domingo, 17 de enero de 2021

COMO UN...

Comí tan rematadamente mal que como castigo me llevé un dolor de muelas que todavía no se ha ido del todo. Aquello había sido tan estúpido que en verdad no merecía menos. ¿A quien sino a ti, alma de cántaro resquebrajado, máquina defectuosa, rodeador de columnas, se le ocurre comer en enero como si fuese julio? ¡Dios! ¡Si hubo bocados en los que pensé estar masticando hielo! Pero tenía tanta hambre y tan pocas ganas de más complicaciones que devoré como de costumbre, quizá un poco más rápido, como quien trata de pasar un mal trago lo antes posible y que sea lo que el Señor quiera. Muerto de frío, helado, fui a sentarme junto al brasero, uno demasiado grande para mi mesa, otro que no encaja ni encajará nunca pero ahí sigue un invierno más, hasta que reviente. Encendí las dos resistencias, me eché las sayas hasta los hombros y fumé el cigarrillo como un asesino idiota ante el poli bueno. Luego me tumbé en el sofá tal cual estaba vestido y sintiendo llegar la modorra apagué como pude una de las resistencias y dormí. Era la una del mediodía.

Si hoy es domingo y fue el miércoles el último día que nos permitieron abrir el bar, entonces fue a última hora del jueves cuando el primer rumano vino a mirar la caldera. Llegó, vio, tocó y una media hora más tarde marchó prometiéndome a su hermano para el día siguiente. No me cobró nada. La caldera seguía igual, a trancas y barrancas, como uno que mira por Internet, ve el panorama y no se decide a hacer también algo en algún sitio, pero su misma indecisión es la que le obliga a seguir funcionando.

El otro llegó al día siguiente, viernes, y al despedirnos me dio la impresión de que iba un poco mamao. Yo lo había dejado hacer mientras veía vídeos musicales en el salón. Esa tarde la caldera había dicho hasta aquí y casi todos sus leds estaban encendidos, el rojo incluido. En Internet había visto algunos vídeos relacionados y todos ellos eran casi tan patéticos como el chat privado de los hosteleros del pueblo. Viendo y formando parte de estas cosas es cuando uno se da cuenta del equipaje que arrastra su maleta. 

- ¿Qué te debo? -le pregunté cuando acabó-
- Ná...-dijo él rascándose la cabeza mientras contemplaba el sucio entarimado del pasillo de entrada, desde hace años sólo iluminado por las luces de las habitaciones adyacentes, como la de la cocina- No sé...

Y es que la cosa se había quedado igual de atascada que el día antes: arranca, para, claxon; arranca, para, claxon. Y así hasta llegar a la central nucelar. O al vírico bar asesino para mayores de ochenta y ocho años. 

- ¿Veinte? -dijo-

Y le di veinticinco. Después de todo habían echado un par de horas entre los dos ¿hermanos?, al menos me purgaron los radiadores...en fin. Dijo que estaba bien, los dos sabíamos que no estaba ni medio bien y pronto estaría peor y se largó.

- Es normal, es normal que haga eso...-decía yéndose-
- Ya-

Pasé buena parte del sábado haciendo pruebas con la caldera que todavía, mal que bien, aguantaba, sobretodo el agua caliente. Pude darme un baño absolutamente glorioso, memorable: hora y cuarto metido en la bañera bajo el runrún del Zaratustra de Artur Mas. Pero al salir vi que la calefacción había caído sin remisión. Cené una lata de sardinas, pillé el Kindle, leí otra novela de Maigret y me fui a la cama con la gata.

No es fácil dormir con la gata con la que convives cuando tienes la caldera averiada. Ella, pelona como es, también siente el frío y prefiere arañar la puerta del dormitorio, empujarla con sus patitas sobre los quicios para así, maullando y haciendo ruido, despertarme y hacerle sitio. Resignado miro el reloj, aprovecho para mear y la dejo entrar. Entonces se acurruca entre mis piernas, la dejo estar, dormimos y despertamos al mismo tiempo aunque de diferente manera: ella parece Faye Dunaway y yo...uno que tiene que hacer algo para arreglar la jodida caldera.

Recordé el calentador de agua del bar. Quizá en él se hallara la pieza, la clave de bóveda, la luz en los pasillos, la jugada correcta que conduce al más hermoso de los mates, el inhóspito camino que te lleva hasta encontrarte con el más feo de los hombres, el que mató a Dios, pues tenía la sensación de haber dado con la clave de la luz roja, pero pronto, casi al verla, me di cuenta de que allí no había nada que rascar. 

Supongo que fue la luz del sol la que provocó que me acordara de que todavía sigue vivo el tío manitas de la familia. Lo llamé y no lo cogió. Poco después, mientras conducía buscando cosas imposibles en una mañana de domingo, fue él quien me llamó. Excitado le dije que iba hacia su casa con la pieza de la caldera. Llegué y miramos la pieza con los bozales puestos y la sensación de siempre, aún cuando era chico y parecía ser bien recibido, la sensación de sobrar, de estar de más, de vete ya...Me fui.

