viernes, 4 de julio de 2014

EL SALÓN DE TÉ




La cosa llevaba algún tiempo sin estar bien; más o menos desde que ella había empezado a trabajar por primera vez en su vida después de habérsela pasado estudiando o algo parecido a estudiar. Fue entonces cuando tuvo que marcharse lo suficientemente lejos como para quedarse cinco días de la semana, lo que afectó a nuestra relación, que diría una periodista del ¡Hola!

Y no es que hubiésemos llegado hasta allí conviviendo, no, qué va...Era igual, sólo que todavía vivía su lúdico sueño estudiantil en la capital de este reino junto a otras cuatro parecidas a ella, muchachas amantes de la telebasura por encima de todas las cosas, algo que hacía de mis meteóricas visitas una verdadera huida hacia cualquier otra parte con tal de no pasar por ese suplicio que yendo sereno me provocaba deseos de abrirles la cabeza para ver qué escondían en su interior. Por la noche, y ya bien borracho, poco me importaba lo que vieran. Luego, el fin de semana, ella venía al pueblo y había noches que incluso las pasábamos juntos, igual que cuando la bruja de su madre se iba con el pobre marido a un viajecito de esos de "Visite las Rías Gallegas", "Conozca la Rioja Alavesa" o "Excursión al monasterio del Escorial y visita a La Granja" Todo por cuatro duros aún cuando tenían millones entre cuentas corrientes, locales realquilados, casas de tres plantas, pisos en las mejores zonas y apartamentos vacacionales en segunda línea de playa: claro que quizá por esa razón arrastraban todo eso. Pero vamos, que la mayor parte del tiempo prefería vivir solo a hacerlo con ella, pues apenas era nada lo que teníamos en común. Nada que no fuera querernos por alguna razón desconocida para mi. Era realmente guapa, sí...Fue la muchacha más hermosa e inocente que he tenido entre mis brazos.

Una tarde de mayo, tumbado en mi catre de la casa paterna, habiendo acabado la jornada laboral, mortalmente aburrido después de haber oído con toda la paciencia de la que era capaz otra de sus largas llamadas telefónicas, bastante más cerca de dormir que de seguir despierto, vislumbré el anuncio de una puta en un canal local, uno de esos que estaban subvencionados al ciento veinte por ciento para dar al mediodía el feliz parte del Ayuntamiento, chatear por la tarde mientras sonaban los últimos éxitos de la MTV y emitir porno de madrugada colgados al satélite del Platinum X con el correspondiente servicio de angustiados mensajes a euro y medio la tirada. Claro que la Bestia no sólo quiere tu alma, sino tu sangre, sudor y lágrimas. Y tu leche derramada también, qué cojones.

Me excité un tanto y llamé antes de que aquel número dejara su lugar a otros muchos, la inmensa mayoría de tíos buscando a alguna que lo hiciera por afición, como si fuera de Sevilla hubiera alguna tía del Betis.

Su mensaje escrito sonaba mejor que su voz, pero quedé con ella en la plaza de toros: era de fuera y no conocía el pueblo. Y no hay cosa más grande en un pueblo que una plaza de toros, no tiene pérdida. Bueno, sí, las iglesias de aquí son todavía más altas aunque hace tiempo que dejaron de ser el techo del pueblo...pero como que no.

Recordé la primera y única vez que fui a las putas; una noche que entramos en un puticlub de carretera al poco de sacarnos el carnet de conducir. Estábamos bebiendo y alguien dijo de ir. Se cogieron un par de coches y fuimos hasta allí haciendo el loco por la carretera. Desde luego, muchos no estamos muertos porque Dios no quiso.

Ya donde íbamos, se acabó el cachondeo: nadie tenía huevos a entrar.

- Me cago en Dios...-dije yo

Y pasé.

Estábamos todos bien apretados en la desierta barra, preguntándole al peludo macarronazo de la muñequera de cuero por el precio de los cubatas, "dame un tercio", "quinientas", cuando entre risas nerviosas se nos acercó la puta más vieja.

Llevaba un sujetador que habría aguantado el juicio de Nuremberg.

Palpé un tanto.

- EHHH...
- Vale, vale...

