- ¿Sabes? He estado cuatro días sin tomar nada. Nada de speed, ni hierba, ni alcohol...nada. Me levantaba temprano y me acostaba pronto. Hacía cosas durante el día, lo aprovechaba; arreglos en el piso más que nada. ¿Sabes donde estoy viviendo ahora? ¡Como lo vas a saber! Estoy en un piso viejo, muy viejo; uno que es de unos amigos de mis padres. Lo tenían deshabitado y ahí me he metido. Estoy bien allí, es perfecto para mi. Y lo estoy mejorando sólo con darle una utilidad a sus defectos. Por ejemplo con el calor. Tiene tantas corrientes de aire que he ideado un sistema para estar fresquito. Abro algunas puertas, cierro otras y lo mismo con las ventanas. Pongo bayetas húmedas en ciertas habitaciones del piso cuando me levanto. Y se está del copón. ¿Pero sabes qué, Kufisto? Cuatro días son más que suficientes para mi. Yo no valgo para eso, no es mi rollo. llevo drogándome desde los veinte años y ahora tengo 42. Me gustan las drogas, siempre me han gustado. El speed es lo mejor. Te mantiene alerta, concentrado, espabilado...Funciono de puta madre con él. Ahora tengo pasta de sobra para pasar un buen verano. Luego, en octubre o así, tendré que volver al curro. Ahora están todos los médicos de vacaciones y no hay nada que filmar. Pasaré unos días aquí, otros por ahí, follaré y me pondré hasta las trancas. Por cierto que he oído que van a dejar el garito de M y estoy pensándome si meterme en el negocio. Sería un garito de rock n´roll, de la música que nos gusta a ti y a mi. No hay ni uno en la ciudad desde hace tanto tiempo...Bueno, sí, está el d esos pringaos pero ya sabes, es tipo rollo familiar y todas esas mierdas. Yo lo que quiero es un garito macarra, canalla, uno de los nuestros...¿qué te parece?
Le dije algo sin quitarle ojo al vagabundo que estaba sentado en la terraza con Paco el ciego. Poco antes había llegado al bar. Yo estaba con la guardia baja tras una buena mañana y le puse una copa de sol y sombra que no debí habérsela puesto. El tío estaba hecho calderilla; no de borracho sino de enfermo. Delgado hasta el extremo, medio sordo, desdentado, sucio...Había dejado la copa en la barra y todavía la tenía entera veinte minutos después. Se había salido con Paco después de pedirle un cigarrillo que le dio. Y allí estaban los dos, mi amigo y el desconocido, fumando a voces, el uno ciego y el otro medio sordo aunque casi como estuviera en su casa...
Se me estaban empezando a hinchar los cojones.
Mi amigo drogadicto se fue. Cuando el vagabundo volvió a entrar le dije que me pagara.
- ¿Ya?
- Sí
- Pero si no me voy a ir
- Pero yo sí y tengo que cerrar la caja
- Bueno...¿cuanto es?
- Dos euros
Hurgó en sus bolsillos y sacó uno
- Pues sólo tengo uno
Le quité la copa.
- ¡Eh!
- Paga o tira de aquí
Volvió a meter la mano en el bolsillo sacando un puñado de monedas. Me dio otra de un euro. Cogí un vaso de plástico y vertí el contenido de la copa en él.
- ¿Por qué haces eso?
- Porque ya es tarde y tienes que irte a Cáritas. ¿No me has preguntado antes donde estaba?
- Ya, pero me dijeron que abría a las cinco
- Pues ya casi son.
- Como se te ocurra liársela a mi hermano -le dije al oído cuando me iba diez minutos más tarde- vuelvo aquí y te muelo a palos.
Llegué a casa y nadie me llamó al móvil. Y hoy ni mi hermano ni el ciego me han dicho nada de ese tipo.
La mañana de hoy no ha sido tan estupenda. Todo el mundo va estando de vacaciones y eso es algo que ya se va notando, aunque también me beneficio a la hora de las cañas por la multitud de bares que han cerrado. Hoy no ha sido tan descarado pero en fin, he hecho las cosas.
A eso de las tres y media, ya con todo recogido, ha venido el Loren, uno de los viejos borrachos friendly del pueblo. Lleno mierda (me ha dicho que está pintando no se qué nave) y ya bien borracho ha pedido su copa de anís con el vaso de agua aparte. Ha empezado a decir las mismas incongruencias que acostumbra y lo he dejado estar. No había nadie en el bar y él es buen tipo, uno que aún borracho sabe como funciona el tema. Lo dejé en la entrada de la barra y yo me fui a mi sitio en el otro extremo. Luego salimos a fumar mientras decía cosas. Me fijé que iba con zapatos, sin calcetines.
- ¿Como vas con zapatos, tío? Y encima sin calcetines...Tienes que ir destrozándote los pies
Volvió a la pintura de la nave espacial y viendo que desvariaba más de lo acostumbrado pasé para adentro. Al poco todos estábamos en el sitio, yo con el móvil y él con su copa de anís y el vaso de agua.
- ¿Va bien el reloj, Kufisto?
- Sí, Loren
- Está como parao...
- Es que no tiene segundero
- Ahhh...pero no. Está parao
- Que nooo
- Está parao -volvió a decir
- No, Loren. Han pasado diez minutos y los ha marcado. No tiene segundero, eso es todo lo que no tiene
- Está parao
El tiempo siguió pasando. Y sin darme cuenta empecé a oírle murmurar.
Al principio pensé que estaba hablando por teléfono. Siempre va con unos auriculares, le gusta el country, su sueño siempre fue montar un local del estilo, y bueno, pudiera darse la circunstancia de que estuviese hablando con alguien. Después de todo es un tío muy mañoso que pinta y colorea todo lo que haga falta y la verdad es que hay bares que lo tienen poco más o menos de chico para todo. Toda su vida la ha pasado en el negocio y sabe donde poner tiritas cuando hay una hemorragia. Otra cosa es que funcionen, pero eso no es culpa suya.
No. No estaba hablando con nadie. No tenía los auriculares puestos ni nada, que lo vi cuando hice como que salía a la puerta. Estaba hablando solo y en susurros mantenía una conversación violenta.
- Mátalo, quémalo y ya está, joder.
- ¿No ha venido nadie preguntando por mi, Kufisto? -dijo otra vez como al principio
- No, Loren
Traguito de anís, traguito de agua. Me fijé. Es un borracho profesional.
- Me voy, Kufisto
- Adiós, Loren
- Si vienen preguntando por mi, ese del BMW de enfrente que te he dicho, le dices que me he ido
- Vale
Cruzó los pasos de cebra como si sólo hubiera leones en la China. Al llegar a la otra acera, al edificio de enfrente, vi que paraba para echarle un vistazo a un coche que parecía un BMW. Y luego siguió andando hacia su cercana casa.
Salí del bar y fui a comprar para él y para mi. De regalo me eché seis botes de Voll Damm.
Cuarenta y dos grados marcaba el último termómetro que vi antes de dejar el coche en la cochera. Agarré las bolsas y pillé el ascensor. La gata, como siempre que hace calor, no salió a recibirme. Lo coloqué todo, cagué y me puse fresco. Eran las cinco y media de la tarde.
Hay muchas cosas imposibles a esa hora de un día de julio en La Mancha. Una de ellas es salir a andar y las otras ya las había hecho en el hipermercado. No había que salir a por fruta o verduras, o a echar las loterías del fin de semana (eso también está allí) o...¡coño! ¡un libro de la biblioteca para echar el finde! se me había pasado. El otro día un amigo mío, el concejal de cultura, volvió a recomendarme uno al que una vez intenté echarle mano pero no fue tal. Y no es que me asustara tanto su desmesurado tamaño como la procedencia de quien lo firmaba. En fin, también yo pronto estaré de vacaciones y será el momento propicio de darle una oportunidad.
Miré en Youtube y enlacé un vídeo documental de Metallica. Después de ver su primera parte recordé otro que habían hecho cuando Hetfield estuvo tan jodido. Lo busqué y no venían más que retazos. Y entonces recordé que estoy en Megadede y allí estaba.
En un descanso de la grabación de aquel disco grabado con la ayuda de un psicólogo, Hetfield se fue a cazar osos a Siberia y al volver se metió en un centro de desintoxicación para alcohólicos.
Se decían las verdades y todo eso que algunos dicen que hay que decir. Salían hasta los padres de alguno, incluso antiguos y legendarios componentes de la banda hablando como tú hablabas cuando tenías quince años y estabas borracho...
Era absurdo. Todo era absurdo. Ellos eran absurdos. Seguir haciendo esa música con cuarenta años era absurdo y yo estaba siendo todavía más absurdo por verlos.
Lo quité. Mi padre está muerto desde hace dos años y medio y yo no voy a ser una estrella del rock´roll. Estuve en los chiringuitos cuando tocaba y no pasé de beber y fumar mientras otros hacían lo mismo al tiempo que buscaban las claves que tampoco les llevaron a ningún sitio.
Eres una clase de monstruo. Estás a punto de cumplir 46 años y sólo te sientes bien estando solo. Ves lo que hay por ahí y te dices por qué no. Todavía hay un leve interés de tu parte que ahogan un tanto todas aquellas primitivas movidas que no te dejaron opción y en fin, que sí, que soy, que eres, uno de esa clase de pequeños monstruos que no pueden olvidar lo que pasó.
En el infierno te espero.
viernes, 19 de julio de 2019
martes, 16 de julio de 2019
EL ANTIMONIO
Y "El carro triunfal del antimonio" me llevó a ver una entrevista online a Espinosa de los Monteros.