Al chino. Era lo único abierto. Nada. No.


Así fue como regresé a casa. Así fue como comí.

Eran las tres de la tarde cuando salí a andar. Tiré hacia las afueras y anduve mal durante un buen rato, como uno que camina pensando en todo lo que le ha pasado, como uno que camina una válvula quemada, como uno que anda bajo el gélido sol de las cuatro de la tarde de mediados de enero...


sábado, 9 de enero de 2021

PULGAS

No la vi llegar al bar cuando vino por segunda vez. Yo estaba fumando en la cocina, ella se asomó sonriendo y de repente la vi como a una aparición. 

Tampoco es que me sobresaltara, una hora antes me había enviado varios wasaps avisando de que intentaría volver, se había quedado con ganas de estar conmigo, otras veces le ha pasado igual y algunas no ha podido, yo casi lo había olvidado tras la conversación que acababa de mantener con mi amigo Gonzalo, el chico bipolar que por cierto lleva unos días un tanto trastornado, también esa había sido su segunda visita en el día pues fue el primero en llegar al bar, tanto que entró conmigo pues no había abierto aún la puerta cuando me pitó desde su coche.

- Kufisto -
- Hola, Gonzalo-
- Hola, ¿tienes boquillas?-
- Sí, pero pasa- dije por no aventurarme otra vez entre la nieve y el hielo de la acera cargado con las bolsas-

Abrí, encendí las luces y el aire acondicionado, saqué la bolsita de las boquillas y le di unas cuantas sin preguntarle nada de qué hacía por ahí a esas horas sin necesidad alguna, eso lo dejo para otros, además que Gonzalo suele ser buen madrugador, le gusta salir al campo, ver bandadas de pájaros volar, incluso águilas solitarias que le subyugan y graba con el móvil siempre que tiene la ocasión. Le dije que la cafetera estaba recién encendida y él respondió que no importaba, que acababa de tomar café en un bar del polígono. Con todo, se quedó allí conmigo, hablando tranquilamente de cualquier cosa mientras yo iba colocando todas las cosas como todos los días. Diez minutos más tarde le dije que si quería un café. Se lo puse descafeinado tal y como vengo haciendo desde hace algún tiempo. Él no se entera. Tampoco creo que si lo hiciera con otros se dieran cuenta. Pero con los otros no tengo ninguna razón para hacerlo. Con Gonzalo, sí. 

Habló de adonde iba a ir y le advertí. Los caminos debían estar hechos cisco y en una mañana como la de hoy no era cosa de risa. Se fue poco después.

Cuando vino por segunda vez a eso de las dos de la tarde ya lo hizo de otra manera: nervioso, enfadado, hablando solo. Se fue a su rincón, junto a la salida de la barra, al lado de los servicios, y pidió otro café. 

- Kufisto-
- ¿Qué?
- Dame dos sobres de azúcar. O tres, o cuatro...- Es diabético. Le di dos un poco preocupado. Pero le solté otro más al oírle decir que andaba de bajada y veía borroso. Había discutido con su padre. Estábamos solos en el bar-

Dijo que había salido corriendo de su casa (a la vuelta de la manzana) y ese esfuerzo le había provocado la bajada de azúcar. Habló mal de su padre, muy mal, y yo dejé que lo hiciera hasta que se calmó un poco. Sin darse cuenta vino hacia la barra. Le dejé estar mientras miraba sus maltrechos dedos de uñas desolladas jugando con un papel de fumar vacío al que miraba con fijeza. Entonces intenté hacerle ver que ni él era así ni su padre (al que no conozco) podía serlo. 

