sábado, 26 de marzo de 2022

BARRÍ EL BAR Y PASÉ EL MOCHO POR LO MÁS VISIBLE

Tuve que hacerme una paja. Poco después, al fin, me dormí. Desperté, empalmado, media hora antes de la hora límite. Hoy me habría venido bien una hora más de sueño. No me hubiera costado nada volver a cerrar los ojos y quedarme dormido al instante sin necesidad de recurrir a ninguna otra medida. Es más fácil. Cuesta menos salir un momento del sueño que penetrar en él. La mente entonces está como muerta y el alma anda a sus cosas, dejándote descansar en paz. Pero muy pronto, cual animalillo salvaje, aquella se despereza ¡y mira!, ¡tienes que levantarte ya!, ¡tienes que ir al bar! ¡tienes que trabajar! ¡tienes que preparar! ¡empieza un nuevo día! ¡jajaja!

Me acometió un gran cansancio poco antes de que empezara el jaleo del mediodía, justo cuando pude parar un momento. Habría podido dormirme enseguida de haber caído en una cama, en cualquier cama, incluso en el suelo.  

- Si ahora me bebiera de dos tragos un johnnie con cocacola -le dije a un amigo- me pondría en marcha en cero coma dos.

Él se rió y bebió de su tercio.

La gente llegó y todo lo demás pasó a otro plano. Era llegado el tiempo para los otros. Todo lo que había hecho en el día hasta ese momento era para esto. 

Solo, como casi siempre, pasé el mal trago. A última hora, ya un tanto aliviado, vino un amigo. Traía mala cara aunque su ánimo parecía el habitual. Pidió cerveza helada y volvió a elogiar mi forma de tirarlas. Como de pasada dijo algo de un dolor en la garganta pero yo todavía andaba de acá para allá.

- Kufisto -dijo tras apurar la tapa del guiso de su segunda cerveza- Creo que voy a comer aquí.

Pero entonces recibió una llamada en uno de sus teléfonos, la miró y tuvo que marcharse.

- No tardo. Ve calentándolo. 

Volvió pronto. Ya sólo quedaba una mesa de varias parejas en el fondo del salón. Le puse una ración y seguí fregando platos. 

Acabé. Eran las tres y media de la tarde. Ya debería haber cerrado el bar. Hoy cerraríamos de cuatro a seis. 

- ¿Y eso?
- Mi hermano está de boda

Pasé las dos mesas altas de la calle para dar a entender a los del fondo que la fiesta, al menos aquí, se había acabado. Tuve que bajar las persianas y apagar la tragaperras para que se dieran por enterados.

- Échate una cerveza, me cago en Dios -dijo- Y ponme un café.

Abrí un tercio. Es más llevadero que una de barril.

Los últimos se fueron agradeciendo los servicios prestados. Eché la llave.

- ¿Se puede fumar, no?
- Claro

Entró a la barra para ver los whiskies. "No veo ya bien, Kufisto" Eligió un Chivas 18.

- Me duele la garganta, Kufisto. Tengo un bulto ahí...
- Una infección -dije por decir-
- Tengo Strepsils en casa
- ¿Y qué coño van a solucionarte los Strepsils? -dije pensando en la Amoxicilina-

Enseguida pasamos a otro tema. Estábamos frente a la imponente vitrina de los whiskies y, como tantas otras veces, fuimos alabando a la inmensa mayoría de ellos. Por un instante pensé decirle que se hiciera un par de rayas. Creo que nunca en la vida me he metido cocaína sin estar al menos medio borracho.

Me extrañó verlo fumar tan de seguido. Es un tío que apenas fuma y en el rato que tardó en beberse la copa se fumó tres. 

Tenía mala cara cuando se fue alegando algo de un resfriado.

Barrí el bar y pasé el mocho por lo más visible. 


Mi turno había acabado. Ahora podía llegar a casar, tumbarme en la cama, en mi cama, y dormir, ¿no?

No. 


Jajaja...No, hijoputa.


sábado, 19 de marzo de 2022

LIMÓN

 - Tienen buena pinta -dijo la guapa cajera al tiempo que los pesaba.
- Sí -respondí- Es verdad.

Ya un tanto blandos al tacto pero de irreprochable aspecto no puse ninguna pega. Claro que ella no los había palpado pero tampoco había dicho ninguna mentira; después de todo tan sólo se había referido a su apariencia, al aspecto, al color y a la forma, y así vistos sin duda alguna tenía razón.