Un par de horas antes lo había intentado con una cutre-conferencia de dos horas y pico sobre asesinos en serie. Eran las cinco y media de la tarde y mi cerebro no sabía qué hacer ante la imposibilidad de conciliar el sueño. Vencido y casi riendo me levanté de la cama para ir al salón, que es como salir de Málaga para meterte en Malagón. Un aire acondicionado descargado de gas desde hace no sé cuantos años preside desde lo alto de la puerta, ciego y en silencio, mis peripecias caseras. Antes de ayer le di al botón de ON como quien echa una Primitiva de la máquina y prácticamente no hizo nada. En otros años abría algo la boca aunque fuera para expulsar el mismo aire caliente. Claro está que lo apagaba; pero bueno, la movía y hacía algo. Ya no. Después de todo es difícil exhalar aire fresco cuando uno está dentro de un horno. Casi imposible. Y ahí sólo quedan tres opciones: o te pones a rezar por un milagro, o llamas a un técnico o, inasequible al desaliento de los cuarenta y cinco años que se te están acabando, recurres a la magia.
La conferencia de los asesinos en serie se desarrollaba en un bar. Había una tele apagada con un icono móvil sobre su fondo negro. Pronto fijé mi atención en él, más o menos a los cinco minutos. Un rato después me di cuenta que la palabra iba formando una especie de rombo irregular. Bajaba tres veces por un lado y subía cuatro por el otro. De hecho creo que variaba, no sé...nunca fui muy bueno con estas cosas. La verdad es que el calor estaba jodiéndome vivo. Le di al vídeo para adelante, vi que en vez de la palabra ahora salía la cara de un tío feo y, oyendo la monótona voz del más joven de los dos expertos, decidí que ya había tenido más que suficiente.
Salí a la calle y la hostia fue más tibia de las que estaba recibiendo en el salón.
De camino hacia la Administración sentí como la voz de una vieja que desde su balcón me llamaba por mi nombre para pasar una tarde de amor. Miré hacia arriba y no vi a quien esperaba ver, tan sólo unos toldos amarillentos que gemían atrapados entre los palos que les daban forma al irregular compás del aire acondicionado por el sol. Lástima.
Allí, tras el cristal, estaba la hermosa joven. Miriam es su nombre. El otro día escuché a alguien llamarla así. Es un bonito nombre. Lleva gafas y una gran melena castaña y rizada que a veces, ¡ay!, recoge en un moño. Una vez me atendió recién duchada. Estaba perfecta con el pelo mojado y sin peinar. Se lo dije.
- Hola, un euromillón y una bonoloto
- Ahí tienes
- Adiós
- Adiós, Kufisto
Di la vuelta a la manzana y pasé a la frutería del moro d la esquina. Compré naranjas y regresé a casa. Eran las seis y cuarto cuando ni la gata salió a recibirme.
Había que hacer algo y busqué algún libro que leer. Miré en viejas y sucias cajas ya mil veces removidas sin encontrar nada. Si uno es su biblioteca yo, desde luego, soy la mía.
Por mirar algo más lo hice en el armarito donde muy al principio de vivir aquí estaban las copas. Por entonces yo era un ser social que hasta tenía novia y a veces hacíamos cenas de amigos y todo ese rollo. No pasó mucho tiempo que saqué el cristal y metí el papel: ahí, apilados entre facturas de la luz de la pimera década de este milenio, colecciones de VHS, pastillas caducadas y auriculares rotos duermen su sueño casi eterno una serie de novelas y biografías que sólo de verlas se me quitan tanto las ganas de leer como vienen las de darme de cocotazos contra la pared.
Desesperado por encontrar algo que hacer antes que volver a ver la conferencia de los asesinos múltiples, vi un librito debajo de todos los demás que enseguida reconocí. Era ese del antinomio que seguro no compré y o me llevé de la biblioteca, o no se lo devolví a un amigo, o lo robé en alguna de las ferias de mi juventud, o yo qué sé...El tiempo pasa y olvidas las cosas, gracias a Dios.
Lo único que recordaba de él era que no había entendido nada. Yo era muy joven y enamoradizo y supongo que semejante título hizo presa en mi. "El carro triunfal del antimonio"...Joder, me sonaría de puta madre, como una especie de hechizos y todo eso para hacer caer a tus pies a todas las titis que deseabas..."El carro triunfal..." Hace dos horas que me he enterado de que el antimonio es un metal.
Bueno, el libro escrito por un monje benedictino era una paranoia continua, algo parecido a mi etapa temprana en el blog. Lo dejé y miré por antimonio en Google, pues no me había quedado claro de que estaba hablando el jodido monje aún leyendo cuarenta de sus lunáticas páginas. Un metal, eso es el antimonio de los cojones. Un metal.
Tengo un ventilador de pie que es una maravilla. Creo que lo compré casi cuando la época de las pijas cenas aquellas. Hará ya más de diez años y ahí sigue, cumpliendo su función. Si no fuera por él yo ya estaría hecho pan.
Espinosa de los Monteros estaba haciendo una entrevista con uno que dice ser anarco-capitalista, creo, cosa que me suena igual que antimonio y que por lo menos hoy no buscaré su significado.
La seguí un poco más que la de los asesinos en serie. Ahí no había lugar para las distracciones en forma de palabra que se mueve haciendo rombos irregulares en un televisor apagado. La mitad de la pantalla la ocupaba el careto de uno y la otra mitad la del otro. Cada dos por tres se caía el experimento y casi que era mejor. Y cuando no todo eran los esperados lugares comunes aún para una audiencia de dos mil y pico gilipollas que estábamos viéndolos. Y a este pijo y a sus pijopaletos les he votado dos veces.
Será por el antimonio.
No sé porqué pero siempre escribo antinomio.
viernes, 12 de julio de 2019
UN BUEN TIPO
Me bebería una cerveza pero no tengo. Hace un rato estuve en el súper haciendo la compra y pasé de largo por el pasillo de las cervezas. Podría bajar ahora mismo y pillar un paquete de seis en el de aquí al lado. Claro que habría que enfriarlas y eso llevaría su tiempo, lo menos una hora en el congelador. Pongamos que a las ocho y media estuvieran en condiciones. Para las diez y pico ya me las habría bebido todas. Y eso sin contar los cigarrillos, uno tras otro. Puede incluso que en ese momento pensara que estaba escribiendo algo realmente bueno, como tantas veces me pasa cuando bebo. Y quizá llegara a coger el coche para ir por una botella de whisky para completar. Cogería también unas cocacolas y remataría la noche a eso de las doce, exhausto, viendo viejas canciones en el ordenador, casi siempre las mismas. Después dormir como un tronco y despertar con la boca seca y el dolor de cabeza. Tan sólo quedaría aguantar un sábado en el bar que mañana será todavía más largo que el habitual.
Otra posibilidad sería salir a andar. Todavía hay tiempo y se supone que el calor de hoy ya estará menguando. Un cielo gris, como de tormenta, ha estado ejerciendo de tapadera durante todo el día. Costaba respirar ahí afuera. A eso de las cinco y media salí a la frutería de la esquina y el aire quemaba. La fruta tampoco lleva bien este tiempo. Casi toda estaba blanda y con mal aspecto. Apenas he comprado unas verduras para el arroz de mañana. El moro tenía un aspecto más serio y taciturno del normal. No, salir a andar sería otra estupidez.
Una opción novedosa sería ir en coche a los molinos. Llevarme unas cuartillas, una botella de agua, el tabaco y escribir algo en otro sitio distinto a este. Seguro que saldría algo diferente. Pero el otro día estuve andando por allí a estas horas y ya había bastante gente. Puede que hoy, siendo viernes, aquello esté peor. Me fijé que había algunos que se llevaban sus neveritas y todo eso. Bebían botes de cerveza y hablaban entre ellos. Sólo me faltaría encontrar a algún conocido y ponerme a beber cerveza con el coche en los molinos. No.
Quedaba empezar a leer el libro que saqué el lunes de la biblioteca. Tras un buen rato de mirar no vi el que iba buscando y al final casi cogí uno por obligación, uno con un título ridículo. Le he dado treinta páginas. Es bastante malo aunque tiene una buena frase en el segundo párrafo. Hay pocas novelas buenas. La mayoría son aburridas. Y lo son mucho más cuando ves las páginas que te quedan por delante. Hoy se lo decía a uno en la puerta del bar: "Si uno aprende algo con el paso de los años es a aceptar las cosas, a no obcecarse en cambiarlas" Yo antes me obcecaba en terminar todo libro que abría, por pesado que se me hiciera. Era como una prueba más, otra demostración de fuerza. Hace tiempo que dejé de hacer eso. Hace tiempo que dejé de medir fuerzas con los otros.
La última opción era quedarme aquí y escribir algo mientras hacía tiempo hasta la caída de la noche. Resulta imposible dormir sabiendo que el sol todavía está ahí fuera. Puedes estar cansado, agotado, casi cerrando los ojos sentado en el sofá viendo un vídeo cualquiera que es levantarte para ir a la cama y dar vueltas de un lado a otro. Más o menos como cuando es de noche, pero ahí ya sí que no queda más remedio. Siempre despierto con ganas de dormir un poco más. No recuerdo la última vez que dormí hasta hartarme.
Podría haber escrito del bar pero no tengo ganas. Ha sido un buen día, un magnífico día, en lo laboral y están apareciendo algunos nuevos personajes interesantes. También van a irse pronto otros de los que nunca he escrito, no sé porqué, como el director de la sucursal bancaria y las dos chicas que trabajan con él. Bueno, decir chicas es no decir bien, que ya son madres de varios hijos y acaso sean un poco más jóvenes que yo, pero es rara la mujer que se molesta cuando te diriges a ella con esa palabra en el tono adecuado. Y claro está que uno también hace sus excepciones, como cuando la mujer esta sola. Ahí no. Lo de chicas se dice si son varias. En singular queda como cosa de viejo paleto; en plural es casi lo natural. Es curioso.
El director es un tío que me cae bien. Está casado con una mujer de espléndido aspecto, muy femenina, y es padre de dos hijos, el más pequeño de ellos de unos siete u ocho años y el otro con la edad esa en la que uno empieza a descubrir que tiene polla. Hace unos meses le oí hablar con un amigo de que sabía que su hijo estaba empezando a ver porno en el ordenador. En fin, preocupaciones de padres. Yo he conocido al chico antes y después y sí, de un tiempo a esta parte ya se le ve la mirada aquella de infinito sufrimiento.
