miércoles, 19 de noviembre de 2014

UN RELÁMPAGO EN EL CAMINO




Eran hojas, todavía verdes, lo que refulgía sobre la húmeda tierra. El sol de la mañana estaba en ese punto de su camino donde hace ver cristales en lugar de hojas al adormecido caminante, todavía triste por los escurridizos sueños de la noche pasada.

Las hojas, pegadas a la tierra mojada por el agua de la lluvia pasada, recuperaban el color de su naturaleza a medida que el extrañado caminante se acercaba. Eran hojas muertas y no un mar de botellas rotas lo que había vislumbrado tiempo atrás.

El cabizbajo caminante, resguardándose aún más del molesto viento que sólo para él parecía estar, pasó a través de ellas sin cuidado de no pisarlas. Allí, entre ellas, vio como dejaban de brillar a su paso. Miró al sol del cielo por primera vez en lo que iba de día; y pensó que en otros lugares, demasiado lejanos para el espacio de un solitario caminante, aquella luz estaría en ese punto del tiempo donde todas las cosas son lo que parecen.

Nada ni nadie había borrado las huellas de ayer, muy marcadas, quizá demasiado, para el exceso de tinta simpática de quien camina sin buscar nada ni nadie.

A un lado del camino, puede que en el derecho, el caminante oyó cantar desde alguno de los árboles a un pájaro que no vio; y pensó que habría más, muchísimos más, que estarían callados; y también pensó que quizá, si hubiera ido a la búsqueda del que cantaba, seguramente habría espantado a quienes silenciosos estaban. Y yendo más allá se preguntó si aún dando con él hubiera podido asegurar que era ese y no otro aquel que oyó tiempo atrás.


Entonces el viento se hizo para todos y empujó hacia el cielo a miles de pájaros que chillando como locos volaban hacia ninguna parte bajo ese azul dorado que muy pronto estaría otra vez tan negro como el árbol abrasado por el rayo.


martes, 11 de noviembre de 2014

VACACIONES EN LA BIBLIOTECA DEL PUEBLO




Hoy ha amanecido malo y he decidido ir a la biblioteca en lugar de a pasear. Tampoco yo estaba muy bueno y no era cuestión de tentar la suerte al comienzo de mis vacaciones. En el coche, frente a la gran puerta de entrada, he apurado el primer cigarrillo del día al son de la segunda escucha del Bullet in the head. No muy fuerte, eso sí.

Una vez dentro he visto a un conocido drogólogo ya cerca de la cincuentena ejerciendo de bibliotecario. Él no me ha visto a mi y he dirigido mis pasos hacia la sala secundaria. Allí todavía no había nadie. He dejado mi cuaderno y mi botellita de agua en un sitio bien iluminado, junto a una de las ventanas; me he quitado el abrigo, lo he colgado en la silla correspondiente y he ido a buscar algo que leer en la otra sala. Al regresar, ya tenía compañía al otro lado de la mesa: unos asientos más allá emergía la ácida expresión facial de una cuarentina con aspecto de opositora.

No he tardado mucho en abandonar la casposa lectura religiosa por la de una biografía de Nietzsche. Y ha sido entonces cuando justo enfrente de mi se ha sentado una chica joven aunque ya un tanto ajada, con gafas de color y no del todo fea. Ha extraído de su mochila una especie de atrio de madera que me ha hecho recordar a Sánchez Dragó, un bidón de agua con la leyenda Tú puedes pintada sobre él y muchos otros enseres y abalorios a los que ya no he prestado atención habiendo visto lo visto. De hecho, me he levantado para ir al water; aunque a lo mejor ha sido más para dejarle el suficiente espacio vital y visual como para que no se sintiera del todo incómoda. Quizá ese fuera "su" sitio de todos los días y yo el tío raro y feo que empezaba a joderle su maravilloso día con mi presencia.

A la vuelta he pillado de una de las estanterías el tercer tomo de las partidas selectas de Botvinnik; lo recordaba de muchos años atrás, cuando el asiduo era yo y el bibliotecario era otro muy diferente al de ahora. Leyendo el magnífico prefacio estaba, absorto por la concisión de su vocabulario, pensando que un hombre escribe de ajedrez como juega al ajedrez, cuando ha emergido una gran voz entre el silencio que allí habitaba:

- ¿VAIS A ESTAR ASÍ TODA LA MAÑANA? -ha gritado la Opositora girándose hacia dos muchachos que tres o cuatro filas detrás habían cuchicheado quizá durante 20 segundos- ¡ALGUNAS VENIMOS AQUÍ A ESTUDIAR! -ha sentenciado desafiante bajo sus gafas de color.

