vagabundos que van por ahí con el mismo plan. Hoy, esta tarde, he visto a uno de ellos saliendo con su bici y el petate de las cercanías de los servicios. Llevaba la cara y el pelo mojados y he pensado que venía de asearse, incluso de hacer sus necesidades. Esta mañana pasé a mear por primera vez desde que ando por aquí y fue más o menos como me esperaba. Nadie tira de la cadena en estos sitios. Ni aunque en lugar de tirar de las viejas cadenas ahora baste con pulsar un botón.
Las novelas son buenas, el tiempo acompaña y yo estoy tan bien como pueda estarlo alguien como yo: dueño de mi espacio y de mi tiempo.
No hay nada mejor.
domingo, 5 de agosto de 2018
POCAS COSAS HAY QUE NO CURE UN PASEO
Y si no es que es malo.
Ayer me chispé. Hacía tiempo desde la última vez. Trabajé por la mañana y luego de noche como refuerzo. Me fui a casa a las cuatro. Un amigo me acercó en su coche. Tengo el mío en el taller para que le pasen la ITV. Ya lleva más de tres semanas allí, aparcado en la acera de enfrente. Suelo pasar junto a él durante mis paseos. No he llamado al mecánico para preguntar qué pasa. No me hace falta. Me apaño con la bici. Me gustaría venderlo por un precio razonable. No sé para qué lo tengo.
El paseo ha sido raro. Estaba en casa, acalorado y un poco triste, y he pensado que uno me haría bien como tantas otras veces antes. He mirado la aplicación del móvil y marcaba 38 grados. Parecía demasiado. En circunstancias normales no hubiera salido. Pero hoy no estoy normal. La mañana ha sido dura y un tanto desquiciante. Cada vez me sienta peor el alcohol. Eso que gano.
Por una vez he salido sin los auriculares. Quizá por esa falta de distracción he ido más receptivo durante el camino. Todo lo que salía a mi paso me decía algo: una sombra, un pájaro, los árboles, una moto, unos chicos haciéndole fotos a su auto, el asfalto, las pintadas, los molinos lejanos...cualquier cosa. Pensaba en mi vida y en lo rápido que está pasando. Apenas he hecho nada y parece como si ya lo tuviera todo hecho. Por un rato he pensado en lo raro y antinatural que es no tener mujer e hijos, vivir tan solo como yo vivo, sin desear nunca el trato con la gente nada más que cuando es estrictamente necesario. Hace años que no quedo con nadie. Hace años que no tengo relación con ninguna mujer. Vivo como si nadie mereciera la pena. Trabajo, paseo y leo. He meditado si realmente me doy cuenta de lo que he hecho con mi vida.
Poca gente en la calle. A esas horas estarían entre ellos, en las piscinas o en los bares tomando algo. O en casa viendo la tele. Quizá luego, al caer la noche, salgan a las terrazas a tomar un montado y unas cervezas. Me he acordado de mi padre, de como fue capaz de serlo de cinco hijos. No he conseguido entenderlo. Y su buen humor...Era un hombre que se preocupaba de su familia. Lo demás carecía de importancia. Jamás le vi leer nada que no fuera un periódico. recuerdo que una vez, de chaval, nos dijo que había leído "La metamorfosis" de Kafka, "lo del insecto". Supongo que sería cosa del colegio. Recuerdo bien el sentimiento de cercanía al oírle hablar de un libro que me había gustado tanto. Pero él apenas recordaba y no pasamos más allá del tío que se despierta convertido en un bicho. De sus temores y neuras no hubo ocasión. Pero me gustó que al menos lo conociera.
Unos tíos estaban fumando yerba sentados en un sucio banco. Eran de mi edad. Son de esa clase de gente que conoces desde siempre y con quienes no has cruzado palabra en la vida, tan sólo leves miradas, cada vez más leves, como si vernos fuese algo cada día más penoso. Estamos aquí, seguimos aquí y ya está bastante claro que no saldremos de aquí.
He saludado al gato malherido que vive junto a una casa. Tiene unas heridas horribles en el lomo. Es negro y tiene los ojos de color verde intenso, preciosos. Creo que el dueño de la casa le da de comer y beber. El animalito está siempre tirado en la sombra, somnoliento, aunque parece no sufrir. Ya son muchos los meses que llevo viéndolo. Y cada vez que paso por ahí me acuerdo de él. Siempre lo encuentro y me alegro por ello.
Un hambre feroz me ha asaltado casi desde que salí. Hoy apenas he comido nada y anoche no cené. He pensado en comer, en pegarme un atracón de comida basura, pero luego he caído en la mala noche que vendría después y al final no voy a comer nada. Dormir es lo que me hace falta. Y descansar. Mañana empiezo las vacaciones. Serán quince días. No sería malo intentar hacer otras cosas. Casi he decidido que las tardes las pasaré en la biblioteca. Al menos allí tienen aire acondicionado y hay gente joven silenciosa. Quizá conozca a alguna muchacha. Aunque ya soy viejo para ellas. Siempre lo fui.
Voy a fumar unos cigarrillos y a beber agua. Ya estoy mejor.
Ayer me chispé. Hacía tiempo desde la última vez. Trabajé por la mañana y luego de noche como refuerzo. Me fui a casa a las cuatro. Un amigo me acercó en su coche. Tengo el mío en el taller para que le pasen la ITV. Ya lleva más de tres semanas allí, aparcado en la acera de enfrente. Suelo pasar junto a él durante mis paseos. No he llamado al mecánico para preguntar qué pasa. No me hace falta. Me apaño con la bici. Me gustaría venderlo por un precio razonable. No sé para qué lo tengo.
