viernes, 22 de marzo de 2019

DOS BESOS

- Dame un beso

Me dio dos y se bajó del coche.


Tenía calor. Eran las diez de la mañana y ya me sobraba hasta la camisa que estaba quitándome. El Ch5 de la camiseta sobre el mapa de Islandia relució en todo su verde esplendor. A sus espaldas, las mías, una sola leyenda en caracteres pequeños: Bobby Fischer.

Me miré en el gran espejo del bar. Bobby Fischer. Ch5. Islandia. Estaba tan perfecto como todas las veces que me la he puesto desde hace un año.

Antonia llegó el bar ya pasado el mediodía, a la hora acostumbrada. Esta semana, y tal como está estipulado con la otra parte contratante, lo lleva haciendo sin una de sus nietas, la más pequeña, una bebé adorable de apenas año y medio que ha salido alérgica al huevo, la leche y no sé qué más alimentos indispensables hasta ayer por la tarde. Se llama Carla y le gusta bailar lo que Kufisto tenga puesto a esa hora en el bar al que su abuela la lleva, últimamente a los Ten Years After, una bandaza británica de los buenos tiempos a los que Carla seguramente no vuelva a oír a no ser bajo hipnosis.

Antonia llegó sola, como casi siempre desde hace algo más de un año, y se vino al circulillo donde espero acontecimientos.

- Este taburete para Kufisto -le dijo riendo a un conocido- y este para mi

Nos sentamos y hablamos. Le gusta hablar conmigo, estar en mi bar, beberse unas cervezas a mi lado. Recuerdo que antes, cuando su marido estaba vivo, no me hacía mucho caso. Es más, notaba una cierta hostilidad. Luego él cayó enfermo, murió al cabo de cuatro años y a la vuelta de todo ha acabado aquí. Me conoce desde pequeño y tal, como ha dicho hoy en presencia de otro, y bueno, yo no soy de esa clase de tíos que hacen conjuros maléficos a cada quien que le guiña el ojo ni nada de eso, la verdad es que me la suda casi todo, así que no le dí más importancia.

Yo había dormido bien y estaba con mi ignota camiseta de Bobby Fischer. Estaba tan bien que me eché un vino. Y fue una cosa tan cojonuda que me eché otro. Y viendo que podría beberme una botella entera en menos de lo que Alvin Lee tarda en hacer un punteo decidí parar un poco y así lo hice.


Eran más de las tres de la tarde y todo estaba casi recogido. Llegó un cliente y le puse de comer. Hacía rato que había vuelto a ponerme la camisa. Realmente sólo fue durante un tiempo en el que me la quité. Bobby Fischer volvió a ser cubierto por una camisa sin planchar.

El tipo estaba extrañamente solo y tenía ganas de hablar, como todos los que están extrañamente solos. Y entre bocado y bocado de tortilla él, cerveza y cerveza yo, fuimos hablando de los viejos tiempos, más de él que míos, claro. Y en fin, que poco después llegó el ciego y un par de lesbianas despistadas y entre tanto una vendedora de la ONCE

- Kufisto, tenme esto que voy al water -dijo quitándose todo de encima. Y cuando salió me dijo que se lo guardara durante el rato que ella iba a hacer una visita.


Llegó justo a tiempo. Y la llevé a su casa.


- Déjame en la puerta, Kufisto
- Dame un beso


Y me dio dos.



sábado, 16 de marzo de 2019

DESIRE

Fui a dormir en paz, os lo juro. A punto estuve de escribir una loa a Jesucristo poco antes de hacerlo. Pero me vi incapaz tras la primera línea y lo dejé correr.

Dormí de un tirón tras fantasear durante un buen rato con ayudar a todo aquel que me lo pidiera. Ni la gata me despertó. Ya tenía abiertos los ojos cerrados cuando a eso de las seis oí los golpes de la gata en mi puerta, que seguro no fueron los primeros. Me levanté, se la abrí y dormitamos juntos durante una hora, hasta que Bron Yr Aur me sacó del mal rollo soñado en esa última hora para devolverme a la impostergable realidad.

Uno se da cuenta enseguida de como va a ir el día. Es levantarse y casi verlo. Y luego, ya duchado y desayunado, acelerando el coche por las calles desiertas, ya ves cualquier cosa que no cuadra en el perfecto círculo que cerraste anoche.

¿Donde había quedado aquel estupendo paseo, aquella ligereza de pies y pensamiento que me habían dejado en casa con una sensación tal de paz que ya por casi viejo me daba miedo? ¿Donde? Es tan rara...Recuerdo una vez, andando una mañana bien temprana por ahí durante otras vacaciones sin salir de mi pueblo, por el arcén de la comarcal con el cercano hedor a mierda de oveja, de camino a los molinos, que tuve poco menos que una iluminación, así, tal cual, os lo juro, fue algo fantástico, tan indescriptible que al irse difuminando dejé de andar y miré al límpido cielo, como si de esa manera pudiera volver a atraparla. Durante un rato me quedé en el sitio a ver si podía recogerla pero no hubo suerte. Por un momento lo había entendido todo y sólo me había salido sonreír.