Su padre es un hombre de buen humor, tranquilo, campechano, nada engolado. Conoce su oficio, sí, sabe que lo suyo es sacar dinero como sea, pero no va por ahí atosigando a la gente. Recuerdo una vez, hace unos años, cuando el rollo de que los bancos vendieran cualquier cosa empezó a salirse de madre, que vino una mañana al bar y tras desayunar charlando de las cosas de todos los días me soltó algo que ahora me hace mucha gracia.
- Kufisto -me dijo casi de soslayo en la puerta del bar como quien prueba otra contraseña más en un ordenador ajeno- ¿no estarás interesado en una alarma?
- ¿Una alarma? -dije yo, sorprendido
- Sí, una alarma. Ahora también vendemos alarmas -dijo casi con una sonrisa. Antes me había ofrecido televisores, lavadoras y no sé qué más, siempre con la misma actitud, cosa muy de agradecer. Y es que ya os digo que este hombre huele el dinero y se nota a la distancia que yo no lo tengo-
Recuerdo que yo también sonreí y puede que hasta acabáramos riendo. Le he visto tratando en el bar con gente de mucho dinero, millonarios algunos, y en ningún momento me ha parecido estar viendo a otra persona como sí me ha pasado con tantos otros de su oficio. Incluso delante de sus superiores, esos que van por ahí viendo in situ como van las cosas, no he apreciado nunca ningún signo de chupapollismo ni nada parecido.
Quizá también sea que su padre va a morir dentro de algunos meses de lo mismo que murió el mío que nuestra amistad se ha ido acrecentando en estos últimos tiempos. Algunas veces, pocas y siempre cuando él ha sacado el tema, hemos comentado algo. Al fin teníamos algo en común. Bueno, eso y la música electrónica, aunque para él esto sea algo tan secundario como para mi lo pueda ser casi todo.
Lo he pensado mientras fregaba los platos: "¿Por qué no les invitas a comer el día que cierren? Sería un detalle por tu parte después de todos estos años"
Ha pagado el desayuno y hemos salido afuera a fumarnos el cigarro de rigor. Y enseguida se lo he dicho, no fuera que de pensarlo no lo hiciera.
- Oye, Luis, ¿por qué no os venís a comer el día que cerréis?
He visto la sorpresa en sus ojos. Y también una cierta emoción. Ha aceptado con su típico buen humor y luego hemos hablado de lo que está pasando con el cierre masivo de sucursales bancarias.
- No sé donde voy a ir. En agosto cogeré el mes de vacaciones y a la vuelta ya me lo dirán. No me voy a comer la cabeza por esto, Kufisto, no...Nosotros siempre somos los últimos en enterarnos de todo. De hecho lo del cierre me lo comunicaron hace dos semanas. Quien me llamó no podía creerse que no tuviera noticia de ello. Y luego la gente, los clientes, están nerviosos con el cambio y todo eso...Que si ahora qué, que si vaya lío, que esto y lo otro y bueno, que tú eres un profesional e intentas no pasar de todo a pesar de las circunstancias y hacerles ver que las cosas seguirán como siempre, que no hay porqué temer nada...Y venga llamadas, y venga mensajes y venga visitas...¡Qué estrés! En fin, ya saldrá cualquier cosa -terminó diciendo con una sonrisa
- ¿Sabes, Luis? Si uno aprende algo con el paso de los años es a aceptar las cosas, a no obcecarse en cambiarlas
- Pues sí, Kufisto, pues sí...Así es. ¿Para qué te vas a enfadar si te va a dar lo mismo?
- Bueno, pues quedamos en eso. El día antes de cerrar me lo dices y ya preparo yo el tema con antelación
- Gracias, Kufisto
- No, gracias a vosotros.
Ya se iba cuando mi tío llegó preguntándole por un número de teléfono. Luis se lo dio y regresó a su despacho.
Y al rato mi tío volvió cagándose en la hostia de la mierda de número que le había dado el puto director del banco.
- ¡Estoy hasta los cojones de ellos! ¡Voy a cerrar la cuenta y...!
- Pues hazlo rápido porque van a cerrar
- ¡Ya lo sé, ya lo sé! ¡Y ahora todo será en la otra sucursal! ¡como si ya no estuviera llena de gente! ¡y ahora encima la de esta!...¡Qué país, Señor, qué país! ¡Lo cierro todo y lo meto en una caja de las pequeñas, de esas que no van ni el Tato! ¡Se acabó, estoy harto!
Bueno, mi tío siempre está cabreado con algo. Él también es un buen tipo sólo que se cabrea demasiado.
Luego se le pasa. Como a todos.
Otra posibilidad sería salir a andar. Todavía hay tiempo y se supone que el calor de hoy ya estará menguando. Un cielo gris, como de tormenta, ha estado ejerciendo de tapadera durante todo el día. Costaba respirar ahí afuera. A eso de las cinco y media salí a la frutería de la esquina y el aire quemaba. La fruta tampoco lleva bien este tiempo. Casi toda estaba blanda y con mal aspecto. Apenas he comprado unas verduras para el arroz de mañana. El moro tenía un aspecto más serio y taciturno del normal. No, salir a andar sería otra estupidez.
Una opción novedosa sería ir en coche a los molinos. Llevarme unas cuartillas, una botella de agua, el tabaco y escribir algo en otro sitio distinto a este. Seguro que saldría algo diferente. Pero el otro día estuve andando por allí a estas horas y ya había bastante gente. Puede que hoy, siendo viernes, aquello esté peor. Me fijé que había algunos que se llevaban sus neveritas y todo eso. Bebían botes de cerveza y hablaban entre ellos. Sólo me faltaría encontrar a algún conocido y ponerme a beber cerveza con el coche en los molinos. No.
Quedaba empezar a leer el libro que saqué el lunes de la biblioteca. Tras un buen rato de mirar no vi el que iba buscando y al final casi cogí uno por obligación, uno con un título ridículo. Le he dado treinta páginas. Es bastante malo aunque tiene una buena frase en el segundo párrafo. Hay pocas novelas buenas. La mayoría son aburridas. Y lo son mucho más cuando ves las páginas que te quedan por delante. Hoy se lo decía a uno en la puerta del bar: "Si uno aprende algo con el paso de los años es a aceptar las cosas, a no obcecarse en cambiarlas" Yo antes me obcecaba en terminar todo libro que abría, por pesado que se me hiciera. Era como una prueba más, otra demostración de fuerza. Hace tiempo que dejé de hacer eso. Hace tiempo que dejé de medir fuerzas con los otros.
La última opción era quedarme aquí y escribir algo mientras hacía tiempo hasta la caída de la noche. Resulta imposible dormir sabiendo que el sol todavía está ahí fuera. Puedes estar cansado, agotado, casi cerrando los ojos sentado en el sofá viendo un vídeo cualquiera que es levantarte para ir a la cama y dar vueltas de un lado a otro. Más o menos como cuando es de noche, pero ahí ya sí que no queda más remedio. Siempre despierto con ganas de dormir un poco más. No recuerdo la última vez que dormí hasta hartarme.
Podría haber escrito del bar pero no tengo ganas. Ha sido un buen día, un magnífico día, en lo laboral y están apareciendo algunos nuevos personajes interesantes. También van a irse pronto otros de los que nunca he escrito, no sé porqué, como el director de la sucursal bancaria y las dos chicas que trabajan con él. Bueno, decir chicas es no decir bien, que ya son madres de varios hijos y acaso sean un poco más jóvenes que yo, pero es rara la mujer que se molesta cuando te diriges a ella con esa palabra en el tono adecuado. Y claro está que uno también hace sus excepciones, como cuando la mujer esta sola. Ahí no. Lo de chicas se dice si son varias. En singular queda como cosa de viejo paleto; en plural es casi lo natural. Es curioso.
El director es un tío que me cae bien. Está casado con una mujer de espléndido aspecto, muy femenina, y es padre de dos hijos, el más pequeño de ellos de unos siete u ocho años y el otro con la edad esa en la que uno empieza a descubrir que tiene polla. Hace unos meses le oí hablar con un amigo de que sabía que su hijo estaba empezando a ver porno en el ordenador. En fin, preocupaciones de padres. Yo he conocido al chico antes y después y sí, de un tiempo a esta parte ya se le ve la mirada aquella de infinito sufrimiento.
Su padre es un hombre de buen humor, tranquilo, campechano, nada engolado. Conoce su oficio, sí, sabe que lo suyo es sacar dinero como sea, pero no va por ahí atosigando a la gente. Recuerdo una vez, hace unos años, cuando el rollo de que los bancos vendieran cualquier cosa empezó a salirse de madre, que vino una mañana al bar y tras desayunar charlando de las cosas de todos los días me soltó algo que ahora me hace mucha gracia.
- Kufisto -me dijo casi de soslayo en la puerta del bar como quien prueba otra contraseña más en un ordenador ajeno- ¿no estarás interesado en una alarma?
- ¿Una alarma? -dije yo, sorprendido
- Sí, una alarma. Ahora también vendemos alarmas -dijo casi con una sonrisa. Antes me había ofrecido televisores, lavadoras y no sé qué más, siempre con la misma actitud, cosa muy de agradecer. Y es que ya os digo que este hombre huele el dinero y se nota a la distancia que yo no lo tengo-
Recuerdo que yo también sonreí y puede que hasta acabáramos riendo. Le he visto tratando en el bar con gente de mucho dinero, millonarios algunos, y en ningún momento me ha parecido estar viendo a otra persona como sí me ha pasado con tantos otros de su oficio. Incluso delante de sus superiores, esos que van por ahí viendo in situ como van las cosas, no he apreciado nunca ningún signo de chupapollismo ni nada parecido.
Quizá también sea que su padre va a morir dentro de algunos meses de lo mismo que murió el mío que nuestra amistad se ha ido acrecentando en estos últimos tiempos. Algunas veces, pocas y siempre cuando él ha sacado el tema, hemos comentado algo. Al fin teníamos algo en común. Bueno, eso y la música electrónica, aunque para él esto sea algo tan secundario como para mi lo pueda ser casi todo.