El paseo ha sido raro. Estaba en casa, acalorado y un poco triste, y he pensado que uno me haría bien como tantas otras veces antes. He mirado la aplicación del móvil y marcaba 38 grados. Parecía demasiado. En circunstancias normales no hubiera salido. Pero hoy no estoy normal. La mañana ha sido dura y un tanto desquiciante. Cada vez me sienta peor el alcohol. Eso que gano.
Por una vez he salido sin los auriculares. Quizá por esa falta de distracción he ido más receptivo durante el camino. Todo lo que salía a mi paso me decía algo: una sombra, un pájaro, los árboles, una moto, unos chicos haciéndole fotos a su auto, el asfalto, las pintadas, los molinos lejanos...cualquier cosa. Pensaba en mi vida y en lo rápido que está pasando. Apenas he hecho nada y parece como si ya lo tuviera todo hecho. Por un rato he pensado en lo raro y antinatural que es no tener mujer e hijos, vivir tan solo como yo vivo, sin desear nunca el trato con la gente nada más que cuando es estrictamente necesario. Hace años que no quedo con nadie. Hace años que no tengo relación con ninguna mujer. Vivo como si nadie mereciera la pena. Trabajo, paseo y leo. He meditado si realmente me doy cuenta de lo que he hecho con mi vida.
Poca gente en la calle. A esas horas estarían entre ellos, en las piscinas o en los bares tomando algo. O en casa viendo la tele. Quizá luego, al caer la noche, salgan a las terrazas a tomar un montado y unas cervezas. Me he acordado de mi padre, de como fue capaz de serlo de cinco hijos. No he conseguido entenderlo. Y su buen humor...Era un hombre que se preocupaba de su familia. Lo demás carecía de importancia. Jamás le vi leer nada que no fuera un periódico. recuerdo que una vez, de chaval, nos dijo que había leído "La metamorfosis" de Kafka, "lo del insecto". Supongo que sería cosa del colegio. Recuerdo bien el sentimiento de cercanía al oírle hablar de un libro que me había gustado tanto. Pero él apenas recordaba y no pasamos más allá del tío que se despierta convertido en un bicho. De sus temores y neuras no hubo ocasión. Pero me gustó que al menos lo conociera.
Unos tíos estaban fumando yerba sentados en un sucio banco. Eran de mi edad. Son de esa clase de gente que conoces desde siempre y con quienes no has cruzado palabra en la vida, tan sólo leves miradas, cada vez más leves, como si vernos fuese algo cada día más penoso. Estamos aquí, seguimos aquí y ya está bastante claro que no saldremos de aquí.
He saludado al gato malherido que vive junto a una casa. Tiene unas heridas horribles en el lomo. Es negro y tiene los ojos de color verde intenso, preciosos. Creo que el dueño de la casa le da de comer y beber. El animalito está siempre tirado en la sombra, somnoliento, aunque parece no sufrir. Ya son muchos los meses que llevo viéndolo. Y cada vez que paso por ahí me acuerdo de él. Siempre lo encuentro y me alegro por ello.
Un hambre feroz me ha asaltado casi desde que salí. Hoy apenas he comido nada y anoche no cené. He pensado en comer, en pegarme un atracón de comida basura, pero luego he caído en la mala noche que vendría después y al final no voy a comer nada. Dormir es lo que me hace falta. Y descansar. Mañana empiezo las vacaciones. Serán quince días. No sería malo intentar hacer otras cosas. Casi he decidido que las tardes las pasaré en la biblioteca. Al menos allí tienen aire acondicionado y hay gente joven silenciosa. Quizá conozca a alguna muchacha. Aunque ya soy viejo para ellas. Siempre lo fui.
Voy a fumar unos cigarrillos y a beber agua. Ya estoy mejor.
domingo, 1 de julio de 2018
ES UNA LARGA ENTRADA PARA EL ROCK
El trabajo. Verterme en él y olvidar lo demás. Madrugar más, abrir más temprano y luego, diez u once horas después, volver a casa y salir a pasear. De regreso, algo que leer; algo fácil y sin pretensiones; mejor de género, sencillo y directo, nada que pueda alimentar la ilusión de hacerla tuya, a tu manera, tan sencilla y directa como las que ahora lees pero sin esas cargas de profundidad, sin esos torpedos, dormidos desde hace tanto tiempo, que sólo pueden explotar en tu línea de flotación, en esa que te empeñaste en mantener contra todo y contra todos seguro de tu éxito. Y sino daba igual: no fui yo quien se empeñó en ser como soy. Cuando por fin me di cuenta de quien era no podía ser de otra manera. Y los otros ya nada podían hacer. Poco después guardé mi munición para utilizarla sólo conmigo mismo.
El trabajo. Abro el bar y lo coloco todo. Josemari viene y le mando a por la prensa y los churros. Luego llega Paco el ciego y le pongo su primer café del día. Hablamos algo y pongo un documental de Youtube en la tele. Ahora puedo hacerlo. Antes no y por eso sólo sintonizaba el canal de Teletienda. Todo lo demás me pone enfermo. Hubo una vez en la que un viejo con su mujer me pidió que pusiera las noticias. Le dije que no y no lo he vuelto a ver. Ahora pongo documentales del Universo y la formación de la Tierra. Hoy ha sido de los hombres de Neardenthal. No es que los yo los buscara sino que ha sido una de las sugerencias de la plataforma. Y por allí han ido pasando. Yo creía que los Neardentales eran los listos. No me acuerdo de nada.
España jugaba a las cuatro y yo quería que perdiera. Y al final perdió cuando quería que ganara.