Pagué y me despedí deseándole una buena tarde, cosa que agradeció.

"¡Qué tonto! -pensé mientras conducía de vuelta al bar- Podría haberle dicho que la pinta de los limones era buena pero no tanto como la suya. Seguro que lo habría agradecido. La chica es simpática y te mira a los ojos cuando te devuelve el cambio. Seguro que hablan de mi entre ellas, tienen tan pocos clientes que les da tiempo...Sí, no hay mucha competencia. Soy viejuno y tal pero me conservo bastante bien. Y la coleta me da el aire justo de outsider, de tío interesante, de renegado...¡Ay Kufisto, la madre que te parió! -sonreí acordándome del justiciero Lorenzo Lamas, el rey de las camas, en aquella merdosa serie de los ochenta- La madre que te parió"

Llegué al bar, abrí la puerta, dejé los limones para el turno de tarde, apuré el tercio de cerveza abierto, pillé algo de bebida que llevarme a casa, cogí el cigarrillo que había dejado en el cenicero, apagué el extractor y echando un último y rápido vistazo salí y volví a cerrar para esta vez sí no volver hasta mañana.

Bajé por la avenida echando una vistazo a las terrazas de los diferentes restaurantes. Estaban casi vacías, incluso las acristaladas, algo que me sorprendió. Tan sólo se veía movimiento en el de más abajo, el más célebre, uno que lleva el hijo de quien lo abriera allá por finales de los sesenta, uno que quiso ser cura y al final acabó en el negocio familiar. Es mayor que yo, ya andará por los cincuentaitantos, tiene pasta pero es esclavo de su trabajo y así se lo comenté una vez a alguien, a lo que fui respondido con la poderosa explicación de que sí, lo lleva él, pero también hay un par de hermanas por medio y...

Siempre me acuerdo del exitoso hostelero que lo hizo a principios de los noventa, de aquel que lo vendió todo y se largó a vivir a Mallorca para no volver más que en contadísimas ocasiones. Era amigo de mi padre y se pasaba por el viejo bar para charlar un rato con él. Pocas veces, muy pocas, he visto sonrisa semejante: no se le caía de los labios. Y luego ves a todos estos, a los cuatro factotums de la hostelería del pueblo, y no hay nada bueno en su mirada. Resulta imposible tenerles envidia o incluso odiarles por su encimahombrismo diluido en signos de riqueza, influencias políticas o el evidente abuso de sustancias. Pero aquel tío que lo vendió todo y se largó a Mallorca, sí: aquel tío daba envidia incluso a un chico de veinte años.

Mi mañana no fue mala; chinochano, chinochano (como se dice por aquí) la cosa fue para adelante al ritmo acostumbrado. Yo no había despertado demasiado bien, al contrario. Ya a eso de la una me desvelé por un escalofrío, aunque no tardé en volver a dormirme después de tirar un poco de las mantas. Hará un par de semanas que no hago la cama y ya se va notando. A eso de las seis abrí el ojo todavía soñando con ella. Es increíble pero trece años después todavía hay noches en las que sueño con ella. Hoy, sonriendo, sus ojos me decían que no me preocupara. Qué sonrisa...

Una hora después de haber abierto el bar llegó mi primera clienta, la nonagenaria, hoy acompañada por su hijo. Yo ya tenía enfilado el guiso del mediodía y más de las mitad de las pulgas. Entró al bar arrastrando su tacatá al grito de "¡Buenos días, compañero!" que a voces respondí desde la cocina y enseguida le serví el desayuno, café con leche y dos azucarillos, zumo de naranja y una porra que su hijo pagó antes de irse a hacer sus cosas.

- ¿Qué tal estás, hijo? -dijo mientras la servía.
- Bien, compañera.
- ¡Cuanto voy a echarte de menos cuando me vaya a Cantabria!
- Sí. Y yo a usted.

Jamás volverá a Cantabria. O al menos no como ella cree.

- Hijo -me dijo un rato después, ya solos, una vez bajado a su petición el volumen del televisor- En Cantabria todo es verde. El mar, los valles, lo bosques, las montañas...¡Pero aquí, en La Mancha...!
- Ya...-me acordé de Ruidera.
- ¡Aquí todo es...! - Y era como si se asfixiara a pesar de los casi treinta años que lleva viviendo aquí. 

Quité el sonido de la tele que tanto le molesta y puse Ten Years After, su gran concierto en Woodstock. No protestó. 