- Gonzalo, tú eres un chico muy espiritual (adjetivo que detesto pero sé que él tiene por bueno a causa de sus malas lecturas) y no va contigo decir las cosas que estás diciendo de tu padre. Y de tu madre. No, espera un momento. Tú eres una buena persona, un tío honrado, sí, déjame hablar...uno que se vuelca con la gente, con toda la gente...Y eso es un error. Eso es un error porque luego todas esas frustraciones que te llevas con quienes no te escuchan las cobras en quienes te quieren, aunque tampoco ellos hagan mucho caso de lo que tú te empeñas en enseñarles. Entiende, Gonzalo, que llegado un punto nadie cambia, y que hacer por cambiarlos es perder el tiempo y, más todavía, condenarte y sufrir por ello. Hay que hablar a quien se le puede hablar, no a todos y en cualquier momento y lugar. Y aún entre quienes te importan hay que hacerlo con delicadeza y sólo en el caso en el que te requieran ¿Crees tú acaso que yo, llegado el momento, llegaré a mi madre y le diré, por ejemplo, que por nada del mundo se ponga la jodida vacuna? Ni por pienso. Todo lo más será que le diré que yo no me la pondré. Y antes me arrancaría con tenazas todos los dientes que permitir un daño irreparable a quien más me ha amado. ¿Y sabes por qué? ¡Porque no lo sé, porque no estoy seguro, porque quizá sea yo el equivocado y sea la inmensa mayoría quien tenga razón! ¡No lo sé, Gonzalo, joder, no lo sé! Yo no voy a ponérmela, tendrán que arrastrarme de los pelos, ¡pero soy yo, no tengo ni el derecho ni la fuerza para obligar a nadie a creer en mi, me cago en Dios!...Tú hablas de tu padre, bien, espera...Te controla el dinero de tu jubilación, tienes que mendigarle todos los días, te está cortando el grifo últimamente...de acuerdo, es jodido eso. Pero...¿qué coño haces tú jugando a la tragaperras? ¡Tú!...Nonono, espera un momento ¡que yo te veo aquí!...¡pues sí, me jode!...No es cosa mía pero me jode, hostia puta. ¿Qué hace un tío como tú jugando a esas mierdas? Si me dijeran otro, yo qué sé, el típico ser vacío de todo que no tiene más entretenimiento que perder dinero ante un armario con dibujos de tías en pelotas, diría, "bueno, quizá sea lo suyo" ¡Pero tú no! ¡Pero tú no, Gonzalo, coño! ¡Tú no eres así! ¡Tú estás lleno de otras cosas, de cosas buenas, de buenas intenciones! ¿Qué haces tú, tan sobrio, tan alejado de todo materialismo, tan frío ante el oro y de todo lo que brilla como el oro, qué haces tú dándole pienso a la Vaca Manchada que tanto odias, joder?...No hables así de tu padre, Gonzalo, me cago en Dios. Y si los psiquiatras te amenazan con ingresarte otra vez, si tus padres, con todo su dolor, no ven más opción que esa, ¡sé más listo que ellos, hazlo bien, cede, no quieras imponerte! No quieras imponerte, Gonzalo, porque si lo haces, si te empeñas, si a toda costa tratas de hacerles ver la orilla con tus ojos...acabarás estrellándote contra las rocas-


- ¡Coño!-
- Ya estoy aquí -dijo ella-

Pasó a la cocina, me abrazó y me besó.

- Venga -dije yo- vamos para afuera...-

Por esta vez dejó su sitio habitual (el mismo que el de Gonzalo) para venirse a la barra. El bar seguía tan vacío como casi toda la mañana. El guiso, la cruda idea del guiso que unas horas antes había bajado conmigo del coche entre la nieve y el hielo del amanecer, yacía ahora cocinado, entero y muertísimo sobre la cocina; y casi todas las pulgas de embutido que yo había hecho como todos los días esperaban muertas de risa a que su creador las quitara de en medio de la barra. 

Fue hablando con ella hace algún tiempo, no demasiado, cuando por fin descubrí que la gente sólo habla de sí misma, que oyen no para escuchar sino para hablar de ellos mismos. Se lo dije una mañana mientras fumábamos en la puerta del bar, otra mañana en la que por fin había empezado el colegio de algunos de sus hijos:

- ¿Te das cuenta de que cuando uno dice algo el otro no escucha, que sólo espera que se calle para decir lo que él piensa sobre lo mismo, que no hay preguntas, que no hay interés por la posición del otro, que tan sólo se trata de una autoafirmación?

Ella me miró todavía más encoñada. Hay mujeres, mujeres muy vividas, no todas, claro; tampoco es tan difícil diferenciarlas, a las que le llega una edad en la que ven a alguien, a uno, que las rejuvenecen, que literalmente, sin razón alguna las vuelven locas. Sea quizá por haber pasado toda su vida entre manguis y malotes que la embarazaban a cuenta, las discusiones con los padres, con sus padres, con la odiosa madre, que encuentran a uno que no es demasiado gilipollas y al que ya parece importarle todo tres cojones, que es como si vieran la luz.

Me contó todas las cosas de la Navidad con sus hijos. Yo, gracias a ella, no dije ninguna. En otro tiempo no tan lejano la hubiese cortado para decirle las mías. 

Habló, la hice hablar otra vez (sé que le gusta), de sus antiguas correrías, de cuando era mucho más joven que ahora, de cuando fue una bestia parda sin miedo a nada, sin apenas hijos, tan sólo las dos del primer padre, de cuando vivió al límite del hambre al dejarlo, de sus fuertes adicciones de aquellos años, de su lucha, de los molinos, vizcaínos y leones que tuvo que hacer frente.


- Tengo que irme, Kufisto-
- Claro-

Nos besamos. Ya en la puerta ella se volvió:

- Te hace falta a ti más amor que a mi-


Recogí las pulgas.


Y otra vez todo estaba hecho.

domingo, 3 de enero de 2021

ARRANCA, KUFISTO, ARRANCA

 Yo diría que ha sido por la partida que gané ayer.