Y se encaró con Manolillo, el panadero:

- Qué guapo eres...
- Ssssíii...
- ¿Quieres algo?
- Bueno...Es que no sé si tengo...
- ¿Cuanto llevas?
- Quinientas pesetas
- Pues con eso te sales a la carretera y te haces una paja

Tuvimos que irnos del ataque de risa que nos dio.

Poco me costó encontrar el coche de la del chat cuando llegué con el mío a los aparcamientos de la plaza de toros; no había otro. Pensé en lo bien que me hubiera venido aquella cocacola que había estado a punto de comprar al pasar por aquella gasolinera.

Y bastó una señal suya para hacerme subir a su coche.

Estaba demasiado gorda. Mucho. Era muy seria. Mucho. Iba toda de negro. Demasiado.

- ¿Donde vamos? -dijo como quien no quisiera ir contigo a ningún lugar.
- Tira por ahí...

La conduje de palabra adonde las ovejas cagan sus primeras mierdecillas del día. Durante el trayecto me habló de su novio, de su "hombre", de su futuro marido con el que pronto se iba a casar y por quien estaba haciendo esto, es decir, ir de pueblo en pueblo chupando pollas para sacarse un extra con el que tener una buena boda y un buen viaje de novios. "Si supiera lo que hago me mataría" dijo orgullosa. El amor de las mujeres deja a Maquiavelo a la altura de Forrest Gump.

- En fin...qué quieres -no sonó como una pregunta

"Irme de aquí", pensé.

- Chúpamela
- Treinta euros
- Vale

Me bajé los pantalones y los calzoncillos y empezó a comérsela como aquel pajarito de madera que el obeso Homer dejó dando picotazos al ordenador que tenía atascado el canal del TAB.

Ahí andaba ella, trabajando sin mucho entusiasmo, cuando se oyó un teléfono que no reconocí. La vi mirar de reojo con mi polla en su boca y finalmente, al sexto o séptimo tono, se decidió a dejar de chupármela y de menearla para atender la llamada. "Hola, cariño" dijo secándose los labios. Era su hombre. Me miró y no hizo falta más. Intenté que no se me bajara del todo. La cosa era un tanto ridícula. Sentí una cierta vergüenza mezclada con incredulidad al cerciorarme de que me la estaba tocando en el coche de una desconocida que hablaba por teléfono con su amado novio.

- Adiós, cariño -colgó y se echó otra vez sobre mi entrepierna- Mi hombre tiene los huevos más gordos -aseveró desde abajo tras chuparlos un rato. "Oh, Dios mío...Bueno, después de todo es a mi a quien se la está chupando" pensé. Con el brazo izquierdo la rodeé como pude para echarle mano a una de sus tetazas, tan blanda como un esturión demasiado muerto. No pareció agradarle y derivé hacia la quietud después de encontrar parecida reacción al sumergirme a tientas en la rlyehiana búsqueda de su coño. Puede que no hubiera pagado para eso. Puede que no fuera momento para eso. Puede que ...Con un cierto cuidado volví a posar mi mano sobre su nuca, acariciándola...Dios nos perdonará a todos aunque Cthulhu nos vuelva locos.

Finalmente consiguió que eyaculara un buen rato después de haber dejado de mirarla.

Me dio unas toallitas húmedas, me limpié y nos fuimos de allí tan callados que llegué a pensar si no me había muerto.


Fui a aquella gasolinera a por algo de beber: la coca estaba aún mejor de lo que había imaginado.


Y al volver a casa estuve a punto de atropellar a un enorme gato negro.


Menos mal que nos vimos a tiempo.


