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martes, 29 de enero de 2019

FANDANGOS

Josemari había tenido otro de sus buenos despertares, sin duda. Eran las siete y media de la mañana cuando llegué al bar. Él estaba en la puerta, como siempre, esperándome abrigado tal que si fuésemos a irnos al polo Norte. Guarda mucho cuidado con los fríos, creo recordar que por inolvidable prescripción de su madre, una señora de 97 años que parió 17 veces criando 14 hijos y que llegó a España desde Hungría en plena II Guerra Mundial. Supongo que de allí los expulsaron por el tema racial y acabaron su calamitoso peregrinaje por Europa en la España de Franco. Josemari fue de los últimos en nacer y lo hizo en el 58, en el pequeño pueblo de Murcia donde pasaron aquellos años. Josemari quiere mucho a su madre y va todas las tardes a verla a la residencia. Dice que ya está muy vieja pero que a veces le reconoce.

- ¡Buenos días, Kufisto! -voceó al verme salir del coche
- Buenos días, Jose

Y ya se puso a cantar antes de coger las bolsas que siempre llevo conmigo en el asiento de atrás.

Canta muy bien, a media voz pero muy sentío. Lo hace sin darse cuenta, para desgracia de los vecinos en el tiempo que está en la calle. Le sale de dentro y más a esas horas cuando todo el día está por venir. Si tú le dices que cante algo él dice que no, que así no le sale. Hay que dejarle. Una vez, una mañana, le dije que cantaba muy bien; él sonrió avergonzado mientras fregaba el bar y dejó de hacerlo. Desde entonces no he vuelto a decirle lo bien que lo hace. Es lo que tienes que hacer si quieres oírle cantar.

Cuando canta no tartamudea. Cuando habla solo, tampoco. Es al hacerlo con la gente que se traba. También conmigo, que soy su amigo.

Pasamos adentro y cada uno se puso a lo suyo. Yo con la barra y él sacando las mesas y colocando el salón. Luego le di para que fuera por los churros y la prensa. Y allí se fue, bien abrigado en su bicletilla canastera, cantando por fandangos a las ocho de la mañana, alegre de ver amanecer a otro día, el purillo con aroma a vainilla en los dedos, avenida arriba, subiéndola como otros domingueros no la bajan...Yo me maravillo cada vez que lo veo pasar así, tan tranquilo, sin apenas esfuerzo, con esa agilidad que le da su fibroso cuerpo, ese que jamás en la vida ha pisado un gimnasio ni hecho más ejercicios que el necesario para su sustento como afilaor de cuchillos, mosca de bar y buscador de los contenedores de basura. Una vez se encontró dos negros dentro comiendo. Le dieron un buen susto. Pero a veces encuentra cosas buenas, cosas que me enseña con excitación. "¡Quédatelo!" me dice siempre. Yo le digo que no y tras insistir un poco más lo guarda un tanto decepcionado, como si pensara que yo no creyera que eso sea algo tan bueno como a él le parece. Hace una semana me afiló los cuchillos del bar. Los dejó como navajas de afeitar.

Llamé a uno de mis proveedores ya con el bar abierto y no cogió el teléfono.

La chica rubia con cara de trabajar hasta al amanecer vino hoy con más hambre que de costumbre. Pidió tres porras en vez de dos, su colacao y un zumo de naranja en el lugar del chupito de cortesía con el que acompaño los cafés hasta el mediodía. Parecía cansada, con sueño, como todas las mañanas. Josemari todavía estaba por ahí, revoloteándole un cigarrillo al ciego, que no se lo daba. Se acercó a ella y la saludó un tanto avergonzado. Ella se lo devolvió levantando la vista fugazmente de su teléfono. Es una chica que devuelve el saludo a todo el que entra al bar. Y les mira, nos mira, como si fuéramos pájaros que pasan por la ventana.

Josemari le dijo algo del tiempo, su tema favorito. Ella sonrió mirando a su teléfono y respondió que sí, que hacía mucho frío. "¡Muuucho frío!" resolvió él yéndose a otro lado, contento tras haber hablado con una chica guapa.

Es rubia, joven, del Este, bajita y menuda, graciosa, callada. Viene ya desmaquillada y se le nota en la cara que casi esconde sobre el teléfono. A veces ríe bajito con algo que esté viendo; las más permanece silenciosa, comiendo churros mojados en colacao. Y al final se levanta del taburete, se pone la cazadora dejando caer la rubia cabellera fuera y dando un saltito se ajusta los jeans que, por cierto, le quedan como un guante. Dice adiós y se va a dormir cuando el sol ya sale por el horizonte.

Volví a llamar al proveedor. No vino la semana pasada y ya iba notándolo en mis existencias. Esta vez lo cogieron pero no era él.

- ¿Hola? -dijo una voz
- Hola, soy Kufisto, del...
- ¡Ah, hola, Kufisto! ¿qué necesitas? -Era el jefe, recordaba su voz de otras veces.

Se lo dije. Y no sé si fue que pregunté yo o se explicó él pero me dijo que el vendedor habitual estaba de baja por un problema y tal...Y no me gustó el tono de duda que empleó para decirlo.

El chaval es un chico que parece como si acabara de oír un portazo a sus espaldas. De mediana estatura, muy delgado, frente huidiza y grandes entradas en el pelo, tiene una mirada de esas que parecen mirar al otro como a alguien que va a preguntarle algo de vital importancia que él no va a saber responder. Le costó bastante relajarse un poco, algo que por otra parte no ha conseguido del todo. Con el tiempo, viendo que es un buen chico, hicimos una cierta amistad comercial. Hace un par de años me contó que acababa de ser padre y le felicité. Por primera vez vi una franca sonrisa en su rostro, cosa que, como a todos, le sentaba muy bien. Desde entonces suelo preguntarle por su hijo más por cortesía que otra cosa. Él responde de la mejor manera que le permiten sus nervios, quejándose un poco de esto y lo otro pero muy contento de su primera criatura.

El otro día se levantó con la garganta inflamada y fue al hospital. Le miraron y vieron que era cosa de los ganglios y que había que hacer una biopsia. Y en fin, que según su jefe en esas está, esperando el resultado.

Tuve un rato que me quedé casi solo y la mañana pasó lenta, muy lenta, hasta que llegó más gente y me dieron cosas que hacer.

Josemari llegó otra vez al bar cuando yo estaba solo en la puerta, a punto de irme, fumando un cigarrillo en espera del relevo. Esta vez venía andando con el palo de escoba que usa para escarbar en las profundidades de la basura. La tarde era gris y ventosa. Las nubes bajas amenazaban una lluvia que todavía a esta hora no ha caído. Le di un cigarrillo y apenas hablamos. A él se le nota más que a mi el paso del día a la noche. Por la tarde no está ni la mitad de contento que cuando amanece.

Venía de ver a su madre, a esa gitana húngara que parió 17 veces donde y como Dios quiso y que ahora, a sus 97 años, pasa los días en una residencia para ancianos.

- ¿Y qué hace? -le pregunto a Jose
- Nada. Mirar por la ventana. Ya casi nunca se acuerda de mi.

- Va a llover -dice un rato después


Y en silencio se va calle arriba, a su casa, con su idolatrada y estéril mujer, cabizbajo, dando golpecitos en la acera con el palo de la escoba.


Mañana tendremos otro amanecer al que cantar.

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