lunes, 18 de julio de 2011

UNA MAÑANA EN EL PARQUE




Anoche terminé realmente cansado, así que decidí que hoy mi día de descanso iba a ser merecedor de tal nombre: ni madrugón, ni maratoniano paseo, el cuerpo sabe cuando tiene que parar. Tú sólo has de hacerle caso.

He despertado algo más tarde, no mucho, sobre las siete, pero también me dormí antes, así que las cinco horas de sueño reglamentarias estaban cumplidas, he intentado dormir algo más pero no he podido, el cuerpo sabe, el cuerpo sabe...arriba.

Tenía pensado el plan de la mañana (ahora hasta hago planes) y a ello me he puesto: un buen desayuno, y por una vez las chancletas en lugar de las claustrofóbicas deportivas, he hecho acopio de todos los apichusques (no se me ha olvidado nada), los he metido en una bolsa, he pillado el coche (nada de andar, sólo lo estrictamente necesario) y me he ido al parque.

Eran las ocho, el sol comenzaba a calentar pero aún no había barrido el frescor de la noche, así que por un momento he dudado si sería mejor hacer tiempo hasta y media para recoger una carta certificada de correos, pero mejor no, las cartas que recibo únicamente quieren mi dinero y cuando son certificadas ya es que van en plan borde, avisos y eso, "TE AMENAZO...", otro día la recogeré, tengo quince y hoy no iba a ser, hoy es mi día libre, hoy nada me iba a cortar el rollo, asi que para dentro, hacia las desiertas gradas, en busca del calorcito...

Las rémoras de papito Estado estaban iniciando su trabajo habitual, es decir, ninguno. Van con unos petos verdes sobre sus ropas, en plan identificativo, para que se vean que son algo, para que no los confundas con lo que son, les ponen un chaleco verde para disfrazarlos, pero ni con esas, ahí estaban, charlando y sacándose mocos, aún era demasiado temprano para la birra y los canutos, quizá media hora más tarde, seguro que mientras escribo esto ya están colocad@s.

Me he detenido ante un cartelón donde te mostraban las diferentes clases de pájaros que echan el rato por allí, bien dibujados a mano y con su nombre debajo, sombreados de diferentes colores para que puedas saber si están de alquiler o es casa propia, algunos se distinguían por una rayita de diferente color sobre su cabeza, me he preguntado que de coño servirá eso, como si los pájaros estuvieran quietos, como si posaran para los paseantes y tal...pero bueno, todo tiene que tener un nombre, hasta el bichejo más pequeño lo tiene, para mí todos se llaman igual: pájaros, y solo puedo ponerles apellidos a dos, a los graciosos gorrioncillos y a los alegres vencejos; a estos últimos suelo verlos volar durante mis paseos, siempre por los mismos sitios y a la misma hora, volando rápidamente en círculos, haciendo cabriolas imposibles bajo el sol de la mañana, a veces me pregunto como es posible que no choquen entre ellos, son unos auténticos ases del vuelo, lo hacen con tanta alegría y naturalidad que llegas a pensar si no irán escuchando a Mozart con unos auriculares.

He llegado a las gradas, he plantado mi culo, he sacado una libreta con su bolígrafo por si se me ocurría algo y me he encendido un cigarrillo. Fuera de la verja podían verse a los currantes con sus máquinas, a los viejos solitarios paseando lentamente, algún cuarentón corriendo, grupos de marujas cotorreando y gesticulando sin parar (¡por Dios...que acaba de amanecer!), alguna jovencita con su perrito...pronto he levantado el ancla, estos días el sol no hace tarde, y me he ido en busca de las ardillas, para eso estaba allí, por eso llevaba unas cuantas nueces conmigo, así que hacia los árboles, a buscar un buen sitio donde sentarme y esperarlas.