Los chicos se han callado y yo he mirado el equipaje de la tronante: un bidón exactamente igual que la chica que yo tenía enfrente, con la misma leyenda, con ese jodido Tú puedes y un libraco lleno de post-it (creo que se llaman así) de diferentes colores pegados sobre sus páginas, muy subrayadas a rotulador, cada cual más chillón.

Poco después ha sonado la primera alarma de mi móvil, la he apagado al instante y he salido a fumarme medio cigarrillo refugiado en el coche. He vuelto a poner la misma canción y he regresado a mi sitio.

Recordando la única partida que Botvinnik jugó con Fischer hacia ella me han llevado mis dedos sin necesidad de pasar por el índice: sé el año y Botvinnik ya no jugaba mucho por entonces. La he encontrado sin ninguna dificultad. Qué gusto da leer cosas buenas.

Andaba por el eventual sacrificio de dama fischeriano ("no me lo esperaba", reconoce con justicia Botvinnik) cuando en mi teléfono ha saltado Bonham y su loca batería de Rock n´roll. Esa es mi segunda alarma. No me sirven de nada, yo me despierto mucho antes, pero no las quito por pereza y porque no me disgustan del todo. La he apagado al momento, sorprendido de que sonara a pesar de haberle quitado el volumen al móvil cuando se activó la primera. Nadie ha dicho nada. Ha sido cosa de poco y no tengo buena cara. Tampoco sé mucho de teléfonos.

Y viendo el final de aquella mítica partida, leyendo al viejo y enterrado Misha, su elegante sorna con la que nos habla de la reacción del joven y enterrado Fischer, no he podido dejar escapar una leve sonrisa un tanto sonora.

Al levantar la cabeza he visto fugazmente que la chica del otro lado no miraba a través de sus lentes, sino sobre ellas. Entonces ha enfocado los ojos hacia su bonito atrio de madera. He recogido mi cuaderno, mi teléfono, mi botella de agua vacía y los libros de los otros.


En la calle seguía lloviendo. En el coche seguía Bullet in the head.


Hacía frío en casa. He puesto el brasero del sofá. El gato ha venido enseguida. Hemos estado viendo lo que había afuera.


Las gotas de fina lluvia se deslizaban torpemente hacia el quicio de mi ventanal, como si les gustara quien estaba mirándolas.


Suerte tardó cero coma dos en quedarse profundamente frito. Lo sé aunque no lo vea. Uno sabe que el otro duerme por el ruido que hace al hacerlo, no porque lo vea con los ojos cerrados.


Hice lo que pude para no despertarle: estaba a punto de empezar las tercera partida del Campeonato del Mundo de Ajedrez.


Pero no fue suficiente.


Gruñó, pegó un salto y se fue a su habitación.


Al menos ganó Anand.


Todavía hay match.


Todavía hay match...




miércoles, 5 de noviembre de 2014

ENEATIPADO




Finalmente voté en la encuesta de los eneatipos. Lo hice por la opción que aún no tenía ningún voto. Después pinché en el enlace que te re-direccionaba hacia el test en cuestión.

Nombre...

Cerré esa pestaña y regresé a la anterior. 

"Son 150 preguntas" leí que decía alguno. Eché un trago de Passport con cocacola. "Huele a madera" le había dicho a uno esta tarde. Estaba hablándome del Athletic y me fijé en una jarrita de cerámica que lleva allí casi desde que se abrió el bar. O puede que esté desde la primera noche. No sé, pero siempre la he visto por ahí: verde oscuro, con todos los sellos del Passport y una pequeña asa para escanciar el polvo.

- Mira -le dije al otro
- Qué chula
- Sí...-y medié mi primera cerveza- Coges la botella, la vacías aquí, te pillas un vaso de chupito y pimpán...Pim-pán. Así, en un día tan frío como este...
- Ahí no cabe
- Que digas

Cogí una que dormía el sueño de los injustos tras las primeras marcas. Apenas le quedaba el culo. Era de litro.

- Hostia, no -dije- Es verdad. No cabría.
- Te lo he dicho.
- Es de litro...
- Y aunque fuera de tres cuartos...Ahí no entra.
- No...no...Joder, qué bien huele. Mira

Se la puse en las narices.

- Huele a madera, a madera de verdad, como dicen...-dije.

