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martes, 30 de julio de 2019

PROBLEMAS DOMÉSTICOS

Bueno, digamos que la lámpara se rompió hace unas noches y no era plan de seguir con su cadáver desmembrado a los pies de la cama. Claro que no le hizo ella sola, eso es físicamente imposible, supongo, pero sobre el como fue será mejor correr al menos un velo que no hace falta sea muy tupido pues tampoco yo recuerdo muy bien lo sucedido aquella trágica noche. Casi catorce años llevaba conmigo. No voy a decir que la echo de menos, es difícil echar de menos a una lámpara aún para alguien como yo; es más, me importa tres cojones y me alegro de haberla destrozado al fin. Ya llevaba mucho tiempo que no era la misma que cuando alguien la puso ahí (yo no, por supuesto) y se ve que este último embate, fuera el que fuera, fue demasiado para ella. Al despertar estaba descabezada, la bombilla hecha añicos (podía recordar una pequeña explosión) y la tarima flotante presentaba un aspecto muy poco amigable en esas circunstancias. Con mucho cuidado lo dejé para después (una de mis especialidades) y aquella misma tarde al menos barrí los cristales. Y hoy, pasados tres o cuatro días, me decidí a quitar de mi vista los restos muertos y bien muertos de la lámpara.

La primea noche la pasé a oscuras. Recordé que tenía unas gafas de lectura con dos puntos de luz del Lidl y probé a leer con ellas. Era un suplicio, podía ver como bichejos volando a los lados. Estas putas criaturas sólo se ven cuando la luz es mínima y procede de tus ojos. Me puse de muy mala hostia y pronto dejé de intentar leer algo. No es que soñara con esos bichos pero qué puto asco dan. Dicen que hay trillones de ellos en nuestros colchones y que hagas lo que hagas, aunque lo hundas en amoníaco al despertar, siempre estarán allí. Tienen un aspecto horrible vistos desde los demoníacos microscopios. Mi madre se puso mala cuando supo esto, le tiene un miedo horrible a los bichos y tampoco se puede decir que le gusten mucho los animales. Nos tiene dicho de siempre que la quememos cuando muera. No puede soportar la idea de ser devorada por los gusanos. Mejor el fuego y luego cenizas. Si no supiéramos tanto viviríamos más tranquilos. Parece que todo conocimiento está hecho para joderte: o eres tan pequeño que no pintas una mierda en el infinito Universo que te ignora o eres tan grande que no puedes ni imaginar las horrendas y casi invisibles criaturas a las que sirves de alimento durante tu supuesto descanso. Y no hablemos cuando este sea eterno. Ahí ya da casi para llorar. Mejor el fuego y polvo eres, polvo serás y jódete que bastante te llevas con haber dejado que vieras todo esto durante un rato, mamón. Madre mía qué puta locura.

La segunda noche hice un apaño con la lámpara del otro lado del cabecero. Esta no tenía ni bombilla desde hace años. Probé con una parecida que tengo en la lámpara de pie del salón pero el pitorro era demasiado gordo y no se enroscaba. Fui a comprar la indicada al centro comercial sin olvidar de llevarme la del pitorro gordo para dar a entender lo que quería. Es ridículo pero es así.

Pregunté por la sección de bombillas a una muchacha reponedora con aspecto de saber lo mismo que yo de las diferencias entre los pitorros de bombillas y me mandó a un par de pasillos más adelante. Había un buen muestrario allí, demasiado bueno para mi. Con todo y tras mucho mirar con desconfianza pude comprender que tampoco era tan grande el inventario de pitorros. Yo imaginaba que serían casi infinitos, como todo, pero parecía haber dos únicos calibres: el gordo y el fino. Claro que esto bien pudiera deberse a un fallo de mi percepción visual y que los gordos no fuesen todos iguales de gordos y los finos lo mismo. Pasé mis buenos diez minutos comparando los unos con los otros. Estaba solo en aquel pasillo, llevaba los auriculares puestos y me sudaba un tanto la polla parecer tan subnormal como suelen parecerme a mi otros en situaciones similares. Al final me decidí por una de las de pitorro fino y al salir del pasillo encontré al chico encargado de esa sección. Le conté mi problema y respondió que no me preocupara, que sólo había dos tipos de pitorros, el gordo y el fino, y que si el que había traído de casa no había valido sin duda alguna ese que acababa de adquirir resolvería el problema. Por supuesto él no habló de pitorros, era un profesional y dijo la palabra correcta que sepulta a pitorro en el gran colchón del desconocimiento por el retraso. Lo importante era que yo llevaba dinero para pagarlo y que alguien que va a comprar una bombilla con otra de su casa en la mano nunca parece un tipo peligroso sino más bien precavido, con todo lo que conlleva palabra tan poco nietzscheciana.

Pasé por caja después de comprar el resto y cual no fue mi sorpresa al descubrir que en una de las bolsas (había echado dos en el carro y me había sobrado espacio con una) yacían ocultas las dos bombilla, tanto la mía de casa como la mía de allí. No había saltado ningún pitorro indicador de robo y dudándolo un poco eché a andar con el carro hacia la salida. ¿Habría allí otro pitorro de robo? No diré que con el corazón en un puño pero sí un tanto inquieto por la inesperada situación enfrenté el reto de salir por la última puerta automática, puerta a la que nunca he prestado la menor atención de si está provista de pitorros vergonzantes porque yo nunca robo nada. Nada saltó y ya fuera ni me lo pensé: al coche y pá casa.