¿Por qué perder? ¿Por qué perder siempre? ¿Por qué estar siempre en el lado débil de la posición? ¿Por qué ir con Fischer en lugar de Kasparov? ¿Por qué debilitarme cuando quiero hacer lo que más me gusta hacer? ¿Por qué tengo que coger ahora mismo, vestirme, e ir a por otra bebida más fuerte con la que borrar un par de párrafos de mierda que había escrito bajo los efectos de una cerveza nauseabunda? ¿Por qué no puedo hacer esto sin recurrir a algo más fuerte, a algo que haga click en mis putos torpedos sin necesidad de hacer clonc en el barco? ¿Por qué me pasa esto?
A veces, en esas tardes que salgo del bar, miro vídeos de esos newageros; estoy ahí, planchao, con un cansancio enorme, y esos putos imbéciles casi que me convencen con sus mierdas. Que si esto, que si lo otro, que si lo de allá está aquí y lo de más allá está más aquí y que tú, sólo tú y tu sisolosí, eres el que no entiendes nada porque en verdad estás lleno de mierda infecta pernambucana, y no sólo eso sino que acepta, ¡acepta!, ¡acepta las putas cosas!, ¡acepta a los Accept de Udo Dirskchneider!...Oh, Dios, tu puta madre.
¿Acepta? Pero qué acepto, hijo de puta. ¿Acepto al hijo de puta que me metía un dedo en el culo mientras me explicaba un problema de Matemáticas o qué cojones acepto? ¿acepto que ese bastardo, ese maestro en el que yo confiaba como si fuera mi puto padre, me hurgara en el ojal mientras me explicaba la regla del tres como si no fuera con él? ¡Y luego se olía el dedo, que yo lo veía desde mi pupitre! Hijo de puta...
España perdió. Un amigo que estaba con los señores me dijo de ir a tomar algo por ahí. Él tenía la copa entera y yo, ya animado, casi vacía.
- Vamos a tomarnos algo por ahí, Kufisto. Vas a flipar con el nivel de camareros
- No, me voy a mi puta casa
- Venga, joder, espérate un momento que me beba esto
- Que no, que me voy
Y por fin me fui.
El trabajo. Abro el bar y lo coloco todo. Josemari viene y le mando a por la prensa y los churros. Luego llega Paco el ciego y le pongo su primer café del día. Hablamos algo y pongo un documental de Youtube en la tele. Ahora puedo hacerlo. Antes no y por eso sólo sintonizaba el canal de Teletienda. Todo lo demás me pone enfermo. Hubo una vez en la que un viejo con su mujer me pidió que pusiera las noticias. Le dije que no y no lo he vuelto a ver. Ahora pongo documentales del Universo y la formación de la Tierra. Hoy ha sido de los hombres de Neardenthal. No es que los yo los buscara sino que ha sido una de las sugerencias de la plataforma. Y por allí han ido pasando. Yo creía que los Neardentales eran los listos. No me acuerdo de nada.
España jugaba a las cuatro y yo quería que perdiera. Y al final perdió cuando quería que ganara.
¿Por qué perder? ¿Por qué perder siempre? ¿Por qué estar siempre en el lado débil de la posición? ¿Por qué ir con Fischer en lugar de Kasparov? ¿Por qué debilitarme cuando quiero hacer lo que más me gusta hacer? ¿Por qué tengo que coger ahora mismo, vestirme, e ir a por otra bebida más fuerte con la que borrar un par de párrafos de mierda que había escrito bajo los efectos de una cerveza nauseabunda? ¿Por qué no puedo hacer esto sin recurrir a algo más fuerte, a algo que haga click en mis putos torpedos sin necesidad de hacer clonc en el barco? ¿Por qué me pasa esto?
A veces, en esas tardes que salgo del bar, miro vídeos de esos newageros; estoy ahí, planchao, con un cansancio enorme, y esos putos imbéciles casi que me convencen con sus mierdas. Que si esto, que si lo otro, que si lo de allá está aquí y lo de más allá está más aquí y que tú, sólo tú y tu sisolosí, eres el que no entiendes nada porque en verdad estás lleno de mierda infecta pernambucana, y no sólo eso sino que acepta, ¡acepta!, ¡acepta las putas cosas!, ¡acepta a los Accept de Udo Dirskchneider!...Oh, Dios, tu puta madre.
¿Acepta? Pero qué acepto, hijo de puta. ¿Acepto al hijo de puta que me metía un dedo en el culo mientras me explicaba un problema de Matemáticas o qué cojones acepto? ¿acepto que ese bastardo, ese maestro en el que yo confiaba como si fuera mi puto padre, me hurgara en el ojal mientras me explicaba la regla del tres como si no fuera con él? ¡Y luego se olía el dedo, que yo lo veía desde mi pupitre! Hijo de puta...
España perdió. Un amigo que estaba con los señores me dijo de ir a tomar algo por ahí. Él tenía la copa entera y yo, ya animado, casi vacía.
- Vamos a tomarnos algo por ahí, Kufisto. Vas a flipar con el nivel de camareros
- No, me voy a mi puta casa
- Venga, joder, espérate un momento que me beba esto
- Que no, que me voy
Y por fin me fui.
martes, 22 de mayo de 2018
HUESOS
Veinte novelas de Agatha Christie tienen poco que hacer ante dos cervezas. Hay quien lee intentando descubrir al asesino y quien lo hace para llegar cuanto antes a que se lo descubran. En el camino, a veces, pasan cosas que cruzan por tu mente como si rebotaran en sus paredes. Y aquel lejano eco inconsciente ahora cobra un cierto sentido, el suficiente como para disminuir un tanto la velocidad de crucero y quedarte mirando para adentro. Sí, quizá por eso estás como estás y eres como eres. Pero ver el motivo no significa encontrar la solución al problema de tu novela: la fecha de caducidad pasa rápido para todo lo que cuenta y la de consumo preferente no deja de ser un cuento chino con el que despistar. Sí; si en ese momento, al empezarla, al menos hubieses tenido un listado con los personajes y el papel que iban a representar habrías tenido una posibilidad, una oportunidad con la que atenerte a lo que iba a venir. Pero no, no había nada de eso. E incluso llegado el caso, seguro que lo hubieses considerado como poco menos que un insulto a tu inteligencia: ¿qué es eso de decirte quienes son los que van a jugar contigo? ¿leoncitos a mi? Abre la puerta y retírate unos pasos más allá si tienes miedo, que tengo prisa.
