viernes, 14 de octubre de 2016

ADIÓS, SUERTE

- ¿Nicéforo, Nicéforo?...-he preguntado al entrar en casa. Cuando estoy de buen humor siempre le llamo por otro nombre, a cual más feo. Este creo no habérselo dicho nunca. He pasado a la cocina para dejar algo y he cerrado la puerta al salir, como siempre. No me gusta que entre solo allí; tengo demasiadas bolsas de plástico colgadas de la silla y al muy tonto le gusta jugar con ellas, arañarlas y morderlas; luego le vienen esas angustiosas toses y parece como si fuera a quedarse en el sitio, aunque siempre acaba por regurgitar la mierda de bolas de pelo o lo que coño se trague; después se queda un rato parado, como diciéndose nunca más, y a otra cosa. Mi habitación también está cerrada para él, así como el cuarto de baño del pasillo, aunque este no sé para qué. El resto del piso, su habitación, la otra llena de trastos y el salón están a su entero antojo y al de su hermoso y abundante pelo, tan naranja y blanco como la primera luz de la mañana.

No estaba en el salón a pesar de ser mediodía, hora en la que le gusta tumbarse frente al gran ventanal que da a la calle para tomar su baño de sol y quizá, sólo quizá, mirar lo que pasa fuera: gente, coches y niños jugando y gritando en el colegio de enfrente. Me he quitado la bufanda acordándome con una sonrisa del vídeo que poco antes había visto en Youtube sobre como anudársela de diez maneras diferentes (ayer la saqué del armario) y yendo a dejarla en el perchero le he visto tirado en su habitación, junto al plato de la comida húmeda.

Él nunca se había dormido ahí. Él jamás se dormiría así.

- ¿Nicéforo?

Y antes de tocarle ya sabía que estaba muerto.

Sus ojos, del color de la miel que no tiene que pasar lectores de barras, ahora estaban negros. Tan negros, tan oscuros, como sólo están las cosas que dan miedo. Su pequeña boca, siempre tan elegantemente cerrada, ahora permitía salir un pedazo de su rosada lengüecilla. Le he acariciado la cabeza llamándole por su nombre. He cogido una de sus patitas y la he dejado caer inerte el suelo. Su lomo, aún tibio, se notaba pesado, como si ya todo estuviese parado por dentro. Me he incorporado y me he quedado un rato mirándole. Después he ido al salón y he mirado por el ventanal: gente, coches y niños jugando y riendo en el colegio de enfrente. He vuelto a su habitación y en la puerta he visto, ahora sí, los restos de su último devuelto. Los he recogido y los he tirado en una de las mil bolsas de la silla de la cocina. Y me he tumbado en el sofá.

Mirando al revés el título de un libro que tenía un poco más allá de mis pies he estado pensando sobre lo que había hecho esta mañana: echarme un poco de pomada en el pelo para curar unas pequeñas heridas que hacía más de un año que no me salían, comerme unas nueces que compre ayer después de meses sin hacerlo, ese rato loco, esa extraña hora loca, nerviosa, que había tenido en el bar de puro aburrimiento por no tener a nadie, las ganas que me habían entrado de fumar tras la copa de vino del almuerzo, el vídeo de la bufanda...Todavía estaba caliente cuando lo he encontrado.

He llamado a mi madre. "¿Qué hiciste con tu gata cuando se murió?" Luego vendrá con su hermana a por él y lo enterrarán en su casa de campo. Yo tengo que volver al bar. Una ducha, un afeitado y una despedida antes de irme. Y acariciándole como le gustaba, en la cabeza, por las orejillas, le he dicho adiós sin abrir la boca.

Cuando hace diez años una dulce muchacha me lo trajo en tren desde el Levante me sobraba palma de la mano para sostenerlo. Hoy lo he tenido que coger con los dos brazos para meterlo en una bolsa grande de basura. Hace días que se me acabaron las pequeñas. Y anoche pensé en no comprarlas hasta utilizar las que cuelgan de la silla.