Luego, poco a poco, chinochano chinochano, fueron llegando los clientes, incluso ese bruto en compañía de un amigo que me hizo replantearme otra vez si no estaríamos mejor gobernados en manos de las ancianas nonagenarias.

Yo estaba malo y el guiso casi se jodió por circunstancias que no vienen el caso. 

Pero el día pasó. El día del Padre. "Padrenuestro que estás en los cielos..."

"Estará bueno mi padre" pensé. Hace cinco años ya.

Hoy cerrábamos a media tarde. Mi hermano, el jefe, está de boda, y cerraríamos de cuatro a seis. A eso de las tres sólo tenía en el bar a un ex-presidiario con sus dos hijas, la rubia foca con la que ahora está, y una putilla que llegó a última hora.


Ya estaba mejor. Quizá hasta para echarme un chupito de whisky. Se fueron. Cerré, pasé adentro las dos mesas altas de la terraza con sus taburetes, eché la llave, apagué la tragaperras, bajé las persianas, barrí, fregué un poco, abrí un tercio y me rulé un cigarrillo. 

Todo estaba bien. Encendí el extractor.


Y me fui a comprar limones.




domingo, 13 de marzo de 2022

COJONES FRITOS

 


Acabé el día dándole fin a la que creo era la última novela de Agatha Christie que me faltaba por leer. El primer capítulo (leído la tarde anterior) había sido realmente bueno: una anciana Miss Marple se valía de una astuta artimaña para desembarazarse de su pesada cuidadora durante un par de horas con el fin de salir un rato y ver la nueva urbanización de Saint Mary Mead. Luego todo seguía por los entretenidos derroteros habituales pero sin esa magia inicial. Quizá Agatha pudo haber hecho lo que Simenon, tenía el talento suficiente para ello, pero cuando se salió de sus márgenes sólo lo hizo por escribir cosas románticas bajo seudónimo. "La mujer es superficie" dijo Nietzsche. Miré en la Red por la novela, su ficha en la Wiki, están todas, también el extenso artículo en inglés, su desaparición durante dos semanas cuando ya famosa fue abandonada por el marido, su inscripción en un hotel bajo el nombre de la amante que había destrozado el matrimonio...todo eso. Intrigado escribí "Agatha Christie young" y busqué en imágenes. En algunas no estaba mal, incluso interesante, tenía una buena nariz, pero la mejor de todas era la de siendo niña: en esos ojos, en esa mirada, en esa boca cerrada, estaba todo lo que vino después.

Apagué el ordenador y me fui a la cama. Estaba reventado. No tardé en dormirme.

Ya ayer lo pensé de mi ancianita, la que a primera hora traen a desayunar al bar, aunque es demasiado mayor. Podría ser Miss Marple con veinte años más. Está fatal de las piernas pero la cabeza le funciona bien. Lee el periódico y tiene su opinión sobre las cosas que pasan, bastante seguidista, por cierto. A veces me echa la mano cuando le dejo el café, el churro y el zumo de naranja y con una sonrisa me dice: "Gracias, compañero, ¡qué hambre tengo!. ¡Cuanto te voy a echar de menos cuando no esté aquí!" Ella a veces cree que pronto se irá a su tierra, a Cantabria, pero eso es algo que sólo pasa con las vacaciones de verano del hijo que la cuida. 

- ¡Adiós, hijo! -me dijo arrastrando el tacatá cuando a eso de las diez volvió el suyo para recogerla.
- ¡Hasta el martes, compañera! -respondí.
- Sí...-dijo parándose- Es una pena que no abras los lunes.
- Pero el martes llega pronto, doña Carmen.
- No creas, Kufistín, no creas...Adiós.

"Días de mucho, vísperas de ná" Así pasó la mañana y aún el mediodía. Tuve tiempo para mirar las moscas y pensar que no nos dan tanto asco como las cucarachas sólo porque tienen alas. Todo lo que vuela es menos malo que todo lo que se arrastra.

Mi amiga llegó a eso de las tres menos cuarto. Hacía una semana larga que no la veía. Y hará tres o cuatro días que se me jodió el teléfono y estoy tirando con uno viejo pero sin wasap ni audiolibros, esto último muy a mi pesar. ¿El viernes? sí, el viernes, el día que se fundió a negro estuve a punto de ir a comprar uno nuevo, pero llovía y lo dejé estar. Y ayer no era día para eso. "¿Quien sabe? -pensé- Quizá me venga bien. No estar tan pendiente de Internet, no escuchar tanto audiolibro, no tener wasap...Como decía el malaventurado Pangloss en Cándido: todo sucede de la mejor manera que puede suceder"

Yo estaba charlando con un amigo, un buen chico que también piensa como la abuela, "hijo de Putin"; perdió a un hermano siendo joven, está soltero, todavía vive son su madre y ve la televisión y sus anuncios.

