sábado, 14 de mayo de 2016

LA MUJER DEL MAGO




La mujer del mago tiene piernas que no parecen suyas; cualquiera que las vea dirá que tienen la mitad de años que su cara vista de cerca.

La mujer del mago nunca entra sola al bar; se queda ahí, en la puerta, sola, esperando a que llegue su amiga y mi clienta, una que también es la mujer de otro, pero no de un mago. Me pongo a pensar y no recuerdo haberle visto las piernas. Hay mujeres que no las enseñan. Hay mujeres que no pueden enseñarlas.

La mujer del mago se sienta en un taburete del fondo, junto al ventanal, y mira afuera mientras su amiga y mi clienta viene a pedirme las consumiciones como una niña tímida le pediría un truco a un mago muy solicitado.

La mujer del mago tiene un culo que parece tan duro como mi polla y una cintura como la de la abeja que por la mañana estampé contra el ventanal; las tetas son pequeñas, pero te miran como si fueran dos montañas nevadas.

La mujer del otro pagó y salió a la calle a buscar las llaves que no encontraba. La mujer del mago se acercó a la barra para pagar lo que ya había sido pagado. Me miró otra vez, aunque ya no como cuando salió del water poco antes de la llegada de ese tío que ahora se la llevaba.

Un cliente estaba en la barra jugando con su hijo. Reconoció a ese tío y se saludaron efusivamente. Y después que se fueran me preguntó si lo conocía.

- No
- Es Patri, el mago ese que...
- Ah, ya


Entonces me acordé de él. Un idiota.


Supongo que la otra encontró las llaves en algún sitio.


No estaría mal que yo encontrara las de las mujeres de los magos.


Aunque sólo fuera para después tirarlas a la incineradora de basuras.



miércoles, 6 de enero de 2016

PON TU CABEZA SOBRE MI ESTÓMAGO




Finalmente la noche había sido buena, nada más.

Desperté cuando era probable que todavía no hubieran cerrado el bar. Una hora más tarde abrí su puerta. Y enseguida, aún a oscuras, me di cuenta de que sólo había sido una buena noche, nada más: a veces basta con oír tus pisadas para saber con bastante exactitud lo que ha pasado.

Encendí la luz y vi que el piso estaba sucio, pero no demasiado. Fui hacia el cuaderno de contabilidad y miré la recaudación. Busqué por los Reyes del año pasado y comprobé que había estado bastante mejor. La Navidad, laboralmente, había sido notable para nosotros. Y como premio casi que forzoso para nuestra salud mental más que física, ayer mismo habíamos acordado cerrar durante una semana. Hoy se esperan nuestro cierre; mañana, no. Y el fin de semana habrá quien se pregunte si no se ha muerto alguien en nuestra familia. Pero el pronóstico de quien vive al día es más corto que el del tiempo.

No puse música durante la limpieza. Ni lo pensé. Y ahora que lo hago me resulta curioso: es como si no hiciera falta cuando no tienes que abrir la puerta. Si yo fuera rico necesitaría incluso menos que ahora.

Desenchufé las cámaras y eché en varias bolsas todo aquello que pudiera ponerse malo durante nuestro descanso: naranjas, limones, cebollas, ajos, huevos...todo para casa. Y fue entonces, cuando abrí el frigorífico, que vi los roscones prácticamente intactos. Y en ese mismo momento, puede que iluminado por mi ayuno que ya iba por su hora 36, determiné llevármelos a casa, trocearlos, envolverlos en papel de aluminio y salir a repartirlos entre los pobres de la ciudad.

Eran las 8 de la mañana y estaba terminando de amanecer cuando llegué a casa.

Ya lo tenía todo preparado para salir. Tan sólo me faltaba encontrar los guantes que protegieran mis manos durante el trayecto bajo la helada mañana, la primera del invierno. Y buscándolos recordé si no sería conveniente ir desayunando, a pesar de encontrarme bastante bien de fuerzas. Los guantes seguían sin aparecer y ya no me quedaba ningún sitio por mirar. Pensé en llevar las porciones de roscón a Cáritas y que las repartieran ellos, pero enseguida deseché la idea: Cáritas es parte del enemigo. Así que me iba a tocar a mi...Me di por vencido con los putos guantes y determiné desayunar para meterle calor al cuerpo en vista del frío que iba a pasar fuera.