¿Verdad?





sábado, 28 de junio de 2014

EL INFIERNO PUEDE ESPERAR




- No lloraré el día de mi muerte, no...-continué diciéndole a mi alucinado oidor, que con ojos de médico me miraba mientras trasegaba su Voll-Damm sin quitármelos de encima- Sí, es lo de siempre...Ahora estoy malo y dentro de unos días me recuperaré y otra vez todo estará bien, y mis cabras volverán a saltar felices, y le meteré mano a Petra y mi abuelo me llamará para merendar...Bueno, no, que está muerto...Esto es una mierda...una puta mierda...me cago en...No lloraré, no...Diré: "..." ¡Bah! No diré nada, no diré una mierda..."¡Telón, coño, telón ya, de una puta vez!" No tengo nada, no tengo a nadie, no tengo futuro...no tengo una puta mierda...
- Pues ya tienes tres o cuatro putas mierdas -dijo mi médico- Joder como estás
- Malo...¿sabes que los artistas del siglo XIX deseaban contraer la tuberculosis porque eso los hacía mejores?
- Ya, ya...
- ¿Y cuantos días tengo que tomar esa mierda de pastillas?
- Por lo menos cinco días de mierda
- ¡Qué asco de pastillas!
- No las tomes -dijo él dejándome por imposible
- ¿Pero no eras tú el que decías que una resfriao de estos dura una semana con antibióticos y siete días sin ellos?
- Sí, yo era.
- ¿Y entonces?
- Entonces nada, Kufisto. Tú verás.

- ¿Qué quieres? -le pregunté a otro que había asomado un rato antes del no lloraré...
- ¿Un café?
- Como
- Ehhh...

Gilipollas.

Me comí la segunda Amoxicilina de 750 del día y un rato después fui relevado a la hora habitual. Ya en casa pasé al dormitorio, le di la vuelta a la almohada y miré por los restos de la marea que la fiebre había dejado la noche anterior, algo inenarrable, algo que alguien como yo no puede explicar con palabras...Aquello había sido un puto CHARCO.

Un charco, joder.

Ya el viernes por la tarde, al llegar a casa, había empezado a sentirme raro, como si tuviera una citación del juzgado para el lunes; sólo que el nudo lo tenía en el pecho en lugar de en el estómago.

Bueno, no veo la tele pero sí Internet: todo lo que creías estaba equivocado, la Tierra es plana, América no existe, la Tierra está Hueca, ¿Plástico? ¡Abominación!, Tu amigo el Ajo, Cara a la Granada, el Buen Higo, Tiempo de Dátiles, la Tierra es un Toroide, La Farmafia, el Zeitgeist, los Annunakis, David Icke y su puta madre buscan piso en La Finca, la Tierra Amorfa  y Los Nazis: seres de luz.

Estuve como las cuatro horas habituales de pre-sueño pensando si debería tomarme la droga en previsión de lo que se dejaba sentir en mi pecho. "Bah, no es nada, sólo es el viento...Mis alveólos están perfectos, ¿no?"

Y a eso de la mitad del sueño llamaron a mi tumefacta (¡y torrefacta!) cabeza como si acabaran de ver a Neil Young tirando petardos en un especial de Nochevieja de Telecinco.

"¿Qué coño?..." Por un instante creí estar en una cama de agua. Palpé bajo la almohada y obtuve respuesta sónica, cosa que me dejó loco, pero estaba tan febril que volví a dormirme en cero coma, como marinero de luces estrellado contra el iceberg Bailén, latitud 33 y longitud 19 cms.

Desperté, desperté...A todo lo no muerto se le llama despertar. Una rata vieja también se despierta. ¡Oh, Dios, El Santo! Recé mis oraciones matutinas y eché mano del antibiótico que, previsoriamente, había buscado la noche anterior, esa en la que por mis estúpidas lecturras creí no haría falta la química, "tomátela, Kufisto", "no", "tomátela, joder", "que no", "ya verás mañana, ya...", "a la mierda...Estoy hecho más chaval que Paco Martínez Soria en el puticlub aquel, el que le servía al Rey transitivo las putas transitorias que se caían por los balcones floreados transgénicamente...", "¿qué?", "también se folló a Bibí", "¡no jodas!", "menos que Valerón"

Estaba tan malo la noche del pasado sábado que busqué por thrash metal en Youtube. Acabé por dar con un concierto de los Fab Four en Bulgaria y logré fumarme el primer pito del día mientras veía a mis héroes de hace 25 años. Después encontré un documental de Slayer y casi que olvidé lo mío viendo a sus fans, sobretodo a uno que me recordó una historia de un libro homenaje a Lovecraft, ese Franco literario: estaba ahí, a un lado, hiératico, elegantemente vestido, mientras veía hacer el subnormal a un borracho del que todos se reían a la par que celebraban sus estupideces. Y tu boca me sabrá a ajenjo, creo que se llamaba aquel buen cuento, el único que se salvaba de todo esa mierda. Bueno, y el de 24 vistas del monte Fuji, por Hokusai, de Zelezny. Ese tampoco estaba mal.

