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sábado, 27 de julio de 2019

LA MONTAÑA MÁGICA

El ultimátum había sido claro: o me pasaba por casa de madre o todos esos viejos libros iban a terminar mal. Los de Punto Limpio habían sido avisados y no tardarían en concertar hora y día para la recogida de toda esa basura. Uno de mis hermanos, el último que vive en la casa familiar, había descubierto durante una limpieza vacacional que bajo su catre, el mismo en el que yo dormí durante veinte años y en que él lleva haciéndolo unos quince, había encontrado una plaga de termitas. Y siendo él como siempre ha sido el más violento de todos nosotros poco le faltó para prenderle fuego.

Todo había empezado por una rotura en la cañería oculta tras el gran armario abandonado posterior a la habitación, ya en la zona del pequeño patio y el angosto cuarto de la caldera. Se llamó al seguro ante la casi incredulidad de mi madre (ella no entiende de eso, es decir, que tengas derecho a unos servicios por los que pagas sin hacer nunca uso de ellos) y se concertó una cita para ver los daños y comprobar si los cubría el seguro, cosa que con la inestimable ayuda de mi tío (la némesis de nuestra madre) se consiguió sin mucho esfuerzo. Ella apenas sabe escribir y menos aún leer clausulas y contratos de esos. Ella se puso a trabajar con doce años, a los trece empezó a ser cortejaba por mi padre que tenía veinte ("¿pero qué quiere usted, señor?, déjeme, déjeme..." me contaba a veces mi padre entre risas) y cuando tuvo 21 se casaron y parió cinco hijos varones que crió al mismo tiempo que regentaba una tienda de ropa junto a su cuñada (la mujer de Némesis), por lo que eso de cultivarse o vivir experiencias en otras culturas fue algo a lo que no llegó sin pena alguna de su parte, bien es cierto. "Los años que pasé con tu padre fueron los más felices de mi vida, Kufisto -me ha dicho muchas veces desde que él murió- Con sus cosas buenas y sus cosas malas, claro, pero los más felices. Yo no podía ser más feliz que estando con él, los dos solos, los dos juntos. Y ahora que podríamos estar tan bien en la vejez, ya con todos vosotros por fin bien encarrilados...Lo echo mucho de menos" Y es que mi madre fue maltratada por la suya hasta que se casó. "Era mala, Kufisto...mi madre era mala", cosa que no le ha impedido cuidar de ella durante estos últimos años de vida, cuando ya sin fuerzas tuvo que resignarse y dar su brazo a torcer para ser llevada a una exclusiva residencia de ancianos donde no había día por malo que fuera en el que su hija mayor fuera a verla para estar con ella y adecentarla como sólo hacen quienes han amado mucho. Las veces que la he llevado por ausencia de su otra hermana conductora siempre la he visto pasarla al servicio de la habitación para cambiarle el pañal o lo que hiciera falta. La yaya hace tiempo que no reconoce a nadie pero no deja de decir que vayan a visitarla. Y mi madre no falla porque las nueva experiencias en forma de viajes para viudas como ella o divorciadas como su hermana pequeña no son cosa que vayan con ella por más que lo hayamos intentado. "Ahora la quiero más que nunca, Kufisto"

- ¿Donde están los libros, Juan? -le pregunté a mi hermano sin pasar a la habitación abierta de donde venía un inconfundible olor a marihuana.
- ¿Qué libros? -dijo una voz
- Los que dice mama que mire por ver si me vale alguno
- No sé...

No tenía ganas de hablar. No tiene ganas de hablar conmigo. Creo que piensa que buena parte del fracaso que siente es culpa mía por ser el mayor y no haberlo parecido. Yo debería haber sido de otra forma, como lo fue mi padre, supongo, pero no pudo ser. Y Juan, que de todos nosotros es quien dicen más se parece a él (yo no estoy de acuerdo, en mi opinión es el cuarto), harto de haberme visto entre libros que él jamás leerá y con la idea fija de haber dormido durante años encima de las termitas pasó de mi.

No pregunté más pero eché a andar el pasillo y ya en el cuartillo de la calefacción vi perfectamente apilados los libros entre otros enseres variados.