Llegué al bar y no estaban esperándome ni Josemari ni la niña, cosa esta última que me quitó un peso de encima. Es la hija de una pobre y desgraciada mujer que está tomando la costumbre de mandarla al bar a por su café, unos churros y algo de tabaco por la gracia de Kufisto. La chiquilla acaba de empezar sus estudios en el instituto, así que supongo no tendrá más de doce años. La otra mañana me la encontré junto a Josemari esperándome en la puerta, en pantuflas, con el pijama y un abrigo. "¿Pero qué coño?" Josemari salió zumbando a por los churros sin parar en la prensa y mientras tanto le puse un vaso de colacao con galletas y el Discovery Max en el lugar de mi Teletienda de todos los días.

- ¿Qué quieres ser de mayor? -le pregunté
- Maestra -respondió- o veterinaria.

Josemari llegó poco después que yo. Al rato lo hizo la niña. "Hoy vengo vestida -me dijo- Le dije a mi madre lo que me habías dicho tú" Más churros. Otro café. Un cigarrillo de los míos. No hay más paquetes.

- ¿Y esta cría como es que tiene que andar así? -preguntó el gitano cuando se fue
- Pues yo qué sé, Josemari, yo qué sé...

Uno puede ser un Dostoyevski y escribir una jodida novela con todo esto. Yo no lo soy pero lo cuento.

Pronto todo se fue a la mierda, niña incluida. Todos los buenos deseos, todas las buenas acciones soñadas, se diluyeron en mis ojos como un sueño cualquiera.


No hay nada que hacer. No es la primera vez que no lo haces. Tus deseos son aún más inútiles que tus sueños.


Mañana amaneceré con mi gata.


Sólo tendré que abrirle la puerta.




miércoles, 6 de marzo de 2019

SUPERMERCADOS

La otra cajera del Lidl tenía un culo imponente cada vez que se incorporaba de su asiento para asomarse en el contenido del carro de aquellas extranjeras, repleto de botellas de alcohol. Llevaba el pelo recogido en una larga coleta y bueno, la escena consecuente era tan clara como una película de putas, pero como estoy bastante harto de las películas de putas opté por ponerme a elegir un bote de chicles de entre los que había junto a la cinta transportadora. Después de mucho dudar leyendo los ingredientes pillé uno de menta que cuando llegó mi turno volví a dejar más o menos donde estaba.

La tarde ventosa seguía esperándome fuera. En ruta al súper había visto cerrado el parque. Esta mañana llegó al bar un todavía joven para las cuentas de hoy pero ya antiguo jubilado diciendo que poco le había faltado para que un cartel anunciador cayera sobre el coche que conducía.

- Un par de segundos después y zas, no sé qué hubiera pasado -decía aún con el susto en el cuerpo. Pero al rato ya estaba como de costumbre, hablando de política con su amigo y aún para el resto de la escasa concurrencia, enardecido por las constantes tropelías del Gobierno y sus nauseabundos socios que poco más o menos no pagarían sus miserias ni colgándolos siete veces del palo mayor.

La gente está muy tensa últimamente, sobre todo los viejos. O quizá siempre hayan estado así y sea que yo ando más relajado. Me limito a levantarme temprano, hacer mi trabajo, volver a casa y quizá dar un paseo antes de acostarme pronto. Como adecuadamente, estoy por debajo de mi peso, no bebo, fumo poco y duermo bien y más que nunca. Veo vídeos de un pastor adventista y de su mujer, una señora con unas tetas tremendas. Es sudamericana y se llama Fanny. Tiene el pelo tan negro como lo era el carbón; la tez clara, los ojos grandes y oscuros y unos labios carnosos que a veces dejan ver su blanca dentadura en forma de risa ante algún ocurrente comentario de alguno de sus hermanos en la fe, entre ellos el hermano de su marido que es el jefe de todos, un señor muy serio, grande y musculoso, que sin embargo tiene cara de no ser capaz de matar a una mosca y al mismo tiempo un no sé qué en la mirada hablada que a menudo me recuerda al cabrón de Nietzsche.