Era casi decisiva para el séptimo puesto y gané el punto. Todavía faltan dos rondas para terminar el largo torneo (empezó en septiembre) pero casi está visto: perderé una, ganaré la otra y de esta manera seré el séptimo de veinte. No está mal. Como siempre.

Si yo dijera ahora que repasé por placer un par de veces el final de la partida cuando ya estaba en la cama quedaría poco menos que como un idiota, pero así lo hice. Es un simple torneo de ajedrez por Internet, uno más de los que desde hace cinco años hacemos entre foreros, pero yo venía de una desastrosa racha de derrotas contra los más fuertes, contra todos aquellos que son algo o mucho mejores que yo, sólo mitigada por unas tablas en la ronda anterior que llegaron a ser casi derrota segura frente a alguien de mi nivel, unas tablas que me dieron vergüenza una vez acordadadas: llegué a estar tan mal que poco me faltó para rendirme, lo he hecho en otras ocasiones por mucho menos, pero estaba tan apurado de tiempo que probé a seguir un poco más y mi rival (y amigo) acabó por perder la cabeza y le arranqué medio punto. De esa manera un tanto rastrera corté la más que previsible mala racha que me había hundido en la clasificación, pues llegué a estar casi entre los líderes a cuenta del fácil calendario que de inicio me tocó en suerte, sólo soliviantado por la incontestable derrota ante una chica más rápida que un riff de Kerry King pero que al final va a acabar por debajo de mi, como en aquella canción de los Stones.

Mi rival (y amigo también) cometió un blunder, esto es, un error gordo, cuando estábamos saliendo de la apertura con evidente ventaja a su favor. Luego, tras la partida, durante los breves comentarios, me dijo que no se había visto mucho mejor que yo hasta ese momento, pero sí que lo estuvo: pasé un buen rato analizando mi gambazo en plena apertura; metedura de pata que no llegaba al desnivel de la que pronto él haría pero que sin duda dejó en desventaja a mis piezas blancas. Respondí como mejor supe tras consumir buena parte de mi tiempo, como de costumbre. Luego la máquina diría que no fue la mejor jugada pero sin embargo fue esa combinación que él creyó ver la que le llevó hasta mis brazos. Y entonces, ya con gran ventaja, respondí como lo haría una boa constrictor, sin fallos, sin dudas, jugadas precisas, como Fischer en los 70: buscando el mate directo olvidándome de ganar más material. La máquina también lo reconoció. Esa regalada pieza de ventaja me dio la ocasión de ganar bien y poder dormir mejor.

Hasta que la gata llamó a mi puerta como siempre hace y casi nunca consigue y esta vez la dejé entrar. Dormimos.

Desperté antes de lo previsto, cosa nada rara, y con un ligero malestar en el cuello, algo habitual en las contadas ocasiones que comparto cama con ella. No me veo, nadie me ve, pero supongo que doy tantas vueltas en ella como antes de dormirme. Si todavía estoy despierto no hay problema, pero se ve cuando duermo y topo con ella no voy más allá y quedo en mala postura. No es una gata que se asuste por los movimientos de alguien que lleva roncando un buen rato.

Llegué al bar a eso de las ocho menos cuarto. Esta vez me encontré al motorista que me deja los periódicos en el almacén que tenemos al lado. Le pité al verlo mientras subía la avenida por el otro lado. Respondió a la segunda pitada resguardado tras la escafandra que lleva por casco:

- ¡Kufisto!-
- Échamelos aquí -le dije abriendo la ventanilla del coche- que hace un frío de cojones y no tengo ganas de andar abriendo más puertas-

Abrí el bar, cerré la puerta y encendí la cafetera. No había prisa. Quince minutos hasta que se cargue. Fui colocando el mobiliario y mis cosas. El panadero llegó aporreando la puerta.

- Joder qué frío, Kufisto-
- Sí-

Ya con todo en su sitio abrí la puerta. En el ordenador encendido volví a mirar el final de la partida de ayer.

Sonia llegó al mediodía, tan inaccesible como siempre, con sus padres, y esta vez con la hermana, una muchacha tan alejada de la materna sangre francesa de la cual Sonia rebosa como cercana a la muy manchega de su padre. Sonia iba hoy con el pelo suelto. Estaba preciosa. 

Cuando dejé las cervezas en su mesa ella jugaba con su pelo como si lo llevara en coleta, como tantas otras veces, como siempre...Yo nunca la había visto con la pelirroja melena suelta.  

Se fueron. Se fue. Vino mi amiga con unos amigos suyos. Bebimos todos. Bebí hasta que mi hermano vino a quitarme el puesto a la hora acordada. Bebí con ellos mientras ella me metía mano. 

- Kufisto -me dijo al oído-
- Qué
- Te quiero
- Ya...