Y hace un rato, volviendo a casa después de ver a mi padre en la suya explicándome como podía el nuevo tratamiento para su enfermedad mientras mirábamos una película de Bud Spencer, he pensado que quizá todavía estaría abierto el estanco donde compro el tabaco para el bar. Iba sin dinero y pensaba dejárselo a deber. Seguro que no habría problema alguno. Antes de llegar he visto otro abierto. Un poco más allá, el mío estaba cerrado. Pero el frío me ha hecho meter las manos en los bolsillos y he encontrado monedas. Suficientes.

- Mañana me voy a verlos de jugar -le estaba contando al que estaba delante de mi, un padre con su hijo.
- ¡Pero si son cuatro horas de viaje!
- Es igual

- Dame un Sweet Virginia...un Golden Virginia de 25 -le he dicho. Llevaba lo justo, poco más.


El whisky lo tengo en casa desde hace dos semanas.


Por los viejos tiempos, Suerte...


Por los viejos tiempos que parece que van a volver.



Pero ya sin ti.

















sábado, 3 de septiembre de 2016

RECUERDOS DE MOMENTOS QUE SÓLO PASAN MIL VECES

- Dale recuerdos a tu padre

¿Por qué le habré dicho que iba a verlo? ¿quizá para no afirmar su pregunta de si iba de paseo? ¿por vergüenza? Joder, es sábado y todo el mundo está en la calle, de fiesta, con sus amigos o familias, por ahí, a cenar, al cine, a emborracharse con los amigos o a lo que sea, y quien me ve no se le ocurre nada más que preguntarme si voy de paseo, como los viejos, o ni eso, que está anocheciendo, más bien como los raros, como los locos, como alguien que por supuesto no puede estar más que solo...Y él estaría esperando a su guapa e inteligente mujer, esa mujer de bonitas piernas, para salir a cenar junto a otras parejas; después un par de copas y a casa...Dale recuerdos a tu padre, me dice sin dejar de mirar su teléfono...¿Así me lo peguntas, cabrón? ¿como quien le dice no al moro ambulante de los chismes que parpadean y hacen ruido? ¿acaso soy ya eso para vosotros? ¿acaso es él ya eso para vosotros? ¿un próximo y vago recuerdo, nada más?...

Llego a la casa de mi padre y lo encuentro viendo El Padrino. Me siento en mi sitio y le contesto a su previsible pregunta que hoy sí, que hoy por fin he echado una buena tarde en el bar, una de las mejores. Él se alegra y callamos para ver la peli, como de costumbre. Mi madre está terminando de arreglarse un poco para ir a comprar algunas cosas. "No salgas con el hocico recogío" le dice el viejo, "¿y como quieres que salga?, ¿así?" contesta haciendo una sonrisa americana, "no, tampoco. Eso es falso" Se va y nos quedamos solos. "El Padrino" sigue siendo tan buena como hace casi treinta años. Hace mucho tiempo desde que la vi por última vez. Pero la vi tantas veces, le eché tantas horas, que no he olvidado nada de ella. Sterling Hayden le sopla aquel puñetazo a Al Pacino, "¿cuanto le paga Sollozzo por matar a mi padre?..."

Llaman a su teléfono. Es del bar. Un amigo de mi hermano que va a venir a por hielo. "¿Está Kufisto?", "sí", "pues dile que me prepare cinco sacos que estoy allí en tres minutos" Sí, hoy vamos a tener un gran día en el bar...

Al colocar el cuarto saco en la puerta oigo un claxón tras ella. La abro y es él. "Ves cogiendo que voy a por los que faltan" Al final son siete, ya no hay más. "¿Y van a caber?" me dice, "Sí. Y sino los metes en el del frigo", "¿cuantos entran el grande?", "ocho", "entonces sí que caben" Hoy va a hacer falta mucho hielo...Vuelvo con otros dos, los últimos y no le veo. Ha tenido que aparcar más adelante. La calle es un hervidero. Se los acerco y al regresar me encuentro con un hombre muerto que anda como puede. Dudo en saludarle pero lo hago, me cae bien; él se para con intención de hablar algo, no como aquel, pero voy con mucha prisa y sin pararme se lo digo. Veo que lo entiende y sigue su pesadísimo camino. Quien está al borde de terminarlo suele entender muy bien las cosas. Ya lo veré una mañana de estas por el bar, si es que todavía le quedan algo de tiempo y fuerzas para hacerlo. Solemos reírnos mucho cuando hablamos. Los hombres muertos se ríen entre ellos. Los hombres muertos se ríen de ellos. Los hombres muertos se ríen de todo cuando se encuentran.