Bien, vale, de acuerdo. Es una novela de misterio. No sabes quien la ha escrito ni tampoco cual es tu papel. No tienes ningún recuerdo hasta cierta edad y todo lo que empezó a pasar después es algo de lo que ahora no te sientes muy seguro de recordar con total fidelidad.
Y entonces, tras el quinto whisky después de la segunda cerveza y ya casi que convencido de ser tu mayordomo, piensas si no será mejor llamar a Telepizza y comer algo antes de irte a dormir.
Bien, vale, de acuerdo. Es una novela de misterio. No sabes quien la ha escrito ni tampoco cual es tu papel. No tienes ningún recuerdo hasta cierta edad y todo lo que empezó a pasar después es algo de lo que ahora no te sientes muy seguro de recordar con total fidelidad.
Y entonces, tras el quinto whisky después de la segunda cerveza y ya casi que convencido de ser tu mayordomo, piensas si no será mejor llamar a Telepizza y comer algo antes de irte a dormir.
miércoles, 7 de marzo de 2018
UNA MANO DE PINTURA
- ¿Y en qué piensa cuando mira las estrellas, toda esa inmensidad? -preguntó, retador, el entrevistador
- En nada -respondió Ayn Rand, la atea- Yo no miro las estrellas. ¿Sabe lo que me emociona? los edificios. Saber que han sido edificados por la inteligencia y el trabajo de los hombres.
Apagué el ordenador un rato después y me fui a dormir tras bajar todas las persianas.
De poco sirvió. La gata me despertó media hora más tarde de la acostumbrada. La luz de la mañana necesita poco para hacerse presente. Millones de kilómetros, ocho minutos luz y todo eso, una espesa capa de nubes, ventanas cerradas y persianas bajadas no son suficientes para engañar los ojos de una gata. Tampoco los míos cuando los abrí. Sí, vi a la gata cuando sentí que subía hacia la almohada. Abrí los ojos y ahí estaba, firme sobre sus patas, mirándome con los pupilas dilatadas sin decir nada, esperando extrañada ante mi tardanza. Saqué la mano bajo las mantas, la agarré y la lancé hacia los pies de la cama. Pronto volvió, ronroneando. Otra vez atrás. No me fío de los gatos aunque una duerma conmigo. Volvió. Esta vez la cogí mal y ella tuvo que clavarme la uña poco más arriba de la nariz. Y entonces la tiré donde cayera y ya cabreado me levanté.
Llegué al bar a eso de las nueve y media. El Chino estaba pintando las paredes del salón con buena música funky a toda hostia. Le pregunté si había que hacer algo o me daba tiempo para ir al banco; dudando un poco dijo que hiciera algo que ahora no recuerdo y lo hice. Después llegó mi tío y nos pusimos a forrar los cojines de las sillas y los taburetes. Yo me limitaba a sujetarlos mientras él estiraba la tela y la grapaba, cosa que empezó bastante mal porque enseguida se quedó vacía la grapadora eléctrica y no había huevos ni inteligencia para hacerla funcionar aún teniendo mil doscientas grapas en la cajita que trajo consigo. Mi tío bregaba con ella, maldecía y yo, todavía media dormido y mal desayunado, no entendía casi nada. "A ver, déjame" dije por decir algo. Cogí la grapadora y la miré como si supiera hablar. Por supuesto no conseguí hacer nada y se la devolví. Y cuando ya estaba cagándose en todo dio con la solución, estúpida como todas. Claro que él tiene casi setenta años y yo veinticinco menos. En fin, que él se puso a estirar, cortar y grapar y yo a sujetar. Una hora y pico más tarde habíamos conseguido forrar tres asientos. Llegó mi hermano, los vio y dijo que mejor lo dejáramos.
- ¿Tienes el teléfono de Pedro, Kufisto?
- ¿Que Pedro?
- El de la mandíbula cuadrada
- No, pero puedo conseguirlo. Sé donde trabaja su hija
- Pues da con él y dile que venga a forrar esto
Y así aproveché para ir al banco.
Algo raro pasaba en mi cuenta cuando ayer por la mañana la miré por Internet. Las mismas cuatro perras de siempre, pero aunque estaban a mi favor parecía como si las estuviera en contra. Fui al banco y hablé con uno que viene al bar de vez en cuando. No paró de soltar tacos mientras terqueaba con el ordenador.
- Esto...esto es algo de los hijoputas del Ayuntamiento, Kufisto -decía- Una multa o...
- Será el IBI del año pasado...
- No sé, no sé...Me cago en la puta...
- Sí...
- Joder, no sé qué coño le pasa a este ordenador -decía mientras mirábamos la pantalla como esperando ver a una vieja comiendo mierda.
Al final me recomendó que llamara a los hijos de la gran puta del Ayuntamiento y eso hice, no sin antes decirle que aún habiendo fondos me habían colocado los treinta euros de rigor por falta de ellos.
- Ya, ya...pero eso durante el día te lo solucionamos y tal, no te preocupes.
Miré esta mañana y los treinta euros todavía seguían allí.