El kiwi estaba delicioso, entre ácido y dulce, todo verde brillante, en su justo punto. Le hinqué el diente al primer aguacate y su insipidez me supo a gloria; con el segundo, redondo como el sol, disfruté paladeando su suavísima textura. Le eché un vistazo a la bolsa ecológica medio llena de aluminio arrugado y rápidamente me di la vuelta para coger una de esas hermosas naranjas que había rescatado del bar; la pelé con mis propias manos y su pulpa me supo a néctar de reyes. Me acordé de los pobres que encuentro las pocas veces que circulo por la calle comercial, unos viejos y otros no tanto, pero seguramente muchos tendrían problemas con el azúcar, alguno habría diabético, y puede que el remedio fuera peor que la enfermedad; pensé en las viejas beatas y que ellas estarían preparándose para hacer algo parecido a lo que iba a hacer yo; y eso sí que sería tremendo, absurdo, mortal...llegar allí, hasta los pobres de tus famélicos sueños, y ver que te miran con aburrimiento al coger tu pedazo de roscón, casi que diciéndote con la mirada que lo van a tirar a la papelera, que están hartos del puto roscón, tan empalagoso, y que ellos lo que quieren es dinero para vino, que alegra el espíritu y calienta el cuerpo, que si no seré un maricón en busca de algo cuando soy tan amable como una puta vieja...Para cuando abrí la cuarta nuez ya lo tenía casi decidido. Y con la novena y última avellana no tuve duda alguna: los roscones se iban de vuelta al bar.


Sólo que ahora en porciones.


Y masticando un buen puñado de pistachos le eché una sonrisa y once bultos de aluminio a las casi vacías tripas de mi pobre frigorífico del bar dormido.

domingo, 13 de diciembre de 2015

DOS CICATRICES Y UN RAYO DE SOL




He despertado con dos cicatrices en la parte derecha de la frente; una de ellas especialmente grande, de unos cuatro centímetros. No es la primera vez que me pasa. Me las causo yo mismo con la uña. Creo.

La mañana gris y no demasiado fría. Todavía era casi de noche completa cuando llegué aquí. Limpié, fregué y coloqué el bar. Después abrí la puerta y sólo me quedó esperar.

Ha entrado poca gente. Un ciego y un viejo con sus dos hijas; una de ellas todavía tiene buenas tetas. Un colega me contó que eran las mejores que había tenido entre sus manos.

Acaba de pasar un cliente habitual. Otro solitario. Le pongo su café y volvemos a ignorarnos. Una vez estuve a punto de discutir con él. ¿Y qué otra cosa se puede hacer?

En el cielo cubierto de nubes grises se ha abierto una brecha por la que ha se ha filtrado un poco de sol que ha alcanzado mi ventana. Por un momento he pensado si sería el Fin y si lo haría con la de las otoñales tetas entre mis brazos. Después no ha pasado nada de eso y he pensado si lo mejor no sería esperar la muerte mientras limpio, friego y coloco el bar.


Ha entrado más gente, demasiada, mientras escribía estas pocas líneas. Quizá algo no quería que lo hiciera. ¿O he sido yo?


Pero aquí están.


Y yo he vuelto a quedarme completamente solo. Creo.

lunes, 20 de abril de 2015

LOS PATOS NO COMEN CHURROS




Se los había guardado durante toda la semana pasada. Creo que fue el miércoles o el jueves cuando lo pensé: "¿Y si el lunes se los echo a los patos?"

Todos los días compro 6 para el bar. Siempre sobran. La gente sigue con miedo. Yo cogía los 4 churros que sobraban y los congelaba por si al día siguiente hacían falta. Nunca pasó. Así que los patos eran una solución más atractiva que la basura. Hay que ir haciendo buenas acciones, no sólo pensarlas.

Hoy dormí lo de dos días. Anoche acabé realmente cansado. Cada vez me pesan más los domingos. Trabajo demasiado.

Terminé por levantarme y me fui de bancos. No entiendo como la gente puede trabajar en esos sitios. Claro que hay mucha gente y no conozco bien a casi nadie. Puede que a nadie.

Comí y volví a dormirme. Me despertó una llamada desconocida. Era la compañía telefónica. Una chica. Le compré un seguro para el móvil.

- "Venga, al parque" -me dije.

Cogí la bolsa de churros descongelados de la mañana, me despedí del gato y marché a darle de comer a los patos.

