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miércoles, 3 de julio de 2019

MOSCAS DE BAR

Se había pillado el dedo con la puerta del coche y estaba contándomelo. Luego dijo que la noche anterior había hecho un pisto así de grande. También que había dormido fatal y que odiaba el verano, aunque esto es tema recurrente con todas las estaciones del año, cosa de la que creo ella no se da cuenta. Yo tampoco si no fuera por los repetidos monólogos escuchados durante todos estos años. A veces, de tanto machacar las cosas, uno acaba por cogerlas, como esa mosca que de puro aburrimiento y para sorpresa tuya cazas cuando ya creías imposible volver a cazar una: sientes que la tienes en el puño y sin pensarlo mucho abres la mano y la dejas marchar sin correr la misma suerte que otras más ágiles pero no tanto como para escapar al alcance de una húmeda bayeta desplegada. Matar así, desde la distancia, es fácil; pero si el roce es cercano la cosa se vuelve más complicada.

Miró la hora y pidió otro vino. Siempre lo hace cuando pide alcohol. Eran las dos de la tarde y ya lo tenía todo hecho. La comida estaba preparada y la casa hecha. Me habló otra vez de lo maniática que es con la limpieza, de la angustia que le entra al ver algo que no está como ni donde debe, de las quejas de sus hijas y su marido por esa obsesión y de como tiene ordenada la ropa en los armarios, casi a modo de trampa por si alguien hurga en ellos. También hubo tiempo para su padre, un señor tan mayor y enfermo como los de todo el mundo que sin embargo se cree que todavía es joven, y de la herencia genética recibida por parte materna en cuanto a ciertas dolencias físicas que está segura pasarán a sus hijas, algo que ya sucede con la mayor, la que tuvo con el primer marido, una universitaria que es la viva y espléndida fotografía de su madre a su edad aunque según parece y de momento sólo tiene eso de ella, algo esto último que siempre agradece a quien quiera escucharla.

Su marido llegó con la hija pequeña y le cedí el sitio. Pidió una cerveza y ella un vino que era el tercero e intentó colar al marido como el segundo, lo que no consiguió aunque le diera igual tanto a la una como al otro. Ella hablaba en voz alta sobre los viajes de sus amigas y oí como él le decía si estaba hablando para toda la barra o con él. Bajó un poco la voz mientras la niña jugaba con la cortina metálica de la puerta."Te voy a matar" vi que me decía abrazada a tantos hilos como podía aguantar con la angelical sonrisa que suelen tener las criaturas de seis años. Otro cliente se dio cuenta y nos miramos estupefactos sin decir nada.


Al final no quedó nadie y salí a la puerta a fumar. La calle estaba desierta y llena de luz, vencida y aplastada por la fuerza del sol. Una mosca solitaria trepaba por la sombra de mi pared azul. Toda llena de pequeños ojos, a veces detenía su errático camino y fijaba al menos uno en algo que parecía merecer la pena, aunque no por mucho tiempo.


Quien sabe, quizá no había nada y sólo estaba esperando que intentara cazarla.


Pero yo no lo hice y pronto se fue a otra parte.

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