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martes, 23 de julio de 2019

UNA VUELTA POR LOS ANGELES

La cerveza está helada y son cerca de las nueve de la tarde. Estamos en 2019 y ya tengo cuarenta y seis años. Esta tarde he visto Los Ángeles desde un coche. Está llena de semáforos.

Creo que el peluquero me cobra cada vez más. No mucho, quizá cincuenta céntimos, no tengo buena cabeza para eso. El día que llegue a veinte supongo que dejaré de ir. Ahora estoy por los catorce. Es demasiada pasta para el pelo que tengo. No sé por qué sigo yendo allí. No tengo ningún motivo para hacerlo que no sea la costumbre. Será por eso que nunca he estado en Los Ángeles. Sí en Madrid, aunque hace tiempo de la última vez. Tampoco era nada tan estupendo. La verdad es que si me pongo a pensar en mis recuerdos cuesta encontrar algo que eche de menos. Ayer iba a escribir algo del pasado y enseguida caí en que me estaba mintiendo. No, no fue tan estupendo. También entonces tenía esa sensación de estar fuera de juego. Siempre la he tenido, esto sí que es verdad. Una vez, siendo chico, escribí en el libro de Latín: "Si estos son mis mejores años como serán los peores" Recuerdo que alrededor dibujé un montón de espirales.

Aquel tío, el profesor de Latín, era una buena persona; quizá la mejor que haya conocido en mi vida. Era incapaz de hacer daño, no podía. Y yo me aproveché de ello, aunque de poco me sirvió. Sacar ventaja de las debilidades ajenas no es ningún triunfo. Vencer las propias sí lo es. Pero las más de las veces esto sólo se consigue cuando la victoria lo es por dejación de la aburrida derrota.

La cerveza está tan helada y buena que está quitándome las ganas de irme a dormir. De todas formas tampoco lo conseguiría, harían falta dos o tres horas más, quizá cuatro o cinco, y algunos pitos en la ventana del salón. Mi padre se dormía con poner la cabeza sobre la almohada. Yo trabajo como lo hacía él y nunca he podido sin estar borracho. Tampoco tengo cinco hijos, ni una mujer, ni soy yo quien lleva las cuentas del negocio. Sólo tengo una gata que no dejo entrar a la habitación para que no me moleste. La capé en cuanto dio señales de sufrir el primer celo. Me gasté tres años de peluquería por no oírla. En cuanto ve una ventana abierta salta hacia ella para escapar. Tengo un cuidado loco con las ventanas de mi casa. Están todas con las persianas bajadas, salvo la de mi habitación cerrada que abro cuando llega el verano y el calor se hace intolerable.

Estos últimos meses he dado por comprar packs de Voll Damm cuando hago la compra un par de veces a la semana. Ya casi no bebo en el bar, así que no me pasa eso de arramblar con unas cuantas para mantener la inspiración soñada en casa. Ahora es como ir a lo seguro: las cervezas están allí, en el frigorífico de casa, a mi disposición para cuando las necesite y no por ir al relance del medio pedo agarrado mientras recogía para irme, que era como si no pudiera aguantar sin echar un trago siquiera el tiempo que ahora aguanto la respiración. Y luego para escribir hundido en whisky, que tampoco me privaba de él.

La otra noche pillé una botella. Había terminado con el pack de seis Voll Damms y sólo me faltaba rematar el texto. Ya era tarde y no había otra opción que jugársela en el 24 horas. Esta vez, al abrirla, no me pareció garrafón. Al despertar tampoco fue la locura de otra veces. miré la botella y vi que apenas faltaban un par de copas. Pensé en llevármela para el bar, quitármela de en medio, no quiero whisky en casa, pero al final no lo hice por no estar seguro de ello. Ahora que estoy bien me echaré un par de ellas mientras escribo esto.

El tipo que conducía por Los Ángeles sólo hacía eso, conducir. Aquí en La Mancha empezó a llover fuerte y dejé de ver semáforos para mirar por la ventana. Subí la persiana y la gata, al oírla, dejó su puesto fijo en el recodo de la cocina y vino como un tiro a ver si la abría. Y la verdad es que no hay miedo, pudiera haberla abierto, allí no hay más escape posible que el suelo tres pisos más abajo, pero me pone enfermo verla encaramada en el filo, creo que se va a caer, y más desde que leí lo de los gatos paracaidistas, ya es lo que me faltaba. Recuerdo que la primera vez que la vi hacerlo casi se me salió el corazón por la boca.

