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martes, 8 de enero de 2019

EL GORDO GRANUDO

Nos encontramos en el pasillo destinado a las galletas y los bollos del centro comercial. Yo salía de él tras pasar más tiempo allí que el gastado en hacer el resto de la, por otra parte, sucinta y rutinaria compra de los lunes. Al final, después de casi dejarme los ojos leyendo la letra pequeña de los productos en busca del que fuera menos venenoso, me decidí por esas caras galletas francesas rellenas de chocolate de las otras veces. Y al salir con ellas del pasillo, sonriendo al recordar que había sido poco más o menos como cuando de chico iba al vídeo club más recóndito de la ciudad para pillar algo de porno del bueno, que nos topamos casi de bruces. Y fue como si verdaderamente nos hubiésemos pillado en el pasillo guarro de aquellos vídeos clubs periféricos.

- Hola -dije yo de camino a mi carro
- Eh...hola -dijo él de camino a sus galletas como quien ve en modo FF los títulos de copyright y créditos de "Sexy french Marylin"

Y eso fue todo.

Hubo un tiempo en el que fuimos amigos. Yo había dejado por imposible a la última pandilla de amigos que tuve y andaba de acá para allá, con estos y con aquellos pero siempre solo. Y ya no recuerdo como fue que di con estos.

Eran tres, a veces cuatro si no recuerdo mal. Uno era este, alto, feo y gordo granudo; luego estaba "el guapo", un tío raro y bien peinado, uno que siempre estaba discutido con la novia, o lo había dejado, o qué se yo, pero que cuando bebía le daba por conducir como un kamikaze por la ciudad, ante el espanto de aquel y mis risas; luego estaba el chico judío, un chico inteligente, callado y discreto, uno que miraba a su alrededor como si todo el mundo supiera que era un maldito judío; y por último recuerdo a otro, un tío algo mayor de grandísimas narices y gafas de director del botones Sacarino que creo era primo del primero y que cuando lograba vencer su fobia social para salir a tomar algo con nosotros se me quedaba mirando con una intensidad tal que a cualquier otro le hubiera molestado. Indudablemente le habían hablado de mi y supongo que me vería como al chico de la moto o algo así.

Solíamos frecuentar bares de barrio. Bebíamos cerveza y vino y charlábamos de "cosas inteligentes": cine y literatura, política y filosofía, y todo eso que uno cree el súmmum cuando apenas ha saltado los veinte años. Yo venía de un mundo donde las centraminas se comían como juanolas y el speed rulaba como las sacarinas en una merienda de marujas.

Mujeres había pocas o ninguna, que yo recuerde. El gordo estaba resignado a su suerte, el guapo no hacía más que hacerse el interesante bajo su perfecto peinado y su casi perpetuo e indiferente mutismo ante las conversaciones y el chico judío escuchaba y hablaba poco durante las discusiones que manteníamos el gordo y yo.

Por entonces yo era un provocador y me gustaba pelear a la contra, sea la que fuera, aunque normalmente solía coincidir con mis ideas. Al gordo se lo llevaban los demonios y todavía más cuando me escuchaba decir que "Mein Kampft" era un libro grandioso e incomprendido, por no hablar de "Los Protocolos de los Sabios de Sión" y sus verdades como puños. El chico judío sonreía (y comprendía) y al final todos acabábamos riendo a carcajadas ante cualquier burrada que a grandes voces me soltara el gordo granudo, ya seriamente tocado de jarretes de vino con gaseosa. Por cierto que acabé enrollándome durante algún tiempo con la hermana del chico judío, una chica de rara belleza a la que yo le gustaba por lo cabrón que era.

A veces íbamos a una especie de cochera o algo parecido que el gordo tenía por donde vivía con sus padres. Esa era su mazmorra o así, su sancta sanctorum, su guarida. Allí estaban sus libros, sus juegos de mesa, su porno, su música y todas aquellas cosas. Pillábamos bebida y marchábamos para allá. La verdad es que recuerdo muy poco de todo aquello, pero sí que una vez me dejó un libro de Freud, "La interpretación de los sueños", para que lo leyera a ver si podía hacer algo conmigo. Leí unas cuantas páginas y lo dejé de puro aburrimiento, aunque creo que no se lo devolví por un descuido y como poco después nuestra relación acabó creo que es uno de los motivos por los que me guarda cierta ojeriza.