El día empezó raro en el bar. Llegó un tío y pidió un café con leche y un churro. Yo estaba en ello cuando empezó a preguntarme si conocía marcas de whiskys buenos y todo eso, que había hecho una especie de apuesta con un amigo y necesitaba información. No sé, apenas eran las siete de la mañana y la verdad es que ese tío siempre me ha parecido un poco maricón en las contadas ocasiones que le he visto. No tengo nada en contra de los maricones, por supuesto, pero sí un tanto con las preguntas extemporáneas. Con todo le dije que sí, que controlo; estoy relajado, no bebo y duermo bien. Le dejé el catálogo de los whiskys que tenemos en el bar y así se entretuvo un rato aunque sin dejar de hablar, tal y como lo hace quien lo que de verdad quiere es hablar y que le hagan caso.

- Ponme un Cardhu -dijo

Se lo puse mientras me decía que me invitaba a uno, cosa a la que me negué, claro; si hubiese sido un Royal Salute 21...

Y luego la mañana, tras su buen comienzo, fue muriéndose al modo en el que creen los gitanos. De hecho uno de ellos, mi amigo Josemari, volvió a pedirme a 50 euros como hace cuatro días y le dije que no. Sé que son para las tonterías de su mujer, como el tabaco que le doy por ir a por los churros y la prensa; a él no le hace falta el dinero, pero al final nos vamos a cabrear por culpa de ella, ya veréis.

Llegué a casa casi que contento ante lo que me esperaba. Encendí el ordenador, dejé la compra, eché una buena cagada y me puse el pijama. Apenas eran las cinco de la tarde y aunque había dejado de llover (poco y mal, eso sí) el viento permanecía furioso, cosa que me alivió.

Quizá sea eso hacerse viejo, buscarse los alivios. Antes, no hace tanto, salía a ellos.

Cogí una botella de agua, corrí las cortinas, me senté en el sofá, encendí un cigarrillo y puse un vídeo del pastor adventista. Este era el primero de una serie de ocho sobre el Espíritu Santo. Faltó poco para que me durmiera con el cigarrillo encendido. Me gustan más los de su mujer, pero hay pocos y ya los he visto todos.

En griego, dice el pastor, la palabra otro tiene dos formas: una, el que es como tú; otra, el que no es como tú.

Es magnífico, borgiano. Ahí me desperté.

Y merendé. Y volví a sentarme en el sofá. A la derecha el cuaderno con el boli para esos ratos de inspiración que sólo llegan cuando llegan. Recordé el culo y la coleta de la otra cajera del Lidl y mi olvido total por no pillar su whisky premiado como el mejor de su precio en uno de esos concursos publicitarios. El pastor dejó la estupenda filología para volver a mover páginas de la Biblia y yo recordé que tenía una botella de vino en el frigo desde hace un par de semanas, desde la última vez que lo intenté, desde esa mañana que al despertar no quise ni ver lo que había escrito.

Abro la botella, echo un trago y mi lengua se desata. Enseguida, de repente, todo esto y mucho mejor viene a mi cabeza. Me siento ante el ordenador, rulo un cigarrillo y empiezo a beber, a escribir y a fumar en cadena. Pronto se acaba la botella y bajo a por una de whisky.

- ¿Te importa si paso esto? -le digo al que está primero. Creo que dice que sí mientras se agacha a coger sus mierdas y paso y vuelvo a casa.


La gata está frita a mi lado con los ojos bien abiertos. Mira mis dedos moverse sobre el teclado. Tiene los ojos azules; fue blanquísima cuando la recogí de la calle y ahora parece un marrajo. Es curioso como le cambia el color del pelo a los gatos. Doscientos cincuenta euros me costó castrarla. Estuve a punto de no hacerlo. No tengo dinero. Pero lo hice por una puta gata callejera.

A eso de las cuatro golpeará con sus patitas la puerta de mi habitación. A veces lo hace a las dos, o puede que antes, pero entonces será que estoy con el sueño profundo. Abro la puerta y la dejo entrar para que me deje en paz. Si mi puerta tuviera un quicio como Dios manda no habría lugar para ello, pero no lo tiene.

Y entones me cago en su puta madre, pasa para adentro, cierro la puerta y nos vamos durmiendo como podemos.



viernes, 22 de febrero de 2019

LO PEOR DE SIEMPRE

Lo peor siempre es esa última hora de inactividad. Te mata. Ya sea para bien o para mal pero acaba contigo. Has estado ahí, en acción, manteniendo el tipo y luego, después de acabado todo, aún debes permanecer una hora más en el sitio, guardándolo como si fueses un Mustang dando vueltas por las calles del pueblo. Eso te mata, te emperra, te deshace. Te lo digo yo.

Antes, a principios de los ochenta, cuando éramos chicos, los familiares nos daban de beber. Lo primero que bebí fue un poco de Martini rojo con mucha gaseosa. Estaba riquísimo. A veces, ya con los mayores medio borrachos, nos ofrecían un pito para fumar. Ahí siempre me negué. No podía soportar el humo. Un tío mío tuvo una gran decepción conmigo cuando en una Nochevieja en la que ya se iban de fiesta con mis padres me ofreció un cigarrillo.

