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lunes, 1 de julio de 2019

BLOOM MAX

Paré en mitad del camino y miré hacia los molinos, pensándomelo. Eran las seis y media de la tarde y el sol caía en su descenso como un zepelín de plomo. Me quité los auriculares con la idea de pensar con algo de claridad. Apenas había dejado atrás el puente que salta las vías separando al pueblo del campo y el calor empezaba a hacerse insoportable. Poco ayudaba el hecho de los dos pares de calcetines que calzo cuando salgo por aquí. Subir cuestas no es igual que andar llanos, algo que saben muy bien tus pies y que tú has aprendido a base de rozaduras en sus talones. El paso no es el mismo por lo que el calzado tampoco debe de serlo. Pero esto, tan fácil de entender, no es cosa que se coja a la primera cuando uno siempre ha andado solo, ni mucho menos. Por el contrario pueden pasar años hasta dar con la solución que evita los esparadrapos. Parece estúpido, será estúpido, pero si no tienes a nadie a tu lado que te enseñe y tu sentido de lo práctico está averiado de serie es lo más normal del mundo.

Hace un par de semanas, sin ir más lejos, compré un ahuyentador eléctrico de mosquitos. Unos días antes había estado en la peluquería y no sé como fue que salió el tema. Ya sabéis, esos sitios hacen que hablar sea agradable hasta para el más silencioso, será por eso de tener a un tío con unas tijeras detrás de ti, maquinilla (por desgracia) en mi caso, pero con estos se da el típico caso de fidelidad tan típico entre los tíos, es decir, si algo funciona para qué cambiarlo, aunque luego veas y oigas que si este pela más barato, o aquella te lava la cabeza, o esta tiene dos tetas como dos campanarios...En fin, que ya son muchos los años que peino y no es que no me crea nada pero casi que me da igual. Después de todo, ¿qué voy a hacer con dos tetas en el espejo? ¿qué coño me van a lavar si la mitad de mi cabeza está monda y lironda? ¿o qué más dará pagar siete que trece cuando eso es algo que hago cada dos meses? Estoy tieso pero no llego a esas miserias. Quizá por eso sea que toda la vida he estado tieso.

El peluquero es un chaval de mi edad o casi que todavía tiene menos pelo que yo. Él se lo rapa al cero y yo al uno. Nunca he pensado en hacerme un cero. Sería como no sé...demasiado enfermizo para mi. Durante un tiempo lució una espléndida barba, que es algo que hacen muchos calvos. De hecho una de sus especialidades y la razón que motiva el éxito de su pequeño negocio autosuficiente es lo bien que despacha a los barbudos, tan numerosos entre los jóvenes de hoy. También, como no, he tenido tiempo para comentarle esto, preguntarle por el sin número de cremas y potingues que exhibe en las repisas entre fotos de alfas barbados y alguna que otra de Elvis, estas para las gominas y todo eso. Pero aquella última tarde la cosa derivó hacia los mosquitos. Le comenté mi cruz (hasta en Navidades los tengo cantándome villancicos) y él me habló de un producto que al parecer iba de miedo para el tema. Una de sus hijas es alérgica a los bichos y aparte de las mosquiteras tenía puestos varios chismes electrónicos de esos. Me quedé con la copla de la misma forma que me quedo con todas las coplas: "Ah, pues qué bien"

Pero durante una de las compras que hice después di por pura casualidad con lo que él me había dicho. Estaba ahí, al alcance de mi mano, y con todo y con eso seguí adelante tras echarle un vistazo. Y fue por una cosa de esas que a veces pasan que tuve que volver a por otra olvidada y ya viéndola por segunda vez me decidí a comprarla. Después de todo tampoco era tanto, apenas seis euros y pico, y yo aunque pobre no soy de los que mira mucho los precios.

Y ah, amigo...¡Esa ha sido la mejor compra que he hecho en mi vida desde las obras completas de Dostoyevski en 1996!

Ni uno, pero ni uno, he oído rondarme desde que lo tengo, aún cuando he abierto las ventanas en estas infernales noches que llevamos. Y han sido catorce los años que he pasado luchando a muñeca partida con ellos. Tengo las paredes y el techo bajo que parecen la Vía Láctea.