Como yo un par de días después.

No estar mal no significa estar bien, todavía estoy escupiendo como aquellos judíos de nuestras abuelas, aunque ya incoloramente, que es lo bueno, mirad a Ónega sino...

- ¡Un café, Kufisto!
- Voyyarrggghhhh -Pobre cubo de la cocina. "Hazme lo que quieras" me dijo una vez una. Y le escupí en la cara. Se enfadó. No haber hablao.

Casi mes y medio había pasado desde mi fatídico esguince, ese que me tuvo durante más de una semana dándole vueltas a la historia que pude haber contado, tan buena, tan graciosa, que no fui capaz de darle forma a pesar de que con ninguna lo he intentado tanto. De verdad que me dieron ganas de dejarlo por no sacarla.

Pero ayer..."¿Y si...?" Eran las cinco y media de la mañana, mi hora en este tiempo que por unas cosas u otras no he olido durante todos estos meses rampantes, joder...Hay que levantarse con el sol, con el Sol, Kufisto, coño, me cago en dios...

Terminé por levantarme, ya estaba bien.

Me duché, desayuné y salí a andar con mucho cuidado de no pisar mal.

A eso de la media hora, ya casi bizco por no mirar más que al maldito suelo, levanté la mirada y lo vi ahí, donde siempre, como siempre..."Joder...¿todavía estás ahí? ¿todavía estás ahí? ¿todavía me quieres? ¿todavía te gusto? Eres la hostia..."

Y en ese mismo momento recordé a la vieja descuartizadora y poco después escribí una de mis mejores historias en menos tiempo del que voy a necesitar para cerrar esta justificación.


Cierro con Slayer, que tanto me ayudaron en...yo qué sé







viernes, 27 de junio de 2014

NOSTALGIA DEL BUTANO




Marie Laveau cogió una cuchara limpia del desvencijado aparador y probó el caldo que por una hora llevaba cociendo sobre la flamante vitrocerámica que dos de sus diez hijos le habían regalado por su último cumpleaños.

"Todavía le falta..." se dijo. Y recordó su vieja cocinilla de butano, con sus hierros negros y su fuego azul y naranja, tan de su gusto; tanto que muchas veces durante los últimos años lo encendía por nada, sólo para verlo "No sé cocinar con esto...¿como se puede cocinar sin fuego?...Calor, calor...Esto es más un cataplasma...Esto es como cocinar para los enfermos...Esto es cocinar para los muertos"

Se sentó y bebió de su infusión, ya casi helada. Miró por la ventana y no vio nada más que su oscuro reflejo. Era tan de noche que por un momento pensó haberse quedado ciega. Y no viendo nada empezó a recordar.

La primera vez que le vio la polla a su marido este dormía la siesta con su tercer hijo, de apenas un año. El pequeñín se había despertado y ella era la única que había oído algo más que ronquidos. Ella siempre había oído a sus hijos aunque estuvieran al otro lado del océano. Fue a recogerlo para que no molestara a su padre y lo vio jugando con su enorme pene. Marie se quedó un momento en la puerta, sin reaccionar y sin poder apartar la vista de aquello. Casi gritó. Cogió a su hijito con mucho cuidado de no despertar a quien todavía dormía y salió de allí con el corazón en las entrañas.

Él había sido carnicero en la ardiente Argel hasta que hubieron de marcharse por temor a ser asesinados tras la independencia de la antigua colonia. Ya en Francia se reconvirtió en mecánico de automóviles, oficio que había aprendido cumplimentando a la patria que después los abandonaría a su suerte, cosa que jamás pudo olvidar y que a punto estuvo de llevarle a la cárcel algunos años después. Pierre Dubois era hombre de pocas luces. No le hacían falta. Él era fuerte y tenía la razón. Un hombre no necesita más para vivir. Aquellos hombres necesitaban tan poco que resultaban muy peligrosos para quienes no podían vivir sin todo lo demás.