En fin, que mi amiga llegó y lo primero que hizo fue enseñarme un vídeo de una de sus adorables hijas pequeñas hablando de la guerra en Ucrania y de los niños que los rusos están matando.

- Escucha, Kufisto -me dijo enseñándome el teléfono. Pero no oía una puta mierda.
- Está muy guapa la chica -le dije poco antes de terminar.
- ¿Y lo que dice?
- No he entendido nada
- Gilipollas

Le pasó el teléfono a mi amigo y este lo cogió y se lo llevó a la oreja.

- Muy bien, muy bien...
- ¿Qué? -dijo ella- ¿Qué os parece? Me he apuntado a recoger a un niño refugiado.
- No jodas -dije yo.
- ¿No jodas, qué?
- ¿Con siete hijos te has apuntado a por otro?
- ¡Vaya! ¡Y me lo llevo!
- Joder...

Salimos a fumar. Un coche pasó pitando por el otro lado de la avenida. 

- ¡Eh, ehhh! -gritó ella. Era su "padrino" Pararon. Tres chicos y un bebé venían con ellos.

- ¡Kufisto! -voceó él nada más entrar- ¿Qué tal va eso?
- Bien, coño, bien...
- Aquí estás con mi niña
- Ya

Revolución. Mi a migo se largó a comer las sobras de ayer con su madre.

- ¡Cerveza, Kufisto!

Cerveza. Venga cerveza.

- Kufisto -dijo la niña mayor.
- ¿Qué?
- ¿Sabes como te llama mi abuelo?
- No 
- ¿No te vas a enfadar?
- No
- ¿Seguro?
- Seguro
- ¡Kufisto, el de los cojones fritos!


La gata está arañando la silla desde la que escribo. Le he dejado abierta la puerta de la habitación para que pueda encaramarse a la ventana bajada aunque sólo sea para vislumbrar lo que hay afuera. Por ahí se escapó una vez. Pero se ha cansado pronto. Y viene aquí y araña donde yo estoy sentado. Es un buen sillón, no creáis, lo compré hace unos meses y se nota un montón. Le tengo puesto una especie de trapo por encima, una cosa que podría decirse en una palabra que no sé pero "bien está", como decía una de las viejas de las mejores novelas del gran Simenon. Lo malo es que las ruedecillas se enganchan en la tela sobrante y se pierde movilidad. Pero eso se soluciona dando un empujón. Un buen empujón.


Maúlla la gata. Yo creo que hasta ella sabe quien es el asesino.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Y LUEGO ANDA SOBRE MI ALMOHADA DESPUÉS DE CAGAR

Va lista si espera que le abra la puerta; por su culpa he pillado una leve infección en los ojos. Dos amaneceres con las pestañas pegadas con legañas. Hoy no. Todavía tenía un poco de aquel potingue que compré la última vez, ya a punto de caducar; pero ha hecho su efecto. Esta mañana, por precaución, me lo he aplicado por última vez. Y mis ojos como que lo rechazaban: "Ya estamos buenos, Kufisto. No nos eches más gotas de esa cosa" El cuerpo. Hay que escuchar al cuerpo. Y al alma también, pero después.

Una indecible pesadez de espíritu se apoderó de todo mi ser mientras miraba pasar coches, furgonetas, motos y camiones tras el ventanal del bar. No veía más que estupidez. Idiotas al volante. Fanáticos de un equipo de fútbol, de un partido político, de Instagram, de Facebook y de la madre que los parió a todos. Salí a fumar y justo en ese instante pasaron dos niñatas hablando mientras miraban sus respectivos móviles; sus pies calzaban unos calcetines ni siquiera tobilleros. "¿Pero como puede ser esto? -pensé- ¿tan imbécil es la gente?"

Tiré el pito y pasé para adentro. Otra vez en el ventanal llegué a pensar si no estaba incubando un resfriado. Pero no, no tenía ninguno de los síntomas. Era, era...hambre. Tenía hambre. Sí, tenía hambre. Hoy había comido demasiado pronto y no tanto: era mi día de descanso en la rutina de gimnasia y saco. Incluso había tenido tiempo más que suficiente para echarme en la cama y dormir hasta casi sonar la alarma del despertador avisando que debía regresar al bar.