Lo he pensado mientras fregaba los platos: "¿Por qué no les invitas a comer el día que cierren? Sería un detalle por tu parte después de todos estos años"
Ha pagado el desayuno y hemos salido afuera a fumarnos el cigarro de rigor. Y enseguida se lo he dicho, no fuera que de pensarlo no lo hiciera.
- Oye, Luis, ¿por qué no os venís a comer el día que cerréis?
He visto la sorpresa en sus ojos. Y también una cierta emoción. Ha aceptado con su típico buen humor y luego hemos hablado de lo que está pasando con el cierre masivo de sucursales bancarias.
- No sé donde voy a ir. En agosto cogeré el mes de vacaciones y a la vuelta ya me lo dirán. No me voy a comer la cabeza por esto, Kufisto, no...Nosotros siempre somos los últimos en enterarnos de todo. De hecho lo del cierre me lo comunicaron hace dos semanas. Quien me llamó no podía creerse que no tuviera noticia de ello. Y luego la gente, los clientes, están nerviosos con el cambio y todo eso...Que si ahora qué, que si vaya lío, que esto y lo otro y bueno, que tú eres un profesional e intentas no pasar de todo a pesar de las circunstancias y hacerles ver que las cosas seguirán como siempre, que no hay porqué temer nada...Y venga llamadas, y venga mensajes y venga visitas...¡Qué estrés! En fin, ya saldrá cualquier cosa -terminó diciendo con una sonrisa
- ¿Sabes, Luis? Si uno aprende algo con el paso de los años es a aceptar las cosas, a no obcecarse en cambiarlas
- Pues sí, Kufisto, pues sí...Así es. ¿Para qué te vas a enfadar si te va a dar lo mismo?
- Bueno, pues quedamos en eso. El día antes de cerrar me lo dices y ya preparo yo el tema con antelación
- Gracias, Kufisto
- No, gracias a vosotros.
Ya se iba cuando mi tío llegó preguntándole por un número de teléfono. Luis se lo dio y regresó a su despacho.
Y al rato mi tío volvió cagándose en la hostia de la mierda de número que le había dado el puto director del banco.
- ¡Estoy hasta los cojones de ellos! ¡Voy a cerrar la cuenta y...!
- Pues hazlo rápido porque van a cerrar
- ¡Ya lo sé, ya lo sé! ¡Y ahora todo será en la otra sucursal! ¡como si ya no estuviera llena de gente! ¡y ahora encima la de esta!...¡Qué país, Señor, qué país! ¡Lo cierro todo y lo meto en una caja de las pequeñas, de esas que no van ni el Tato! ¡Se acabó, estoy harto!
Bueno, mi tío siempre está cabreado con algo. Él también es un buen tipo sólo que se cabrea demasiado.
Luego se le pasa. Como a todos.
jueves, 11 de julio de 2019
LOS RAMONES
Salí a caminar por no tener otra cosa que hacer. Durante media hora había intentado dormir la siesta sin conseguirlo (como de costumbre) y no me apetecía nada pasar la tarde viendo las últimas novedades de los canales a los que estoy suscrito en Youtube. Uno de los que tenían material nuevo era el de esa adorable china que cocina para la familia y amigos en su hermosa aldea china perdida entre valles y montañas, pero hoy yo no estaba para eso y no quiero ver sus maravillosos vídeos como si fueran los de cualquier otro. Había algo en el canal fascista, una conferencia celebrando el centenario de Blas Piñar en el Casino de Madrid. La presentaba un anciano acompañado por cuatro invitados. Conocía a dos: uno era hijo del recordado, un general que está en la reserva, y el otro era un profesor de una Universidad madrileña, no recuerdo cual. Pasé por la barra de tiempo hasta dar con su cara y estuve escuchando un rato mientras buscaba cosas de Blas en otras ventanas. Di con un mitin de 1978 en San Sebastián en el que se anunciaba algo de tiros y altercados, una charla informal con las juventudes del partido en un campamento de verano y un acto público en la plaza de toros de Aranjuez celebrando el 18 de julio de 1981. Ninguno fue suficiente y a eso de las seis y media de la tarde, una hora después de haber dejado por imposible lo que de verdad me hacía falta, me calcé las zapatillas y salí a la calle.
La idea era dar el paseo estándar, regresar a casa a eso de las ocho, ver algo en el ordenador e irme a la cama poco antes de las diez. Con un poco de suerte conseguiría dormir antes de las doce y mañana, quizá, me levantaría en condiciones. El verano es la peor estación de todas. Uno no duerme como debe y luego está medio dormido durante todo el día.
Cuando uno gasta un cierto retraso de sueño aparte del natural que lleva consigo de nacimiento a veces no sabe porqué hace ciertas cosas o toma determinadas decisiones. Pero fue salir de casa y desviarme de la idea inicial. No tomé la senda de todos los días como este y sin tener nada clara la razón decidí que iba a ir a los molinos. Recordé el trayecto de vuelta que hago cuando vuelvo de ellos y pensé que sería una buena idea verlo al revés. Y así lo hice. Y pasando por delante de una administración de loterías a la que nunca entro me dije que quizá sería conveniente jugar ahí la lotería de todos los días en lugar de hacerlo en la que siempre lo hago. El camino había cambiado ya de salida y era posible que no me diera tiempo a llegar a la otra. Pasé adentro y estaba ese tipo. Yo iba con los auriculares puestos a todo lo que daban y sin quitármelos di las buenas tardes y pedí cuatro apuestas para hoy. No hubo más y reanudé la marcha.
Ya había dos sentados en uno de los bancos de la última tienda del pueblo. Hay una especie de recodo con un par de arbolillos y dos bancos donde el personal se sienta a beber cerveza y fumar canutos. El gordo y otro que no reconocí andaban trasegando lo suyo mientras esperaban a los demás. El carro de basura que está a la entrada andaba hasta arriba de botes de cerveza. Estaba claro que el mediodía se había dado bien.
Miré por el gato negro de ojos verdes con el lomo abierto que estos últimos años he visto rondando una de las últimas casas y no lo vi. Tampoco el bol con agua y comida que le dejaban debajo del coche. Ya son tres o cuatro veces las que me pasa esto. Puede que haya muerto. Siempre le decía algo cuando pasaba por ahí.
Subí el puente y vi los molinos. Quité a Led Zeppelin y puse techno.
El calor era soportable y el camino estaba vacío. Hice la primera ascensión con la idea de bajar por el otro lado, volver a subir y ya retomar la ruta normal. Tal vez no llegara a casa a las ocho, puede que me dieran las ocho y media y bueno, dos horas no están mal. Luego la cama y dormir cuando pueda.
Y estaba bajando para irme, ya un tanto cansado, cuando pensé por qué no subirlos ocho veces. Mi récord, hecho y repetido desde hace unas semanas, estaba en seis y en fin, ¿por qué no? Y seguí subiendo y bajando los molinos por sus dos laderas.
La última vez ya era casi de noche. El sol se había puesto en la sexta y la gente había ido llegando para verlo. Sin dejar de andar vi como desaparecía la parte superior en apenas unos segundos. Había parejas viéndolo. Había familias con críos. Había turistas y coches en la cima. Hacía tiempo que no veía los molinos así. Hacía mucho tiempo que no estaba a esas horas por allí. Los molinos ahora están iluminados. La gente va allí y pasan la noche los unos con los otros. Antes ibas allí para follar. Ahora hacen hasta conciertos en una cantera cercana. Pero no hoy.
Bajé por octava vez, la cuarta por ese lado. La noche ya era casi total y recordé cuando de chico dormíamos en la casita de campo que tenían mis abuelos. Aquello era maravilloso. Tenía unos rosales al otro lado de la pared del dormitorio que cuando por la mañana abrían la ventana para despertarnos inundaban la estancia con un olor tan intenso que no quedaba más remedio que levantarse para desayunar. Luego a jugar a lo que fuera y a no matar bichos que no había que matar.
- ¿Por qué las pisáis? -decía el abuelo cuando nos veía pisando hormigas- ¿Os han hecho algo?
- No
- Pues no las matéis
La noche era casi cerrada cuando bajé el puente. Habían pasado cuatro horas desde mi salida y seguía estando bien. Recordé una vez, hace muchos años, en la que estuve seis andando por ahí. Y pensé que hoy era una buena noche para intentarlo.
Es verano y los chicos están de vacaciones. Hay parejas que van por ahí cogidas de la mano. En las terrazas de los bares y las heladerías las familias y los amigos beben y hablan. El silencio, ya sin los auriculares, es grande cuando no andas por allí.
Rodeas el pueblo hasta llegar al parque. En tu camino hasta llegar allí han ido apareciendo jovencitas de pantalones cortos con el móvil pegado en sus culos. Recuerdas a esa bonita muchacha, la hija de ese paleto de los últimos días que hoy ha regresado a tu bar, sola, un tanto nerviosa, a tomar un café con una camiseta de los Ramones. No me ha dado tiempo a decirle algo sobre la banda. La mañana anterior, viendo como hablaba con su padre de nuestros whiskys, le habías dejado el librito tan chulo que tenemos con todas las referencias de los premium. Estaba con su padre y lo miraron juntos, sorprendidos por los precios, más ella que él, claro. Él no ha perdido ocasión en estas dos últimas mañanas para explicarme entre copa y copa de DYC sus cosas, de mucho nivel y todo eso...
- Mi hija tiene diecinueve años y sabe llevar un tractor. Está sacándose el carnet de coche.
Diecinueve años.
Hoy ha venido con una camiseta de los Ramones, sola, y se ha ido enseguida.
- Me ha dicho mi hija que le has puesto un chupito de naranja
- Sí, es un detalle que tenemos por norma. Al menos hasta el mediodía.
