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lunes, 27 de febrero de 2012

VEO, VEO...




Las ardillas dejan de ser admirables cuando pisan la tierra; se convierten en animalejos ridículos, torpes, temerosos. Enseguida regresan a sus árboles. Y allí vuelven a ser hermosas.

El sol del mediodía lo inunda todo con su luz, parece como si los árboles se pusieran en puntillas buscando su calor. Pero no: están quietos. Todo se mueve menos ellos. Están en su sitio y reciben a cualquiera, pero no se van con nadie, no necesitan pies que anden, sólo un lugar donde agarrarse.

Hay un pedazo de madera muerta en el suelo, lo recojo y acaricio por sus extremos, salgo al sendero con paso tranquilo, hay poca gente por el camino, estas mañanas son así, casi todos van de acá para allá, recreando sus mundos una vez más, con la esperanza de que llegue el domingo en el que puedan echar el ancla y plantarse solos con quienes quieren, apartándose de los demás, del peligro, de la envidia, del miedo...no aceptan la verdad. No aman la verdad.

Salgo afuera y me guardo el palo en el bolsillo interior del abrigo, mi paso se vuelve dubitativo, tengo que caminar más rápido, pararme, ¡ten cuidado con el piso!, es tan traicionero...

Soy el hombre invisible, a todos miro y nadie me ve.


He bajado del árbol. Regreso al hogar.


¿A que no me veis?



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