Saqué una buena rebanada de pan del congelador y la metí en el tostador. En esas llegó Gonzalo.

Hacía más de una semana que no lo veía. Era raro. Recuerdo haber pensado si no lo habrían ingresado en el psiquiátrico. Pasó aún más cojo que de costumbre, pero tranquilo, legalmente drogado. Con todo, le puse el café descafeinado.

Enseguida empezó a hablar de sus cosas en tono monocorde y mi hambre aumentó. Fui al frigo y le eché mano al queso, al jamón y al tomate. Miré el tostador. Salí a la barra por un tercio. Gonzalo seguía hablando y removiendo la sacarina. Eché un trago. El pan ya estaba tostado. Quemándome los dedos lo partí y le unté una buena cantidad de tomate y un generoso chorreón de aceite de oliva; luego el queso, jamón, más queso y más jamón. Salí afuera y me senté en el taburete, junto al zigurat de los servilleteros que nos separaban. 

- Joder qué hambre -dije. Y le di el primer mordisco.

Gonzalo sonrió y recordó algo que esta mañana le había dicho una muy querida viejecilla a la que hacía tiempo no veía, algo tan evidente como que está traspasado y que debería comer más, mucho más. Yo le escuchaba, sí, pero a cada bocado sentía renacer en mi la vitalidad de tal manera que lo devoré en menos que canta un gallo. De postre agarré de la vitrina una delicatessen de chocolate con frutos secos que resultó deliciosa. 

- ¡Oh Dios, me cago en la puta! -exclamé.
- Te ha sentado bien -dijo él.
- Joder...Dios mío.

Eran casi las cuatro de la tarde y mi turno estaba llegando a su final cuando Paco el ciego pasó para adentro.

- Ahí donde estás, Paco.
- Vale.

Manzanilla y cocacola light, aunque hace años que se la pongo zero.

- ¿Qué tal, Kufisto?
- De puta madre, Paco.

Mi hermano llegó y alegremente me despedí de todos. Hoy no me crucé al salir con las chicas de la clínica de abajo, esas que todas las mañanas vienen a desayunar y a la tarde por el café.

Esta mañana, eran las ocho y cuarto, vino una de ellas, la mejor, una chica majísima, vitalista, guapa. La cosa estaba controlada y después de servirle el desayuno en el ventanal agarré mi té y salí de la barra para hablar con ella. 

Hablar con alguien es hablar de ti mismo. Está demostrado: decir "A mi me gusta esto" no significa que el otro vaya a preguntarte el por qué, sino que su respuesta será "A mi me gusta esto" Y así, entre amimegustaestos pasa la vida.

Pero esta chica piensa. Hoy me he enterado que la crió su abuelo. Se quedó huérfana muy pronto, algo que ya sabía, y se ve que tras la muerte del abuelo tuvo que ir a la familia de adopción de la que por otra parte se siente muy orgullosa. No sé como llegamos al tema de la comida y me dijo que había tenido un problema con ella y que ahí donde la veía había perdido treinta kilos a fuerza de voluntad. 

- Yo, Kufisto, tiendo a la obesidad. Y tengo que tener un control muy grande con lo que como.

Y todo esto, como cuando me habla de su novio o de cualquier otra cosa, con esa rara sinceridad propia de aquellos que pronto, muy pronto, cayeron en la cuenta de que los Reyes Magos no existían.

Es una chica que te mira con fijeza, sin parpadear pero tampoco con dureza, pronta a soltar la carcajada, una carcajada contagiosa, una serena carcajada mañanera, una carcajada bien dormida.

- ¡Qué mal he dormido hoy, Kufisto! -dijo después de secarse las lágrimas de la risa que le di tras contarle mis atracones de azúcar cuando yo era chico.
- Pues no se te nota. Estás estupenda. Tienes una cara descansada, limpia, no como yo y mis perpetuas ojeras, por cierto heredadas de mi puto abuelo.

Volvió a reír, aunque de otra manera.

- Ya...
- Sí...

- ¿Sabes? -le dije- En el juego que es la vida no hay otra cosa que conocerse a uno mismo. Ese es el objetivo, o al menos eso es lo que ahora pienso. Hay muchos que piensan distinto. Creen que la prueba de la vida no es más que una promesa de cielo o infierno; otros dicen que después de esto no hay nada y sin embargo se sofocan. Toda mi vida no he hecho más que el gilipollas: me he hecho daño, he hecho daño...Y todo por no ser como según los otros debería haber sido. Ahora me la suda. Me ha costado mucho pero ahora que no soy joven como tú me da igual. Podría ser tu padre y sin embargo es como estuviera naciendo. No desesperes. No te obligues a nada.