Subo arriba. El Padrino baja a ver a Tom Hagen, que bebe en la oscuridad, junto al teléfono. "Qué bien está Marlon Brando en esta escena" dice mi padre. Ya en la funeraria me fijo en la iluminación y lo comento. Mi padre no dice nada. El Padrino parece tan cansado y agotado, tan derrotado, como pueda estarlo un hombre que ganó muchas veces cuando estaba lleno de vida.

Llega mi madre y entonces me voy. Yo todavía puedo estar solo.

Abro la puerta y pasa un viejo conocido. Jamás he cruzado una palabra con él. No creo que le gustara. Siempre le he visto solo, caminando por ahí su enfermedad, sea la que sea. Anda ligero, la mirada baja, evitando hasta a las sombras de quienes se cruzan con él, pisando como si temiera despertar a alguien bajo el suelo, mirando de vez en cuando hacia atrás como para asegurarse que de verdad quedan atrás, que no tiene a nadie a su espalda...Le pierdo de vista en poco tiempo después de pensar por un instante en seguirle.

Dos muchachas vienen hacia a mi. Se hacen a un lado sin darse cuenta y veo que la rubia lleva una botella de ron barato en el regazo. Es sábado. Los coches vomitan mierda por sus altavoces. La gente habla, grita, excitada por otra noche de sábado que acaba de comenzar. Por un instante pienso en salir por ahí. Pero ya me sé el final de esa historia y me voy para casa.

Ahora estarán pasando la segunda parte del Padrino. No creo que mi padre la esté viendo. Yo tampoco.


Abajo, en la calle, otro coche vomita más mierda.


Y ya se ha ido.


Todo se va.


Todo.

viernes, 8 de julio de 2016

UN VIEJO VAGABUNDO

Ha dudado si entrar o no mientras sujetaba la cortinilla de la puerta. Yo estaba en el otro extremo de la barra, casi fuera, por lo que él no podía saber con certeza si yo era el camarero. Enseguida lo he calado. Y él, al final, se ha decidido a entrar con su gorrilla y su mochileja.

Se ha quedado junto a la entrada , sin querer aventurarse más allá, tal y como hacen los que temen a causa de las hostias que llevan encima.

- Hola -he dicho seriamente, como quien se imagina lo que viene después- ¿qué quieres?
- Una caña -ha respondido con voz apenas audible.

No le he preguntado si grande o pequeña. Se la he puesto de las últimas. Ni he pensado en ofrecerle un pincho. Y mientras lo hacía me he fijado un poco más en él, que no acababa de cogerle el tono al sitio.

- ¿El servicio?
- Allí detrás, la segunda puerta -he contestado aún de peor gana.

"Verás -me he dicho mientras se encaminaba indeciso hacia donde le había indicado-, ahora me echa una buena mierda, se asea, me apesta el puto water y me dice que no tiene dinero para pagarme la caña, como si lo viera...Eso te pasa por no pedirle el dinero antes, gilipollas"

Ha salido en tiempo de meada, sin dármelo para dudar siquiera un instante. Y se ha vuelto a su sitio de la misma manera que lo dejó.

Viendo que el otro cliente estaba rulándose un pito, el vagabundo se ha echado mano a su paquete de tabaco; ha sacado un cigarrillo y se lo ha puesto en la boca. "Verás -me he dicho-, ahora se lo enciende y ya tiene excusa para que lo eche a la puta calle" Pero no lo ha encendido, sino que ha seguido allí, en su sitio, como un pocero en una tienda de perfumes en los Campos Elíseos, como si estuviera esperando en cualquier momento la patada en el culo.