Arranqué el coche y me fui.

sábado, 19 de diciembre de 2020

RED

Los chiquillos, ya del todo desatados, hicieron del bar otra habitación de juegos. Tal que el santo al que Zaratustra encontró en el bosque al bajar de su montaña, corrían, gruñían, reían y lloraban como arrebatados por el dios de los niños. La más pequeña, de apenas dos años, una criatura que parece una manzana riente, a veces se sentaba junto a la madre para bailar sobre ella un vídeo de Youtube. La puerta del water de señoras, heroica, soportaba como podía las continuas idas y venidas del resto. En el salón, junto al ventanal, en una de las dos mesas altas, dos maduras parejas tomaban sus consumiciones de todos los sábados como si esta vez estuvieran esperando la llegada de Hércules Poirot. En la otra dos parejas más con una niña pequeña que finalmente también fue poseída de la furia, pues reconocía en ella a los amiguitos del lejano barrio donde todos ellos duermen, pero no tardaron mucho en irse. Y a la izquierda, en la gran mesa alta del fondo, junto a la pared donde hace muchos años estuvo la bendita máquina de dardos, una solitaria y taciturna pareja de jubilados quizá se preguntaban la razón o el motivo que les había impulsado a salir también hoy de su cercana casa siendo como era un frío mediodía lleno hasta los topes de nubes amenazadoras. Y por primera vez en los tres o cuatro meses que lleva viniendo eché de menos al viejísimo médico cascarrabias del solitario café y el vaso de agua, a ese que se sienta en la única mesa baja disponible para leer los periódicos en modo biblioteca, a ese a quien cuando llega el fin de semana y para liberar la única mesa baja del salón le insto de buenas formas a hacer lo suyo sobre una de las pequeñas mesas de apoyo que tenemos casi al lado de la gran mesa alta del fondo, cosa que ni a él ni a nadie le importa mucho de momento mientras tenga disponible una silla en la que sentarse.  Pero...¿donde está Dios cuando se le necesita?

Eran las dos y media de la tarde cuando empezó a llover de verdad. La pareja del fondo se marchó enfurruñada, quejándose él de haberle hecho caso a la mujer y venir hasta aquí en un día como hoy, y encima andando, sin la compañía de los amigos de siempre y sin paraguas. Ella sonrió aburridísima. Y entonces fue que salí a la puerta del bar para fumar un cigarrillo y ver la lluvia caer. Pero allí también estaba él, el todavía joven abuelo de una de las cuatro criaturas. Claro está, tuvimos que hablar mientras fumábamos. 

Empezamos, empezó, por lo obvio: el marmitako que yo había cocinado durante buena parte de la mañana y del que tanto sobró. Alabó brevemente su sabor, no hizo pregunta alguna, y enseguida pasó a explicarme pormenorizadamente lo que ellos tenían preparado para comer. Luego llegó el virus y su determinación a ponerse la vacuna en cuanto esté disponible. En esas estaba cuando sentí un buen sobe en el culo. Era ella, la madre de los otros tres niños. 

- Cada vez tienes menos culo, Kufisto -

Normalmente se conforma con palparlo a modo de broma, pero hoy se recreó, sin duda animada por el par de litros de cerveza que ya llevaba en el cuerpo. La dejé hacer, el abuelo dijo algo, tiré el cigarrillo consumido y volví para adentro.

- Vente con nosotros cuando salgas -me dijo-
- No -respondí-
- Cobarde -

Se fueron. Recogí. Me eché una cerveza. Eran las tres y media. Una hora más y también yo estaría afuera.


Cambié la música. Quité el jazz para poner a los Motorhead. Cogí el vaso y me fui al ventanal.

Llovía bien. Llovía sobre el charco formado ante el reductor de velocidad del paso de cebra. Me fijé en los perfectos círculos que las gotas de lluvia dibujaban al ir cayendo las unas cerca de las otras antes de la llegada de los desastrosos neumáticos. Y viendo la forma que creaban al caer sobre la tierra recordé algo que hace muchísimos años me dijo un viejo que conocía la lluvia.

"Llueve bien" pensé.


Apuré el vaso, fui a la barra, cambie a techno y regresé al ventanal con otro vaso de cerveza en la mano.


Sí. Llovía bien.


De puta madre.