- ¿Como tienes esto así, Kufisto? -me preguntó una vez una mientras fumábamos un cigarro
- ¿Y como quieres que lo tenga?
- Pues así...Con todos esos bichos ahí aplastados...¿Por qué no echas fly en vez de aplastarlos o no lo limpias con amoniaco? Así se van
-  No soporto el fly. ¿Que se va qué?
- Joder, pues eso...sus cadáveres ahí aplastaos...quedaría limpio
- ¿Amoniaco?
- Amoniaco
- Pero eso huele fatal
- Pero limpia, desinfecta y luego no hueles nada...Joder, Kufisto...
- ¿Qué?
- Eres la hostia de raro


Estaba parado a las seis y media de la primera tarde de julio en mitad del sendero alquitranado que lleva a los molinos y el sol caía cagándose en todos nosotros, yo el primero. Un leve manto de nubes conseguía que el calor fuese aún más espantoso. El contacto de las suelas de las zapatillas con el ardiente alquitrán y los dos pares calcetines subían hasta mi cerebro en forma de información difusa, de datos poco procesables. Me quedé así un rato, mirando los molinos, el sol y el puente que poco antes había dejado atrás. Poco a poco la idea de volver sobre mis pasos fue cobrando sentido a la manera de una canción de King Crimson. En cierta manera resultó una iluminación.

- Hostia, no puedo

Y bajé lo poco que había andado por primera vez en mi vida sin rozadura mediante.

Antes de subir el puente volví a ver al perro que guarda la finca. Es un ejemplar de esos fieros pero ahora como antes andaba echado a la sombra de su perrera, un simple pedazo de uralita. El pobre no decía nada. Yo le dije algo para animarnos y no caerme rodao pero él no respondió, mirándome triste con las orejas gachas. Un poco más allá el puente y después los arrabales del pueblo y sus pequeñas sombras. Llegué hasta ellas pillando hasta las de las ventanas, rulándome un cigarrillo que al encenderlo fue como echarme fly en la garganta. En el barrio noble los hijos de los ricos se bañaban en la piscina de su club privado, protegido por altas vallas y grandes y espesos setos de las miradas indiscretas. Unos albañiles trabajaban en la construcción de una nueva parcela. Son casas grandes, enormes. Muchas, casi todas, las he visto nacer desde sus cimientos. Luego vas pasando y van creciendo hasta quedar formadas. Y al poco notas que ya están habitadas.


Hay un gato por allí. Es un gato negro de ojos verdes. Hace años que lo veo. La primera vez que lo vi pensé que se estaba muriendo de la mala pinta que tenía. Una enorme herida en su lomo, tal como si se lo hubieran abierto dejaba ver de par en par sus carnes infectadas. El pobrecillo estaba ahí, a la sombra de una de esas casas. No se movió cuando me acerqué.

Pasaron los días y seguía estando allí. Me fijé y vi que bajo un coche aparcado junto a la puerta tenía un bol de comida y otro de agua. Cogí la costumbre de saludarle cada vez que pasaba por allí. Siempre estaba en el mismo sitio, acurrucado en sí mismo, seguro de estar en terreno fiable.

Y ya son años, años...Los propietarios de la casa son una pareja con dos hijos pequeños, niña y niño. A veces los veo llegar cuando paso por allí. Todos, tanto los chiquetes como los padres, van con todas las medidas de seguridad: casco y coderas y rodilleras en el caso de los pequeños. Es gracioso verlos en fila india. El padre va el primero, los chicos detrás, y la madre cerrando la comitiva. Sé por donde van, a veces los he visto por el carril bici de la gran avenida arbolada.


Al final me fumé el cigarrillo. Pronto llegaría a casa y me bebería una cerveza bien fría. Las calles vacías ardían a mi paso y los termómetros de las farmacias sólo daban la hora.

Llegué, abrí la puerta y la gata no salió a recibirme como todos estos días. Miré en la cocina y vi que estaba acurrucada en su rinconcillo, junto a la lavadora, al lado de la amojamada chacha, sin duda el sitio más fresco de este horno, si no ella no estaría ahí.

La jodía está loca por irse. Ya se fue hace casi dos años y me la encontraron tres semanas después, cuando ya la daba por muerta. Era una cría y no hubiera durado un día más. Estábamos en el previo a la entrada de la primera noche jodida de invierno y una buena mujer se la llevó a su casa. No habría aguantado aquella noche, seguro.

Tengo un cuidado loco con las ventanas. Claro que hay pocas que le den posibilidad de fuga pero las hay, sobretodo la de mi habitación. Siempre pasa como un rayo cuando abro la puerta. Su idea es encaramarse en el radiador y desde ahí a la ventana que da acceso al tejado. La otra noche, antes de acostarme, la cerré mal mientras iba a la cocina a beber un poco de agua y al volver supe que había entrado. Miré a la ventana y allí estaba, en el tejadillo, mirándome. Casi me vuelvo loco.

- Olegaria, Olegaria...no me jodas, Olegaria...
- Miaaau
- Venga, tranquila hijaputa, venga...-dije acercándome
- Miaaau
- No por favor, Olegaria, no te vayas...
- Miiiauuu
- Espera, espera, hija de la gran puta
- ¡Miau!

La enganché.


Después la dejé en el salón, cerré bien la puerta del dormitorio, enchufé el antimosquitos y dormí como debería haberlo hecho desde hace catorce años, salvo excepciones.


Qué maravilla.

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