- Toma, Kufisto, fuma

Yo tenía doce años y todavía no podía soportar el humo.

- No, no quiero
- Me cago en Dios, ¡fuma, joder!
- ¡Que no, que no quiero!

Y entonces lo cogió mi hermano menor y le dio dos chupadas y todos se rieron. Algo parecido pasó unos años después en una playa con una guiri de tetas gordas:

- No, contigo no -dijo después de haberse hecho una foto con mi hermano.

Aquella Nochevieja al cuidado de la yaya fue la primera vez en la que me cosqué de la película de los monos. Siempre la ponían en esa fecha. Era 2001.

Contígono ha sido una cosa bastante habitual desde entonces. Yo era el primero de cinco hermanos, estudiaba en una colegio de curas y aparte de mis aburridas primas de Madrid no había tenido contacto con ninguna chica. Mi hermano tampoco, pero él era diferente.

He tenido pocos amigos, quitada la adolescencia y más por la música que por cualquier otra cosa. Pronto dejó de importarme. Lo que más me gustaba era leer y que me dejaran tranquilo. De todos los amigos que tuve no conservo a ninguno. No me han hecho falta. A veces alguien me habla de ellos y le escucho como quien oye de llover. Puede ser que sea medio autista, aunque sea difícil serlo con un cuarto de siglo de barra de bar a tus espaldas.

La verdad es que me la pela. No tengo interés por nadie ni nada parecido. No hay nadie en mi vida que me obligue a creer en todas esas grandes cosas. Nadie.

Ayer me llegó uno. Venía de bajón, como siempre viene a verme cuando lo está. "No voy a hacer esto...no voy a hacer lo otro, no voy a meterme más..."

Cuarenta veces le he dicho lo mismo. Cuarenta y una que se lo diré. Cuarenta y dos antes de que entre en prisión.


Todo estaba bien en la calle del bar en esa última hora, todo. Los coches pasaban y la gente aplaudía con las orejas.



domingo, 17 de febrero de 2019

HICE BIEN MI TRABAJO

Hice bien mi trabajo. Llevo un rato en casa y pronto me iré a la cama. El salón ahora está silencioso. He visto algunos vídeos de empezar sin acabar ninguno. La gata anda dando vueltas por ahí. Oigo pasar algún que otro coche por la calle, puertas que se abren y se cierran y gente que habla cosas que no llego a entender desde aquí arriba. Hice mi trabajo y me vine a casa. La pantalla del ordenador se apaga y la gata parece haber visto algo en la estantería de los libros. Vi un mosquito en el water cuando pasé a lavarme los dientes. Era grande y estaba como pegado a la pared. Me acerqué para verlo mejor y me pareció que estaba cojo. Ni intenté matarlo. No estaba en la habitación. Al abrir la puerta salió disparado a la velocidad del rayo. Creo que no se ha pasado a la habitación. Cerré la puerta rápido, sin perderle ojo mientras lo hacía. Salió disparado cuando oyó la puerta. No ha podido darle tiempo. Lo he perdido de vista ante mis ojos pero creo que no ha podido darle tiempo. Segundos antes estaba tan quieto y yo tan cerca que parecía como si estuviera con los ojos cerrados esperando el golpe definitivo. Yo lo miré bien y me pareció que estaba cojo. Luego salí y él salió disparado. Creo que no ha entrado a la habitación. Pronto lo sabré. Allí sí, allí tendré que matarlo si lo veo. No puedo dormir con un mosquito cerca. Tampoco con una gata. A esta sólo la dejo entrar cuando araña la puerta en mitad de la noche. Es tan constante y lo hace con tanta decisión que la mueve en su holgura y con el ruido me despierta. Entonces me levanto, la dejo entrar y vuelvo a dormirme enseguida. Duermo mucho desde hace unos días. Nunca había dormido tanto, aunque somos muy exagerados cuando escribimos. Pero no recuerdo dormir tanto. Caigo en el sueño poco después de las nueve y así estoy hasta las seis con la breve interrupción de la entrada de la gata. No sueño nada, que yo recuerde. Y como no tengo que levantarme hasta las siete ahí me quedo, cambiando de posición de vez en cuando sin pensar en nada más que no molestar demasiado a la gata al cambiar de postura. A veces es inevitable, me deja en mala posición y me veo obligado a quitarla de en medio. Pero enseguida vuelve y busca acomodo en un sitio mejor. Y así hasta las siete menos algo. Nunca dejo que suene el despertador. Controlo bastante el tiempo en ese estado. "Ahora son y 33" me digo, y cojo el teléfono y veo que más o menos es esa hora; "ahora son y 47" me digo y estoy cerca; y cuando siento que pronto será la hora de levantarse lo cojo por última vez y veo que ya esta en la cincuentena bien pasada. Hoy lo cogí en el 59. Después me duché y me fui al trabajo. Trabajé bien, relajado hasta en las prisas, y sólo me excité un tanto a la hora de irme. Y no porque estuviera esperándola (no me dio tiempo) sino que vi que ya podía irme y salí disparado a casa. Hacía una tarde muy agradable pero ni se me ocurrió salir a pasear. Creo que esto es algo que afecta al sueño. Conviene aburrirse unas horas para dormir bien. Está bien dormir mucho. Luego uno anda más tranquilo cuando tiene que salir.