Ya era de noche total y el perímetro del parque estaba tan negro que sólo la media luna lo iluminaba algo. Una cuadrilla de marujas, de dos en dos, andaban cotorreando sin parar en la penumbra. Un poco más allá empecé a oír música. Y fue como si al oírla se me vinieran abajo las piernas: un cansancio infinito me llegó de pronto. Quizá hubiera un concierto de esos de verano en el parque. Me sentaría, fumaría un pito y con un poco de suerte quizá hubiera alguien que podría venderme una cerveza bien fría. Pero el concierto no era allí sino en un hotel que hay a la vuelta. Oí "Killing my softly with this song" hasta casi perderlos. Las chicas gritaban entre verso y verso y luego por más. La cantante lo hacía muy bien. Hoy no iba a ser el día de batir mi récord. Tenía las piernas hasta los cojones. Ya había sido más que suficiente.
Pronto darán las siete. Entonces escucharé Bron Yr Aur dos veces y media, me levantaré, me ducharé, me afeitaré y me iré para el bar.
- ¿Ya no te pones techno para empezar, Kufisto? -dirá Paco el ciego cuando oiga la tercera llamaa de mi alarma
- No
- ¿Y qué es eso?
- Led Zeppelin. Lo que oigo al levantarme.
- Ahhh...¿Como AC/DC?
- Sí. Y Los Ramones
- ¿Los qué?
- Los Ramones
- Vale. Ponme una manzanilla
Y es que le suda los cojones ocho que ochenta y ocho.
La idea era dar el paseo estándar, regresar a casa a eso de las ocho, ver algo en el ordenador e irme a la cama poco antes de las diez. Con un poco de suerte conseguiría dormir antes de las doce y mañana, quizá, me levantaría en condiciones. El verano es la peor estación de todas. Uno no duerme como debe y luego está medio dormido durante todo el día.
Cuando uno gasta un cierto retraso de sueño aparte del natural que lleva consigo de nacimiento a veces no sabe porqué hace ciertas cosas o toma determinadas decisiones. Pero fue salir de casa y desviarme de la idea inicial. No tomé la senda de todos los días como este y sin tener nada clara la razón decidí que iba a ir a los molinos. Recordé el trayecto de vuelta que hago cuando vuelvo de ellos y pensé que sería una buena idea verlo al revés. Y así lo hice. Y pasando por delante de una administración de loterías a la que nunca entro me dije que quizá sería conveniente jugar ahí la lotería de todos los días en lugar de hacerlo en la que siempre lo hago. El camino había cambiado ya de salida y era posible que no me diera tiempo a llegar a la otra. Pasé adentro y estaba ese tipo. Yo iba con los auriculares puestos a todo lo que daban y sin quitármelos di las buenas tardes y pedí cuatro apuestas para hoy. No hubo más y reanudé la marcha.
Ya había dos sentados en uno de los bancos de la última tienda del pueblo. Hay una especie de recodo con un par de arbolillos y dos bancos donde el personal se sienta a beber cerveza y fumar canutos. El gordo y otro que no reconocí andaban trasegando lo suyo mientras esperaban a los demás. El carro de basura que está a la entrada andaba hasta arriba de botes de cerveza. Estaba claro que el mediodía se había dado bien.
Miré por el gato negro de ojos verdes con el lomo abierto que estos últimos años he visto rondando una de las últimas casas y no lo vi. Tampoco el bol con agua y comida que le dejaban debajo del coche. Ya son tres o cuatro veces las que me pasa esto. Puede que haya muerto. Siempre le decía algo cuando pasaba por ahí.
Subí el puente y vi los molinos. Quité a Led Zeppelin y puse techno.
El calor era soportable y el camino estaba vacío. Hice la primera ascensión con la idea de bajar por el otro lado, volver a subir y ya retomar la ruta normal. Tal vez no llegara a casa a las ocho, puede que me dieran las ocho y media y bueno, dos horas no están mal. Luego la cama y dormir cuando pueda.
Y estaba bajando para irme, ya un tanto cansado, cuando pensé por qué no subirlos ocho veces. Mi récord, hecho y repetido desde hace unas semanas, estaba en seis y en fin, ¿por qué no? Y seguí subiendo y bajando los molinos por sus dos laderas.
La última vez ya era casi de noche. El sol se había puesto en la sexta y la gente había ido llegando para verlo. Sin dejar de andar vi como desaparecía la parte superior en apenas unos segundos. Había parejas viéndolo. Había familias con críos. Había turistas y coches en la cima. Hacía tiempo que no veía los molinos así. Hacía mucho tiempo que no estaba a esas horas por allí. Los molinos ahora están iluminados. La gente va allí y pasan la noche los unos con los otros. Antes ibas allí para follar. Ahora hacen hasta conciertos en una cantera cercana. Pero no hoy.
Bajé por octava vez, la cuarta por ese lado. La noche ya era casi total y recordé cuando de chico dormíamos en la casita de campo que tenían mis abuelos. Aquello era maravilloso. Tenía unos rosales al otro lado de la pared del dormitorio que cuando por la mañana abrían la ventana para despertarnos inundaban la estancia con un olor tan intenso que no quedaba más remedio que levantarse para desayunar. Luego a jugar a lo que fuera y a no matar bichos que no había que matar.
- ¿Por qué las pisáis? -decía el abuelo cuando nos veía pisando hormigas- ¿Os han hecho algo?
- No
- Pues no las matéis
La noche era casi cerrada cuando bajé el puente. Habían pasado cuatro horas desde mi salida y seguía estando bien. Recordé una vez, hace muchos años, en la que estuve seis andando por ahí. Y pensé que hoy era una buena noche para intentarlo.
Es verano y los chicos están de vacaciones. Hay parejas que van por ahí cogidas de la mano. En las terrazas de los bares y las heladerías las familias y los amigos beben y hablan. El silencio, ya sin los auriculares, es grande cuando no andas por allí.
Rodeas el pueblo hasta llegar al parque. En tu camino hasta llegar allí han ido apareciendo jovencitas de pantalones cortos con el móvil pegado en sus culos. Recuerdas a esa bonita muchacha, la hija de ese paleto de los últimos días que hoy ha regresado a tu bar, sola, un tanto nerviosa, a tomar un café con una camiseta de los Ramones. No me ha dado tiempo a decirle algo sobre la banda. La mañana anterior, viendo como hablaba con su padre de nuestros whiskys, le habías dejado el librito tan chulo que tenemos con todas las referencias de los premium. Estaba con su padre y lo miraron juntos, sorprendidos por los precios, más ella que él, claro. Él no ha perdido ocasión en estas dos últimas mañanas para explicarme entre copa y copa de DYC sus cosas, de mucho nivel y todo eso...
- Mi hija tiene diecinueve años y sabe llevar un tractor. Está sacándose el carnet de coche.
Diecinueve años.
Hoy ha venido con una camiseta de los Ramones, sola, y se ha ido enseguida.
- Me ha dicho mi hija que le has puesto un chupito de naranja
- Sí, es un detalle que tenemos por norma. Al menos hasta el mediodía.
Ya era de noche total y el perímetro del parque estaba tan negro que sólo la media luna lo iluminaba algo. Una cuadrilla de marujas, de dos en dos, andaban cotorreando sin parar en la penumbra. Un poco más allá empecé a oír música. Y fue como si al oírla se me vinieran abajo las piernas: un cansancio infinito me llegó de pronto. Quizá hubiera un concierto de esos de verano en el parque. Me sentaría, fumaría un pito y con un poco de suerte quizá hubiera alguien que podría venderme una cerveza bien fría. Pero el concierto no era allí sino en un hotel que hay a la vuelta. Oí "Killing my softly with this song" hasta casi perderlos. Las chicas gritaban entre verso y verso y luego por más. La cantante lo hacía muy bien. Hoy no iba a ser el día de batir mi récord. Tenía las piernas hasta los cojones. Ya había sido más que suficiente.
Pronto darán las siete. Entonces escucharé Bron Yr Aur dos veces y media, me levantaré, me ducharé, me afeitaré y me iré para el bar.
- ¿Ya no te pones techno para empezar, Kufisto? -dirá Paco el ciego cuando oiga la tercera llamaa de mi alarma
- No
- ¿Y qué es eso?
- Led Zeppelin. Lo que oigo al levantarme.
- Ahhh...¿Como AC/DC?
- Sí. Y Los Ramones
- ¿Los qué?
- Los Ramones
- Vale. Ponme una manzanilla
Y es que le suda los cojones ocho que ochenta y ocho.
viernes, 5 de julio de 2019
LOS COCACOLOS
Nada más verlos entrar al bar, tal que una cañería que recupera la corriente de agua tras un corte en el suministro, supe que aquellos eran los famosos cocacolos de estos últimos días.
Primero llegaron dos, enseguida otros tres; se sentaron y pidieron sin esperar a nadie más. Pronto fue uniéndose al grupo más gente y al final fueron unos quince, todos hombres, jóvenes y mayores, y un par de chicos. Mujeres no había ninguna.
Gitano puro vi a uno, un tío macho de unos cincuenta y tantos años, pelazo rizado y voz ronca que tenía toda la pinta de ser un chulo de putas. Él fue el único que pidió café. Los demás, como era lo esperado, se decantaron por cocacolas, una de ellas zero.
- ¡Jefe! -voceó uno joven, un absoluto mostrenco de muñecas como mis bíceps- ¿no le puedes dar un poco más al aire?
- Está a tope -mentí desde la barra mientras preparaba la cocacoleada- Espera un poco que enseguida lo vas a sentir
- Joder qué calor
La verdad era que estaba a 24 grados aunque eso sí casi a plena potencia, más que suficiente para sentirlo pero bien, aparte que era mediodía y si cierto es que ya hacía calor en la calle todavía no era el infierno de todos los días. De todos modos no volvió a quejarse durante la media hora larga que estuvo allí.
