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jueves, 27 de junio de 2019

UNA CIERTA SIESTA

El niño moro estaba sentado en el alféizar de la frutería de sus padres. Miraba la evolución de la obra que hay enfrente, faraónica para estos lares. Por decir algo (soy cliente habitual) le hice un comentario al paso sobre los camiones que pretendía ser una broma y él sólo me miró de reojo, como quien ya sabe que es tontería responder a alguien que sigue andando y encima va con los auriculares puestos.

Crucé el paso de cebra y seguí andando pensando en esto. Doblé una esquina, alcé la vista y vi que una mujer de buen aspecto venía por la misma acera. Llevaba lo que parecía un perro atado de una correa. En la otra acera un tío vestido de catálogo veraniego subía a su coche y le observé por si la miraba, cosa que no hizo. Volví a mirarla, todavía estaba lejos; creí reconocer a un viejo amor que hará un par de días estuvo por el bar en compañía de una pareja y que aunque ya desmejorada y con poco más que un hola de cumplido consiguió que pasara buena parte del día pensando en ella. Ya más cerca vi que eran dos los perros que llevaba atados. A ella siempre le gustaron los perros y muchas veces la he visto pasear por ahí con ellos. Y justo cuando ya andaba preparando otro pretendido comentario jocoso con el que salir del paso me di cuenta de que no era ella sino una que se parecía a una clienta que tengo, una tía grandona y feúcha, muy desconfiada, que hasta mirándote a los ojos parece que lo hace de reojo. Pero tampoco era ella si no otra parecida y en el último instante cerré la boca ya casi abierta para saludar y nos cruzamos sin mayor incidencia que la leve mirada que me echó el galgo que llevaba atado de su mano derecha.

Un mostrenco que hablaba por teléfono como lo haría un gorila en un zoológico y una fila de contenedores de basura dificultaban mi cruce a la siguiente acera. Allí apestaba a mierda podrida pero el tipo parecía no darse cuenta de nada, moviéndose de un lado a otro con su cadena de horo al cuello y gesticulando como si estuviera reconciliándose con su novia, una de esos bombones venenosos que salen en los vídeos donde se recitan mierdas bajo un ritmo cansino por vago y bribón mientras el personal se atusa el pelo, se tocan las tetas, se rascan las pelotas y lamen revólveres dorados.

Atravesé la calzada y alcancé la otra acera sin que nadie me atropellara ni me pegara un tiro a modo de inequívoca demostración de amor eterno.

No había necesidad alguna de haber pasado por todo aquello, ninguna. Mi turno había acabado a las cuatro y ya en casa no dudé en desnudarme para dormir un poco, sin pensar siquiera en comer. No supe que lo había hecho hasta que cogí el móvil y vi que ya eran las cinco y media, por lo que sí, según el reloj debía haberme dormido. O a lo mejor no, pero el tiempo pasó tan rápido como pasa cuando estás dormido.

Ahora sí comí algo después de cagar parte del mal almuerzo. Eran las seis y pico y no quedaba más que poner una lavadora y si eso ir a echar una primitiva para estirar las piernas. Y sin pasar por lo primero salí a lo segundo. Sería cosa de poco, apenas veinte minutos, pero algo haría. La tarde era demasiado calurosa como para plantearse cualquier estúpido esfuerzo a modo de no sé qué puto reto en los molinos de viento, esos que a lo mejor llegó a ver vivos tu bisabuelo, quienquiera que fuese. Paseíto corto, ver a la chica de la administración de loterías y a de vuelta a casa a ver algo en el ordenador. Después, pronto, a la cama e intentar dormir algo más de tiempo que el gastado en intentar coger el sueño.

De repente, casi llegando a destino, se vino un ventarrón que salió de la nada y que por poco me tira de espaldas. Una nube de aire ardiente y arena en suspensión lo envolvió todo hasta hacer casi imposible ir con los ojos abiertos. Y un poco más allá, apenas unos pasos, no quedaba ni rastro.

Llegué aturdido a por mi primitiva de hoy. Delante de mí sólo estaba una tía que creí reconocer aún de espaldas. Estaba hablando con el propietario mientras le atendía la muchacha. Me quité los auriculares, la oí hablar y supe que esta vez no me había equivocado. El aire acondicionado estaba a tope y me hice a un lado para que al menos no me diera directamente, cosa difícil de conseguir si no quieres perder el sitio o pasarte de listo. Ellos hablaban y hablaban y la gente llegaba. Se veía que al gordito le ponía la rumana. Sí, está buena aunque no tanto como antes, pero el tío con el que está no es para andarle con tonterías. El gordito lo sabe seguro, claro, pero bueno, su mujer parece un botijo desde hace años y en fin, no es nada, sólo estaba solucionándole alguna duda o parecido, hablando con ella, teniéndola cerca, apenas a un palmo, oliendo su perfume y todo eso...Miré atrás y vi cinco tíos esperando, todos con aspecto de estar cansados y malhumorados. Sonreí. Nadie dijo nada. Al final la tía se fue haciendo como que no me había visto y llegó mi turno. Esas tías sólo te miran cuando necesitan algo de ti, como por ejemplo que le pongas un vermut. Fuera de ahí dejas de existir.

Regresé a casa rodeando la manzana. Los de la obra parecían estar echando el telón. Una leve nube de polvo en suspensión envolvía toda la calle después del ajetreo del día. Eché un vistazo y vi con cierto gusto y respeto las palas excavadoras y los camiones ya quietos tras otro día de frenética actividad. Los currantes se quitaban los cascos y recogían las señales de tráfico provisionales. Un mirón, un gitano joven, gordo y de pocas luces hablaba con uno que portaba una señal de estrechamiento de calzada. El mirón me miró y se me quedó mirando. Quizá pensara que para mirar ya estaba él. La gente se cabrea por todo. Fuera de nuestro sitio todos somos una molestia para todos. Y dentro sólo para nosotros mismos.


Dormir y despertar sin dudar de haber dormido y sin recordar nada de lo soñado. Y empezar otra vez el nuevo día de siempre, lleno de polvo, paja y encendedores con las piedras gastadas por el uso.

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