Marie quería a Pierre. No había conocido a ningún otro hombre. Pierre también la quería aunque conoció a muchas otras mujeres; puede que aún la quisiera más por esto mismo. Y Marie lo sabía y nada decía. La peonza ha de enrollarse si quiere bailar gallardamente por el sucio suelo. Y allí, bien lo sabía Marie, no había más cuerda que la de ella. Y sus hijos...sus hijos...Ella tenía a sus hijos. Ella tenía lo que ningún Pierre podrá tener, por muy fuerte y mucha razón que tenga. Eran más suyos que de él. Ella los había llevado dentro, él sólo le había metido aquello dentro. Y esto es algo que ellos, los diez, acabarían sabiendo, sí...Es tan fácil tener toda la razón con algo tan evidente.

Cuando el último hijo se fue de casa, Pierre y Marie ya eran mayores, ya habían dejado de hacerse viejos para empezar a serlo. Pierre cayó enfermo algunos años después, pocos: primero una silla de ruedas y después una cama y una asistente social que iba tres veces al día a ayudar a Marie para darle la vuelta y asearle. Marie se acostumbró a verle el pene a su marido. Ya no le daba miedo. No hay mejor manera de perderlo que ver las cosas cuando no quieren que las veas.

Pierre dejó de hablar, más tarde de ver y al final de oír. A todo se acostumbró Marie. A todo menos a no oírlo roncar.

Bajó al garaje y cogió una sierra eléctrica. Subió a la habitación y descuartizó a su marido. Ninguno se enteró demasiado. Le sacó el corazón y le cortó la polla. Puso un cazo a hervir y los echó dentro.

Dos horas después volvió a probarlo con otra cuchara limpia del desvencijado aparador.

"Esto sigue sin saber a nada" Lo apartó del calor y volvió a acordarse de su vieja cocinilla, de sus hierros negros y de su fuego azul y naranja, de sus diez hijos como diez soles y de su hombre, tan fuerte, grande y sucio como una montaña llena de carbón en sus entrañas...


Ahora había luz tras la ventana. Ya no se veía reflejada en ella y sí a la fría y lluviosa mañana que amanecía como si no tuviera muchas ganas de hacerlo. Y empezó a ver lo demás. Todo lo demás.


Cogió el abrigo, el bolso, el paraguas y salió a la calle.


- ¿Puede llevarme a Argel? -le preguntó al taxista
- No, señora
- Entonces lléveme a comisaria






http://www.alertadigital.com/2014/06/24/francia-una-anciana-descuartiza-a-su-marido-y-se-hace-una-sopa-con-sus-genitales/

martes, 17 de junio de 2014

JIMMY COGIÓ SU FUSIL...




...y lo quemó.

Cuarenta y siete años se cumplen mañana de una de las noches más mitológicas del Rock.

¿Qué hacer cuando los Who acaban de ofrecer uno de los conciertos de su vida? Liarla parda, tirando a negra.

Monterey. California. 1967. Los Beatles ya habían dejado de tocar en directo y los Stones estaban a cero coma de enviar al matadero a Brian Jones, ese que tocaba hasta el melón. Jimmy Page andaba puteando por aquí y por allá, buscando a alguien que lo retirara para montar su propia casa de putas, y poco después encontró la pajuela correcta, precisamente cuando la parte de atrás de los Who (su alma, como toda banda de Rock que se precie) rumiaba lo poco a gustito que se sentía haciendo de toro maricón siendo los machos de aquella manada. "¿Hacemos una super-banda?" Pero eso es otra historia que parió otra historia que parió a la madre de todas las historias.

LSD, 200.000 chavales y tres días de conciertos. Siempre el tres. Siempre el Misterio. Siempre lo que no se ve. Siempre lo que no debe ser.

Cuenta el gran Lemmy que fue roadie de Hendrix en una gira que este hizo por la Gran Bretaña poco tiempo después; no mucho, que murió pronto. Y dice que uno de sus cometidos era conseguirle droga en tierra extraña, como aquel médico que trajo a Miles Davis a la España franquista: "si no hay droga, no hay concierto" Y tuvo su droga. Con receta y en la farmacia de guardia. Benditos sean los principios de los médicos franquistas, variante iribarne.