Aspiró un poco. Tardó un tanto. Acababa de tomarse el café.

- Mmm...sí, es verdad -dijo no muy convencido

La olí otra vez. La meneé. Como dicen que hay que oler las cosas. Olía a más madera.

- Joder que bien huele -y volví a ponérsela en sus narizotas
- Sí, sí...Ahora sí. Es verdad.
- Creo que voy a echarme uno esta tarde...

Reímos y se fue.

El hilo de los eneatipos estaba absolutamente desatado: todo el mundo quería encontrar su lugar entre los 9 posibles. Miré por encima y vislumbré algunas respuestas. Iba a escribir algo cuando el camión de Julio hizo más noche en el bar. Apuré el segundo Passport (este con cocacola) y salí a la calle abriendo las puertas de par en par.

- ¡Julio! ¡cabrón!
- ¡Kufisto!

Pasé adentro, quité a Dylan y puse a los Rage against the Machine. Fuerte.

- ¡¡¡KUFISTO!!!
- ¡Qué!
- ¡¡¡KUFISTO!!!
- ¡¡¡QUÉ, COÑO!!! -no oye una mierda. Demasiado heavy metal
- ¡SAL, JODER!

Salí.

- Échale un vistazo a la nota y ves cantándomela
- Joder
- Venga
- ¿A las botellas?
- Sí
- Una de J/B...dos de Cutty Sark...dos de Ballantine´s...
- Sí, esta caja es tuya. Sigue.
- ¿Así estamos?
- Venga, sigue, que hoy ha sido un desfase.
- Seis de Beefeater...
- Sí...
- Seis de Seagram´s...
- Sí, esta también es tuya.
- Con el frío que hace, joder...
- Venga
- Me voy a resfriar...
- Venga
- Que sepas que hoy te vas a llevar la puta terraza
- ¡No jodas!
- Sin joder parió la Virgen y aquí estamos, haciendo el cabrón.
- Puto Kufisto... 

Coloqué el botelleo mientras él pasaba las cajas de refrescos y los barriles de cerveza.

- Falta el Marie Brizard -le dije
- Mira bien
- Pues pasa tú y lo miras

En ese momento llegó la única clienta que bebe Marie Brizard.

- Hola, Kufisto. Ponme un Marie Brizard.
- Díselo a ese, que no me lo ha traído. Y eso que la puse la primera.
- ¡A mi no! -dijo él- Yo soy el que descargo, no el que carga.
- No, se lo voy a decir a mi padre
- Joder
- Ya
- Bueno, venga -dijo ella-, cámbiame pá tabaco...

Le cambié y salimos a cargar la terraza.

- Y serás capaz -dijo él
- Hombre, como que soy de eneatipo 3.
- ¿Qué?
- Ná
- Estás loco
- Y tú sordo 

Llegó mi hermano una copa antes del horario previsto.

- Déjalo, ya coloco yo lo que falta -me dijo
- Bah, es igual 

Coloqué las cajas de refrescos que a muchos descolocarán y pillé mis bártulos y mi chaquetilla.

- Me voy
- Adiós, Kufisto -dijeron todos los tres.

"Hoy hay que comprar pan -pensé arrancando el coche- Dos huevos fritos con cebolla, el filete de ternera..."

Aparqué en marcha cerca del 24 horas, con los RATM a toda hostia.

- Hola
- ...
- ¡Hola!
- ¡Voy, voy...! -dijo la voz más vieja de todas las que allí habitan por turnos.

"Es curioso -pensé- A mi me ha pasado lo mismo esta tarde mientras meaba. Y además por tres veces" La había oído a la primera pero no había dicho nada. A la tercera me saltó la risa floja mientras me la sacudía. "Holaaa", "¡Ah, hola...! ¿oye, puedes dejarle estas llaves a uno que va a venir dentro de un rato?" Era la primera vez que la veía. Era una tía vieja y fea. "Claro". Al rato llegó un chico joven con un niño. 

- Hola
- ....
- ¿Hola?

Estaba en la cocina fumándome medio pito

- Holahola (¿cuantas veces habré dicho hola?)
- Ehhh...¿te han dejado unas llaves?
- ¿Unas de eneatipo 3?
- ¿Qué?
- Es broma. Tómalas.
- Gracias
- Denada, dios...


- Hola, ¿qué quieres? -me ha preguntado la más fea del 24 horas
- Una barra de pan
- ¿Más hecha o menos hecha?