La gata dormita sobre la manta del sillón de atrás, ese en el que me siento cuando quiero ver algo en el ordenador. Pronto cumplirá cinco años de vida y cuatro y tres cuartos de cuando, toda blanca como la nieve y con los ojos azules, la recogí aterrorizada de la calle en la palma de mi pequeña mano.

Una vez se escapó por la ventana de mi habitación que siempre dejaba abierta y no supo volver. De seguro que lo había hecho antes, pero no me había dado cuenta del cercano tejado. Pero se ve que esa vez la liaron de tal manera que bajó del edificio y no supo volver. Sólo tres semanas después, ya dándola por muerta y en un increíble golpe de suerte, la recuperé toda aterrorizada. 


Pero con todo y con eso, todos los días, sigue ahí, esperando que abra la puerta de mi habitación donde cuelga el saco que reviento a puñetazos cinco días a la semana.

La trampa es pequeña pero suficiente: bajo la persiana de la ventana hasta que no quedan más que sus ojos entornados. Y entonces, apoyada sobre el radiador y en un salto increíble, sube hasta el quicio y maúlla por la peligrosa libertad que ha olvidado


Y luego anda sobre mi almohada después de cagar.


Hija de puta.


miércoles, 9 de febrero de 2022

SEÑALES

 Kamel vio que el bar estaba vacío y se quedó conmigo en la barra. Bebió de un trago el chupito de J/B y echó un traguito de la caña de cerveza. Pagó aquel dejando propina y le apunté esta a cuenta. Parecía un tanto borracho. Está alcoholizado. Hoy como ayer le he visto llegar sin su desastrada bicicleta. Quizá se la han robado. No pregunté. Enseguida, en un español poco inteligible, empezó su perorata en tales circunstancias; el típico soliloquio de quien nadie escucha. Habló de su hijita, ingresada en el hospital desde ayer; de la malmetedora suegra que había pasado la noche con ella; de la joven ex a la que pasa algo de dinero cuando puede y de una amiga, "bueno, algo más", que motiva algunas discusiones monetarias. "La mujer es la hermana del diablo" Esto le dio pie para pasar a otra de sus frases lapidarias, "todos somos hijos de Dios", y de ahí a sus problemas con los curas de las iglesias donde se pone a pedir; no todos, "hay alguno bueno", aunque sólo recordó la discusión que tuvo con uno de los malos al ver como le negaba una ayuda; el cura se puso nervioso y llamó a la policía que no tardó en presentarse con dos coches. La cosa no pasó a mayores, los polis le conocen, eran de los buenos e incluso le habían dado algo de dinero de sus propios bolsillos además del consejo de que pasara por el ayuntamiento para tramitar algún tipo de ayuda. Kamil les hizo caso y una mañana fue a pedir cita con la alcaldesa. La funcionaria no tardó en pulsar el botón que comunica con las oficinas de la adyacente policía local y al momento se personaron "tres gorilas" muy mal encarados. Kamil protestó y uno de ellos lo tiró al suelo y le pisó la cabeza. 

- Yo soy el más pobre del mundo, Kufisto -decía masticando como podía la pulga de salchichón con los cuatro dientes que le quedan- Yo no tengo nada...Pero cuando muramos pesarán los ángeles que tenemos sobre los hombros: en el izquierdo el malo y en el derecho el bueno -y gesticulaba con los pesos de ambos sin compasión- Yo estuve en la cárcel, ¿te lo dije?...Ah sí, vale...Yo estuve en la cárcel, en Herrera...Falsificación de pasaportes...En el 94...Pero...¡todos somos hermanos! ¡Todos! ¿Por qué esto? Tanto tienes, tanto vales...¡Yo respeto a todo el mundo! ¡Hay que respetar, Kufisto, hay que respetar a la gente! ¡Si yo no puedo pagar a la madre, si no tengo nada! ¡Cuando tengo le doy!...¿Estamos solos? -se había dado cuenta de que estaba alzando la voz- Bueno...Yo voy por ahí, cogiendo chatarra...El otro día me amenazó su padre, un búlgaro, uno de por ahí...¡Pero si no tengo qué voy a darle! Jesucristo vino aquí, ¡aquí!, a este mundo y dijo que todos éramos hermanos. ¡Todos! ¡Todos hermanos!