Diré la verdad: la razón principal, casi la única que me había llevado hasta allí tras salir de trabajar en otra infernal tarde de julio en La Mancha, era dar por fin con el espléndido tablero de ajedrez de madera que mi tía la bohemia me regalara por un lejano cumpleaños de infancia. Sería 1983 o por ahí, yo no tendría más de diez u once años y aquello no duró mucho. Recuerdo que aquellas vacaciones, como unos dos meses después del cumpleaños, nos lo llevamos con nosotros junto al libro de iniciación para niños que lo acompañaba, un ejemplar magnífico de tapas duras que entre los consabidos monigotes característicos para representar las piezas de una manera divertida con el fin de así azuzar el interés venía con un texto en letras claras donde te explicaban como iniciarte en el noble juego. Claro está que durante el día andábamos de acá para allá, el mar, la playa y todo eso, pero no he olvidado que después de cenar en el apartamento (mi hermano Marcos y yo nos atiborrábamos a bollos de salchichas con mahonesa) nos sentábamos en el suelo a jugar al ajedrez mientras nuestros padres y la yaya (sí, la yaya) salían a la terraza para ver la peli que estaba echando el cine de verano de enfrente. Al final mi inseparable hermano y yo siempre acabábamos a palos, como de costumbre, y casi que despertábamos a Juan que por aquel entonces tendría seis o siete añejos. Y a dormir calientes.

No estaba. Lo he perdido o lo tiene Marcos y no quiere decírmelo. Hace tiempo que vive lejos de aquí con su familia y nos vemos poco. No creo que lo tenga, me lo ha dicho otras veces. En fin, habrá desaparecido. Aquí no llegue a traérmelo cuando me fui de casa, estoy seguro...¿o no? Joder, ya no sé qué pensar, no me acuerdo bien. Tengo tantos trastos en las habitaciones vacías...pero he mirado muchas veces y no lo he encontrado. No, joder, no. No llegué a traérmelo. ¿O puede que sí? ¿o era otro ese del que te estás acordando ahora mismo? No, no, no...No puede ser

Los libros estaban apilados a lo alto, como no podía ser de otra manera en vista del espacio. Tuve la suerte de que la puerta estaba calzada con algo envuelto en una bolsa de basura que era lo suficientemente duro como para aguantar mi peso durante el escrutinio. Bueno, estoy acostumbrado a cagar en cuclillas, peso setenta kilos escasos, pero la idea de ponerme en ellas tras diez horas de trabajo en el bar no resultaba demasiado atractiva. Así que sin ver qué era lo que iba a aguantarme me senté encima y empecé a pasar títulos.

Al final me llevé casi todos. Sólo dejé la casi totalidad de una colección de libritos pretendidamente humorísticos de esos que publicaban los diarios cuando llegaba agosto. Algunos estaban todavía con el precinto. También había discos y me los llevé todos. Algunos no me sonaban a mi padre y abriendo uno que daba demasiado cante vi que era de mi tío el rockero. El viejo plato del equipo de música de mi padre también lo eché a una bolsa. Allí Marcos y yo jugábamos a los clicks de Fámobil cuando éramos niños. Lo poníamos a 78 rpm y salían volando. El Dark Side of the Moon estaba entre ellos. Miré la fecha: 1973.

Llené siete u ocho bolsas de supermercado con todo el material. Supongo que tanto mi hermano como mi madre fliparían al verlo. Allí sólo quedaron unas cuantas tejas, los libros descartados y poco más. Sólo tuve cuidado en dejar uno a la vista para que no se me olvidara: el primer tomo de "La Montaña Mágica" No vi el segundo. Este sí que estoy seguro de que lo he visto en casa.


Paco el ciego llegó hoy al bar a eso de las nueve y pico. Normalmente siempre está esperándome en la puerta antes que llegué yo. Subo la avenida con el coche, veo al par de dos antes de hacer la rotonda, y ya fuera de ella mi buen Josemari aparta la bicicletilla con la que hace por guardarme el sitio aunque a esas horas ni Dios ande por esas calles. Luego pasamos todos para adentro entre grandes voces y arranques flamencos de Josemari, siempre muy bien agradecidos por la concurrencia que todavía duerme y que después bajará al bar.

- ¿Y Paco? -le pregunté a Josemari
- No ha venido, Kufistico
- Ah
- Está raro Paco estos días, ¿eh, Kufisto?
- Sí, sí que lo está
- ¡Me da tabaco sin que yo se lo pida!
- Joder, pues eso sí que es raro
- Está muuu raro

Limpiamos el bar y lo abrimos un poco más tarde de lo habitual. Hoy es sábado y tampoco hay las urgencias de todos los días. Con todo, el panadero llegó a la hora de siempre y me dejó algo parecido a lo de todos los días. Hoy no habría tantos desayunos pero sí más jaleo a la hora de las cañas.