sábado, 12 de diciembre de 2020

DE LOS PLANEOS

El plan, el penúltimo plan para pasar la tarde, era llegar a casa, tomar un baño, cenar cualquier cosa, leer una novela e irme a la cama. Poco antes había desechado algunas alternativas, todas ellas relacionadas con un molesto dolor muscular que ya me avisó en la tarde de ayer. Hoy no habría lugar para la tabla de gimnasia ni, mucho menos, para ningún paseo que por otra parte y desde hace bastante tiempo me cuesta un mundo dar cuando ha anochecido. Otras posibilidades como llamar a alguien para salir a tomar algo o simplemente salir a tomar por mi cuenta y ver qué hay por ahí ni las contemplo. Bueno, tampoco era tan mal plan: estaría solo, a mi aire, haciendo cosas que no me disgustan y de paso me lavaría las greñas. Hoy mi tío me dijo con un cierto tono de enfado que ya iba siendo tiempo de que me las cortara, que me hacen más viejo, que esto y lo otro...Yo, un tanto sorprendido por la ruptura de nuestro tácito pacto de no hablar más que del tiempo, apenas dije algo por no dejarle con la palabra en la boca, una cosa como "qué se la va a hacer", después de todo tengo casi 50 años, él ya no cumplirá los 70 y se sigue tiñendo como ala de cuervo la corona de pelo que tiene por cabellera y los cuatro pelos de arriba. Por un momento pensé que iba a decirme algo acerca de lo poco que le gustaría a mi padre verme así, cosa que probablemente fuera cierta, pero murió hace casi cuatro años y no creo eso sea razón de peso. Puede que él, mi tío, lo eche más de menos que yo. Siempre lo tuvo por una especie de hermano mayor. Eran muy diferentes, discutían casi todos los días pero siempre iban juntos. Mi viejo era de otra manera. De entrada no era calvo, estaba gordo, tenía bigote y su lema bien podría haber sido "vive y deja vivir", ¡como no serlo habiendo sido padre de cinco hijos!, diría él. Tenía muy claras sus cuatro ideas pero no por ello trataba de imponerlas. Quizá su facilidad para la vida fue la que pronto le enseñó que lo contrario era una total pérdida de tiempo, siempre y cuando los suyos fueran por unos márgenes más o menos razonables. Pero de puertas para afuera no le hacía la cruz a nadie que no fuera un absoluto desastre. Esto también puede ser que tenga que ver con nuestro oficio, con ser hosteleros. Y con la experiencia, que lo suyo le costó ir por la vida sin esconderse. Pero una cosa es no esconderse y otra mostrarse ante cualquiera y a cualquier precio. Sí, yo creo que mi padre acabó siendo sabio a su manera. 

Dylan cantaba en nuestro bar sus canciones modernas, las del 90 para acá, las que más me gustan, las que siempre pongo cuando tengo ganas de escucharlo, las que no tienen la jodida armónica. El Dylan del "Desire", ese es mi punto de partida. Todavía entonces le daba al tema, pero poco a poco fue dejándola a un lado, como la política. Otro que aprendió. 

Eran las tres de la tarde y yo seguía tan relajado como lo había estado durante gran parte de la mañana. Había empezado el día con una cierta pesadez de espíritu, como quien ha pasado la noche soñando cosas extrañas e inconscientemente aún cabalga en ellas. Los sueños, mis sueños, son cada vez más estrambóticos, más extremos, pero, cosa rara, desde que han tomado ese cariz tan acusado estoy en ellos más tranquilo, más seguro, menos temeroso. Hoy, por ejemplo, vi venir un perro furioso hacia mi y no me moví del sitio. Vi la sombra de alguien que lo había soltado. Estábamos en el campo. Recordé que no hay que mirar a los ojos de las bestias y continué mirando lo que estaba mirando. Lo esperé oyéndolo ladrar hacia mi, sintiendo su alocada carrera, pero no como uno paralizado por el miedo, no, sino como quien está ahí parado en el sitio porque ya estaba parado en ese mismo sitio. El perro llegó hasta mi, calló y luego desapareció. 

Hasta el mediodía estuve sin parar de preparar cosas para el aperitivo. Un gran guiso de patatas con bonito, calamar y mejillones estaba dispuesto. En el último momento, cuando ya estaba apartado y gracias a la llegada de unos clientes, se me fue un tanto el calor remanente y algunas patatas más de las debidas se deshicieron. Con todo, seguía teniendo un aspecto estupendo. Puse una bayeta fría bajo la cacerola, me rulé un cigarrillo (¡el segundo!) y salí afuera a darle unas caladas.

La mañana era magnífica. Un sol primaveral iluminaba la escena. Yo ya estaba bien, muy bien, y verlo me hizo recordar algunos buenos momentos andados bajo su luz. Él me ha regalado muchos buenos momentos en mi vida. Instantes de felicidad, de una alegría arrebatadora que incluso me llevaban a saltar y gritar. Una vez, escuchando por los auriculares el final de la Novena, me pasó en la avenida principal del pueblo. Pero las más eran en sus afueras, amaneciendo, lejos de todos; entonces dejaba de oír lo que fuera que iba oyendo, me quedaba quieto y con los ojos entornados lo miraba elevarse un día más. ¡Cuanto bien me hizo! ¡cuanto dolor anestesió en mi vida!

El guiso quedó casi entero. Apenas serví cuatro o cinco cazuelas. La mañana fue floja. A veces pasa. La sombra llega muy pronto a nuestra pequeña terraza y entonces hace frío.