Ocho ajos, ocho.

- Toma estos dos para ti -le decía Hendrix a nuestro Lemmy

Y se comía los otros seis de golpe.

Los amigos que tuve se metían un cuartillo bajo la lengua y estaban horas sin parar de reír. Alguno vio al diablo en el asiento de atrás de mi coche. Yo no. Y hubo quien todavía lo sigue viendo.

Ya han pasado más de veinte años desde que escuchábamos a Hendrix fumando nuestra marihuana, tan bonita, tan verde, tan pastosa y tan tranquila. Fue en uno de sus no aniversarios, supongo que el de los veinte, cuando ninguno los teníamos aún.

Fueron buenos tiempos. Realmente buenos. Vimos hasta un eclipse de sol escuchando el Shine on your crazy diamond...Aquella muchacha parecía salida de Woodstock sin haberlo hecho de la Mancha.

Era tan dulce...

Aquel album, aquel Vudú Yugoslavia, se componía de la parte bluesera de Hendrix, la menos conocida, siendo como fue tan psicodélico en la cresta de aquella ola que tan pronto se lo llevó al mar muerto para que siguiera haciendo dinero sin necesidad de dar mala guerra. Para ellos.

Pero antes grabó La leyenda del Tiempo en versión blues, con resultados no menos talibanescos que la flamenca. Tanto que los del Camarón fueron guyeletos al lado de aquellos.

La música es como la medicina; con sus indicaciones, su posología y sus efectos secundarios. Todo ello, claro está, según la edad y el estado del enfermo, que alguien sano no necesita ayuda para vivir.

Nos pusieron las orejas al echarnos del Edén.

El sonido del silencio, canturreaban Simón Neworder y Gartelefunkel, ese par de dos, esos profetas menores, menorísimos...Y pensar que fue de lo primero que me gustó...

En fin, que mientras llega la ola que nos tiene que llevar, la que sea, del muerto o del atlético, de barets o amarillos, flotemos escuchando la canción que mejor me sonaba entonces y me suena ahora.

Después de todo, veinte años no son nada.

Ya vendrá It para arreglar cuentas.

Tengo la mirada tranquila y las orejas mejor taponadas que el ojo del culo.

Y floto cuando me sale de los huevos.


La Casa Roja, por Jimmy Hendrix:


miércoles, 21 de mayo de 2014

BASTONITO Y TRAVOLTILLO




Todo es para aprender; sino, te pasa de nuevo (leído hoy por ahí)

Lo creáis o no, estoy considerado como una especie de manitas de la electrónica en mi casa. Bueno, en la familiar, en la de mis padres, que un piso que se vacía con tu salida jamás puede ser una casa: es como congelarte y descongelarte, congelarte y descongelarte, una y otra vez, una y otra vez...Así, para cuando alguien quiera probarte, ya estarás malo. A no ser que la otra parte de la fórmula esté igual que tú. Llevamos la fecha de caducidad en la mirada. Y no en ningún otro sitio.

Pero bueno, hay procesos que solucionan esas "menudencias". Si en Mercadona le dan cinco veces la vuelta a la leche cobrando lo mismo que la primera...¡qué no podrán hacer cinco buenos soles contigo, infeliz! O cinco mil. Sólo tienes que verlos. Verlos, que no es lo mismo que saber que están. Madruga, cabrón; es la única manera de mirarlos sin que se derritan tus ojos. Y no es igual hacerlo cuando se van, no...Qué va a ser igual.

Resulta curioso como a veces (sin pensarlo, que somos nobles de espíritu) el cazado caza al cazador.

Una noche loca, una borrachera descomunal, un pierdepapelismo de primero de garito, da para tanto como quiera el co-starring; o el co-co-starring, o el cocorikó starting-morning, que uno se montaba las películas un poco a lo Kubrick: dirigidas, pagadas y adaptadas por sí mismo a la pantalla-monolito sordomudo

Aquella fue la última. En público, se entiende, que aquí, en mi frigorífico, me pongo como y cuando quiero sin que en los días siguientes mis ojos tengan que derretirse en los de cualquiera por no recordar el porqué.