Cuando uno está tan tieso como lo estoy yo, treinta euros suponen una pasta. Si yo tuviera mil euros en el banco, quinientos, ni me molestaría en ir a discutir por ellos. Quizá por eso no tengo un duro, porque me la suda mientras pueda seguir tirando. Pero esto era quedarme en rojo cuando estaba en blanco. Y no, coño, no. Además que la del Ayuntamiento me dijo que todavía no me habían embargado la cuenta ni nada.
Llegué al banco y pillé un ticket satánico de esos que previo DNI y motivo de la consulta te ahorran preguntar quien es el último y para qué, cosa tan de agradecer como todo lo satánico, que ayer por la mañana entré al atestado despacho de loterías y tan poco me faltó para cagarme en Dios preguntando por el último que al final me cagué ante el estupor de la silente y maleducada viejunada.
El tipo que hoy me atendió no lo había visto en mi vida. Le dije el tema y respondió que uy qué pena pero eso era algo para hablar con el director o su mano derecha que, casualmente, no estaban presentes y se encontraban de reunión en no sabía donde, que mejor me pasara mañana...En eso llegó a la caja quien ayer me atendiera y ni quiso verme. Yo tampoco. Cogí y me fui. A tomar por culo. Al bar.
Mandíbula Cuadrada estaba hablando con mi hermano en la puerta del bar. Los sufridos, sufridísimos, asientos de sillas y taburetes ya descasaban en el interior de su coche, incluidos los tres que mi tío y yo habíamos "arreglado" con mil grapas y doscientas vayas putas mierdas. Ya casi era la hora de comer y me fui viendo que allí no pintaba nada. En casa me hice unos spaghettis que me sentaron como un tiro e intenté dormir un poco. No lo conseguí y tras descartar hacerme una paja a eso de las cinco volví al bar.
El Chino estaba pintando el techo del ventanal. Mi hermano andaba como loco de acá para allá hablando con unos y con otros por el teléfono. Mi otro hermano, el pequeño, andaba a su bola pintando los taburetes y las sillas en el almacén.
- ¿Qué hago, Chino?
- Dale a la barra, Kufisto, al suelo detrás de las cámaras.
- Vale
Cogí una botella de agua fuerte y la eché sobre la mierda incrustada. Miré las instrucciones y a duras penas leí que había que dejarla actuar unos minutos. Cada vez veo peor. Me rulé un pito, lo encendí y llené un cubo de agua con un chorreón de lejía. Todavía no me había fumado la mitad cuando cogí una paleta y empecé a rascar toda esa mierda. Salió bien. El agua fuerte es buena. Luego pasé la chacha con la lejía y quedó impoluto, aunque los vapores que subieron me marearon un tanto. En esas entró mi hermano y fue a mirar algo de un enchufe bajo la barra. Casi se cae redondo. Quizá todavía valga para algo ser el hermano mayor.
Llegó otro tío nuestro, uno más joven, uno diez años mayor que yo. Es un manitas, sabe de todo lo práctico, de todo lo necesario. El Chino seguía pintando y nosotros, ellos, empezaron a hablar; "como colocar esto, como poner esto otro, como aprovechar este espacio..." Mi hermano y él hablaban y hablaban en términos que a duras penas yo podía entender. De buena gana hubiera echado diez litros de agua fuerte en la acera del bar y me hubiese liado a rasparla con un mondadientes de tan inútil como me sentía. Luego empezaron a divagar sobre la distribución del mobiliario de la barra y todo eran buenas ideas, cojonudas, a cada cual mejor. Yo no me lo podía creer. Todo había estado ahí, delante de nuestras narices, y no lo habíamos hecho en veinte años. Tanto me entusiasmé que en un momento de lucidez dije algo y lo aceptaron, aunque sólo fuese donde colocar el contenedor, cosa que luego quedó para mejor ocasión pero por un rato fue la solución correcta para orgullo de mis fosas nasales.
Después todo giró en una especie de vórtice, en un Maelström de ideas. Todo era aprovechar el espacio, rellenar huecos y dejar vacío por donde moverse: "el frigorífico aquí, el arcón aquí, los barriles allí, una madera para tapar esto, dame el metro que mida esto, pica aquí, Chino, ¿y el martillo?, el metro, ¿donde está el metro?, ponme un cubalibre, Kufisto..." Llegó un chaval con unas planchas metálicas y una radial para rehacer los desastrados respiraderos de la barra mientras el Chino y mi tío discutían sobre como recolocar la posición del monstruoso calentador del agua para ganar unos centímetros. El chico de la radial empezó a cortar la plancha y el Chino a aporrear el techo de la cocina para ver hasta donde podía dar de sí. Me eché un cubalibre cuando vi a mi hermano echarse uno. No pude resistirme. Luego otro. Y otro.
Acabamos. Acabaron.
Dentro de dos, tres días, el bar volverá a estar abierto. Más bonito y mejor distribuido y aprovechado. Será un bar rehecho, reacondicionado. Todo estará mejorado, en su sitio, aunque haya quien no pueda verlo. Algunos pasarán de largo, pedirán lo suyo y se irán sin haberlo visto. Otros, los habituales, echarán un vistazo, dirán algo y seguiremos tirando millas.
Pero yo miraré lo que se hizo durante estos días, el entusiasmo y el desprendimiento de lo que la buena gente es capaz de hacer y...
- Kufisto, ¿en qué piensas cuando ves las estrellas?
- En escribirlas
- En nada -respondió Ayn Rand, la atea- Yo no miro las estrellas. ¿Sabe lo que me emociona? los edificios. Saber que han sido edificados por la inteligencia y el trabajo de los hombres.