Sabe que es más hecha desde hace tres años. Yo siempre respondo lo mismo.

- Más hecha.

He visto los puros. Hacía tiempo que no me fijaba en ellos. Casi que desde que dejé de escribir por aquí.

- Dame unos puros.
- ¿Cuantos?
- Una caja
- ¿Una caja?
- Sí


En la cochera de mi edificio habían dos niños encaramándose al llamador de la puerta no motorizada. 


La mía iba por menos de la mitad cuando bajé la ventanilla y les dije que pasaran por allí.


La niña dijo que sí. El niño siguió insistiendo con los botones. Yo pasé de ellos y bajé adentro.


Tenía que escribir.


Soy de eneatipo 3.


Y sin contestar 150 preguntas.


Soy lo que me sale de los cojones cuando me sale de los cojones.



viernes, 17 de octubre de 2014

EL SALTAMONTES VALIENTE




El viejo saltamontes, grande y ya mucho más gris que verde, yacía sobre la estrecha acera mirando hacia arriba con sus grandes ojos negros, tanto como los de la moribunda mosca de aquella película.

Evité pisarlo en el último momento, en el mismo que le vi, extrañado porque no hiciera ni el amago de saltar un vulgar zapato, uno de tantos, uno que venía de hollar la tierra del cercano cementerio, sorprendentemente libre de gatos en busca de este sol que parece haber regresado a septiembre, como si no quisiera llevarnos hacia el difunto noviembre que a todos nos espera a la vuelta de la esquina de siempre, fría y oscura, vacía y silenciosa, decadente, mortecina a la espera de las luces de la Navidad, tan cálidas antes y tan asfixiantes ahora, cuando el fuego de tu alma cada vez tiene a menos dispuestos a echarle troncos para avivarlo, cuando tu hoguera sigue siendo la misma que te encontraste, ya con poca madera que quemar y a no mucho de transformarse en brasas, en cenizas, en humo y en polvo.

El viejo saltamontes, grande y ya mucho más gris que verde, había abandonado el campo a la espalda de la acera de enfrente, lleno de bichejos muertos por los primeros fríos pasados. Pero él no es tan pequeño: él necesita un poco más de tiempo frío para morir.


Y hoy, que ha salido un sol que ya habíamos enterrado, el viejo saltamontes, grande y ya mucho más gris que verde, ha decidido que era mejor irse de este mundo entre los vivos que entre los muertos.


A lo mejor ya lo está. O no. Quizá esté pensando que no todos somos tan malos como su instinto le decía, tan maximalista como todos los instintos que en el mundo han sido. Quizá, por fin, esté tranquilo y sereno, a la espera de un descuidado pisotón del que quizá se haya olvidado. Quizá su instinto ya esté muerto. Quizá ya es libre. Quizá dé gracias de todo corazón por haber dejado de necesitar montes que saltar y zapatos que evitar. Quizá, en estos últimos instantes de su vida, esté dando gracias a su dios por haberle permitido llegar hasta el otro lado de la calle para estar un ratito entre el mundo que siempre evitó.


No es tan malo.


Y yo no le he matado y me ha dado un poco de calor.


Ese pequeño y valiente saltamontes ha echado su leño en este sucedáneo de hoguera mía que ya languidecía asfixiada entre las brasas.


jueves, 25 de septiembre de 2014

EL MUNDO COMO MI REPRESENTACIÓN




"Citando a Schopenhauer en su libro El mundo como representación..."

Le di al botón y saltó el Hot Rats de Frank Zappa; creo que el quinto corte, ya no me acuerdo...Reconozco al primero, ese que parece la banda sonora de una porno-yanki de los ochenta; todos los demás me suenan a Radio Clásica cuando no está Mozart: no molestan. Arranqué el coche y puse rumbo a casa.

- Ya vasss - le había dicho a una cuarentona disfrazada de deportista que lleva seis meses sin fumar.
- Jajaja...No, vengo de hacer pilates
- ¿Y ahora vas para el gimnasio?
- Nooo, jajaja...Los lunes y los miércoles al gimnasio, y los martes y los jueves...
- Ahhh...a lo de Madel, ¿no?
- Sí, hay que quitar esto, jajaja -y se ha cogido con la mano libre las mollejas de su incipiente panza seca por los siglos de los siglos-
- Jajaja...Bueno...adiós
- Adiós, jajaja...