Han pasado meses desde entonces, pagué mi penitencia, como tantas otras. Y sin ser la mayor ni la más pesada, sin pensarlo ni dejarlo de pensar, decidí sin saberlo que lo mejor era hacerle un lado a las excepciones para centrarme en la regla que, cada día más a rajatabla, llevo desde que empecé a escribir: si tienes que beber, no lo hagas en neveras portátiles ajenas.

En fin...que el chico estuvo ayer en el bar con aquella chica, chocamos las manos como en las pelis yanquis y tardó cero coma dos en hacer la gracia, cosa que me sorprendió grandemente, pues "aquello" fue antes de Navidad, o poco después, que no son fechas para remarcar, y yo qué sé...Vale que metas bien la puya para ahormar al toro, para adornarte después ante la jodida concurrenta, sí, lo entiendo...pero quien nace becerro muere toro. Y más cuando ya sólo es otra muesca en su Columna Vertebral. Babas.

- Sí...ya...Oyes, ¿por qué no le echas un vistazo a la conexión del televisor? Es que el sábado es la final de la Copa de Europa, el Mundial está a la vuelta de la esquina y no es cuestión de tener esta tele muerta (la de la barra)

Lo dije sin pensarlo, sin recochineo, sin derretimiento de ojos, ya hace más que suficiente tiempo de aquello, al menos para mi...Sólo que me salió. Y coló: soy noble, un poco estúpido, pero no tonto. También sé dar en el sitio correcto a quien, por orgullo, no sabe olvidar.

Y para allá que se fue, a mirar y remirar aquel laberinto de cables que este pobre gilipollas vuestro miraba alguna que otra tarde como si fuese un Valladolid-Osasuna.

- Ya está -me dijo treinta minutos después mientras sudorosamente abrazaba y besaba a "su" chica y le echaba un trago a la cerveza, un tanto bastantes mohínas.
- Estupendo -dije yo-
- Sólo tienes que...

Me lo explicó.

- Cóbrate
- No, estáis invitados
- No, joder...Kufisto...
- Que no, de corazón

Jijiji...

Esta mañana, antes de echar el arroz, he abandonado el bar para ir a la búsqueda del sólotienes, "una T de antena" Para el repartidor de la señal.

Y ya está hecho.

Como esto.

- Ahora podéis sacarme a hombros -le he dicho a mi padre y a mi hermano pequeño.

"¡Cuanto sabe! ¡Qué listo es!" habrán vuelto a pensar los dos.

Y es que cuando me pongo, me pongo.

Como estos, cualquiera de ellos:




lunes, 19 de mayo de 2014

CARNE Y VINO




Escuchábamos una y otra vez aquellas duras canciones en lenguas bárbaras,
en casas, en garajes y en tabernas fantásticas,
mientras otros besaban y metían mano a las chicas que deseábamos,
oyendo a Loquillo cantar en el estéreo de la discoteca de moda.

"Esta es la buena música" decíamos entonces,
como si la vida fuera cosa de ondas acústicas,
cuando tienes catorce años.

Ninguno de aquellos tempranos folladores del ayer,
ahora es un gran musicólogo.
Nosotros tampoco.

Hoy montamos otras ondas. Todos.

Pero a veces hay buenas mañanas en el mare nostrum,
que con la última ola que lame tus tobillos adormecidos,
te regalan el no pedido billete,
hacia la resaca de esos años.

Y es como si te ahogaras escuchando aquellas canciones.

Las que ellos oyen.

Las que oyeron.

La que ahora has escuchado.


domingo, 18 de mayo de 2014

UN PASEO EN LA NUBE




Manococía es como llamamos al último tonto del pueblo.

Es un tipo achaparrado, de boca grande, dos dedos de frente y ojos apenas separados por la nariz, que ya debe andar por los cincuenta años más que bien cumplidos.