Sentado en un viejo y húmedo banco de madera he puesto Radio Clásica, me he quitado las gafas de sol, el sombrero, y me he puesto a mirar las cosas, es muy hermoso ver despertar un parque por la mañana, cómo la luz va poco a poco iluminándolo, todo verde, vivo, en movimiento, hasta los árboles parecen que se van desperezando, despertados por el continúo ir y venir de pájaros y pájaras...suben a sus ramas, miran y remiran, bajan a la hierba, picotean algo, vuelven a subir, vuelven a mirar, a cantar, a aletear...¡cualquiera duerme con semejantes vecinos!.

Poco a poco ha comenzado a llegar la gente, algun@s haciendo footing, otr@s paseando a sus perros, aquell@s paseándose a sí mismos...es curioso, pero por la mañana todos parecemos normales, buenos chic@s, pero si los mismos que estábamos allí nos viésemos esta noche en el mismo sitio, haciendo lo mismo, pasaríamos a ser sospechosos de algo, a causar temor en lugar de indiferencia, es la noche y el día lo que marca nuestras vidas, lo demás son condimentos.

Al rato ha hecho su vertiginosa aparición mi objeto de deseo, ha sido un visto y no visto, corriendo sobre la hierba como alma que lleva el diablo, ni siquiera me ha dado tiempo a sacar una nuez, "¡pero será gilipollas!". Y es que para los animales siempre es de noche aunque el sol no pueda derramar más luz sobre todos nosotros, han de ser desconfiados, les va la vida en ello, "camarón que se duerme le lleva la corriente"...

En busca de la ardilla me he ido a un tercer y último sitio, algo más soleado, rodeado de árboles, junto al canal, y he quitado la música (el gran Bernard Herrmann y su prescindible "Moby Dick"); quería escuchar el concierto del parque mientras esperaba a la silenciosa solista de la función.

Pronto ha hecho aparición parte de la sección de viento, la más pesada, la más jevi, las jodidas moscas, moscardones y moscamierdas, ¡pero qué pesás que son las hijas de la gran puta, Dios!...y venga a mover el pie, y venga otra vez a la uña, una y otra vez, ni dos segundos de tregua. A un metro de mí volaban torpemente una nube de bichejos tan pequeños que no molestaban, también es cuestión de tamaño, las moscas son demasiado grandes, algo puede ser demasiado grande aún siendo pequeño, solo es necesario ser un pesado, un cansino...pero de la ardilla ni rastro.

Al final me he ido, la paciencia nunca ha sido una de mis virtudes, otra vez será, he salido al camino principal y me he encontrado con un viejo colega de juergas, me he alegrado al verle y él también, hacía mucho tiempo...

A él lo abandonó su mujer por una tía, se quedó con el hijo, con la casa, con el coche y con un tanto por ciento del sueldo de su ex, mi colega cayó en una depresión y tuvieron que medicarle, aunque frecuentemente se medicaba él mismo a base de alcohol y coca, entonces se transformaba en una bomba de relojería defectuosa. Una noche que andábamos por ahí, llorándome sobre el hombro, me dijo que se iba a pillar un pollo de grama, una botella de whisky y se iba a meter en su casa en compañía de una soga, a ver si de esa forma tenía cojones para hacerlo. Evidentemente no lo hizo, con el paso de los marrones (a cual más oscuro) terminamos por distanciarnos, mi bar no es un sanatorio, lo siento tronko, no puedes estar así por aquí...

Me enteré que había dejado toda esa mierda; aunque de baja en el trabajo se estaba empezando a cuidar, a veces lo veía a lo lejos con la bici, o caminando con su hijo...no lo molestaba, cuando alguien sale de un mal viaje no le resulta agradable ver a sus compañeros de asiento, ¡si lo sabré yo!, pero esta mañana ha sido diferente, nos hemos topado, sí, pero ha sido agradable, nos hemos visto bien y siempre es bueno ver bien a un viejo amigo, ninguno somos malos, hemos pasado malas rachas, eso es todo. Afortunadamente yo iba con las chanclas, no podía seguir su paso y tampoco era plan de que él se enfriara hablando de nada con un antiguo amigo, porque es de eso de lo que hay que hablar cuando te reecuentras con alguien que aprecias después de mucho tiempo: de nada. Ya habrá tiempo si tiene que haberlo para contarnos cosas. "Me he alegrado de verte", "yo también".