Apagué el ordenador un rato después y me fui a dormir tras bajar todas las persianas.
De poco sirvió. La gata me despertó media hora más tarde de la acostumbrada. La luz de la mañana necesita poco para hacerse presente. Millones de kilómetros, ocho minutos luz y todo eso, una espesa capa de nubes, ventanas cerradas y persianas bajadas no son suficientes para engañar los ojos de una gata. Tampoco los míos cuando los abrí. Sí, vi a la gata cuando sentí que subía hacia la almohada. Abrí los ojos y ahí estaba, firme sobre sus patas, mirándome con los pupilas dilatadas sin decir nada, esperando extrañada ante mi tardanza. Saqué la mano bajo las mantas, la agarré y la lancé hacia los pies de la cama. Pronto volvió, ronroneando. Otra vez atrás. No me fío de los gatos aunque una duerma conmigo. Volvió. Esta vez la cogí mal y ella tuvo que clavarme la uña poco más arriba de la nariz. Y entonces la tiré donde cayera y ya cabreado me levanté.
Llegué al bar a eso de las nueve y media. El Chino estaba pintando las paredes del salón con buena música funky a toda hostia. Le pregunté si había que hacer algo o me daba tiempo para ir al banco; dudando un poco dijo que hiciera algo que ahora no recuerdo y lo hice. Después llegó mi tío y nos pusimos a forrar los cojines de las sillas y los taburetes. Yo me limitaba a sujetarlos mientras él estiraba la tela y la grapaba, cosa que empezó bastante mal porque enseguida se quedó vacía la grapadora eléctrica y no había huevos ni inteligencia para hacerla funcionar aún teniendo mil doscientas grapas en la cajita que trajo consigo. Mi tío bregaba con ella, maldecía y yo, todavía media dormido y mal desayunado, no entendía casi nada. "A ver, déjame" dije por decir algo. Cogí la grapadora y la miré como si supiera hablar. Por supuesto no conseguí hacer nada y se la devolví. Y cuando ya estaba cagándose en todo dio con la solución, estúpida como todas. Claro que él tiene casi setenta años y yo veinticinco menos. En fin, que él se puso a estirar, cortar y grapar y yo a sujetar. Una hora y pico más tarde habíamos conseguido forrar tres asientos. Llegó mi hermano, los vio y dijo que mejor lo dejáramos.
- ¿Tienes el teléfono de Pedro, Kufisto?
- ¿Que Pedro?
- El de la mandíbula cuadrada
- No, pero puedo conseguirlo. Sé donde trabaja su hija
- Pues da con él y dile que venga a forrar esto
Y así aproveché para ir al banco.
Algo raro pasaba en mi cuenta cuando ayer por la mañana la miré por Internet. Las mismas cuatro perras de siempre, pero aunque estaban a mi favor parecía como si las estuviera en contra. Fui al banco y hablé con uno que viene al bar de vez en cuando. No paró de soltar tacos mientras terqueaba con el ordenador.
- Esto...esto es algo de los hijoputas del Ayuntamiento, Kufisto -decía- Una multa o...
- Será el IBI del año pasado...
- No sé, no sé...Me cago en la puta...
- Sí...
- Joder, no sé qué coño le pasa a este ordenador -decía mientras mirábamos la pantalla como esperando ver a una vieja comiendo mierda.
Al final me recomendó que llamara a los hijos de la gran puta del Ayuntamiento y eso hice, no sin antes decirle que aún habiendo fondos me habían colocado los treinta euros de rigor por falta de ellos.
- Ya, ya...pero eso durante el día te lo solucionamos y tal, no te preocupes.
Miré esta mañana y los treinta euros todavía seguían allí.
Cuando uno está tan tieso como lo estoy yo, treinta euros suponen una pasta. Si yo tuviera mil euros en el banco, quinientos, ni me molestaría en ir a discutir por ellos. Quizá por eso no tengo un duro, porque me la suda mientras pueda seguir tirando. Pero esto era quedarme en rojo cuando estaba en blanco. Y no, coño, no. Además que la del Ayuntamiento me dijo que todavía no me habían embargado la cuenta ni nada.
Llegué al banco y pillé un ticket satánico de esos que previo DNI y motivo de la consulta te ahorran preguntar quien es el último y para qué, cosa tan de agradecer como todo lo satánico, que ayer por la mañana entré al atestado despacho de loterías y tan poco me faltó para cagarme en Dios preguntando por el último que al final me cagué ante el estupor de la silente y maleducada viejunada.
El tipo que hoy me atendió no lo había visto en mi vida. Le dije el tema y respondió que uy qué pena pero eso era algo para hablar con el director o su mano derecha que, casualmente, no estaban presentes y se encontraban de reunión en no sabía donde, que mejor me pasara mañana...En eso llegó a la caja quien ayer me atendiera y ni quiso verme. Yo tampoco. Cogí y me fui. A tomar por culo. Al bar.
Mandíbula Cuadrada estaba hablando con mi hermano en la puerta del bar. Los sufridos, sufridísimos, asientos de sillas y taburetes ya descasaban en el interior de su coche, incluidos los tres que mi tío y yo habíamos "arreglado" con mil grapas y doscientas vayas putas mierdas. Ya casi era la hora de comer y me fui viendo que allí no pintaba nada. En casa me hice unos spaghettis que me sentaron como un tiro e intenté dormir un poco. No lo conseguí y tras descartar hacerme una paja a eso de las cinco volví al bar.
El Chino estaba pintando el techo del ventanal. Mi hermano andaba como loco de acá para allá hablando con unos y con otros por el teléfono. Mi otro hermano, el pequeño, andaba a su bola pintando los taburetes y las sillas en el almacén.