"Todavía tiene un polvo" pensé al oír el nombre de Schopenhauer, "pero si esta, que prácticamente era anoréxica, ha engordado al dejarlo...yo me pondría como una ballena azul varada"

Hice el segundo stop y pensé en lo que había hablado con Pepe, ese hombre que no sabe vivir sin una mujer a su lado.

- Yo es que no puedo vivir sin una mujer, Kufisto -me dijo una tarde, años ha, en la que extrañamente se le soltó la lengua, pues es lo más cerca que he estado de conocer a un enfermo de Asperger.

Diez años mayor que yo, igual de atractivo que una acelga revuelta en coliflor, se casó por segunda vez con una mujer de metro cincuenta, cien kilos de peso, mala salud y hermana de ex-presidiario.

- Ya, Pepe...
- No puedo vivir sin una mujer, Kufisto...
- Ya...

Fueron al bar después del casamiento civil, antes de la celebración...Ella se había vestido de blanco; era su primera vez y tenía quince años menos que él:

- ¡Qué guapa estás! -le dije besándola
- Jijiji...gracias, Kufisto

Hubiera tenido tiempo de meterme en la circulación de haber visto bien el intermitente de quien venía, pero estaba recordando los viejos tiempos acabados de rememorar con Pepe mientras bebíamos nuestras copas. Otras marcas de bebida, otra clase de garitos, otra clase de gente.

- Yo empecé a trabajar -me ha dicho- cuando abrieron el A..., en el 82, con 14 años. Entonces era lo mejor de la comarca.
- Sí...me acuerdo de después, de cuando yo empecé a salir...Aquello era lo mejor.
- Entonces se pagaba por entrar, sin consumición; las tías también.
- ¿Sí?
- Sí...pagaban menos, pero pagaban.

Hemos hablado de aquellos garitos, de aquellas bebidas, de aquellos licores, de aquellas combinaciones más muertas que el legado de Siegbert Tarrasch...

Un buen rato. Nadie nos ha escuchado.

Finalmente entré mi coche a derechas y enseguida me metí a izquierdas. Todo a izquierdas. Hasta mi cochera, que es a derechas.

Estaba abierta y recordé al guardia civil del café de la tarde, un tipo que ya sólo vive para su único hijo, a cero coma de entrar en la adolescencia:

- Este hijoputa -dijo refiriéndose al hijoputa que drogaba a las criaturas para abusar de ellas- este cabrón, este mierda...
- Ya...
- Esto es pá matarlo, de verdad, Kufisto...
- Sí

Luego me ha comentado que una niña de catorce años se había tirado por un acantilado al no poder soportar las putadas de sus compañeras de clase.

- No jodas

Le he cogido el periódico y he leído la noticia.

La cosa había pasado el año pasado, sólo que ahora salía la madre denunciando todo eso.

- Oh, Dios -he dicho de verdad

No puedo con eso. No puedo con quien se quita toda la vida; aunque aguanto a quien se quita la poca muerte.

- Oh, Dios, joder...catorce años...
- Las niñas son peores que los niños, Kufisto...Los chicos se enfadan y se pegan y al rato se ha olvidado, o casi; pero las niñas, estas niñas...
- Ya
- Mi hijo...
- Sí

Bajé la rampa de la cochera y vi que no podía entrar a ella: otro coche estaba interrumpiendo mi paso. Enseguida llegó su amo para quitarlo; un vecino tartaja que se machaca con la bici ahora que no tiene nada que hacer más que alimentar a una mujer y a un par de criaturas.

- Perdón, Kufisto, per-perdón...
- Nada, coño, nada...

Tuve que ir hasta el final y rodeé sus columnas a buena marcha, con seguridad, como me gusta hacerlo aunque falle a veces. Regresé y aparqué como quien ve una partida de Leko.

- ¿Como va eso? -le dije al bajarme del coche-
- Bien, Ku-Kufisto, bien...
- Venga, hasta mañana
- Hasta ma-ma-ñana, Kufis


Llamé al ascensor.


E intenté no olvidar la obra de Schopenhauer.


domingo, 10 de agosto de 2014

SICILIANA. CERRADA




Hay pocas cosas mejores que borrar en al amanecer dominical las huellas de una larga y productiva noche saturnina.

Llegas al bar después de comprar los periódicos en el kiosko de esa mujer agotada, aparcas en la sombra que alcanzará el mediodía y ves los restos de la fiesta en forma de colillas a medio aplastar, pajas multicoloreadas y algún que otro vaso de cristal escondido tras las plantas de los maceteros, los últimos superviviente de la recogevasos. O penúltimos, que siempre encuentro alguno cuando doblo la esquina para sacar la basura del final de la madrugada.