El otro fue que una vez, años después y ya estando yo en el nuevo bar, apareció por allí y me dejó un cd o dvd con algo que había grabado, una cosa "artística" o parecida que había hecho y a la cual quería que yo le diera un vistazo y que después se la diera a alguien que vendría a por él, no recuerdo quien. Estoy por decir que ni lo miré, y si lo hice soy incapaz de recordar nada. El caso fue que yo lo dejé por ahí, entre el cerro de cedés que por entonces había que gastar, y al cabo de no sé cuantas semanas apareció uno preguntando por el dvd del gordo granudo. Yo ya ni me acordaba de él, y tras un buscar de mala gana por un rato le dije que no lo veía y que estaba casi seguro de habérselo devuelto a su dueño. El notas me miró un tanto raro y se marchó. Algunos días después vino el gordo granudo un tanto nervioso e hice por buscarlo otra vez, incluso le invité a que él mismo lo buscara pasando a la barra, cosa que hizo durante cerca de una hora sin encontrarlo. Y un tanto mohíno se fue no sin echarme en cara que debería haber tenido más cuidado, a lo que respondí que estaba seguro de habérselo devuelto y que realmente ni lo había visto ni me importaba una puta mierda.

Pasaron más años y una mañana apareció con sus compañeras de trabajo. Iban de viaje a su instituto de un pueblo cercano y no sé qué movida les había llevado a tomarse el café en mi bar. Gordo Granudo ya estaba casado con una chica que limpia mis escaleras y esto, sin duda, era otra pulla en su morrillo, por lo que no resultaba rara la cierta tirantez con la que respondía a mi franca alegría por verle, algo que por otra parte no me cuesta nada desde hace tiempo.

Nos hemos visto más veces por ahí, siempre en el mismo plan que en la sección de galletas del centro comercial. Me enteré de su paternidad de dos hijas y por pura casualidad de que es un consumado progre, pues de tal calaña es la leyenda que luce como frase de presentación en su wasap, cosa que vi una noche que estaba comiendo techo y me dio por mirar números de teléfono. Todavía lo tenía ante mi más absoluta estupefacción.


Gordo Granudo fue un buen amigo durante un tiempo. Era divertido charlar con él. Apasionado al hablar, se vencía de tal forma sobre sus gustos e ideas como sólo puede hacerlo quien está falto de amor cuando más falta le hace.

"El guapo" vino un par de veces al nuevo bar. Al final se había marchado a su lejano pueblo y no recuerdo qué me dijo estaba haciendo. Seguía tan bien peinado y autista como siempre. No le pregunté ni por su novia ni por su coche.

El chico judío también se casó, creo, aunque a este hace tanto que no le veo ni sé de él que ya es poco más que la emisora Latina de Spotify.

Del primo que me miraba como si yo fuera el coronel Kurtz recuerdo haberle visto una vez en algún sitio hace algún tiempo, aunque en esa ocasión ya lo hiciera más bien como si me hubiesen dado un puesto en el Congreso.

La chica judía acabó casándose con un compañero mío de estudios y ahora es madre de dos hijas.


El tiempo pasa y la gente más. Muchos se aferran a los recuerdos para seguir durmiendo. Otros se flagelan con sus mismas cadenas para no dormirse. Las fotografías de tu vida valdrán más que tus días llegado el momento. El sueño de los otros, tus sueños, dan el alto en la encrucijada que será eterna. La imagen en el espejo ya tiene lo mismo que ver que Dorothy en la granja de su tío. El Mago de Oz es un greñudo que berrea gilipolleces ante miles de gilipollas que le aplauden. Al conejo se lo comió el gato de tanto mirar el reloj cuando hubiera sido el burro quien debería haber estado pendiente del cronómetro.


La vida es bella, sí. Maravillosa cuando tu memoria lo deshecha casi todo para hacerle sitio a lo que viene después de la ducha.


Es lo bueno de salir mal en las fotos.

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