Quité el jazz que suelo poner durante las horas de las cañas; un jazz moderno, suave, uno que no molesta, y volví a poner al Dylan de los desayunos de estos últimos días. 

Eran las cuatro de la tarde y yo, medio escondido junto a la cafetera, ya había decidido qué hacer con el resto del día que me esperaba media hora después cuando uno llegó al desierto bar y pidió un café floreado, un café de nombre estúpidamente largo, de esos que un hombre jamás pediría. Le llevé su café con una gota, ¡una gota!, de leche, sacarina e hielo y regresé a mi rincón para seguir escuchando el "Tempest" de Dylan.

Y entonces fue que empezó a sonar "Tempest", la canción que da título al disco.


Y mientras, casi con lágrimas en los ojos, escuchaba esa tremenda canción sobre aquella tragedia pensé:


"¿Y por qué no escribir yo algo?"


Y eso es lo que al final he hecho.









domingo, 6 de diciembre de 2020

NO TE PREOCUPES

 Uno fantasea con la historia que algún día vendrá. Y luego, cuando estás en ella, nada es como te pareció que sería.

Miguel llegó solo al mediodía, sin la mujer ni los hijos por primera vez en mucho tiempo. Pidió una cerveza, se la puse y él empezó a hablar de películas, buenas películas aunque tampoco las mejores de los mejores. Estaba nervioso, como quien intuye que el otro sabe lo que hay detrás de las cámaras. Yo le seguí el juego; a fin de cuentas las pelis de las que él hablaba eran obras de algunos de mis directores favoritos. Estábamos solos en el bar y todavía había tiempo. Clint Eastwood, Stanley Kubrick y Quentin Tarantino aparecieron sin solución de continuidad hasta que al final, nervioso, se rindió a la evidencia. 

- No estoy bien con mi mujer...-dijo-
- Ya me enteré de la movida -respondí-
- ¿Así que lo sabes?-
- Algo me contaron-

Una bronca. Una de las gordas. Una noche de drogas y alcohol con un colega de parecido pasado que casi acabó como el rosario de la aurora. Una mala noche. 

Salimos a fumar. 

Y entonces fue que el sueño se desvaneció. Todas las buenas palabras, todos los consejos, todas las ideas que había pensado para ese momento fuéronse desvaneciendo tal cual intentaba decirlas. No había contado, por supuesto, con el dolor mental del otro aún pasadas tres semanas del suceso. En mi sueño todo era hablar yo y escuchar él; en la realidad todo yo me he transformado en una oreja, o casi: cuando uno está así de jodido, primero, antes de todo, lo que quiere es justificarse ante el amigo. Y me contó su justificación, bastante alejada de la que yo oí por muy diferentes bocas. Y para no herirle le dejé hablar una y otra vez de lo mismo. El sueño iba desvaneciéndose otra vez ante mi impotencia.

Pasó un coche todo follado pitando el claxon. Saludamos los dos aunque yo no lo reconocí. Echó el intermitente para aparcar en la calle de abajo. Y era uno que está mucho peor que él. La conversación se acabó, pasamos para adentro y ellos quedaron hablando de sus cosas.

Poco a poco el domingo fue tomando forma hasta llenar el bar casi al completo. Entonces vi entrar al viejo médico y recé porque se largara; apenas quedaba un recodo y no quería que fuese para él. Con todo, se vino a la barra, pidió su puto café y con una mirada le indiqué el único lugar disponible para ello, una mesa alta de veinte centímetros de lado y sin taburete alguno; pero él, con sus santos cojones, se fue a ella con El País, aunque un rato más tarde hizo la jugada que suele hacer y, tras sacar una silla de las amontonadas, fue a acoplarse en una mesita de apoyo. Me cagué en Dios pero no dije nada.

Sonia llegó con sus padres como todos los domingos. No se acercaba a pedir las cervezas y las tiré sin pensar, es cosa hecha; pero al dejarlas me dijeron que faltaba alguien por pedir, una chica que estaba hablando con otras e una mesa cercana.

- No te preocupes, Kufisto -dijo Sonia sonriendo- ahora te lo pide ella-

Vino a la barra y me lo pidió. Era la hija de su padre, del manchego, no como Sonia que es hija de su madre, de la francesa.

¡Qué diferencia!

Pero con todo y con eso no veía a nadie. Ni a Sonia. Una pesadez grande me inundó casi que por completo. Un asqueo dominical, un hartazgo de fin de semana, de fines de semanas, inundaron mi espíritu hasta dejarlo casi seco. Y me eché un vino y un poco de queso.

Y entonces vi a Sonia, delgadísima con su larga melena pelirroja. las piernas cruzadas en el taburete, tan natural, tan fácil, tan guapa...