La probé en la lámpara del otro lado de la cama y resucitó al instante. Fue hasta hermoso. La esperanza en una vida eterna puede con lo que no vemos y con quienes no nos ven. Esto también es absolutamente ridículo, pero qué más da. La resurrección, la tuya y la de tu madre, la de tu padre y algunos más, la de los otros y todos esos volvía a estar ahí en la luz de esa pequeña bombilla de pitorro fino muerta desde hace tanto tiempo. Era mediodía, estaba de descanso, iba a comerme un cocido con la familia y su nuevo y pequeño componente y la vida era bella y la muerte no es nada cuando hay luz y un cocido.

Sólo quedaba deshacerse de la lámpara, está sí, bien muerta. La esperanza de los totalmente muertos creo que no es tan grande como la de los que sólo lo están parcialmente.

Y hoy ha llegado el día. Lo primero era quitar los malditos cabeceros que colocaron ante mi proverbial desidia, pues la idea de cortar el cable con unas tijeras y dejar un pedazo ahí colgando quizá envueltos en cinta aislante (¿era así, no?) no me resultó muy atractiva. Detrás de ellos, tan pesados como las cajas de algunos muertos, se hallaban los enchufes liberadores de tanta destrucción. Cual no fue mi sorpresa y absoluto abatimiento cuando después de un titánico esfuerzo por quitar esos armatostes de su casi inaccesible marco vi que ahí no había enchufes, o no como yo los conozco, de esos que tienen dos agujeros y les metes los pitorros y ya está, no: era una especie de cuadro oscuro con varios cables sujetos a él. Me dio hasta miedo.

Miré en Internet. Siempre miro en Internet cuando encuentro algo que no entiendo. Casi siempre me vale para salir adelante. Pero esto, joder...aquí estaba jugándome casi la vida aún con el automático quitado y requitado.

Encontré un vídeo y la cosa resultó mucho más sencilla de lo que esperaba: simplemente tenías que quitar el automático y tirar de los cables que deseabas quitar. Así lo hice y por fin la lámpara muerta quedó a mi merced. La metí casi con odio en una bolsa del DIA que dejé colgado en la silla de la cocina para tirarla después al salir. Por supuesto no lo hice, me olvidé y más que probablemente pase lo que queda de la semana sin hacerlo. Es como si quitando el lunes que descanso y tengo tiempo para pensar en esas cosas como tirar la basura, limpiar el arenero de la gata, quizá cambiar las sábanas o fregar algo un poco el resto de días mi casa me importara tres cojones. Después de todo no deja de ser un piso de cemento y ladrillos y no creo que las piedras sufran, o al menos por el momento no se ha descubierto al microcospio, que todo puede ser, pero mejor que no lo descubran hasta después de mi partida de toda esta locura porque entonces esto ya sería para cagarte vivo.

Claro que...claro que...todavía quedaba un gran, grandísimo problema: ¿qué hacer con los otros cables. Y aquí ya casi que vino el pánico. Cables eléctricos colgando encima de la almohada y yo con mis tardes inspiradas de esas...Podía ser el fin, pero perfectísimamente que podría ser el fin.

Pero un momento, tranquilidad, para algo está la cinta aislante, ¿no?, eso lo utilizan para estas cosas. Lo enrollan alrededor del cobre (¿es cobre, no?) y ya se acabó el milhombres, ya no tenemos a nadie, ya no hay nada que temer, todo está bajo control, cutre y patético, sí, pero sin peligro alguno, sujeto a las leyes de la cinta aislante y la electricidad, sean las que sean, que tampoco quiero conocerlas, sólo quiero resultados, coño, que piensen otros, yo pago mis impuestos, no defraudo a Hacienda (¡hola!) y no robo, o casi, y si lo hago es por descuido y con cargo de conciencia, que soy autónomo, hostia, que soy de los que reman y un poquito de humanidad...

Con todo y eso llamé a mi tío el manitas para confirmar. Y mejor aún, para que viniera a casa a dejarlo niquelao como tantas otras veces lo ha hecho con tantas cosas que no sé hacer.

- Buenas, tío
- Hola, Kufisto
- Oye, tengo un problema con un enchufe y quizá pudieras venir...
- Ahora no puedo, tendrá que ser ya mañana...
- Joder (se me cayeron los cojones al suelo), es que lo tengo en la habitación, en el cabecero
- Bueno hombre, pues ponles un poco de cinta aislante y ya está, no pasa nada.
- ¿Ah, entonces basta con eso?
- Sí, hombre
- Bueno, pues gracias y hasta mañana
- Venga, hasta mañana, Kufisto...¡Espera, espera! Y no se te ocurra cruzarlos. Envuelves cada uno en cinta por separado, ¿comprendes?
- Claro, claro es evidente (era justamente lo contrario de lo que pensaba hacer)


Y eso he hecho con bastante éxito. Ya lo de la limpieza general que había pensado acometer en un momento de extrema indignación mejor lo dejamos para mañana.

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