- ¿Cuanto es? -me ha dicho una vez que me ha pillado por su lado, tan cerca como para reclamar mi atención sin llamarla mucho.
- Uno veinte

Y ha sacado veinte céntimos y un billete de 20 euros

"Verás -me he dicho- como es más falso que Judas" Pero no lo era.


Y le he cobrado y poco después se ha ido con un tímido "adiós"


Y yo no me he sentido muy bien.

miércoles, 8 de junio de 2016

EL SUELO DEL VIEJO




Ayer, por fin, me decidí a regalarle un paquete de tabaco; un Philip Morris, el más barato.

Lo vi llegar como todos los días, las manos a la espalda, mirando al suelo en busca de colillas, fija la vista en el de la terraza de mi bar donde yo estaba sentado disfrutando de la mañana, ya que no poniendo cafés. Unos pasos más allá, junto a la ortopedia, ha rebuscado en la papelera. "Ahora" pensé; y pasé adentro a por el tabaco.

Salí y se lo dí.

- Tenga, para usted
- ¿Y esto?
- Se lo doy...se lo regalo...es tabaco del bueno

No me dio ni las gracias. No me importó. Poco antes de todo esto mi padre había venido a decirme que los médicos le habían dicho que todo estaría bien durante al menos otros tres meses: el dragón que duerme en su pulmón sigue aletargado, como la sabandija con su huésped, viviendo de él sin estrujarle demasiado. También a estos les va la vida en ello.

Hoy he vuelto a sentarme en mi desierta terraza. Estaba mirando el hábil vuelo de los vencejos en el edificio de enfrente, oyendo sus canciones, cuando ha vuelto a llegar el viejo de ayer. Ha pasado por delante de mi sin decir nada, las manos en la espalda, mirando al suelo con ojos de pajarillo en tierra sin fuerzas ni para cobijarse a la sombra del árbol, vencida su nariz aguileña ya sin el apoyo de esa boca vacía de dientes. Unos pasos más allá ha vuelto a detenerse ante la papelera de la ortopedia. Le he visto rebuscar torpemente. Y mientras lo hacía me he fijado en que va demasiado arreglado como para hacer esas cosas. Puede que simplemente no le dejen fumar en su casa y no le den dinero para nada, no sea que se lo gaste en eso.

Y ha regresado sobre sus pasos, sin ni siquiera mirarme, para irse por donde había venido.


Y volviendo a mirar a los vencejos que bailaban acrobáticamente en el cielo azul no he podido más que preguntarme como será posible que se entiendan tan bien como para no atropellarse los unos a los otros.


Puede que sea porque hablan el mismo lenguaje en el mismo tiempo.

miércoles, 1 de junio de 2016

ES LA FALTA DE AMOR LA QUE LLENA LOS INFIERNOS




Está cerca de cumplir los 40 años. Vive solo en el viejo piso de sus padres. Su madre murió cuando él todavía era un chiquillo que aún iba al colegio, o puede que al instituto. Poco después dejó de estudiar y empezó a golfear por ahí. Su padre tardó no mucho más en rehacer su vida con una mujer de otro pueblo. Y el hermano mayor se marchó a la ciudad, de donde regresaría algún tiempo después convertido en un hombre influyente para la comunidad.

Una vez acabada la mili encontró trabajo en unas gran empresa dedicada a la construcción. Allí le hicieron fijo y empezó a ganar un buen sueldo. Su padre terminó por irse de casa y todo parecía ir sobre ruedas. No le faltaban los amigos, tampoco las follamigas ni las bolseras, y los fines de semana se lo pasaba todo lo bien que puede pasárselo un chico joven que sale de fiesta sin cargos de conciencia por el hambre en el mundo y todo lo demás: él no tenía la culpa de nada.