Y ya está.


Otra buena mañana, no hay ninguna mala.


Esas son las noches.

sábado, 16 de julio de 2011

LOS TANOS





"Sino te la lían a la entrada, te la lían a la salida",

es una frase hecha referida a ellos, muy de aquí, y como todos los refranes o dichos trabajan éste no iba ser menos. Ni mucho menos.

En los últimos diez años me he visto obligado a llamar a la policía en tres ocasiones: dos con gitanos como protagonistas (una de ellas ya os la conté), y una con un chaval esquizofrénico que iba hasta arriba de grama.

Naturalmente que ha habido algunas malas historias más, pero uno ya tiene su experiencia y sabe como solventarlas para salir del paso sin necesidad de llamar a nadie, cosa que, por otra parte, suele complicar más que solucionar las cosas; a la bofia hay que llamarla cuando no queda otra opción.

Un gitano va por los bares como va por la vida; es curioso, pero creo que si de verdad quieres conocer como es la gente tienes que ir por los bares. Ahí se comportan como son o peor: los bares son una mina para cualquier psicólogo de verdad, no de boquilla.

Entran y salen sabiendo que no son bien recibidos, no son tontos, no viven en la luna, no se han caído del guindo, es un sentimiento atávico que tanto ellos como nosotros lo llevamos en la sangre. Un gitano es nómada por naturaleza, porque le gusta o porque no puede ser otra cosa, por eso van de bar en bar sin echar el ancla en ninguno, porque salvo los que tengan las desgracia de aguantarlos en sus barrios, los demás no tenemos por qué ni queremos, las cosas son así, no como las cuentan en los telediarios, aunque, supongo, que tiene que ser así. Equilibrio entre verdad y mentira.

Claro está que toda generalización conlleva injusticia, eso es indudable, pero no por ello deja de ser básicamente cierto.

Antes, cuando yo era un crío, la tanada llegaba, normalmente en día de mercadillo, y a la cabeza iba el "tío" como lo llaman ellos, que no era sino el típico viejo bigotón con garrota en la mano, vestido de negro riguroso, sombrero de alla y cigarrillo de caldo, al que todos los demás obedecían sin chistar. Estaban un rato dando por culo, demasiado, y finalmente el viejo pedía la cuenta, pagaba el 20 % de más convenido sin hablarlo y se largaban. así hasta la semana siguiente.

Creo que seguirá funcionando así, por suerte hace tiempo que ya no tengo que verlos en grupo, muy rara es la ocasión en la que me toca la china, y cuando me toca veo que hasta eso están perdiendo: ya ni al "tío" le hacen caso.

Llegan, piden malamente, intentan volverte loco de acá para allá, "pónmelo en vaso", "dame otro sobre de azúcar", "dame un vaso de agua con hielo", "dame otra pajita", "cámbiame la cucharilla"...dáme, pónme, cambia. Porculear, se llama eso.

Si les haces caso malo, y se te cabreas peor; hay que hacer las cosas a tu marcha, no a la de ellos, lo haces, sí, pero tranquilitos, sin prisas, con calma, aquí estáis en mi terreno, y aunque tenga que joderme y soportaros un rato será a mi manera, con mis reglas...después la clavada del 20 % y adiós, muy buenas, hasta nunca.

Y eso cuando van en grupo, más o menos sobrios, todos juntos, pocas veces veréis a un gitano solo por los bares, normalmente en ese caso es que están borrachos, y entonces es cuando son peligrosos.