- ¿Qué haces? -le pregunté asustado- ¡Qué haces! No me jodas, por favor no me jodas...
- Miau -respondió
- Tranquila, tranquila...-dije acercándome con el corazón en un puño y mucho cuidado
- Miau

Y cuando la tuve al alcance la enganché y la muy puta me arañó. Yo creía que acababa de salvarle la vida y luego me di cuenta de que no, de que los gatos son muy capaces de andar por ahí, de hecho pude haberla matado por mi miedo, pude haberla hecho caer a la calle por mis nervios. La dejé a su aire en esa ventana por un tiempo. Pero no podía verla allí. Me ponía enfermo.

Dejó de llover. Yo ya me había bebido una cerveza de postre y no tenía muchas ganas de salir. Pero hice la intentona. Y no sé si fue por la claridad de ideas que da la alta graduación de la primera cerveza que miré al cielo y fue como si no me convenciera demasiado, como si todavía estuviera guardándose algo. Me paré en seco en la primera esquina, miré al oscuro oeste, al este más claro que parecía venir por el viento y seguí dudando. Así plantado pasé mis buenos tres o cuatro minutos, los que dura una canción de Led Zeppelin I. Había quien venía de frente y al pasar junto a mi lo hacía mirando como esperando algo. Andé un poco más y el viento se calmó. Volví a mirar hacia el este y parecía como si el cielo se estuviera abriendo de nubes. Pero no. A veces pasa que el viento viene y no sabes por donde lo hace, te engaña. Eché marcha atrás y no había acabado de andar los cien metros que me separaban de mi casa cuando otra vez empezó a llover torrencialmente.

La verdad, otra vez, es que fue un alivio. No tenía ganas de salir a andar.

El whisky es bueno. esta vez no ha sido garrafón. Quizá alguien se haya cabreado de verdad por primera vez.

Mi padre era de ginebra con cocacola cuando éramos chicos. Cuando estábamos en un bar y mi madre se iba al water le pedía un cubalibre al camarero, siempre amigo suyo estuviésemos donde estuviéramos. Y antes de que mi madre saliera, en dos tragos, se lo bebía entre risas y guiños para que no dijéramos nada. Nosotros, los mayores, niños todavía, flipábamos con aquello.

Ya de viejo, o no tanto, a partir de más o menos la edad que ahora yo tengo, dejó las copas a una cosa testimonial para seguir con el vino blanco y la Voll Damm que por entonces empezaba a entrar por la zona. Una cerveza cojonuda, sí señor.

Hemos tenido un cliente que más que cliente casi fue familia, que durante los últimos veinte años de vida de mi padre fue su ángel de la guarda. Mi padre tuvo un problema muy serio con los pulmones que estuvo a punto de llevarle a la muerte con 52 años y él, este médico, fue quien lo atendio hasta casi el final, hasta que le salió el cáncer y ya hubo de ponerse en manos de otros. Veinte años sin fumar y al final te sale el bicho ahí. Que lo sepáis quienes esteis por quitaros a esas alturas.

Este médico, "Otegui" para los amigos, era casi un chaval cuando se hizo cargo de mi padre. El hospital acababa de abrir hacía un par de años y él era casi un recién llegado. Cántabro, menudo, puro nervio y más rojo que un vómito de sangre enseguida congenió con mi padre, que siempre fue más de derechas que el grifo del agua fría aunque eso no era óbice para que tuviera un montón de gente amigable aún entre los comunistas, pues si algo nunca tragar mi padre fue el sectarismo: había gente buena y mala tanto en un lado como en el otro. Aunque él pensaba que en la derecha eran menos.

Otegui se hizo amigo de mi padre. Pero amigo, amigo. Yo cuando hablé la primera vez con él casi no me lo podía creer. La ETA todavía andando matando de aquella manera y él casi me justificaba todo aquello. Claro que yo ya no era un niño y sabía y podía lidiar con aquello, aunque he de reconocer que aquella primera vez me dejó a cuadros: jamás hubiese esperado que un tío como ese, no un mierda reventado, todo un doctor en medicina, el médico amigo de mi padre, tuviera esas ideas.

Aquella primera tarde yo no había bebido y en verdad sólo le hice hablar, sin añadir poco más que estirar la goma para ver hasta donde llegaba, que fue mucho más allá de mi estupefacción. Luego sí, hubo tardes y noches en las que ya yo caliente me enfrenté a él y terminamos discutiendo más por el alcohol que por otra cosa. Era uno de los pocos clientes con los que podías hablar de Kubrick sin sentirte idiota. Controlaba de todo: de música, de cine, de libros, de política...Por entonces estaba liado con una enfermera de muy buen ver que poco tiempo después dejó de hacer acto de aparición. Otegui vivía cuidando a su anciana madre (que todavía hoy vive) y supongo que eso reventó la relación.