- ¿Qué hago, Chino?
- Dale a la barra, Kufisto, al suelo detrás de las cámaras.
- Vale
Cogí una botella de agua fuerte y la eché sobre la mierda incrustada. Miré las instrucciones y a duras penas leí que había que dejarla actuar unos minutos. Cada vez veo peor. Me rulé un pito, lo encendí y llené un cubo de agua con un chorreón de lejía. Todavía no me había fumado la mitad cuando cogí una paleta y empecé a rascar toda esa mierda. Salió bien. El agua fuerte es buena. Luego pasé la chacha con la lejía y quedó impoluto, aunque los vapores que subieron me marearon un tanto. En esas entró mi hermano y fue a mirar algo de un enchufe bajo la barra. Casi se cae redondo. Quizá todavía valga para algo ser el hermano mayor.
Llegó otro tío nuestro, uno más joven, uno diez años mayor que yo. Es un manitas, sabe de todo lo práctico, de todo lo necesario. El Chino seguía pintando y nosotros, ellos, empezaron a hablar; "como colocar esto, como poner esto otro, como aprovechar este espacio..." Mi hermano y él hablaban y hablaban en términos que a duras penas yo podía entender. De buena gana hubiera echado diez litros de agua fuerte en la acera del bar y me hubiese liado a rasparla con un mondadientes de tan inútil como me sentía. Luego empezaron a divagar sobre la distribución del mobiliario de la barra y todo eran buenas ideas, cojonudas, a cada cual mejor. Yo no me lo podía creer. Todo había estado ahí, delante de nuestras narices, y no lo habíamos hecho en veinte años. Tanto me entusiasmé que en un momento de lucidez dije algo y lo aceptaron, aunque sólo fuese donde colocar el contenedor, cosa que luego quedó para mejor ocasión pero por un rato fue la solución correcta para orgullo de mis fosas nasales.
Después todo giró en una especie de vórtice, en un Maelström de ideas. Todo era aprovechar el espacio, rellenar huecos y dejar vacío por donde moverse: "el frigorífico aquí, el arcón aquí, los barriles allí, una madera para tapar esto, dame el metro que mida esto, pica aquí, Chino, ¿y el martillo?, el metro, ¿donde está el metro?, ponme un cubalibre, Kufisto..." Llegó un chaval con unas planchas metálicas y una radial para rehacer los desastrados respiraderos de la barra mientras el Chino y mi tío discutían sobre como recolocar la posición del monstruoso calentador del agua para ganar unos centímetros. El chico de la radial empezó a cortar la plancha y el Chino a aporrear el techo de la cocina para ver hasta donde podía dar de sí. Me eché un cubalibre cuando vi a mi hermano echarse uno. No pude resistirme. Luego otro. Y otro.
Acabamos. Acabaron.
Dentro de dos, tres días, el bar volverá a estar abierto. Más bonito y mejor distribuido y aprovechado. Será un bar rehecho, reacondicionado. Todo estará mejorado, en su sitio, aunque haya quien no pueda verlo. Algunos pasarán de largo, pedirán lo suyo y se irán sin haberlo visto. Otros, los habituales, echarán un vistazo, dirán algo y seguiremos tirando millas.
Pero yo miraré lo que se hizo durante estos días, el entusiasmo y el desprendimiento de lo que la buena gente es capaz de hacer y...
- Kufisto, ¿en qué piensas cuando ves las estrellas?
- En escribirlas
sábado, 3 de marzo de 2018
BARCO A VENUS
Yo no debería haber salido aquella tarde. O no haber vuelto tan temprano. Tres o cuatro veces había mirado por la ventana. El cielo seguía tan gris como todos esos últimos días pero parecía como si no lloviera. Abrí la ventana para mirar los charcos de enfrente. Mi visión ya llevaba algún tiempo dando muestras de ir a menos. Pronto necesitaría gafas. Tantas horas delante del ordenador habían acabado por dañar mi pobre vista, también deteriorada de nacimiento. "Ojo vago" lo llamaban entonces. Hasta los doce años llevé gafas. Muchas me las rompieron. Después el oftalmólogo dijo que ya podía quitármelas y yo me alegré. También dijo que ejercitara el ojo derecho poniendo un parche sobre el izquierdo mientras veía la televisión. Pero esto fue algo que no hice más de una o dos veces. Era muy molesto y mis hermanos se reían de mi. Y con el izquierdo veía todo lo bien que se pueda ver. Mis padres no insistieron, como tantas veces harían con el paso de los años: los primeros habían sido tan difíciles que quizá pensaron que de ahí en adelante eso era lo mejor que podían hacer.
Abrí la ventana y fijándome en el charco más grande vi que no llovía. No lo pensé más y cogí las cosas para salir a la calle. Quizá tuviera tiempo para un paseo. El aire fresco y la humedad de tantos días lluviosos harían el resto. No recordaba un temporal como aquel. Nadie podía recordarlo. Dos o tres días seguidos de lluvia era algo raro desde hacía mucho tiempo, pero dos semanas como aquellas eran ya algo poco menos que olvidado.
Salí enfundado en el impermeable y lo primero que vi fue a los trabajadores del super fumando en la puerta. Cambié de acera mientras hacía por ponerme la capucha. Doblé la primera esquina y me la quité. Alguien bajaba de un coche. Era uno de esos trabajadores. Muchos años atrás habíamos sido amigos, pero ya hacía unos cuantos en los que el sólo saludo se había convertido en algo odioso. Lo saludé por su nombre y a él le bastó con un hola. Durante un rato caminé pensando en ese desprecio, en esa falta de afecto que siempre me ha acompañado. Ya de pequeño sentía ese vacío con los demás, ese distanciamiento que todavía sin saber por qué me separaba del resto. La vida de un niño enfermo es una gran mentira hasta que tus demonios vuelven para ver como te va.