Llegó la crisis y fue de los primeros en ser licenciado. Le quedó una indemnización y un par de años de paro. No se preocupó mucho y se lo tomó como unas vacaciones pagadas, al igual que tantos otros. Pero eso se acabó. Y cuando quiso volver a entrar en la rueda ya no había sitio para él.

Trapicheos, trabajillos, algún dinero de su padre, puede que también de su hermano...Poco a poco casi todos sus amigos acabaron por casarse y formar una familia; y los que no, ya no tenían humor para estar por ahí, donde cualquier gilipollas te puede buscar un problema en una noche loca. Y ya sería de los gordos. Así que mejor en casa, con la Play o el vídeo, juegos y películas, whisky y hash, un poquito de farlopa, algo de música, quizá alguna guarrilla en busca de algo que pueda pagarse sin dinero...Pero esto ya no era como había sido.

Ya muy al límite, tan quemado como una fiera enjaulada en mitad del Serengeti, solía fantasear en voz alta con agarrar una escopeta y salir a matar hijoputas. Tanto énfasis le ponía que a nadie de quienes le conocemos nos hubiera extrañado verlo en las noticias de las tres. Y en esas andaba, bailando con sus demonios, cuando su hermano le consiguió un trabajo en un centro comercial. Era cosa de poco, pero era algo. Y poco después empezó a salir con una divorciada, una de su cuerda, pero tenía una hija pequeña y esto hacía un tanto de freno de mano, y de nariz, por lo que puede que llegara a pensar en hacer algo más con ella, en ser como los demás, en convertirse en otro hijoputa feliz...

Pero tanto lo uno como lo otro duraron poco: un trabajo de mierda siempre será un trabajo de mierda aunque te lo proporcione tu hermano mayor y una puta siempre será una puta aunque tenga una hijita adorable. Y se quedó sin nada y se encerró en el viejo piso de sus padres. Hoy alguien lo ha visto por ahí.

Y por tres veces, entre lágrimas, le ha dicho que se iba a echar la soga al cuello.


Quien lo dice no lo hace.


O eso es lo que dicen los otros.

sábado, 14 de mayo de 2016

LA MUJER DEL MAGO




La mujer del mago tiene piernas que no parecen suyas; cualquiera que las vea dirá que tienen la mitad de años que su cara vista de cerca.

La mujer del mago nunca entra sola al bar; se queda ahí, en la puerta, sola, esperando a que llegue su amiga y mi clienta, una que también es la mujer de otro, pero no de un mago. Me pongo a pensar y no recuerdo haberle visto las piernas. Hay mujeres que no las enseñan. Hay mujeres que no pueden enseñarlas.

La mujer del mago se sienta en un taburete del fondo, junto al ventanal, y mira afuera mientras su amiga y mi clienta viene a pedirme las consumiciones como una niña tímida le pediría un truco a un mago muy solicitado.

La mujer del mago tiene un culo que parece tan duro como mi polla y una cintura como la de la abeja que por la mañana estampé contra el ventanal; las tetas son pequeñas, pero te miran como si fueran dos montañas nevadas.

La mujer del otro pagó y salió a la calle a buscar las llaves que no encontraba. La mujer del mago se acercó a la barra para pagar lo que ya había sido pagado. Me miró otra vez, aunque ya no como cuando salió del water poco antes de la llegada de ese tío que ahora se la llevaba.

Un cliente estaba en la barra jugando con su hijo. Reconoció a ese tío y se saludaron efusivamente. Y después que se fueran me preguntó si lo conocía.

- No
- Es Patri, el mago ese que...
- Ah, ya


Entonces me acordé de él. Un idiota.


Supongo que la otra encontró las llaves en algún sitio.


No estaría mal que yo encontrara las de las mujeres de los magos.


Aunque sólo fuera para después tirarlas a la incineradora de basuras.



miércoles, 6 de enero de 2016

PON TU CABEZA SOBRE MI ESTÓMAGO




Finalmente la noche había sido buena, nada más.