La tarde ya está cayendo. Pronto se hará la noche y la gata está en su rato loco. ahora ha venido a morderme mientras escribo esto. Es su manera de advertirme que quiere jugar. He tenido que darle cinco o siete manotazos para que me deje en paz. Se ha ido al ventanal. A veces me ha pasado ir por la calle y ver a las mujeres mirar hacia mi ventanal.

Ha sido un buen día. He hecho bien mi trabajo. Pronto me iré a la cama. Miraré la Red en el teléfono y a las nueve y media ya estaré durmiendo. Luego, a eso de las 3 o las 4, oiré a la gata llamando a mi puerta. Le gusta pasar la última parte de la noche conmigo. Le abriré, nos volveremos a dormir, me levantaré a eso de las siete, me ducharé y me iré al bar para abrirle a la mujer de la limpieza. Un rato más tarde haré la recaudación de la tragaperras y ya tendré a mi entera disposición el día de descanso. Iré a comprar algo, comeré pronto y saldré a dar un buen paseo. Mañana subiré los molinos. Seguro que hará un buen día.

Suenan las campanas llamando a misa. No sé qué hora es. Pronto me iré a la cama. Espero que el mosquito no haya tenido antes tiempo de pasar a la habitación. De todas formas todavía le queda alguna oportunidad. La puerta del water es la última que cierro antes de dormir.


Aunque pensándolo bien tampoco creo que a estas alturas un mosquito cojo vaya a joderme el sueño.

martes, 12 de febrero de 2019

RESIDENCIA

El sitio es amplio, limpio, luminoso. Las habitaciones son dobles en su mayoría. El cuarto de baño es espacioso, acondicionado de forma adecuada para quien no puede lavarse por sí mismo. Un gran ventanal descubre una buena vista del vasto campo con la sierra a lo lejos cuya visión es entorpecida por la tímida presencia de un arbolito del jardín que circunvala la residencia. Dos cortinas, leve la de fuera y pesada la de dentro, están a disposición de los internos para modular la luz en el ocaso de los días. La yaya dijo que corriéramos las dos nada más entrar en la habitación. Así lo hice mientras mi madre se la llevaba al water para cambiarle el pañal. Miré en los tres cajones de su mesita de noche y sólo vi un evangelio y una Biblia como cosas digna de mención. También vi una funda para las gafas que estaba vacía. Nada más verla en el salón donde están nos había dicho que había perdido las gafas. Luego, a pregunta de mi madre, dijo que no sabía quien era yo y que aquello era una casa de locos, cosa que repetiría varias veces durante la visita. Yo era la primera vez que iba en cuatro años que lleva allí. Quedé ayer con mi madre en que hoy la llevaría yo. La semana anterior me había dicho que había entrado allí Luis, un viejo amigo mío. Y esta sorpresa, unida a un verdadero interés por ver a una de mis abuelas, a la última de su generación que me queda viva, consiguió que me decidiera a dar el paso.

Una vez limpia la yaya mi madre la hizo sentarse en una silla mientras le preparaba la cama. Es una especie de cuna que se cierra por los lados. Volvió a preguntarle si me reconocía y dijo que no mirándome de reojo. Enseguida salimos de allí para irnos a la cafetería a tomar algo.

En el trayecto me fijé mejor en el salón principal, grande y de techo muy alto, circular y rodeado por enormes ventanales, que bien surtido de sofás y sillones daba una cierta sensación de placidez que unida a la más que notoria calefacción lograba que algunos de los que allí estaban parecieran dormir ignorantes de que apenas eran las seis de la tarde, del gran televisor que echaba una película de Castilla la Mancha TV y de las conversaciones del resto residentes, muchos de ellos en sillas de ruedas. El personal que les atendía era femenino en su totalidad, algunas de ellas chicas muy jóvenes. A una de estas mi madre le preguntó por las gafas de la yaya y le contestó que mirarían a ver, no sin decirle si habíamos mirado en su bolso o en la habitación. Otra, más mayor, grande y fuerte, estaba cambiando de silla a una anciana impedida. Un culazo enorme tomó forma en un instante ante mis ojos. Fue una cosa tan inesperada que apenas pude disimular. Y luego estábamos en la cafetería.