La mayoría de ellos eran jóvenes, chavales todos con un claro sobrepeso. Los más viejos eran el gitano y dos con aspecto de payos duros, uno de ellos calvo total. Estaban mezclados, eran mercheros, tal y como yo había colegido tras las explicaciones dadas entre risas por mi hermano pequeño estos dos o tres últimos días. No había habido peligro, no habían liado ninguna, pagaban sin discutir, no remoloneaban, pero eso...que llegaban por la tarde, cogían la terraza y devoraban cocacolas como si no hubiera un mañana.
Bueno, a esas horas no hay ni Dios y el dinero no tiene nombre. Bien está.
Las cocacolas volaban. El del aire, el de las muñecas como cuatro mías, voceó que les llevara algún pincho. A todo eso mis hermanos acababan de llegar con todos los de hoy. "Ahí tienes a los cocacolos" me dijo con una sonrisa el mayor. Guardé la tortilla como oro en paño y fui sacándoles los pinchos de ayer, que devoraban casi antes de mi salida del laberinto de mesas y sillas que tenían formado.
La primera gran ronda la pagó uno de los más jóvenes con un billete de cincuenta que sacó de un fajo en el que ese era el más pequeño.
El gitano del café se pasó a la cocacola tras preguntar qué era eso que había entre la carne de la brocheta recalentada.
- Calabacín
- ¿Calaqué?
- Calabacín, tío -dijo uno- Una cosa como de verdura
Al recoger las mesas vi que la rodaja de calabacín estaba en la taza del café.
Uno de los dos chiquillos, un chavalillo rubio y con gafas, muy gracioso, se acerco en uno de esos raros intervalos de tranquilidad a pedir otra cocacola en la barra.
- Dame una cocacola
- ¿Quieres vaso o pajita? -a esas alturas yo ya había dejado por imposible el tema de ponerles vasos, no había tiempo a que se deshiciera el hielo, "¿queréis vaso?" les pregunté viendo el tema, "ná, déjalo, con este vale"
- Pajita
Le puse una y cuando ya iba a irse dijo que le pusiera otra.
- ¿Otra qué? ¿otra cocacola?
- No. Otra pajita.
Yo hacía igual cuando era como él. Y bastante peor. La verdad es que ni se les oía entre el sindiós de voces de sus mayores. Se la puse con una franca sonrisa y salió disparado hacia su sitio en el bar junto a su primo.
El gitano bramó diciendo que aquel a quien estaban a punto de velar había sido, seguía siendo, un "buen hombre"
No sé las cocacolas que puse pero sí que las cobré todas. Ni en Nochevieja he puesto tantas en menos tiempo.
Los cocacolos habían salvado mi turno. Julio acaba de empezar y ha tardado cero coma en hacerse notar. El hospital va cerrando compuertas y poco a poco sólo quedará la orquesta y yo. Agosto llegará pronto y entonces seré yo quien vaya a leer un buen libro mientras fumo bajo la sombra de un árbol del parque a la hora en la que debería de estar sirviendo cocacolas y pinchos de ayer.
Primero llegaron dos, enseguida otros tres; se sentaron y pidieron sin esperar a nadie más. Pronto fue uniéndose al grupo más gente y al final fueron unos quince, todos hombres, jóvenes y mayores, y un par de chicos. Mujeres no había ninguna.
Gitano puro vi a uno, un tío macho de unos cincuenta y tantos años, pelazo rizado y voz ronca que tenía toda la pinta de ser un chulo de putas. Él fue el único que pidió café. Los demás, como era lo esperado, se decantaron por cocacolas, una de ellas zero.
- ¡Jefe! -voceó uno joven, un absoluto mostrenco de muñecas como mis bíceps- ¿no le puedes dar un poco más al aire?
- Está a tope -mentí desde la barra mientras preparaba la cocacoleada- Espera un poco que enseguida lo vas a sentir
- Joder qué calor
La verdad era que estaba a 24 grados aunque eso sí casi a plena potencia, más que suficiente para sentirlo pero bien, aparte que era mediodía y si cierto es que ya hacía calor en la calle todavía no era el infierno de todos los días. De todos modos no volvió a quejarse durante la media hora larga que estuvo allí.
La mayoría de ellos eran jóvenes, chavales todos con un claro sobrepeso. Los más viejos eran el gitano y dos con aspecto de payos duros, uno de ellos calvo total. Estaban mezclados, eran mercheros, tal y como yo había colegido tras las explicaciones dadas entre risas por mi hermano pequeño estos dos o tres últimos días. No había habido peligro, no habían liado ninguna, pagaban sin discutir, no remoloneaban, pero eso...que llegaban por la tarde, cogían la terraza y devoraban cocacolas como si no hubiera un mañana.
Bueno, a esas horas no hay ni Dios y el dinero no tiene nombre. Bien está.
Las cocacolas volaban. El del aire, el de las muñecas como cuatro mías, voceó que les llevara algún pincho. A todo eso mis hermanos acababan de llegar con todos los de hoy. "Ahí tienes a los cocacolos" me dijo con una sonrisa el mayor. Guardé la tortilla como oro en paño y fui sacándoles los pinchos de ayer, que devoraban casi antes de mi salida del laberinto de mesas y sillas que tenían formado.
La primera gran ronda la pagó uno de los más jóvenes con un billete de cincuenta que sacó de un fajo en el que ese era el más pequeño.
El gitano del café se pasó a la cocacola tras preguntar qué era eso que había entre la carne de la brocheta recalentada.
- Calabacín
- ¿Calaqué?
- Calabacín, tío -dijo uno- Una cosa como de verdura
Al recoger las mesas vi que la rodaja de calabacín estaba en la taza del café.
Uno de los dos chiquillos, un chavalillo rubio y con gafas, muy gracioso, se acerco en uno de esos raros intervalos de tranquilidad a pedir otra cocacola en la barra.
- Dame una cocacola
- ¿Quieres vaso o pajita? -a esas alturas yo ya había dejado por imposible el tema de ponerles vasos, no había tiempo a que se deshiciera el hielo, "¿queréis vaso?" les pregunté viendo el tema, "ná, déjalo, con este vale"
- Pajita
Le puse una y cuando ya iba a irse dijo que le pusiera otra.
- ¿Otra qué? ¿otra cocacola?
- No. Otra pajita.
Yo hacía igual cuando era como él. Y bastante peor. La verdad es que ni se les oía entre el sindiós de voces de sus mayores. Se la puse con una franca sonrisa y salió disparado hacia su sitio en el bar junto a su primo.
El gitano bramó diciendo que aquel a quien estaban a punto de velar había sido, seguía siendo, un "buen hombre"
No sé las cocacolas que puse pero sí que las cobré todas. Ni en Nochevieja he puesto tantas en menos tiempo.
Los cocacolos habían salvado mi turno. Julio acaba de empezar y ha tardado cero coma en hacerse notar. El hospital va cerrando compuertas y poco a poco sólo quedará la orquesta y yo. Agosto llegará pronto y entonces seré yo quien vaya a leer un buen libro mientras fumo bajo la sombra de un árbol del parque a la hora en la que debería de estar sirviendo cocacolas y pinchos de ayer.
miércoles, 3 de julio de 2019
MOSCAS DE BAR
Se había pillado el dedo con la puerta del coche y estaba contándomelo. Luego dijo que la noche anterior había hecho un pisto así de grande. También que había dormido fatal y que odiaba el verano, aunque esto es tema recurrente con todas las estaciones del año, cosa de la que creo ella no se da cuenta. Yo tampoco si no fuera por los repetidos monólogos escuchados durante todos estos años. A veces, de tanto machacar las cosas, uno acaba por cogerlas, como esa mosca que de puro aburrimiento y para sorpresa tuya cazas cuando ya creías imposible volver a cazar una: sientes que la tienes en el puño y sin pensarlo mucho abres la mano y la dejas marchar sin correr la misma suerte que otras más ágiles pero no tanto como para escapar al alcance de una húmeda bayeta desplegada. Matar así, desde la distancia, es fácil; pero si el roce es cercano la cosa se vuelve más complicada.
Miró la hora y pidió otro vino. Siempre lo hace cuando pide alcohol. Eran las dos de la tarde y ya lo tenía todo hecho. La comida estaba preparada y la casa hecha. Me habló otra vez de lo maniática que es con la limpieza, de la angustia que le entra al ver algo que no está como ni donde debe, de las quejas de sus hijas y su marido por esa obsesión y de como tiene ordenada la ropa en los armarios, casi a modo de trampa por si alguien hurga en ellos. También hubo tiempo para su padre, un señor tan mayor y enfermo como los de todo el mundo que sin embargo se cree que todavía es joven, y de la herencia genética recibida por parte materna en cuanto a ciertas dolencias físicas que está segura pasarán a sus hijas, algo que ya sucede con la mayor, la que tuvo con el primer marido, una universitaria que es la viva y espléndida fotografía de su madre a su edad aunque según parece y de momento sólo tiene eso de ella, algo esto último que siempre agradece a quien quiera escucharla.
Su marido llegó con la hija pequeña y le cedí el sitio. Pidió una cerveza y ella un vino que era el tercero e intentó colar al marido como el segundo, lo que no consiguió aunque le diera igual tanto a la una como al otro. Ella hablaba en voz alta sobre los viajes de sus amigas y oí como él le decía si estaba hablando para toda la barra o con él. Bajó un poco la voz mientras la niña jugaba con la cortina metálica de la puerta."Te voy a matar" vi que me decía abrazada a tantos hilos como podía aguantar con la angelical sonrisa que suelen tener las criaturas de seis años. Otro cliente se dio cuenta y nos miramos estupefactos sin decir nada.
Al final no quedó nadie y salí a la puerta a fumar. La calle estaba desierta y llena de luz, vencida y aplastada por la fuerza del sol. Una mosca solitaria trepaba por la sombra de mi pared azul. Toda llena de pequeños ojos, a veces detenía su errático camino y fijaba al menos uno en algo que parecía merecer la pena, aunque no por mucho tiempo.
Quien sabe, quizá no había nada y sólo estaba esperando que intentara cazarla.
Pero yo no lo hice y pronto se fue a otra parte.