Apenas había nadie. Eran las 4 y hacía una tarde esplendorosa, brillante, amarilla y azul, de esas que uno ya va apreciando un tanto. Me encaminé hacia donde los patos suelen tomar el sol y sólo vi a unos pocos. Supongo que los demás estarían durmiendo o algo así. Encontré una sombra bajo un buen árbol y hacia allí me fui, imaginando patos volando torpemente hacia mi al tiempo que aullarían como lobos por mis churros descongelados.

Partí un pedazo de uno y lo tiré al agua. Un pato gordo se fue hacia él sin mucho entusiasmo. Lo olisqueó cero coma y se largó por donde había venido. Y yo miré para atrás y a los lados. No vi a  nadie.


Dejé el bolsón colgado de un madero de la cerca y salí de allí.


"Alguien lo aprovechará" pensé.


Afuera el sol brillaba como si todo el mundo estuviera feliz.


Y de mi teléfono salió el Here comes the sun de los Beatles.



miércoles, 28 de enero de 2015

BIENVENIDA A LA VIDA, CARMEN



- ¿Como era eso cuando te duele el cuello? -les pregunté a dos clientes más o menos habituales- ¿Calor o frío?
- Joder, Kufisto...calor -dijo uno de ellos, el divorciado que está saliendo con una chica quince años más joven que él, el que lleva algún tiempo machacándose con el gimnasio y sus derivadas químicas, el experto que yo esperaba respondiera.

Acto seguido comenzó a dar las pertinentes explicaciones al mismo tiempo que se rascaba el rabo de vez en cuando, tal y como suele hacer desde que lo conozco. Nunca he oído a nadie decirle nada; así que yo, tampoco. Había dicho lo suficiente: calor. Y mi pobre cabeza de pepino hizo el tilt que, también, más o menos esperaba: "Claro, claro...calor..." Pasé de escuchar lo que había olvidado y me puse en modo "abuela de Cáritas frente a hombre español"

Llegué a casa con el plan hecho; de hecho, lo estuve pensando por un largo rato, casi tanto como el me quedaba para acabar el turno: tengo el mismo nivel de macguiverismo que ese inglés de la tele, el último superviviente, haciendooo...no sé. lo que no sepa hacer

Encendí la calefacción, pillé la toallita del bidé y la dejé sobre el radiador de mi habitación, fuera del alcance del puto gato.

Un par de horas más tarde (después de ganar un par de partidas de ajedrez a siglas aleatorias que te aseguran ser seres humanos y de cenar una pizza de atún tan casera como un polvo de Badoo) mi cuello se acordó de mi toalla. Y se la enrosqué mientras leía cosas de ultra-católicos en el móvil.

"Esto no da el suficiente calor" pensé al tumbarme en el sofá. Pero sí, lo dio, soy tan maximalista...También un par de horas después, al acostarme como el padre de Pantuflo Zapatilla, más o menos. Dejé a sus nietos a un lado de la cama y, por fin, pude dormir el tiempo que se supone debes dormir. Y aún más para mi, que soy del bar, como diría la bruja Avería antes del Alzheimer.

Yo he tirado de pastillas toda mi puta vida; pero de un tiempo a esta parte intento evitarlas. Desde que empezó el año sólo ha caído una aspirina y un ibuprofeno, que lo tengo controlao. A estas alturas de cualquier otro de mi vida adulta andaría por media caja de cada, más o menos, sino más. También. Y no he cambiado de modus vivendi, no...

...pero ahora no sangro cuando cago, como durante los últimos 15 años. Y eso, creo yo, es buena señal, ¿no?

El bar amaneció como casi todos los días del último mes y medio, dejando a un lado la Navidad mediante: chiquillos instituteros resguardándose en el recodo de la entrada mientras se esperaban los unos a los otros para ir a que les laven la parte de la cabeza que les deja el porno.

- ¡Buenos días! -dije yo la primera mañana que me los encontré, tan de sorpresa como un examen sorpresa de urbanidad.
- Urg...jarr...mmm...ehhh...ahhh...woahhh...

Se lo digo todos los días. Ahora hay quien va respondiendo con palabras.

A eso de la una del mediodía había hecho los mismos euros que horas había echado, cosa poco sorprendente.

- ¿Pero esto va con el café? -me dijo uno la semana pasada al ver que le ponía un chupito de zumo de naranja y una magdalena
- Sí, hombre, sí...
- No...si lo digo porque en otros sitios te dicen que tal y luego...
- No, hombre, no...