Un cliente entró y Kamil calló y se fue. Había dejado la caña casi intacta. 

Salí a fumar. Hablé del tiempo con el cliente, un divorciado con una hija adolescente, un buen tipo devorado por el trabajo y lo que se le viene encima. Coincidimos en que hacía frío en la sombra y bien en el sol. Estábamos en la sombra. Pasé para adentro.

Entró uno por primera vez desde hace diez días, desde aquel follón dominical provocado por su desquiciada mujer que había sido resuelto con su injustificado paso por el calabozo. Kamil, por cierto y según me contaron, estaba presente y valientemente se puso de de su lado afirmando que lo había visto todo y no había habido nada de lo que esa loca gritaba; le apartaron de un empujón y le mandaron callar.

Nos saludamos y pidió café y chupito, lo de siempre. Pero lo hizo con una cara que no se la vi ni cuando tenía que regresar a la cárcel tras un permiso de fin de semana por aquel viejo asunto de drogas que al final, ya casi olvidado, se había cobrado la deuda. Entonces su hija apenas era un bebé; ahora está a punto de hacer la comunión, se da cuenta de todo y lo quiere a él mucho más que a su madre.

No hablamos ni del tiempo. Lo conozco desde hace veinte años. Se fue antes que el silencio se hiciera demasiado insoportable.

Bajó la mujer por segunda vez. Esta mañana, a primera hora, todavía con las luces del bar a medio encender, había hecho la primera visita después de todo aquello. Tabaco, como siempre a esas horas. Cambio para el tabaco y una tímida queja por el frío del amanecer. Tabaco también ahora, ya a punto de terminar mi turno. La vi tan deformada, tan dejada en apenas diez días, que casi me asusté. 

Otra vez sentado en un taburete frente al ventanal del vacío bar vi llegar a mi amiga en su furgoneta familiar. Me fui para la barra.

Había estado de cañas con las amigas, dijo. Un día de relax. No había podido venir a verme esta mañana. No iba borracha pero tampoco serena. Pidió un tercio. Riendo me enseñó algunas fotos de sus hijas pequeñas jugando a ser mayores. Son adorables. "With or without you" sonaba por los altavoces mientras iba enseñándome fotos y más fotos, vídeos y más vídeos, incluso de su hermano mayor, un hombre de brutal aspecto a quien sin embargo le encontré un cierto parecido con ella. Mi hermano pequeño llegó para relevarme.

- ¿Te vas, Kufisto?
- Sí, tengo que hacer cosas
- ¿Qué cosas?
- Cosas de casa...La cesta de la compra, poner una lavadora, limpiar un poco el aseo, la habitación...ya sabes.
- Sí, ya sé
- Bueno, nos vemos
- Me quedo con tu hermano
- Vale. No es mala quedada
- Sí, pero yo había venido para quedarme contigo


Encontré a la gata tomando el sol en el brazo del abandonado sillón de lectura que está pegado al ventanal del piso. Pasé al dormitorio y solté una buena meada en el desastrado water. Olía como el de mi abuelo cuando yo era niño.


Apagué el teléfono, bajé a comprar algo de comida para mañana antes que fuese demasiado tarde y no hice nada de todo lo demás.

martes, 8 de febrero de 2022

DE LA PENITENCIA HACIA EL ÉXTASIS

 A no ser que un escuadrón de furiosos lunáticos invisibles estuvieran agitando los troncos de los árboles que se ven tras mi ventana era asunto del viento. Claro está que la epiléptica bandera del colegio de enfrente izada en una alta asta sobre el techo del edificio podría excluir aquella primera posibilidad, ¿pero quien podía asegurar que aquel cabreadísimo ejército camuflado no constara entre sus filas de una falange de obedientes monos trepadores? Nadie. Y yo, con un cocido más que completo y media botella de vino tinto saludándose todavía en el estómago, menos que nadie. 

La primera tarde de la semana lucía espléndida. Era casi un crimen desperdiciar el día de descanso durmiendo la siesta. Sin pensarlo me calcé los duros botines y abandoné la seguridad del piso para marchar otra vez en busca de los molinos: la penitencia auto-impuesta tras la saturnal noche del sábado aún no había acabado.