Miró la hora y pidió otro vino. Siempre lo hace cuando pide alcohol. Eran las dos de la tarde y ya lo tenía todo hecho. La comida estaba preparada y la casa hecha. Me habló otra vez de lo maniática que es con la limpieza, de la angustia que le entra al ver algo que no está como ni donde debe, de las quejas de sus hijas y su marido por esa obsesión y de como tiene ordenada la ropa en los armarios, casi a modo de trampa por si alguien hurga en ellos. También hubo tiempo para su padre, un señor tan mayor y enfermo como los de todo el mundo que sin embargo se cree que todavía es joven, y de la herencia genética recibida por parte materna en cuanto a ciertas dolencias físicas que está segura pasarán a sus hijas, algo que ya sucede con la mayor, la que tuvo con el primer marido, una universitaria que es la viva y espléndida fotografía de su madre a su edad aunque según parece y de momento sólo tiene eso de ella, algo esto último que siempre agradece a quien quiera escucharla.
Su marido llegó con la hija pequeña y le cedí el sitio. Pidió una cerveza y ella un vino que era el tercero e intentó colar al marido como el segundo, lo que no consiguió aunque le diera igual tanto a la una como al otro. Ella hablaba en voz alta sobre los viajes de sus amigas y oí como él le decía si estaba hablando para toda la barra o con él. Bajó un poco la voz mientras la niña jugaba con la cortina metálica de la puerta."Te voy a matar" vi que me decía abrazada a tantos hilos como podía aguantar con la angelical sonrisa que suelen tener las criaturas de seis años. Otro cliente se dio cuenta y nos miramos estupefactos sin decir nada.
Al final no quedó nadie y salí a la puerta a fumar. La calle estaba desierta y llena de luz, vencida y aplastada por la fuerza del sol. Una mosca solitaria trepaba por la sombra de mi pared azul. Toda llena de pequeños ojos, a veces detenía su errático camino y fijaba al menos uno en algo que parecía merecer la pena, aunque no por mucho tiempo.
Quien sabe, quizá no había nada y sólo estaba esperando que intentara cazarla.
Pero yo no lo hice y pronto se fue a otra parte.
lunes, 1 de julio de 2019
BLOOM MAX
Paré en mitad del camino y miré hacia los molinos, pensándomelo. Eran las seis y media de la tarde y el sol caía en su descenso como un zepelín de plomo. Me quité los auriculares con la idea de pensar con algo de claridad. Apenas había dejado atrás el puente que salta las vías separando al pueblo del campo y el calor empezaba a hacerse insoportable. Poco ayudaba el hecho de los dos pares de calcetines que calzo cuando salgo por aquí. Subir cuestas no es igual que andar llanos, algo que saben muy bien tus pies y que tú has aprendido a base de rozaduras en sus talones. El paso no es el mismo por lo que el calzado tampoco debe de serlo. Pero esto, tan fácil de entender, no es cosa que se coja a la primera cuando uno siempre ha andado solo, ni mucho menos. Por el contrario pueden pasar años hasta dar con la solución que evita los esparadrapos. Parece estúpido, será estúpido, pero si no tienes a nadie a tu lado que te enseñe y tu sentido de lo práctico está averiado de serie es lo más normal del mundo.
Hace un par de semanas, sin ir más lejos, compré un ahuyentador eléctrico de mosquitos. Unos días antes había estado en la peluquería y no sé como fue que salió el tema. Ya sabéis, esos sitios hacen que hablar sea agradable hasta para el más silencioso, será por eso de tener a un tío con unas tijeras detrás de ti, maquinilla (por desgracia) en mi caso, pero con estos se da el típico caso de fidelidad tan típico entre los tíos, es decir, si algo funciona para qué cambiarlo, aunque luego veas y oigas que si este pela más barato, o aquella te lava la cabeza, o esta tiene dos tetas como dos campanarios...En fin, que ya son muchos los años que peino y no es que no me crea nada pero casi que me da igual. Después de todo, ¿qué voy a hacer con dos tetas en el espejo? ¿qué coño me van a lavar si la mitad de mi cabeza está monda y lironda? ¿o qué más dará pagar siete que trece cuando eso es algo que hago cada dos meses? Estoy tieso pero no llego a esas miserias. Quizá por eso sea que toda la vida he estado tieso.
El peluquero es un chaval de mi edad o casi que todavía tiene menos pelo que yo. Él se lo rapa al cero y yo al uno. Nunca he pensado en hacerme un cero. Sería como no sé...demasiado enfermizo para mi. Durante un tiempo lució una espléndida barba, que es algo que hacen muchos calvos. De hecho una de sus especialidades y la razón que motiva el éxito de su pequeño negocio autosuficiente es lo bien que despacha a los barbudos, tan numerosos entre los jóvenes de hoy. También, como no, he tenido tiempo para comentarle esto, preguntarle por el sin número de cremas y potingues que exhibe en las repisas entre fotos de alfas barbados y alguna que otra de Elvis, estas para las gominas y todo eso. Pero aquella última tarde la cosa derivó hacia los mosquitos. Le comenté mi cruz (hasta en Navidades los tengo cantándome villancicos) y él me habló de un producto que al parecer iba de miedo para el tema. Una de sus hijas es alérgica a los bichos y aparte de las mosquiteras tenía puestos varios chismes electrónicos de esos. Me quedé con la copla de la misma forma que me quedo con todas las coplas: "Ah, pues qué bien"
Pero durante una de las compras que hice después di por pura casualidad con lo que él me había dicho. Estaba ahí, al alcance de mi mano, y con todo y con eso seguí adelante tras echarle un vistazo. Y fue por una cosa de esas que a veces pasan que tuve que volver a por otra olvidada y ya viéndola por segunda vez me decidí a comprarla. Después de todo tampoco era tanto, apenas seis euros y pico, y yo aunque pobre no soy de los que mira mucho los precios.
Y ah, amigo...¡Esa ha sido la mejor compra que he hecho en mi vida desde las obras completas de Dostoyevski en 1996!
Ni uno, pero ni uno, he oído rondarme desde que lo tengo, aún cuando he abierto las ventanas en estas infernales noches que llevamos. Y han sido catorce los años que he pasado luchando a muñeca partida con ellos. Tengo las paredes y el techo bajo que parecen la Vía Láctea.
- ¿Como tienes esto así, Kufisto? -me preguntó una vez una mientras fumábamos un cigarro
- ¿Y como quieres que lo tenga?
- Pues así...Con todos esos bichos ahí aplastados...¿Por qué no echas fly en vez de aplastarlos o no lo limpias con amoniaco? Así se van
- No soporto el fly. ¿Que se va qué?
- Joder, pues eso...sus cadáveres ahí aplastaos...quedaría limpio
- ¿Amoniaco?
- Amoniaco
- Pero eso huele fatal
- Pero limpia, desinfecta y luego no hueles nada...Joder, Kufisto...
- ¿Qué?
- Eres la hostia de raro
Estaba parado a las seis y media de la primera tarde de julio en mitad del sendero alquitranado que lleva a los molinos y el sol caía cagándose en todos nosotros, yo el primero. Un leve manto de nubes conseguía que el calor fuese aún más espantoso. El contacto de las suelas de las zapatillas con el ardiente alquitrán y los dos pares calcetines subían hasta mi cerebro en forma de información difusa, de datos poco procesables. Me quedé así un rato, mirando los molinos, el sol y el puente que poco antes había dejado atrás. Poco a poco la idea de volver sobre mis pasos fue cobrando sentido a la manera de una canción de King Crimson. En cierta manera resultó una iluminación.
- Hostia, no puedo
Y bajé lo poco que había andado por primera vez en mi vida sin rozadura mediante.
Antes de subir el puente volví a ver al perro que guarda la finca. Es un ejemplar de esos fieros pero ahora como antes andaba echado a la sombra de su perrera, un simple pedazo de uralita. El pobre no decía nada. Yo le dije algo para animarnos y no caerme rodao pero él no respondió, mirándome triste con las orejas gachas. Un poco más allá el puente y después los arrabales del pueblo y sus pequeñas sombras. Llegué hasta ellas pillando hasta las de las ventanas, rulándome un cigarrillo que al encenderlo fue como echarme fly en la garganta. En el barrio noble los hijos de los ricos se bañaban en la piscina de su club privado, protegido por altas vallas y grandes y espesos setos de las miradas indiscretas. Unos albañiles trabajaban en la construcción de una nueva parcela. Son casas grandes, enormes. Muchas, casi todas, las he visto nacer desde sus cimientos. Luego vas pasando y van creciendo hasta quedar formadas. Y al poco notas que ya están habitadas.
Hay un gato por allí. Es un gato negro de ojos verdes. Hace años que lo veo. La primera vez que lo vi pensé que se estaba muriendo de la mala pinta que tenía. Una enorme herida en su lomo, tal como si se lo hubieran abierto dejaba ver de par en par sus carnes infectadas. El pobrecillo estaba ahí, a la sombra de una de esas casas. No se movió cuando me acerqué.
Pasaron los días y seguía estando allí. Me fijé y vi que bajo un coche aparcado junto a la puerta tenía un bol de comida y otro de agua. Cogí la costumbre de saludarle cada vez que pasaba por allí. Siempre estaba en el mismo sitio, acurrucado en sí mismo, seguro de estar en terreno fiable.
Y ya son años, años...Los propietarios de la casa son una pareja con dos hijos pequeños, niña y niño. A veces los veo llegar cuando paso por allí. Todos, tanto los chiquetes como los padres, van con todas las medidas de seguridad: casco y coderas y rodilleras en el caso de los pequeños. Es gracioso verlos en fila india. El padre va el primero, los chicos detrás, y la madre cerrando la comitiva. Sé por donde van, a veces los he visto por el carril bici de la gran avenida arbolada.
Al final me fumé el cigarrillo. Pronto llegaría a casa y me bebería una cerveza bien fría. Las calles vacías ardían a mi paso y los termómetros de las farmacias sólo daban la hora.