No lo he vuelto a ver. Será que se le ha muerto el canario. Es lo que tiene estar rodeado de zombis en las últimas.

- Ya está dentro, Kufisto -me ha dicho un amigo embarazadísimo
- ¡Coño!, ¡joder!, ya era hora...
- No veas el show...A las cinco ha roto aguas...

Nos hemos reído mientras me lo contaba. Tenía cara de estar a punto de ser padre por primera vez; una cara limpia, una cara que daba su mejor cara, una cara que estaba esperando otra a su imagen y semejanza.

- Me ha dicho de tó mientras se la llevaban, Kufisto...¡qué malo tiene que ser eso, Kufisto!
- Claro...
- Jodeeerrr...¡Si tuviéramos que hacerlo nosotros!
- Ya...

El ex-legionario, el tío que tiempo atrás tumbaba a cualquiera en las más importantes de las facetas nocturnas, el hombre de negocios capaz de morir y resucitar como un ave fenix de la desconocida marisma manchega...estaba a punto de reventar de amor por causa de su mujer y la hija que le traía.

- ¡Me voy, Kufisto!
- Venga, vete, vete...

Llegó Jose y me trajo un pastel de la panadería donde trabaja.

- ¡Ehhh. Satán! -dijo
- ¡Ehhh, cabrón! -dije. Y me fui a cagar. Sin sangre. Una vez más.

El pastel estaba de muerte; tanto que me animó a echarme un cubalibre, algo que, por otra parte, necesita poca animación. Y  menos hoy, que ya lo andaba ronroneando al sentir como mi cuello iba recuperando sus dominios. Y sin pastillas.

Hablamos un rato, reímos, y me dijo que se iba para el hospital a ver a una buena tía suya. Algo del riñón. "A ver qué es..." Esto de los supuestos cánceres es como saberse la parte de Bonham en All of my love yendo como iba él cuando se mató.

Y entonces entraron dos niñas, dos chavalas de esas que ya ni miras por no molestar; dos mujercitas, dos chavalas que parecían como si llevaran los últimos veinte años de televisión a cuestas, siquiera quince, dando los cinco primeros de inconsciencia total...Tanto fue que al oír hablar a una de ellas me pareció como si fuera abogada, así como una joven y delgada Almeida, con sus gafitas y sus labios gordos y secos, como aquella novia, la primera que tuve, esa que algunos años después acabó metiéndose a monja, aquella...¡Oh, Begoña!...

Eran dos y pidieron tres cafés.

"Eso es que están esperando a alguien -pensé- Sólo eso. Y nada más"

Pero el caso fue que el tiempo pasaba y ahí sólo llego Paco, el ciego. A su rincón. Al que le digo.

- ¿Y el guiso, Kufisto?

He estado tentado en decirle que había caído entero, por maldad, porque veo que últimamente se regodea con mis sobrantes; será que vuelve a estar más enfermo de lo normal:

- Bien, bueno, va...Ha sobrado más de la mitad. No sale ni Blas, me cago en Satán...
- Jijiji...Bueno,pá luego pá la tarde, ¿no?
- Claro
- Adiós, Kufisto
- Adiós, hombre, adiós

- ¡KUFISTOOO!
- Ehhh
- Seguimos con Dylan, ¿eh?
- Pues claro, coño. ¿Qué quieres?
- Un cubata
- ¿Sin café?
- Este
- No, ese no es tuyo, es de las chicas que están afuera.
- Este es mío, ya te lo digo yo...

"La madre que me parió..."

Las chicas pasaron. Era el suyo.

- Ponles un cubalibre, Kufisto
- ¿Qué queréis?

Pidieron. Una hizo como que sabía, "soy del gremio" (Oh, Dios...) La ginebra esta tal, la otra pascual...No daba ni una.

- No, mira -acabé por decirle al abrigo de mi reciente segundo whisky- Esta es más aromática que esa que dices...esta es más fuerte...esta es para maricas...

Estaba empezando a dar una clase ginebril cuando mi colega habló de otro tío que faltaba por llegar.

Y, entonces, viendo que no había nada que rascar, corté toda comunicación; como el Echoes que me despierta durante diez minutos cuando mi teléfono dice que son las siete de la mañana.