Desperté cuando era probable que todavía no hubieran cerrado el bar. Una hora más tarde abrí su puerta. Y enseguida, aún a oscuras, me di cuenta de que sólo había sido una buena noche, nada más: a veces basta con oír tus pisadas para saber con bastante exactitud lo que ha pasado.

Encendí la luz y vi que el piso estaba sucio, pero no demasiado. Fui hacia el cuaderno de contabilidad y miré la recaudación. Busqué por los Reyes del año pasado y comprobé que había estado bastante mejor. La Navidad, laboralmente, había sido notable para nosotros. Y como premio casi que forzoso para nuestra salud mental más que física, ayer mismo habíamos acordado cerrar durante una semana. Hoy se esperan nuestro cierre; mañana, no. Y el fin de semana habrá quien se pregunte si no se ha muerto alguien en nuestra familia. Pero el pronóstico de quien vive al día es más corto que el del tiempo.

No puse música durante la limpieza. Ni lo pensé. Y ahora que lo hago me resulta curioso: es como si no hiciera falta cuando no tienes que abrir la puerta. Si yo fuera rico necesitaría incluso menos que ahora.

Desenchufé las cámaras y eché en varias bolsas todo aquello que pudiera ponerse malo durante nuestro descanso: naranjas, limones, cebollas, ajos, huevos...todo para casa. Y fue entonces, cuando abrí el frigorífico, que vi los roscones prácticamente intactos. Y en ese mismo momento, puede que iluminado por mi ayuno que ya iba por su hora 36, determiné llevármelos a casa, trocearlos, envolverlos en papel de aluminio y salir a repartirlos entre los pobres de la ciudad.

Eran las 8 de la mañana y estaba terminando de amanecer cuando llegué a casa.

Ya lo tenía todo preparado para salir. Tan sólo me faltaba encontrar los guantes que protegieran mis manos durante el trayecto bajo la helada mañana, la primera del invierno. Y buscándolos recordé si no sería conveniente ir desayunando, a pesar de encontrarme bastante bien de fuerzas. Los guantes seguían sin aparecer y ya no me quedaba ningún sitio por mirar. Pensé en llevar las porciones de roscón a Cáritas y que las repartieran ellos, pero enseguida deseché la idea: Cáritas es parte del enemigo. Así que me iba a tocar a mi...Me di por vencido con los putos guantes y determiné desayunar para meterle calor al cuerpo en vista del frío que iba a pasar fuera.

El kiwi estaba delicioso, entre ácido y dulce, todo verde brillante, en su justo punto. Le hinqué el diente al primer aguacate y su insipidez me supo a gloria; con el segundo, redondo como el sol, disfruté paladeando su suavísima textura. Le eché un vistazo a la bolsa ecológica medio llena de aluminio arrugado y rápidamente me di la vuelta para coger una de esas hermosas naranjas que había rescatado del bar; la pelé con mis propias manos y su pulpa me supo a néctar de reyes. Me acordé de los pobres que encuentro las pocas veces que circulo por la calle comercial, unos viejos y otros no tanto, pero seguramente muchos tendrían problemas con el azúcar, alguno habría diabético, y puede que el remedio fuera peor que la enfermedad; pensé en las viejas beatas y que ellas estarían preparándose para hacer algo parecido a lo que iba a hacer yo; y eso sí que sería tremendo, absurdo, mortal...llegar allí, hasta los pobres de tus famélicos sueños, y ver que te miran con aburrimiento al coger tu pedazo de roscón, casi que diciéndote con la mirada que lo van a tirar a la papelera, que están hartos del puto roscón, tan empalagoso, y que ellos lo que quieren es dinero para vino, que alegra el espíritu y calienta el cuerpo, que si no seré un maricón en busca de algo cuando soy tan amable como una puta vieja...Para cuando abrí la cuarta nuez ya lo tenía casi decidido. Y con la novena y última avellana no tuve duda alguna: los roscones se iban de vuelta al bar.


Sólo que ahora en porciones.


Y masticando un buen puñado de pistachos le eché una sonrisa y once bultos de aluminio a las casi vacías tripas de mi pobre frigorífico del bar dormido.