Llegué, abrí la puerta y la gata no salió a recibirme como todos estos días. Miré en la cocina y vi que estaba acurrucada en su rinconcillo, junto a la lavadora, al lado de la amojamada chacha, sin duda el sitio más fresco de este horno, si no ella no estaría ahí.
La jodía está loca por irse. Ya se fue hace casi dos años y me la encontraron tres semanas después, cuando ya la daba por muerta. Era una cría y no hubiera durado un día más. Estábamos en el previo a la entrada de la primera noche jodida de invierno y una buena mujer se la llevó a su casa. No habría aguantado aquella noche, seguro.
Tengo un cuidado loco con las ventanas. Claro que hay pocas que le den posibilidad de fuga pero las hay, sobretodo la de mi habitación. Siempre pasa como un rayo cuando abro la puerta. Su idea es encaramarse en el radiador y desde ahí a la ventana que da acceso al tejado. La otra noche, antes de acostarme, la cerré mal mientras iba a la cocina a beber un poco de agua y al volver supe que había entrado. Miré a la ventana y allí estaba, en el tejadillo, mirándome. Casi me vuelvo loco.
- Olegaria, Olegaria...no me jodas, Olegaria...
- Miaaau
- Venga, tranquila hijaputa, venga...-dije acercándome
- Miaaau
- No por favor, Olegaria, no te vayas...
- Miiiauuu
- Espera, espera, hija de la gran puta
- ¡Miau!
La enganché.
Después la dejé en el salón, cerré bien la puerta del dormitorio, enchufé el antimosquitos y dormí como debería haberlo hecho desde hace catorce años, salvo excepciones.
Qué maravilla.
Hace un par de semanas, sin ir más lejos, compré un ahuyentador eléctrico de mosquitos. Unos días antes había estado en la peluquería y no sé como fue que salió el tema. Ya sabéis, esos sitios hacen que hablar sea agradable hasta para el más silencioso, será por eso de tener a un tío con unas tijeras detrás de ti, maquinilla (por desgracia) en mi caso, pero con estos se da el típico caso de fidelidad tan típico entre los tíos, es decir, si algo funciona para qué cambiarlo, aunque luego veas y oigas que si este pela más barato, o aquella te lava la cabeza, o esta tiene dos tetas como dos campanarios...En fin, que ya son muchos los años que peino y no es que no me crea nada pero casi que me da igual. Después de todo, ¿qué voy a hacer con dos tetas en el espejo? ¿qué coño me van a lavar si la mitad de mi cabeza está monda y lironda? ¿o qué más dará pagar siete que trece cuando eso es algo que hago cada dos meses? Estoy tieso pero no llego a esas miserias. Quizá por eso sea que toda la vida he estado tieso.
El peluquero es un chaval de mi edad o casi que todavía tiene menos pelo que yo. Él se lo rapa al cero y yo al uno. Nunca he pensado en hacerme un cero. Sería como no sé...demasiado enfermizo para mi. Durante un tiempo lució una espléndida barba, que es algo que hacen muchos calvos. De hecho una de sus especialidades y la razón que motiva el éxito de su pequeño negocio autosuficiente es lo bien que despacha a los barbudos, tan numerosos entre los jóvenes de hoy. También, como no, he tenido tiempo para comentarle esto, preguntarle por el sin número de cremas y potingues que exhibe en las repisas entre fotos de alfas barbados y alguna que otra de Elvis, estas para las gominas y todo eso. Pero aquella última tarde la cosa derivó hacia los mosquitos. Le comenté mi cruz (hasta en Navidades los tengo cantándome villancicos) y él me habló de un producto que al parecer iba de miedo para el tema. Una de sus hijas es alérgica a los bichos y aparte de las mosquiteras tenía puestos varios chismes electrónicos de esos. Me quedé con la copla de la misma forma que me quedo con todas las coplas: "Ah, pues qué bien"
Pero durante una de las compras que hice después di por pura casualidad con lo que él me había dicho. Estaba ahí, al alcance de mi mano, y con todo y con eso seguí adelante tras echarle un vistazo. Y fue por una cosa de esas que a veces pasan que tuve que volver a por otra olvidada y ya viéndola por segunda vez me decidí a comprarla. Después de todo tampoco era tanto, apenas seis euros y pico, y yo aunque pobre no soy de los que mira mucho los precios.
Y ah, amigo...¡Esa ha sido la mejor compra que he hecho en mi vida desde las obras completas de Dostoyevski en 1996!
Ni uno, pero ni uno, he oído rondarme desde que lo tengo, aún cuando he abierto las ventanas en estas infernales noches que llevamos. Y han sido catorce los años que he pasado luchando a muñeca partida con ellos. Tengo las paredes y el techo bajo que parecen la Vía Láctea.
- ¿Como tienes esto así, Kufisto? -me preguntó una vez una mientras fumábamos un cigarro
- ¿Y como quieres que lo tenga?
- Pues así...Con todos esos bichos ahí aplastados...¿Por qué no echas fly en vez de aplastarlos o no lo limpias con amoniaco? Así se van
- No soporto el fly. ¿Que se va qué?
- Joder, pues eso...sus cadáveres ahí aplastaos...quedaría limpio
- ¿Amoniaco?
- Amoniaco
- Pero eso huele fatal
- Pero limpia, desinfecta y luego no hueles nada...Joder, Kufisto...
- ¿Qué?
- Eres la hostia de raro
Estaba parado a las seis y media de la primera tarde de julio en mitad del sendero alquitranado que lleva a los molinos y el sol caía cagándose en todos nosotros, yo el primero. Un leve manto de nubes conseguía que el calor fuese aún más espantoso. El contacto de las suelas de las zapatillas con el ardiente alquitrán y los dos pares calcetines subían hasta mi cerebro en forma de información difusa, de datos poco procesables. Me quedé así un rato, mirando los molinos, el sol y el puente que poco antes había dejado atrás. Poco a poco la idea de volver sobre mis pasos fue cobrando sentido a la manera de una canción de King Crimson. En cierta manera resultó una iluminación.
- Hostia, no puedo
Y bajé lo poco que había andado por primera vez en mi vida sin rozadura mediante.
Antes de subir el puente volví a ver al perro que guarda la finca. Es un ejemplar de esos fieros pero ahora como antes andaba echado a la sombra de su perrera, un simple pedazo de uralita. El pobre no decía nada. Yo le dije algo para animarnos y no caerme rodao pero él no respondió, mirándome triste con las orejas gachas. Un poco más allá el puente y después los arrabales del pueblo y sus pequeñas sombras. Llegué hasta ellas pillando hasta las de las ventanas, rulándome un cigarrillo que al encenderlo fue como echarme fly en la garganta. En el barrio noble los hijos de los ricos se bañaban en la piscina de su club privado, protegido por altas vallas y grandes y espesos setos de las miradas indiscretas. Unos albañiles trabajaban en la construcción de una nueva parcela. Son casas grandes, enormes. Muchas, casi todas, las he visto nacer desde sus cimientos. Luego vas pasando y van creciendo hasta quedar formadas. Y al poco notas que ya están habitadas.
Hay un gato por allí. Es un gato negro de ojos verdes. Hace años que lo veo. La primera vez que lo vi pensé que se estaba muriendo de la mala pinta que tenía. Una enorme herida en su lomo, tal como si se lo hubieran abierto dejaba ver de par en par sus carnes infectadas. El pobrecillo estaba ahí, a la sombra de una de esas casas. No se movió cuando me acerqué.
Pasaron los días y seguía estando allí. Me fijé y vi que bajo un coche aparcado junto a la puerta tenía un bol de comida y otro de agua. Cogí la costumbre de saludarle cada vez que pasaba por allí. Siempre estaba en el mismo sitio, acurrucado en sí mismo, seguro de estar en terreno fiable.
Y ya son años, años...Los propietarios de la casa son una pareja con dos hijos pequeños, niña y niño. A veces los veo llegar cuando paso por allí. Todos, tanto los chiquetes como los padres, van con todas las medidas de seguridad: casco y coderas y rodilleras en el caso de los pequeños. Es gracioso verlos en fila india. El padre va el primero, los chicos detrás, y la madre cerrando la comitiva. Sé por donde van, a veces los he visto por el carril bici de la gran avenida arbolada.
Al final me fumé el cigarrillo. Pronto llegaría a casa y me bebería una cerveza bien fría. Las calles vacías ardían a mi paso y los termómetros de las farmacias sólo daban la hora.
Llegué, abrí la puerta y la gata no salió a recibirme como todos estos días. Miré en la cocina y vi que estaba acurrucada en su rinconcillo, junto a la lavadora, al lado de la amojamada chacha, sin duda el sitio más fresco de este horno, si no ella no estaría ahí.
La jodía está loca por irse. Ya se fue hace casi dos años y me la encontraron tres semanas después, cuando ya la daba por muerta. Era una cría y no hubiera durado un día más. Estábamos en el previo a la entrada de la primera noche jodida de invierno y una buena mujer se la llevó a su casa. No habría aguantado aquella noche, seguro.
Tengo un cuidado loco con las ventanas. Claro que hay pocas que le den posibilidad de fuga pero las hay, sobretodo la de mi habitación. Siempre pasa como un rayo cuando abro la puerta. Su idea es encaramarse en el radiador y desde ahí a la ventana que da acceso al tejado. La otra noche, antes de acostarme, la cerré mal mientras iba a la cocina a beber un poco de agua y al volver supe que había entrado. Miré a la ventana y allí estaba, en el tejadillo, mirándome. Casi me vuelvo loco.
- Olegaria, Olegaria...no me jodas, Olegaria...
- Miaaau
- Venga, tranquila hijaputa, venga...-dije acercándome
- Miaaau
- No por favor, Olegaria, no te vayas...
- Miiiauuu
- Espera, espera, hija de la gran puta
- ¡Miau!
La enganché.
Después la dejé en el salón, cerré bien la puerta del dormitorio, enchufé el antimosquitos y dormí como debería haberlo hecho desde hace catorce años, salvo excepciones.
Qué maravilla.
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