Dejarla y liarse a muerte fue todo uno. Bares hubo a los que íbamos rematados y por sus cojones tenía que invitar a la barra entera. Gracias a Dios no estábamos solos.

Aquello lo dejó en cuanto se dio cuenta de que estaba haciendo el imbécil, cosa de la que alguien de su inteligencia se daba cuenta. Y pasaron los años, las recaídas he ingresos de mi padre, las espirometrías previas a ello y todo eso.

Otegui sólo venía a nuestro bar y aquí, nada más que aquí, se bebía un par de Voll Damms cuando salía de trabajar con su enfermera, una agradable mujer casada bastante mayor que él y con la que congeniaba de la misma forma que yo lo hacía con sus hijos, mis clientes.

Una tarde mi padre dio su brazo a torcer y reconoció que estaba malo. Estaba escupiendo sangre desde hacía dos días sin decir nada a nadie y eso había acabado de ser algo ni medio normal para convertirse en un problema que iba pareciendo bien gordo. Llamamos a Otegui, vino a casa y enseguida nos procuró un salvoconducto.

Al final, casi un mes después, se certificó que era cáncer de pulmón. Era grande e intratable, no se podía extirpar. La buena noticia era que no se había extendido a otros órganos. Luego sí, luego se extendió y mató a mi padre.

Otegui empezó a perder la cabeza poco antes de que muriera mi padre. De alguna manera él se sentía culpable por no haberle descubierto el tumor del pulmón en una de las revisiones que solía hacerle. Cuando dio la cara era tan grande que daba para pensárselo. Otegui, durante los últimos meses de vida de nuestro padre, estuvo a nuestra disposición todavía más de lo que lo había estado antes. El día de su funeral, cuando él, ateo convencido, vino a la iglesia para darnos el pésame no podía ni hablar. Y después, simplemente, fue deteriorándose de tal manera que `llegamos a pensar que había perdido la cabeza.

Pero no. Aquellas cosas extrañas, aquellas solicitudes para ayudar en el bar en lo que hiciera falta, aquellas inusitadas muestras de extremo afecto, tanto como para llegar a dudar de la salud mental del interfecto tenían una razón que muy pronto dio la cara: Otegui era alcohólico. Mi amigo Otegui, el único con quien podía hablar de algo, era alcohólico.

- Lo soy, Kufisto, lo soy...He empezado un tratamiento y por lo que más quieras, no me pongas nada si vengo a pedirte algo de alcohol
- Pero qué cojones me estás contando, si tú no bebes más que un par de Voll Damms y unos bourbons de  allá pá cuando
- Que sí, Kufisto, joder...¡QUE ME MUERO, COÑO! Estoy tomando una medicación incompatible con el alcohol...
- Pero me cago en Dios, ¿donde bebías así?
- En mi casa
- ¿En tu casa?
- Sí
- ¿Desde cuando?
- Hace años de esto
- Joder...
- Lo siento...
- No entiendo una puta mierda, joder, me cago en Dios
- Perdona

Otegui tuvo que pedirse una baja para superar su adicción. Vino su hermana de Francia para apoyarle en esos momentos. Es escritora.


Me quedan dos de seis. ¿Parece el acertijo del nombre de la rosa, verdad? El whisky ha superado la prueba, es bueno. Han caído tres copas y estoy entero. Sólo queda rematar la cerveza y ya está hecho.


Mi padre fue un tío importante en el pueblo. Era un hombre que lo aceptaba todo menos la soberbia, viniera de donde viniera. Sabía cual era su sitio y más todavía el de los demás. No le importaba reconocer la superioridad intelectual de otro que la hubiese demostrado con hechos. Mi padre era hechos. "¿Sabes de esto? te escucho y me callo...Pero no me vengas a decir como tengo que hacer mis cosas"


Ninguno de sus cinco hijos ha salido malo. Ninguno. Son casi las doce de la noche y hay que acabar con esto.


El alcohol y el tabaco empiezan a hacer efecto. Ha sido un rato largo y quiero terminarlo antes que cambie el día.


Otegui no ha vuelto al bar, se quitó. A veces lo veo pasar con su bicicleta. Una vez, un domingo, hubo en el que vino a pedirme que lo llevara a la farmacia de guardia para un medicamento. Hace casi un año de aquello, puede que más, no me acuerdo de nada.


Mi padre era la hostia, son las 23:51 y quiero acabar esto antes de que en Los Ángeles me digan que es de día.

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