Nos sentamos en una mesa que tenía un ejemplar de La Razón lleno en su portada de ejercicios de caligrafía  y pedimos dos tés verdes, una manzanilla, un bizcocho y un plato de patatas fritas. Todo se lo comió la yaya menos mi manzanilla. Entre medias respondía a las preguntas de mi madre: "¿Como me llamo yo? ¿como se llamaba tu hijo que ya no está? ¿como se llamaba tu hija que ya no está? (aquí falló) ¿como se llama tu hija que hoy no está aquí? (acertó tras dudar) ¿como se llamaba tu padre? ¿como se llamaba tu madre? ¿en qué año naciste? (no quiso decirlo) ¿en qué día?..." Después hizo que le pasara revista a toda la tabla de multiplicar, desde el 2 hasta el 9, y sólo falló dos que corrigió al toque mientras trasegaba el bizcocho, las patatas, su té y el de mi madre. A mi me miraba de reojo de vez en cuando. A mi madre no la miraba.

Vi que había un par de wallys en aquella escena. Uno, un tío que recuerdo de mi época más negra, estaba allí con un chisme pegado en la cabeza. No es mucho más mayor que yo, quizá diez años, pero ya le ha dado para acabar en un sitio como ese, siquiera como recuperación en la reciente ala de desequilibrados mentales que han abierto. El otro era aún más joven, otro perdido, y pasó pidiendo que alguien le cambiara cinco euros hasta que lo consiguió cuando aquel lo reconoció llamándole de viva voz por su nombre y poco menos que obligando a que alguien hiciera lo que el desgraciado iba pidiendo, cosa que logró. El tipo se fue con sus cinco monedas que luego fueron seis, pues así se las cantó la mujer que poco menos que como a un parvulario tuvo a bien cambiarle el billete por cuatro monedas de 1 euro y 2 de cincuenta céntimos. Y vi como el tontaco del otro parecía hasta orgulloso al ver que su voz había encontrado eco.

La yaya terminó de comérselo todo y ya casi eran las siete y tenía que hacerse la prueba del azúcar previa a la cena. Nos levantamos y fuimos para allá. Había cola y mi madre pilló unas sillas para la espera, silla que rechacé, por supuesto. Lo malo era que nos pillaba justo al lado de los servicios y si durante todo el tiempo pasado allí no había sentido ningún olor raro ni desagradable en ese momento saltaron todos hasta para el olfato de un fumador como yo. Más aún cuando no habían ni pasado ni treinta segundos cuando salió un viejo atándose el cinturón. "¿Por que no sales a fumar mientras esperamos?" Y eso hice. Soy un hijo obediente.

La noche estaba cayendo. Una tía gorda, enana y fea hablaba por teléfono junto al único banco de la entrada. Me rulé un pito y miré al sur, al único norte a la vista. Las luces de la ciudad, tan cercanas, iluminaban la escena como en aquella gran película. Por no estar cerca de la gorda enana me eché a la izquierda, en el lado que lleva a los aparcamientos. De la residencia salió un visitante y al ver quien era los dos pensamos que mejor no habernos visto. Hay gente que te odia en el tiempo sin razón ni motivo aparente. Yo, por lo menos, no sé qué coño le habré hecho a ese tío para que me mire así desde hace veinticinco años. De verdad que no, pero ya es que me da igual. Y más cuando acto seguido apareció el tontaco con uno de los colegas que van a verle.

Por mirar a algún sitio miré para adentro y vi que Luis salía con su bastón. Y se vino directo a mi a pesar de la llamada del tontaco.

- ¡Kufisto!
- ¡Luis!
- ¡Pero qué coño!...

Nos dimos un abrazo.

Yo esperaba encontrarme una especie de viejo medio subnormal, a alguien ido y fuera de sus cabales, a una piltrafa humana, y la alegría fue grande cuando lo vi tal cual, que no hace falta más que un golpe de mirada para reconocer a alguien sano aunque sea un enfermo de cáncer pata negra, que ya serán seis los años que lleva con el suyo.

- Kufisto, me cago en la puta...Acabo de ver a tu madre y me ha dicho que estabas aquí...
- Aquí estoy, joder. El otro día me enteré que estabas aquí y mira, aprovechando que quería ver a la yaya he venido a ver como estás.

Luis tiene sesenta y pocos años y muchas motos y mujeres a cuestas. La última fue la única que le hizo daño de verdad. Ya estaba mayor.

Está bien. Ha sido una cosa oftalmólogica, un par de desprendimientos de retina. Una mañana se levantó y estaba casi ciego, cáncer aparte.

- Joder, Kufisto, ¡si yo no había bebido la noche anterior! Te juro que me acojoné más con esto que con el cáncer. No ver es lo peor.

