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sábado, 26 de enero de 2019

TARDE

Salgo a la calle y apenas bastan diez pasos para pensar que he hecho bien en no quedarme en casa. Al primero que veo es al viejo. Había otro hasta hace unos meses, puede que ya esté muerto; le vi ir apagándose poco a poco con el paso de los años; pasaba por la acera del bar, sin entrar; una vez lo hizo y fue para devolverme un paraguas que mi hermano le había prestado la tarde anterior; fue la única vez que hablamos en todo ese tiempo; vestía bien, como si tuviera alguien que le cuidara. Yo siempre le vi solo.

A este otro viejo lo llevo viendo muchos años, no podría decir cuantos. Casi seguro más de diez, puede que veinte no sean demasiados, no sé...El tiempo se difumina en determinadas situaciones; su relatividad y todo eso. Este también pasó al bar una vez. Fue hace poco y fueron dos veces, ahora que recuerdo. Ambas en compañía de una mujer sudamericana, una señora ya de edad pero menos vieja que él. Casi no podía creerlo cuando le vi dentro del bar. Y menos en compañía de una mujer.

Tiene todo el aspecto de haber sido agricultor: la piel curtida, los ojillos recelosos y la boca pequeña, casi sin labios; de frente estrecha y manos grandes e hinchadas siempre juntas tras la espalda; la tez roja, sanguínea, y la cabeza un tanto baja, como descargada por la nuca, hinchada de tal manera que recuerda la testa de un toro pero sin la agilidad de estos en el cuello, que lo tiene como atrofiado, tanto que le cuesta horrores girarlo, cosa que soluciona parándose y dando medio paso a un lado.

Las dos veces que entró al bar tomó café, igual que la mujer. Pagó él de la manera que yo esperaba, como si le doliera.

Este último mes ha venido un par de veces al bar otro viejo con una sudamericana, esta más joven que aquella y de mejor ver. Ella pide cerveza sin alcohol y él café solo, del cual se deja casi la mitad. Ya se iban el otro día cuando la mujer le dijo al viejo que esperara un momento mientras iba al servicio. El viejo, obediente, lo hizo en la puerta. La mujer salió, recogió su bolso y me dijo hasta luego en ese tono de natural tan meloso, tan femenino, que gastan las hembras de aquellas tierras. Y yo le respondí lo mismo con el añadido de guapa.

Hacía un atardecer espléndido para ser del mes de enero, sin duda el más frío de estas en las que nací. Llevamos así unos días y parece que así lo acabaremos. Apenas he salido a andarlo. Voy al bar, salgo y me encierro en casa a ver aburridos vídeos de Youtube. La pereza es el peor de los pecados. De él nacen todos los demás.

Un par de chicas jóvenes se acercan. Me fijo en la del triste semblante, anguloso, una de andrógino aspecto, y pienso que podría ser bastante más atractiva a poco de que se lo propusiera. Hay bellezas escondidas, bellezas robadas a ellas mismas, que más que ocultarlas las agrandan a los ojos bien entrenados. Quizá ellas lo hagan porque eso es lo que quieren. Las mujeres saben lo necesario por instinto.

Cruzo la avenida y bordeo el parque. Unos chavales, cuatro, están jugando donde los gatos suelen tomar el último sol. Uno le da patadas a un balón de fútbol; dos están intentando doblar el patinete con la ayuda de la reja que mal guarda el terreno del edificio abandonado; y el otro está sentado mirando su móvil.

El rumor del polideportivo llega del otro lado del parque. La gente grita excitada a lo lejos mientas una joven pareja se acerca andando por el carril bici. No van cogidos de la mano. Ella es atractiva y él un aprendiz de malote. Ella va diciendo algo con sus rojísimos labios y él responde moviendo los brazos. Es alto y delgado, la cabeza pequeña y el pelo a medio rapar por los lados. Viste deportivo, holgado, de blanco por arriba y negro por abajo.

Llego al pequeño paso de cebra que da acceso a la rotonda de una de las entradas secundarias al parque. Viene un chaval en bici con un perro atado. Le cedo el paso y cuando está más cerca veo que es ese chico que viene al bar a comprar tabaco para él y su madre. Nos saludamos. Creo que le ha costado reconocerme. Una gorra hace bastante. Y más cuando te ven donde no te esperan.

Sólo viene una pareja tras ese pequeño paso de cebra. La tarde es buena pero también es sábado y la gente hoy está a otras cosas. Son un poco mayores que yo, que ya es bastante. Andan rápido. Él mirando al suelo y ella al frente mientras habla. Los dos tienen las huellas propias de la edad que ya deja pocas. Al cruzarnos sé que ella me ha mirado de reojo.

Por fin el buen sol de frente sin nadie ni nada haciéndole sombra. Son unos pocos minutos. Es el final del pueblo en el inicio de mi camino. Pronto sólo calentará mis espaldas.

Unos motoristas aceleran parados en uno de los stops de aquella gran rotonda que da acceso a mi tierra. Todavía está en obras. Van a ponerle algo dentro. En el perímetro ya se lee completo el nombre de nuestro pueblo.

Y entonces pienso que ya he visto lo necesario, que ya tengo lo suficiente para escribir una historia y que ya es tontería seguir caminando por ahí, de espaldas al sol y a la primera luz de las farolas, y que lo mejor que puedo hacer es abreviar y volver a casa rodeando el parque.


Hay muchos coches aparcados en las cercanías del polideportivo. Poco a poco, desde la otra acera, oigo como regresan aquellos gritos excitados. Camino de regreso a casa. El último sol de hoy templa mis espaldas.

Camino sin querer ver para no olvidarme de lo que ya he visto. Pero veo mustias parejas a medio separar que bajan de sus coches para entrar al parque con sus nerviosos hijos. Al final del paseo, en su última curvatura, hay una tía toda de negro hablando en lengua extraña aunque ya familiar por teléfono. Me echa un vistazo, se da la vuelta y sigue hablando.

Unos pasos más allá, apoyada en las barras metálicas que limitan la calzada de la avenida, una muchacha en flor habla por teléfono. Ella me ve pero no me mira. Tiene la melena rizada, dorada como un sol naciente, y se lleva un dedo de la mano derecha a la boca mientras escucha el móvil con la izquierda.

Cruzo por el paso de cebra y estoy en la plaza de toros. Con cierto cuidado la bordeo mirando al suelo. Una mañana encontré a un viejo borracho inconsciente, sangrando por la cabeza tras caerse en ese infame pavimento que más parecen olas que suelo. Había una mujer junto a él sujetándole la cabeza y otro tío llamando por teléfono.


Estoy a punto de llegar a casa cuando veo a una cajera del super de al lado que triunfal sale de él en compañía de dos tíos tan rientes y golfos como ella. Y al verla me acuerdo de la hermosa chica de los ojos cansados que a primera hora de la mañana viene al bar a tomarse un colacao y un par de churros antes de irse a descansar tras pasar otra noche en la cara oculta de la puta luna.


- Adiós


Adiós.



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