Apenas había dejado atrás los últimos pasos de cebra cuando se puso a llover. No era tanto como para regresar a casa; en muchas otras ocasiones le había hecho frente a eso sin dudarlo un instante, pero una sensación de derrota, de error, de equivocación me embargó de tal manera que después de dudarlo unos segundos regresé sobre mis pasos para volver por donde había venido.
Y entonces, apenas un poco antes de donde había dado el último saludo, dejó de llover y se abrió un pequeño claro en el cielo.
Busqué las llaves. No se iban a reír más de mi. Al menos no aquella tarde.
Doblé la esquina otra vez. No había nadie fumando. No había nadie haciendo nada. Nadie.
Llegué al portal y vi como una niña abría la puerta. Pasé tras ella y la cogí tapándole la boca. Alguien se había dejado abierta la puerta de mi bloque y entré. El ascensor estaba allí. Pulsé mi número y la puerta se cerró. Nadie en el pasillo. Saqué las llaves, abrí y entramos en casa. Le pegué dos bofetadas y dejó de patalear. La imagen de mi maestro de primaria vino a mi como un trueno tetrapléjico. Una excitación animalesca me embargó por completo. Paralizada por el miedo se dejó llevar a la habitación. La desnudé y entré en ella. Vi su sangre brotar y lo último que recuerdo es morderla...
Desperté y estaba muerta.
Me entregué. Todo el mundo quería matarme. Todos habían sabido que al final acabaría por hacer algo así. Todos se tiraban de los pelos por no haberme quitado de en medio cuando todavía estaban a tiempo. Hasta el maestro que metía su dedo en mi culo para después olerlo cuando iba a preguntarle alguna duda sobre la regla de tres meneaba la cabeza. Estaba claro desde el principio. Todo había estado claro y habían dejado que pasara. Era un fracaso total, global.
Y aquí estoy, pudriéndome en una celda, esperando la muerte que todos quisieran darme.
Tal vez, quizá, puede que entonces, cuando me alcance, consiga ver bien con el ojo derecho aunque sólo sea por un instante.
Y con un poco de suerte a lo mejor me dejan tranquilo el tercero.
Yo no lo quise así.
Abrí la ventana y fijándome en el charco más grande vi que no llovía. No lo pensé más y cogí las cosas para salir a la calle. Quizá tuviera tiempo para un paseo. El aire fresco y la humedad de tantos días lluviosos harían el resto. No recordaba un temporal como aquel. Nadie podía recordarlo. Dos o tres días seguidos de lluvia era algo raro desde hacía mucho tiempo, pero dos semanas como aquellas eran ya algo poco menos que olvidado.
Salí enfundado en el impermeable y lo primero que vi fue a los trabajadores del super fumando en la puerta. Cambié de acera mientras hacía por ponerme la capucha. Doblé la primera esquina y me la quité. Alguien bajaba de un coche. Era uno de esos trabajadores. Muchos años atrás habíamos sido amigos, pero ya hacía unos cuantos en los que el sólo saludo se había convertido en algo odioso. Lo saludé por su nombre y a él le bastó con un hola. Durante un rato caminé pensando en ese desprecio, en esa falta de afecto que siempre me ha acompañado. Ya de pequeño sentía ese vacío con los demás, ese distanciamiento que todavía sin saber por qué me separaba del resto. La vida de un niño enfermo es una gran mentira hasta que tus demonios vuelven para ver como te va.
Apenas había dejado atrás los últimos pasos de cebra cuando se puso a llover. No era tanto como para regresar a casa; en muchas otras ocasiones le había hecho frente a eso sin dudarlo un instante, pero una sensación de derrota, de error, de equivocación me embargó de tal manera que después de dudarlo unos segundos regresé sobre mis pasos para volver por donde había venido.
Y entonces, apenas un poco antes de donde había dado el último saludo, dejó de llover y se abrió un pequeño claro en el cielo.
Busqué las llaves. No se iban a reír más de mi. Al menos no aquella tarde.
Doblé la esquina otra vez. No había nadie fumando. No había nadie haciendo nada. Nadie.
Llegué al portal y vi como una niña abría la puerta. Pasé tras ella y la cogí tapándole la boca. Alguien se había dejado abierta la puerta de mi bloque y entré. El ascensor estaba allí. Pulsé mi número y la puerta se cerró. Nadie en el pasillo. Saqué las llaves, abrí y entramos en casa. Le pegué dos bofetadas y dejó de patalear. La imagen de mi maestro de primaria vino a mi como un trueno tetrapléjico. Una excitación animalesca me embargó por completo. Paralizada por el miedo se dejó llevar a la habitación. La desnudé y entré en ella. Vi su sangre brotar y lo último que recuerdo es morderla...
Desperté y estaba muerta.
Me entregué. Todo el mundo quería matarme. Todos habían sabido que al final acabaría por hacer algo así. Todos se tiraban de los pelos por no haberme quitado de en medio cuando todavía estaban a tiempo. Hasta el maestro que metía su dedo en mi culo para después olerlo cuando iba a preguntarle alguna duda sobre la regla de tres meneaba la cabeza. Estaba claro desde el principio. Todo había estado claro y habían dejado que pasara. Era un fracaso total, global.
Y aquí estoy, pudriéndome en una celda, esperando la muerte que todos quisieran darme.
Tal vez, quizá, puede que entonces, cuando me alcance, consiga ver bien con el ojo derecho aunque sólo sea por un instante.
Y con un poco de suerte a lo mejor me dejan tranquilo el tercero.
Yo no lo quise así.
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