- ¿Y Paco? -preguntó
- No sé

La cosa empezó enseguida, casi sin darme tiempo a preparar la barra en condiciones. Entraron tres rumanos y pidieron unos cafés. Luego una pareja para desayunar y varios tíos solos pidiendo churros. Mandé a Josemari al mercado por unas cosas que me hacían falta para el arroz del mediodía y la gente siguió entrando, cosa rara en una mañana de sábado. Y a eso de las nueve y pico, cuando ya me había quedado solo, salí afuera para echar un pito mientras esperaba a Josemari y vi que llegaba Paco por el lado de arriba dando bastonazos.

- ¡Paco!
- ¡Qué!
- ¿De donde vienes, coño?
- ¿Qué?
- ¡Que si vienes de la cafetería del hospital!
- No -dijo casi sin resuello- No sé de donde vengo. Creo que me he perdido. Creo que he estado en el polígono.

Le coloqué una silla y se sentó, los pies hinchados, sin calcetines, y la cara transfigurada: era él pero parecía otro.

- Me cago en la puta, Paco, ¿pero qué cojones estás haciendo?
- ¡No sé! ¿Tienes café?
- Claro que tengo
- Pues ponme uno

Pasé de preguntarle nada. Josemari llegó del mercado con el chorizo y las cebollas.

- Paco está malo -volvió a decirme
- Ya
- No hace más que reírse. Y otra vez me ha dado tres pitos.

Normalmente le da uno, y eso estando de buen humor, pero de una semana aquí se los suelta de tres en tres.

En dos horas se fumó un paquete de tabaco. Conté las colillas cuando se fue. Ayer, mientras nos fumábamos un pito en la puerta del bar, me dijo que tiene los pulmones al 40 %

- ¿Qué te pasa, Paco?

Y volvió a no decirme nada por segunda vez en una semana.

Paco es el primer hijo varón de un guardia civil que fue hijo de otro guardia civil. Paco, por una enfermedad, empezó a quedarse ciego con dieciséis años. Estuvo vendiendo cupones en la ONCE y hace siete u ocho años que se jubiló. Tiene un hermano pequeño que también es guardia civil. Tiene sobrinos que ya son policías nacionales. Incluso muy pronto tendrá sobrinos-nietos.

- ¿Qué te pasa, Paco?
- ¡Nada!
- La gente se da cuenta de que no estás bien, no sólo yo
- ¡Que no me pasa nada! ¡Ponme otro café!


Otro café.


El mediodía fue apoteósico. Por dos veces se llenó el bar. Mi hermano pequeño estuvo ayudándome en la primera de ellas, cuando vino a traerme los pinchos. Si lo hubiese sabido se habría esperado sin miedo a la segunda a pesar de quitarse un rato de descanso. Es un tío bravo que se ha hecho un hombre en cuanto le han tratado como tal, no como a un chico. Todos sus fantasmas, sus precipicios, se diluyeron como una apertura española en manos de Fischer cuando se vio de frente con la realidad: era esto o ir de trabajo en trabajo ajeno o acabar como otro subnormal. Él obedeció, aprendió y ahora es uno más de los tres que seguimos aquí.


Acabé mi turno y me fui a casa. Por supuesto no iba a salir a andar y sólo quería tumbarme en la cama, cerrar las ojos y descansar aún sin dormir. La tarde estaba fresca y legué a echarme la sábana por ver si así podía coger el sueño, cosa que no pasó. Paco y sus movidas de esta última semana volvían una y otra vez a mi cabeza.


La gata estaba por ahí. La había visto muy desesperada en sus maullidos por la soledad de todas estas horas y dejé que pasará conmigo a la habitación; eso sí, con la ventana que da al tejadillo bien cerrada. Hoy no hace calor y casi que hasta se puede pasar del ventilador aún estando al uno de tres. Llegué a echarme la sábana en un momento, pero al final no pude dormirme.


Paco venía a mi cabeza una y otra vez. Ese libro maravilloso con su mágica montaña también.


Lo salvé, está aquí, lo veo, ayer leí ochenta de sus páginas.


Y sé que la segunda parte también está aquí, por más que nunca la encuentre. 


Esto no es un juego.




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