Ahora está allí recuperándose. Vive solo y es la mejor manera. Todo está bien. Lo he visto estupendo, mejor todavía. Enseguida saldrá de allí. Será cosa de otro mes como mucho.


Y en esas andábamos cuando mi madre salió y nos fuimos a tomar algo al bar.


Le gusta que la vean con su hijo mayor.


Y a mi con mi madre.

sábado, 2 de febrero de 2019

GORDA LOCA

Esto es como Homer cuando se hace camionero.

Lo del fútbol de ayer fue una cosa menor, sí, un error. ¿Qué te propones ahora? ¿escribir todos los días? ¿escribir cualquier cosa? El otro día le dijiste a tu amigo que habías encontrado un sistema para hacerlo sin beber. Se trataba de hacerlo a mano, junto a la ventana, lejos de la pantalla del ordenador y luego pasarlo a este. Creo que han sido tres los días que lo he hecho así. Ayer no, ayer no bebí pero lo hice delante de la pantalla. Hoy ya vengo bebido y voy a hacerlo como siempre. No tengo constancia, ese ha sido siempre mi problema. Ese y la impaciencia, como decía mi abuelo. Todos dicen que me parezco a él. Yo también lo creo ya. Yo quería parecerme a mi padre, pero no he podido.

Bien, el nuevo sistema se toma un descanso y volvemos a lo fácil, a hacerlo difícil, a la excusa de los perdedores. Fischer dijo al final de su vida que si pudiera volver a hacer lo que hizo lo haría por el camino fácil: "¿por qué hacerlo tan difícil?" dice en aquel avión que le llevaba a Reykjavik como Moe con Homer cuando se hizo boxeador. Luego, un par de años más tarde, al final de su vida, ya muriéndose, dicen que dijo que no había nada como el calor humano. Él, el héroe solitario, el genio que logró lo imposible con la sola ayuda extra de su voluntad, acababa su periplo vital renegándose a sí mismo y reconociendo que se había equivocado. 

Algunos van a un muro para hacer acto de contrición. Leen un libro como si estuviesen delante del escenario de Manowar. De esta manera logran el perdón de los pecados, o consuelo, o lo que sea que signifique eso. ¿No están todavía esperando a su Mesías? Será yo qué sé, un acto de reafirmación, de cabezonería, de lealtad absoluta, de lo que coño quiera ser todo eso. No me importa. Yo he vuelto a rezar por las noches y al despertar y hoy vuelvo a caer en lo de siempre. Creía que así me iba mejor; no que fuera la panacea ni nada de eso, que de verdad creyera en el tema, sino simplemente que es lo mejor para alguien como yo, alguien impaciente, inseguro, alguien ingobernable, una especie de loco latente que sólo sabe donde está el norte cuando siente el viento frío en la cara.

Esta mañana llegué al bar de buen ánimo, demasiado quizá contando que anoche dormí poco. Yo no sé si fue el polvillo ese que traen los higos secos, o los propios higos, pero fue comerme tres de postre tras la merienda y tener que salir de casa aún con la tarde que hacía. Fui a por tabaco y a por los anacardos donde vi al delantero centro de infausto recuerdo. Empecé a escribir la historia prácticamente del tirón y sólo pasó que luego me vine abajo y la estropeé. Yo mismo me daba cuenta al hacerlo. 

También yo canté hoy mientras limpiábamos el bar. Había desayunado un pedazo del pastel que horneé ayer con un buen puñado de higos de esos entre los otros ingredientes habituales y Josemari me dijo que lo hacía bien y yo le dije que no. Josemari diría que hago bien cualquier cosa, hasta escribir, con tal de darle para tabaco. Luego le mandé a por hígado de ternera para mi almuerzo, abrí las puertas del bar y enseguida me entró el bajón.

La mañana fue pasando hasta alcanzar los dos signos de interrogación, tal que si fuera la jugada que encabeza mi blog en la opinión de muchos expertos. Otros, los menos, los más perspicaces, dicen que aquello fue un truco nivel Dios de Fischer para conseguir que Spassky se confiara. Y con todo y con eso pudo hacer tablas si hubiese jugado a la perfección, aunque hay quien como yo piensa que hasta eso estaba previsto por Fischer, al igual que aquel manotazo al aire cuando se rindió antes de perderse tras las cortinas. Todo lo había previsto, todo. Todo.

Me sorprendí al ver la caja que había hecho a eso de las tres de la tarde, la verdad. No creía que fuera tanta. Para celebrarlo me comí el hígado acompañado por un vino de la Rioja. Si mi padre hubiese visto eso en otro manchego que no fuese su hijo hubiera pensado que era gilipollas. 