Ya en las afueras, con los molinos tan a la vista como lo permitía mi melena alborotada, noté los primeros avisos de los pies. De nada iba a servir el experimento del doble par de calcetines; los dedos de allí abajo, esos pequeños deditos que cuentan nos servían para trepar a los árboles cuando fuimos monos sin tiempo que perder en tonterías, protestaban una vez más ante mi terquedad: "No es calzado para esto, Kufisto; no, no lo es. Ya no sabemos como decírtelo" Y lo peor estaba por llegar.

Si yo fuera otro habría dado marcha atrás para regresar por donde había venido; si yo fuera un poco menos estúpido habría dejado a un lado la senda pedregosa para al menos ascender por el camino asfaltado; pero como yo soy yo y nunca dejaré de serlo lo hice como si en vez de cepos portara pantuflas y en lugar de un pequeño huracán soplara la brisa de los mares del Sur, allí donde jóvenes chicas de piel trigueña y amplias sonrisas blancas cuelgan medallones de fragantes flores multicolores sobre tu pecho quemado por el naufragio habitual.

Una ráfaga de viento desquiciado me dio la bienvenida al pisar resollando la cima del molino de más difícil acceso. Tal fue el golpe que me envió unos metros más allá, como el empujón de un portero harto de rechazar borrachos a la puerta de un garito nocturno. Con todo, me encaré con él al recuperar el equilibrio y le hice frente descendiendo por la vía que siempre tomo en esa ladera, una que las mismas cabras consideran intolerable. Allí fue donde la satánica furia del viento se desató por completo ante el terror de mis pies que más que ir pisando piedras eran mordidos por ellas. Por fin alcancé el camino y ya más tranquilo pude oír los lloros de mis pies. Pero aún faltaba ascender el cercano cerro del repetidor, mucho más corto aunque igual de duro. Allí, al menos, no encontraríamos ningún desnortado portero a sus puertas.

Regresé tan reventado a casa que di por concluida la penitencia. Es más, decidí ipso facto tomarme dos días de descanso: ni gimnasia, ni saco, ni paseos a los molinos ni a ninguna otra parte. El trabajo en el bar y nada más. Descanso. Necesitaba descansar. Esto, semejante rara determinación y una vez comprobado el resultado, nos calmó a todos. 

Y dormí como hacía meses no dormía.


Desperté como si una comitiva de jóvenes chicas de piel trigueña y amplias sonrisas blancas hubiesen pasado la noche besándome todas las heridas.

No vi ninguna al abrir los párpados pero...No hay otra explicación.


O al menos yo no necesito otra.

sábado, 5 de febrero de 2022

LOVECRAFT

 Lovecraft consiguió llegar a ser Lovecraft cuando rendido, humillado y ofendido dejó Nueva York para regresar a Providence; sólo entonces pudo liberarse del sueño de una vida. Y apartado de ella escribió lo mejor de una obra que perdurará en el tiempo más allá de quienes hoy la miran con desprecio. Hay tiempo de sobra. Si hay algo es tiempo.

Decir que hoy acabé desquiciado en el bar sería decir demasiado. No, al contrario, lo hice en plena forma: una vez más, a mis casi cincuenta años, saqué adelante por mis propias fuerzas toda una mañana de un sábado muy ajetreado. Eran las cuatro y pico de la tarde cuando salí a fumar un cigarrillo a la puerta mientras bebía una cerveza en compañía de unos amigos. "Lo has conseguido, Kufisto" dijo ya medio borracho uno de ellos, el que estaba allí bebiendo tercios desde la una, un buen chaval que pronto dejará de seguir viviendo en casa de madre para irse al piso que compró hace unos meses. Los otros dos, cuarentones como él, habían llegado hacia apenas media hora y ya, por lo parlanchines, con un algún tirito de cocaína encima; ambos también solteros y ninguno viviendo en su propia casa. Quince minutos antes se habían ido casi de naja el otro par de colegas que había tenido danzando todo el mediodía, "ahora venimos, Kufisto", claro está por cocaína; uno es camello y el otro está casado y con hijos pero aún las caza al vuelo y hoy era un día de esos en los que puede hacerlo. 

Se fueron todos. El buen chaval con sus diez tercios en la barriga haciendo eses a casa de su madre y los otros dos, también buenos amigos, a otro garito más adecuado. El camello y el casado con dos hijos pequeños no habían regresado pero esto no suponía ningún problema. Son amigos míos. Y si me esperaba un rato más, ya como estaba relevado por mi noble hermano pequeño, podría meterme un par de tiros del cuellete sin ningún problema. Pero no lo hice. Le dejé la nota bien especificada a mi hermano y me vine a casa.


Fuera de aquí sólo está Nueva York.