Llegó un tipo que reconoció aquel amigo, no yo; quizá sepa quien es, pero ne me acuerdo de qué ni de donde. No me gustó. Ojos brillantitos, perilla...Mi tesis es que quien se deja perilla es un maricón.

Finalmente vino la última pata de la silla, uno de esos para los que el Quijote es una cosa tan de otro mundo como un pingüino en el Polo Sur.

El de la perilla se metió al water. Tardó un rato hasta que salió. Yo estaba meándome vivo, pero lo dejé pasar. No entró ninguno de los otros dos. Pasé, meé, busqué y lo hallé delante de mis narices: ahí estaban los restos, sobre la tapa del water. Pasé mi dedo. Era coca.

Afuera estaban dos crías con tres cuarentones.

En la tele, el gordaco de los trasteros maravillosos parecía más falso que de costumbre.

- ¿La has visto? -me dijo mi hermano al llegar
- ¿El qué?
- Mira

Era un wasap con la foto de la hija recién nacida de nuestro común amigo, en brazos de su mujer, todavía con la lágrima en sus ojos...

- Joderrr...¡qué cosa más bonita!


Tengo el cuello lleno de amor.




sábado, 24 de enero de 2015

ERNESTO Y CHARO




Charo Gómez acabó por poner a Long Big John a su máxima potencia; hasta ese punto donde parecía tal que si fuera a salírsele por el estómago, como el bicho de aquella película que vio siendo adolescente y que la turbó lo justo y necesario como para conseguir los dos pósters: el de la chica de las braguitas con los brazos en alto tocando los botones del ordenador de la nave y el del monstruo que iba agarrao a esta por fuera.

- ¡¡¡Ohhh...ohhh...OHHH!!! -gritó corriéndose sobre la toalla que hacía de pantalla entre su culo y el cuero negro del sofá.

Finalmente abrió los ojos y, ya un tanto difuminado, vio a Frankie Fever en su televisor: estaba tan bueno como sin difuminar. Puede que mejor, si eso era posible. Y sí, lo era: ella podía pintarlo aún mejor cuando cerraba los ojos y no lo veía con aquellas putillas que tenía por compañeras de casa en Gran Hermano.

Poco a poco, jugueteando con los muros de su vagina, se sacó del coño el gran y rugoso rabo negro de goma.

Por fin, apagó la tele, se fue al water, lavó con mucho jabón a Long Big John, lo secó con la toalla del bidé y se dio una larga y caliente ducha.

- ¡Oh, Frankie...!


Ernesto Iglesias ya no sabía qué ver: había visto tanto que apenas recordaba el sentido correcto de los tornillos. Ya, rabo en mano, optó por un vídeo de teenagers, de las amateurs. Una rubia con aspecto y ojos de cocainómana le hacía una pasional mamada a un chico musculado, tatuado hasta donde antes, no muchos años atrás, empezó a estar su vello púbico. Ernesto se corrió antes que el de la peli. Recogió el semen del suelo con un pañuelo de los mocos, lo tiró al desbordado cubo de la basura, se limpió el capullo con un pedazo de papel higiénico y tiró de la cadena que contenía sus tres o cuatro meadas previas. Meó, dejó la muestra, se cambió de calzoncillos, husmeó los calcetines, se los puso, pilló el resto del vestuario de los días anteriores, algo de pasta del cajón de las sábanas, el ipod, y se fue andando donde las calles sí tienen nombre, apellidos, puertas y luz eléctrica.


- Hola -dijo Ernesto
- Hola, ¿qué vas a tomar? -dijo el camarero
- Un Bacardi con coca cola. Sin hielo y fhfgty...
- Ehhh,..¿en tubo?
- Sí, también. Y sin hielo ni limón.

Eso era algo raro. Muy raro. El camarero lo miró y no vio más que a otro solitario cuarentón, en el caso que no estuviera ya empezando el siguiente -ón, el de vételo pensando, que era lo más probable, aunque nunca se sabe con aquellos que parecen no haber estado nunca de yates, putas y Dom Perignon.


- Holaaa -dijo Charo
- Holaaa -dije yo

Y miró el bar como si no lo reconociera.

- Diferente, ¿eh?
- Sí...Acostumbrada a verlo al mediodía...


Iba con otra cuarentona, una tía fea, dientona, imposible de imaginarla en la cama. O en los aparcamientos de los últimos garitos poligoneros.