Abro la puerta, recojo el periódico local y obligatorio a mis pies, miro el piso y según la mierda que vea en él sé si la cosa ha ido de puta madre o bien; aunque ahora, en verano, no es tan determinante: el rastro está afuera. Y la acera de hoy tenía la mierda suficiente como para vislumbrar el oro de los manchegos, esos tipos que tienen que meterse bajo tierra para ver el agua: de ahí que nos inventemos a nuestras ninfas, casi siempre aldonzas. Y no estoy hablando de la belleza que, haberla, hayla.

He leído tanto que ya no sé si escribo yo o combino las cosas de lo leído. Yo, si soy algo, soy un combinador, un ordenador de todo lo asimilado; mal o bien, pero mezclador. Un coctelero, vamos, a pesar de pasar de ellos: "Eso, cuando llegue mi hermano" Yo, no. Esto con esto y eso con eso, lo normal, lo de siempre, que para mezclar ya tengo mi pobre cabeza. Y mis años.

Digo esto porque hace no tanto vi otro estudio "científico" donde se decía que la música no es que ablande a las fieras, no, sino que ordena hasta el agua: tú le pones Rage Against the Machine a una gota de agua en el microscopio y parece un cuadro de un burro; le pones a Mozart y adivinas a las Meninas Acuáticas. Y yo, mozartiano siempre y hasta su lejana muerte, es lo que hago después de bajar los toldos: Spotify, The best of..., aleatorio. Siendo todo bueno, ¿para qué ponerlo en el orden de otro? Cuando yo, tiempo ha, grababa mis cintas preferidas metía los títulos de las canciones que me gustaban en un vaso; después los removía con los ojos muy cerrados y las iba sacando: "¿Esta? pues esta" Y en ese orden las grababa. Y así hasta que me cansaba de la selección y hacía otra.

Siempre he tenido más gusto por lo que imagino que por lo que veo. ¿Error? Bueno, ya se verá. Yo ya no puedo ser de otra manera. ¿Alguna vez ha habido alguien que haya dejado de ser lo que ha ido siendo? La vida es una partida de ajedrez. Y ya puedes haber hecho la apertura conforme al libro que en el medio juego no hay más teoría. Y el final ya se sabe...mate. La clave de la vida, de tu vida, está cuando empiezas a combinar por ti mismo; tal que un Tal de la vida: "esta jugada es mala contra este jugador, pero está apurado de tiempo y va a meter la pata seguro..." Y metía la pata y ganaba. "La combinación de Tal era errónea" decían las ratas del ajedrez tres meses después, demostrando la falsedad de la belleza que él había creado en dos horas...Y fue campeón del mundo durante un año y hoy todos los aficionados del mundo le recuerdan más que a Botvinnik, ese tío que llevó la corona durante quince años y educó a toda la escuela soviética de ajedrez, Karpov y Kasparov incluidos.

La Belleza efímera, inconcebible, rota, tramposa, como todas...¿pero quien puede vivir como un robot? ¿quien como Dios? ¿acaso Él es más interesante que uno de nuestros iguales, que una de sus criaturas? ¿puedo yo abrir las aguas de un riachuelo ridículo para no empaparme los sudados calcetines mientras pongo otro nuevo rumbo hacia la montaña más alta que ven mis ojos alumbrados por un sol estremecedor? ¿es educado pedirle lumbre a quien está quemado? ¿es justo? ¿es noble jugar así, a ciegas, como si todos los demás fueran subnormales? Ah...No hay mayor desprecio que no recibir el suficiente aprecio.

No hay juego cuando todo está marcado desde el principio.

Mozart, Mozart...el Tal de la música, el dios de los aficionados: "Bach es Dios y Beethoven su Hijo" dicen los que saben.

¡Oh, Cthulhu...! Yo sólo sé que me gusta y me hace sonreír. No tengo ni puta idea, pero sé que quiero morir escuchando su música.

No así al bar, que hace dos semanas desde que cambiamos el ordenador y todavía no sé como controlarlo.