El malestar seguía ahí; un tanto aminorado por la carne y el vino, pero ahí. Era como si estuviera resfriado, como si el par de pajas que tuve que hacerme anoche para poder conciliar el sueño estuviesen pasándome su triste factura, como si el cielo, tan gris como todos estos últimos días, definitivamente hubiera caído sobre mi cabeza, como si yo fuera Víctor Sanvicens teniendo que aguantar los testimonios de la mugre de Valencia tras volver de la buena, santa y rica América que guarda el Sabbath tal y como Dios (y Fischer durante su mejor época) dijo que debía de hacerse.

Me eché un whisky. Una piedra de Ballantine´s 17 años, uno de los mejores de nuestro extenso catálogo de whiskys premium según la solvente opinión de uno de los camellos del pueblo, gran y viejo amigo mío aunque yo no sea cliente suyo. 

Estaba bueno. Yo también entiendo un poco de whisky. Llevo toda la vida bebiéndolo. Y desde hace un montón de años sin mezclarlo con ningún refresco a no ser que necesite perder la cabeza. 

Hay parejas raras, parejas extrañas, parejas que ni te imaginas como pueden serlo y parejas que te cagas hasta en la perra. Parejas a muerte por un rato, felices y folladoras, son las contadísimas excepciones. Mi amigo Manu podría entrar en el de las que están hechas el uno para la otra pero no tanto en el sentido romántico o sexual como en el práctico: lo suyo es una cosa que parece de conveniencia. Él tiene dinero desde la cuna y ella no tiene aspecto de venir del arroyo. Siempre, desde que nos vinimos al bar nuevo, los he visto por aquí y siempre me parecieron que de verdad eran tal para cual. 

Él y yo hicimos la EGB juntos, o más precisamente estábamos en la misma clase. Tengo un buen recuerdo, seguro, y otro que queda un tanto en el aire. El fijo es que entonces él lucía una enorme pelambrera casi pelirroja, fuerte, como de diablo; el que queda el aire, aunque poco (casi seguro que fue con él), es el de ir a su casa-mansión, bajar al sótano y ponernos a jugar al ping-pong, o a alguna máquina recreativa, o a lo que fuera que fuese aquel paraíso que se convirtió en cielo cuando una criada con cofia bajó con un carro lleno de pasteles para los amigos del señorito. Fue esa vez, nada más. Éramos unos cuantos, éramos unos críos asalvajados y supongo que no les hizo mucha gracia.Y recuerdo con total claridad que al llegar a casa se lo dije a mi padre y vi como él ponía aquella cara que ponía, como de " no me da envidia", como de macho-padre de cinco hijos a los que no le falta de nada de lo necesario, como de seguridad total, con aquellas carantoñas que me hacía, como de quien a la hora de la verdad, en la casa de putas, se lleva a la que quiere por los billetes justos, sin excesos, por buena gente, por buena fama, por buen follador y por ser un tío de ley con todas las letras.

El caso ha sido que hoy mi amigo Manu ha tenido deseos de hablar un rato conmigo. Digo mi amigo sin decir bien, pues no tengo ninguno, o casi, pero este no cuenta porque es historia aparte. Pero vamos, que Manu no fue mi amigo ni cuando éramos chicos. Mi recuerdo de él, aparte de el pelo y aquella probable visita a su casa, es el de un chico que no podía creerse estar en la misma aula que las bestias salvajes que éramos nosotros. Y esa media sonrisa, como irónica, sarcástica, de quien sabe que su futuro está escrito.

Al principio de venir a nuestro bar no lo reconocí, aunque decir al principio es decir poco: pasaron años hasta darme cuenta de quien era. Se había quedado calvo y estaba irreconocible. Pero cuando alguien me dijo quien era lo vi: era él, sin duda. Era él pero calvo. Exactamente igual sólo que sin el pelo. Es increíble lo que hace o deshace una buena cabellera. Es una tragedia.

Bueno, Manu estaba esta tarde hasta la polla de su amor y se vino a mi barra después de mear. Yo estaba paladeando el Ballantine´s con gusto pero un tanto amargado por mi incapacidad. Él se quedó ahí, a mi lado, y yo no sabía si es que quería pagarme, o pedirme algo, que no suele haber más entre lo dos, pero el caso es que que tenía ganas de hablar conmigo y yo le escuché como escucho a cualquiera, aunque no sin cierta curiosidad por lo raro de la situación.

- ¿Has visto, Kufisto, lo viejos que están los que estudiaban con nosotros? -me dijo sonriendo con aquella misma sonrisa de hace treinta y tantos años. Acababan de irse cuatro de aquellos que estudiaban con nosotros, uno de ellos en silla de ruedas dese hace 25 años.


Dios Santo, apiádate de mi, de mis putos escritos y de la gorda loca que vino después.