Charo tampoco da ni para los arrabales, pero es psicóloga; y aunque tiene más de cuarenta años también parece de esa clase de tías que en la hora adecuada pueden hacer lo que tú quieras por estar un rato contigo.


Cogí mis cosas cuando llegó mi hermano.


Ernesto iba por su tercer Bacardi y Charo por su primer descafeinado.



Y ahora yo voy por mi séptimo cubalibre.



Vale.



sábado, 13 de diciembre de 2014

VISLUMBRANDO A LLOYD




"A ver como se lo digo..." pensé mientras le cambiaba su billete en monedas con las que jugar al futbolín.

- Tienes que darle fuerte al chisme (no dije pitorro) para que salgan las pelotas, ¿vale?. Hasta el fondo.
- Vale. Hasta el fondo. Te llamo si tengo problemas -respondió sonriéndome otra vez; como antes, cuando salió a fumar mientras yo estaba fumando con un amigo.

- Me pones un Barceló con cocacola cuando pases, ¿vale? -me dijo yéndose un poco más allá.
- Vale - respondí sorprendido de que una muchacha como esa me hablara con una sonrisa como aquella.

La miramos caminar hacia el futbolín.

- Joder -dijo mi amigo
- Sí -dije yo- Y pensar que podría ser su padre...
- Jajaja...Pero te arreglaba el cuerpo esta noche
- Sí que me lo arreglaba, sí...Y la cabeza
- Jajaja

No hacía una hora, poco antes de la llegada de mi viejo colega, a eso de las cinco, cuando andaba poniendo las primeras copas de la tarde, que me había invadido una sensación de tristeza tal que durante un instante (sólo eso) tuve ganas de coger la puerta e irme a casa sin decirle nada a nadie.

"Oh, Dios...todavía me quedan dos horas..." pensé mirando al reloj de la pared que estaba a mi espalda. A un lado, las botellas; y enfrente la televisión no hacía sino mostrar silenciosamente mucho de lo que me saca de quicio. Ya había quitado a Dylan para poner la emisora indie. Hoy es día de cenas de empresa. Y de comidas. Y, después de todo, las chicas sólo quieren pasárselo bien.

Un grupo de diez, mitad y mitad, acababan de abrir el melón. Uno de ellos, un buen chico, el que fijo había llevado a todos allí, me enseñó una foto con su entrada para ver a los Kiss en Madrid.

- Ya sé que no te van, a mi tampoco, pero oye...Tiene que estar bien
- ¿Cuando es? 
- En junio
- Joder. ¿Y ya están a la venta?
- Vaya...

Para la mierda siempre hay tiempo. Siempre hay tiempo de sobra para la mierda.

"Oh, Dios...tengo que echarme una copa"

Me la bebí mientras ellas chillaban y aporreaban a los muñecos del futbolín como si fueran chulazos de una despedida de soltera.

- Ponme de todo lo que tengas en el gintonic, jajaja -me había dicho la más pequeña, casi una enana, que no podía dejar de hablar y reír.
- A una le eché un ajo una vez y le gustó.
- No, ajo no, jajaja...

¿Cuanto ríe la gente? Aún antes de estos, los primeros después de las cañas, vinieron tres, dos chicas y un chico. A una la conozco desde hace tiempo; prácticamente la he visto convertirse de niña en putón. Siempre está riendo: "¿Qué quieres?", "Jajaja, un café", "¿Como lo quieres?", "Jajaja, cortado, jajaja" Está con uno más viejo que yo, uno que pasó un tiempecillo en chirona cuando éramos chavales. Drogas. Hace 20 años largos de aquello. Él me mira como si no quisiera verme. Yo lo miro porque está en mi casa. Y ella ríe y ríe. Y la otra te mira como si no fueras más que otra triste polla de 19 centímetros. Estupendo.

- Jajaja...¿recuerdas aquella noche que nos caímos con la moto? -le he dicho a mi viejo amigo, ya un tanto animado por la tercera copa
- ¿Qué?
- Sí, joder...Hará veintipico años de aquello...

Al final lo recordaba él mejor que yo.


Llevábamos un buen rato callados, bebiendo en silencio, mirando lo menos incómodo, cuando he visto a aquella muchacha salir del water. 


Me ha mirado sin sonreír y se ha sentado con su cuadrilla.


Y poco antes de irme la he visto en los brazos del más imbécil.