- ¿Y esta puta mierda de los cojones? -llevo diciéndome los dos últimos domingos: no sé si está apagado, encendido o qué pollas le pasa. Y como voy tan justo de tiempo no me entretengo mucho más en mi intento de desinfectar las malas vibraciones acústicas de la noche anterior. No por nada; nuestro bar tampoco es Sábado Sensacional, no, nada de eso...Música moderna, de ahora, para que bailen las chicas y tal, pero así en plan moderno, también hay maricones por ahí, o gays, como haya que llamarlos. Yo, a esas febriles horas del sábado noche, procuro estar durmiendo; con el teléfono encendido, claro. El hermano mayor...Como Fredo con Moe Green.

Encendí la tele de la barra para que hiciera ruido y emergió el último superviviente, un tipo que se come hasta los ojos de una vaca muerta.

Barrí los pocos restos que no había barrido uno de mis hermanos pequeños, fregué el suelo y coloqué todo el material sobrante de la noche. Después trasvasé la mayor parte del mobiliario de un sitio a otro, la parte más difícil, pero es la que sobra si tienes la clientela suficiente como para convertirse en una molestia. Extendí la pequeña terraza, me puse al arroz y, entre tanto, preparé algunos aperitivos dela vieja escuela con un pequeño toquecito.

Todo estaba en su sitio y a su hora.

Cuando volví a mirar la tele vi a un par de gilipollas en Sri Lanka diciendo lo malo que es estar en Sri Lanka.

Puse Radio3 para dar ambiente y pareció como si emitieran desde Sri Lanka.

En la radio de Spotyfi, en los tres o cuatro canales que controlo cuando por fin se despierta, no sonaba nada más que mierda.


De tal manera que dieron las tres como si hubieran sido las doce y me decidí a poner lo mío.


Led Zeppelin, BBC Sessions.


A tomar por culo.


- ¿Qué tienes puesto, Kufisto? -me preguntó una carruselera divorciada con premio ya a ocho años de caducidad y a las puertas del tren de la bruja
- Led Zeppelin

Andaban en mitad del Dazed and Confused, cuando Jimmy saca el arco de violín.

- Joder
- Espera, coño, que ahora empieza la tralla
- Pon la tele o algo...

La gente viva se agobia enseguida. La gente viva no puede comprender lo muerto.


Se fueron a follar. Volvieron.


Y ya se habían ido por segunda vez cuando entró una madre con su hijita, una cosita que todavía no tiene dos años, pero tan hermosa e inocente como para hacer el anti-kufisto con toda tu alma.


Le puse los dibujos animados de Clan Televisión para que se comiera su potito de la media tarde; no sé por donde iba el BBC de los cojones.


Tuvo tiempo para cagarse encima antes de mi marcha.


No le importó tanto como a su madre, esa mujer fuerte, esa hembraza, ese dibujo de Crumb.


- Dime adiós, preciosa.
- Adós.


Y el círculo se ha cerrado.


Otra vez.


Un día más.


Suficiente.




viernes, 8 de agosto de 2014

MATE PASTOR




- Jajaja - me reí.

Un tipo acababa de contar en un foro que iba a empezar a hacer la dieta del nigga:

Blabla...comer pollo frito...blabla...fumar yerba...blabla...hip-hop...blabla...14 o 16 horas diarias durmiendo...

Jajaja...Quince horas diarias de buen dormir. Nadie duerme tanto si lo hace mal. Quince horas...Me acordé de aquel informe científico, otro, ese que dice que pones a un negro solo en una habitación sin estímulos y se duerme en cero coma dos.

Jajaja...

Coño.

Cuando desperté por segunda vez, la definitiva, el sueño de la primera todavía seguía allí: apenas había dormido cinco horas juntando los dos asaltos. Había sido tan fuerte que no pude olvidarlo ni volviéndome a dormir.

Y eso que fue un pimpán, despertarme y dormirme otra vez...pero se quedó conmigo. Aún dos horas después, ya con una de paseo muy matutino, no se me iba de la puta cabeza. Quité al mierda de Radio Clásica y su francofilia de hoy y puse el BBC de los Zeppelin a toda hostia. Inmigrant song, tan cruda como una naranja metálica, consiguió disipar la nube que, todavía, tiene poder para asfixiarme desde el reciente actimel hasta el viejo diente de ajo que, por cierto, hoy no me he comido.

Quince minutos después llegué a casa con Good times, bad times en modo aleatorio.

Siempre me gustó así: a lo que salga de lo que me guste.

Me cambié las ropas exteriores, me rocié con desodorante y, con todo el tiempo que me ha faltado desde marzo, más o menos, me fui al bar no sin antes parar en la frutería del moro.