Un paseo por París, un paseo abrigado. Una sonrisa eterna. Un hotel que espera. Un abrazo. Una mirada y un beso. Uno que toca Mozart con una flauta. Un olor a pan recién hecho. 




domingo, 29 de noviembre de 2020

EN EL RINCÓN

 La tipa reía y reía. Una risa escandalosa, una risa explosiva, una risa irritante. ¿Qué clase de tía ríe así después de cagar en un bar? "Gracias, cariño" dijo cuando les llevé el cambio de las primeras cervezas. Cariño. Sólo las putas te llaman hoy así. O las locas.

Llegaron sobre las tres y media. Apenas había otra pareja en el bar. Algo de jazz en el Spotify y mucho sopor en el espíritu. Ese último rato en el bar, esa última hora de la semana, se va cada vez más lentamente. "Acuérdate de todas estas horas -me digo mirando al frigorífico mientras le pego unas caladas al cigarrillo- cuando llegue el día de la recapitulación" Lo peor no es hacer lo que no quieres sino, encima, no hacerlo y tener que seguir estando allí. Es entonces, absurdo sobre absurdo, que el espíritu de la pesadez te deja contra las cuerdas. Y sólo la campana te salva de arrastrarte a tu bienamado rincón, ese que raras veces te ha ofrecido menos de lo que has visto fuera de él.

El tipo, un calvo escuchimizado de brillante y esquiva mirada, se acercó a la barra y pidió dos cervezas. Por quitármelo de delante le dije que ya se las llevaba yo. No me gustó. Dicen que uno crea su propia realidad, que recibes lo que esperas, que si das amor recibes amor y que todas las demás emociones siguen idéntico camino. Pura mierda. Tampoco es que tenga un ojo clínico; en mi hay poco de clínico. Es el tiempo, joder, el tiempo pasado allí, detrás de la barra, y la buena y natural desconfianza hacia lo desconocido lo que hace presentir la otra cara de lo otro.

La chica más hermosa que he visto en mi vida vino hoy con sus padres.

- Hola, Kufisto
- Hola, Sonia. ¿Qué tal?
- Pues aquí, como todos los domingos -dijo sonriendo con los ojos y la maldita mascarilla- 

Pidió las cervezas y esperó para llevárselas. 

- Ahora te las llevo yo -le dije para evitarle la molestia o cualquier incomodidad de estar allí, al otro lado de la barra, esperando que uno que bien podría ser su padre tire unas cañas desde el lado de enfrente; unas cañas que ella, llena como está de amor y dolor, sabe, seguro, enamoradas-
- Gracias

Estaba preciosa al dejarle los servicios. Jamás la he visto tan guapa. Se puso un poco nerviosa cuando fui a recoger la segunda tirada para dejar la tercera. Intentó alcanzarme algo y nuestras manos coincidieron en tiempo y espacio. Unas manos grandes, huesudas, blanquísimas. La pelirroja melena teníala caída hacia un lado. Sonrió otra vez sin mirar. Siempre sonríe, siempre...Pero cuando habla en confianza, cuando lo hace con su padre, a veces se pone seria y saca a relucir una inteligencia que emana de toda ella; y aún desde lejos y a hurtadillas se ve tan brillante como un sol. A veces un grifo de cerveza y cualquier gilipollas sediento te da la ocasión de recordar a ese dios al que le rezabas en tu infancia.

Cuando se despidió de mi llevando del brazo a su madre enferma ya llevaba otra vez la mascarilla puesta.

- Adiós, Kufisto-
- Adiós, Sonia-

Pasé a la cocina, encendí un cigarrillo y mirando el blanco frigorífico acabé por pensar en una operación a vida o muerte de riñón, pulmón, cerebro o corazón. Y yo tenía el único órgano compatible y se lo daba. Y ella, agotada por la enfermedad, me pedía que no lo hiciera y yo le cogía la mano sudada y respondía que no se preocupara, que todo saldría bien, que con un riñón o un pulmón de menos también puedo vivir, incluso sin cerebro, llevo casi toda la vida viviendo sin él, pero que sin verte a ti de domingo a domingo no puedo vivir, que mi corazón, a mis 47 años, dulce niña mía, es tuyo, y que si también lo necesitas aquí lo tienes, no esperes a un moribundo, que hay quien vive más una vez muerto que cuando estuvo vivo, y que, ¡oh, amada mía!, toda mi vida, toda mi existencia, todo lo que soy, todo lo que esperaba ser hace mucho tiempo y ya estaba como durmiendo ahora se despierta rugiente como un león cabreado, ahora que muere, y ¡oh, por favor!, déjame hacerlo, permítelo por ti y por mi, ¡sobretodo por mi (mentiría)!...Y entonces, por algún altavoz, sonaría el preludio de Tristán e Isolda y en su nota discordante ella diría agarrando fuerte mi mano:

- Bien, Kufisto. Hazlo-


Un sucio gordaco con pinta de pajillero llegó y se unió a la pareja de cerdos. Pidió un nestea. 


Y desde entonces hasta el final las risas fueron tan grandes y fuertes que todo se me olvidó.


Hasta que regresé a mi rincón.