Yo lo conozco desde siempre, desde que recuerdo algo. Salía del colegio, iba al bar de mi padre para coger el As antes de irme a casa a comer ("dale el As al chico" le decía a cualquiera que lo estuviera leyendo) y mientras esperaba cero coma me bebía una cocacola y pillaba un pincho de tortilla. El viejo del bar que siempre estaba por la cocina me decía algo, el camarero más joven me daba un pellizco en los mofletes, yo me enfadaba y luego me iba a casa a devorar comida y periódico. Algunas veces tenía que hacer algún recado, como ir al carnicero para que me diera los buenos filetes que nos íbamos a comer: "que me ha dicho mi padre..." musitaba yo al entrar en aquella tienda, al respirar aquel olor que nunca olvidaré cuando vuelva a olerlo, al ver a ese hombre bestial con aquel mandil sangriento y esas manos enormes y peludas que sujetaban cuchillos y hachas tan grandes que te hacían temblar. Borracho redomado, maltratador de su mujer, con una cara a la que no puedo ponerle una sonrisa, tenía la mejor carne del pueblo. "Toma" me decía con su ronquísimo vozarrón alargándome la bolsa desde el elevado mostrador. Y entonces se me hacía como si fuera un gigante. Y yo cogía la bolsa y salía disparado con el corazón en las mejillas. Murió antes de que yo pudiera servirle algún vino. Y no empecé tarde, no...

Manococía siempre estaba rondando por allí. A veces lo veía en el bar, siempre sonriendo, no recuerdo que tomara nada; sólo estaba ahí y luego se iba igual que había llegado, sin que nadie se diera cuenta.

En el bar fue donde tuve que oír por primera vez su apodo. "¿Y eso?" le preguntaría a alguien, "porque siempre está dándose el ferrete" me diría el camarero más joven con un gran carcajada. "No le digas eso al chico" diría el viejo del bar. Y yo, sin saber porqué, me pondría colorado como un tomate quizá pensando que era lo que yo estaba empezando a descubrir.

Manococía siempre llevaba una mano en el bolsillo, puede que las dos, para despistar, pero una seguro. Y se tocaba disimuladamente cuando veía a alguna mujer que le gustara, que eran todas. Y cuando alguien le llamaba la atención él simplemente se reía y se iba unos pasos más allá.

Algunos años después, ya de chavales, lo veíamos por ahí y nos reíamos de él, siempre desde la otra acera, que aunque tonto no estaba flojo, y si se lo tomaba con calma al suave requerimiento de los mayores no lo era tanto con cuatro mocosos que le faltaban. Así que agitaba el puño, intentaba decir algo, hacía como si fuera a venir por nosotros y echábamos a correr muertos de la risa. Nunca nos persiguió. Él estaba en lo suyo.

Esta tarde, después de cenar como si hubiera bebido de más, pensando que todavía era demasiado temprano para dormir y tarde para casi todo lo demás, he decidido salir a andar, que ya es otra cosa a pensársela de tanto como estoy en la nube que voy montado.

Iba caminando la anochecida, sin cogerle el punto a nada, como un tonto en un museo naval, cuando ya de noche y de regreso a casa he mirado a la otra acera donde iba a perderse otro de los que no había visto desde que estaba lejos. Y la cosa ha sido que justo en ese momento se ha cruzado con él una chavala jovencísima, preciosa, de larga melena y un mini pantalón que dejaba ver unas piernas que no parecían de esta nube, de este otoño que ya dura más de la cuenta, de esta tonta pesadez de espíritu. No es el tiempo que pierdes haciendo las cosas mal, sino el que se te va intentando volver a hacerlas bien.

Me he fijado que la chica miraba para atrás, hacia el hombre con el que se acababa de cruzar. Era Manococía, que, mirándola muy quieto como se alejaba, se tocaba. Hacía años que no le veía.

Yo he seguido por mi acera, a mi paso, viendo el rápido de aquellas piernas que se iban difuminando y el continuo mirar de su hermosísimo rostro hacia atrás, hacia el de Manococía, cada vez más lejano.

Después, cuando se ha dado cuenta de que ya no podría alcanzarla, ha reparado en mi.

Y un par de giros de cabeza más tarde ha echado a correr como ojos que ven carniceros resacosos y cuchillos sangrantes.

Al llegar a casa llamé al ascensor.

Olía a fresa cuando se abrió.