- ¿Tienes los limones gordos?
- NO, AMIGO...¡NO HAY, NO HAY...!

Ya van dos semanas que me asegura tenerlos para el finde y no los tiene.

- MUUU CAROS, MUUU CAROS, AMIGO...
- Me da igual, traémelos. Una caja.

Y no la trae.

- ¡NO HAY, NO HAY!

Hijoputa.

Bah, que ten den por culo.

- Te dejo esto aquí mientras hago la compra -le dije una tarde de descanso.
- ¿Y esto? -me preguntó al ir a pagar las bolsas con sus tomates, sus manzanas, sus limones y sus naranjas sobre el cuchitril que tiene por mostrador.
- Miel. Miel de la buena.

No hacía ni quince minutos que la había comprado en la tienda pija, una que lleva una obesa que parece asustarse cada vez que entro, aunque ya menos. Cosas de comprar las cosas cuando vienes de andar las montañas del pueblo. Y ahora que lo pienso...ná, ni yendo de frac. En la mirada no llevo más que cinco horas de regular sueño. Y eso con suerte.

- Ahhh...-dijo el moro
- Es cara, pero es buena -dije yo
- ¿Cuanto?
- Doce euros. El kilo.
- ¿Donde la ha comprado? -preguntó admirando esa obra de arte que contenía a ese don de Dios.
- Allí, en una tienda al lao del Cristo de...
- Ahhh...En mi país, la miel, trenta euro kilo.
- ¿Quieres que te traiga uno la próxima vez?
- Sí. Por favor -y pensé que si la gorda me mira como a un salvaje a este lo miraría como a un moro. Acepté.

Y a la semana siguiente la tenía allí.

- Muuuchas gracias.
- De nada.
- ¿Cuanto?
- Doce euros

Le di el ticket.

Su hija pequeña, una niña muy blanquita de apenas ocho o nueve años, me miraba sonriendo sus grandes ojos negros. Le hice una carantoña y me fui para la cercana casa del sol poniente. La mía.

La tarde ha pasado como ese primer gin-tonic retardado, reposado por la obligación: no recuerdo haber echado un primer trago mejor. Qué rico.

Muy a gusto he estado con todos los pocos que luego han sido, hasta mezclando mis bebidas; ora gin, ora whisky y ora cerveza, ora que te ora, error de principiante, pero ya soy veterano y no hay más tiempo para cambiar lo de siempre.

- ¿Ajedrez? -me preguntó uno que ya iba un poco tostaete.
- Ajedrez -respondí desde el ordenador- Las Olimpiadas -no le dije de Tromso porque no le estallara el cabezón.
- Yo jugué en el equipo provincial, de chico...Jugamos por el título de Castilla la Mancha...No sabía hacer más que el mate pastor...¿se llama así, no?
- Sí (oh, Dios Santo...¿qué has hecho conmigo?)

Fui al water. Meé. Miré en el lavabo. Podría haberme hecho un chino con los restos de la antigua estrella del ajedrez manchego. Pasé.

Y viendo la partida entre Caruana y Carlsen leí un comentario en inglés sobre lo que acababa de hacer Grischuk, el segundo tablero ruso.

¡Qué partida!...qué partida...qué manera de jugar al ajedrez...

Al salir del bar vi a un escuchimizado cuarentón del terreno, andando, musitando al aire, sin auriculares, mientras acariciaba los setos de un jardín que no era suyo. Unos pasos por detrás, dos gitanas, madre e hija, enormes ambas dos, hablaban a gritos mientras la más gorda de ellas empujaba el carrito de la carne de su carne como si fuera otro melón.

Ya en el 24 horas me atendió la chica jovencita, la que sonríe como si todavía fuera demasiado joven como para parecer zombi. Pagué y no me sonrió como otras veces: la gobernanta estaba escondida al cargo de la registradora. Y me fui sin tontear demasiado.

Dos piernazas del este de Europa, dos columnas que no tenían veinte años, emergieron como la apertura Orangután a los ojos de Botvinnik.

- Oh, Dios Santo...

Reconocí al tipo que estaba sentado al volante del coche grande. Un niño pijo de cincuenta años, gordaco, bribón e hijo de puta, pero con dinero

- Oh, Dios Santo...


Oh, Señor...


Al menos nos dejas a Grischuk.


En verdad que tus caminos son más inexcrutables que la variante de los cuatro peones en la defensa de Alekhine.


Dormir...soñar...


Dame mi parte, padrecito.


Dame mi parte buena, coño.