Un gitano solo y borracho te la liará seguro, ahí no queda margen para la duda, cuando veas pasar a un gitano solitario...malo. Lo mejor en ese caso es cortar por lo sano, desde el primer momento, sin contemplaciones, como le dés bola y le sirvas estás perdido, tienes el lío asegurado. De la otra forma puede que también lo tengas, pero existe la posibilidad de que se achante y se marche, son cobardes por naturaleza, por eso siempre van juntos, y cuando lo hacen solos es porque la han líado en su clan y han tenido una pelotera. Y ahora van a rematarla contigo; borrachos, por supuesto, no saben hacerlo de otra forma.

Luego están los gitanos "ricos", los que tienen negocios más o menos legales (generalmente de ropa) y ganan mucha guita, envían a sus churumbeles a buenos colegios, visten bien, se cuidan, son educados y se dejan la pasta.

Uno de estos es ocasional cliente nuestro, llega con su mujer, hijas y madre (si algo bueno tienen es el respeto que sienten por sus mayores), pide con educación y son atendidos como corresponde, tú das, tú recibes, la cosa es así de sencilla.

Es el típico gitano "guapo": rubio, ojos azules, chuleta con estilo, cuarentón, bien conservado...la mujer es una gitana guapa, pálida, estilizada, larga melena negra, lisa, brillante, de mirada triste y boca pequeña, bien arreglada...las niñas vestidas primorosamente, bonitas, y la enorme matriarca acarreando con tanto oro por todas partes que resulta difícil de mirar.

Piden lo mejor, pagan, dejan una buena propina y se van. Así da gusto.

Otra cosa es cuando el figura se junta con sus compadres de Madrid.

Suelen venir durante las fiestas, entonces manda acicalar a sus caballos preferidos y se pasean por la ciudad subidos en un carro que parece el de Ben-Hur, fumando buenos puros, con esos grandes sombreros, dando la nota...hacen las estaciones habituales antes de ir a la corrida y la nuestra suele ser la última, por lo que cuando llegan ya van cargados de alcohol y de coca, porque no veáis lo que les gusta la farlopa...

- "¡¡¡KUFISTO, KIYO, DAME UN ABRAZO!!!"

Alcohol y coca en su justa medida (algo más difícil que acertar el euromillón) hace que la gente vea el mundo como un Edén sin serpientes.

Lo primero que hacen siempre es preguntar por mi padre, "¿CÓMO ESTÁ ESE VIEJO CABRÓN?", jamás me acostumbraré a que insulten a mis padres, aunque sea de cachondeo y tal, buen rollito, pero me sienta como una patá en los cojones, en fin..."bien, como siempre, gordo, ¿y tú, tan borracho como siempre?", "¡¡¡MÁS!!!"

Piden los mejores whiskys (que luego se dejan casi enteros de tan hartos como van), vocean, gritan, ríen, fanfarronean y durante media hora se creen que están en su casa, después pagan del habitual fajazo, dejan una propina de la hostia y se largan con sus caballos y el sufrido cochero, "¡¡¡A LOS TOROS, A LOS TOROS...!!!".

Y es que no podemos ser otra cosa que lo que somos. En cuanto madre no mira tiramos de veta.


Anoche, cuando estaba a punto de cerrar, pasó una pareja de ellos. Y no de los ricos.

Él era algo más humano que un orangután, no mucho, y ella parecía sacada de las pinturas negras de Goya, aquellas horribles viejas desdentadas. El orangomán iba algo cargado:

- "DAME DOS CERVEZAS"

Se las puse, me pidió algo de pincho y les coloqué un par de pedazos de tortilla mañanera, le voceó algo a la bruja, aporreó un par de veces la barra, la vieja me llamó:

- "¿Tiés pá asé bocaíllos?" me pregunto sin dejar de masticar la tortilla, la muy puta exageraba, enseñándome esa bocaza asquerosa, esos dientes podridos que malmordían aquellas desafortunadas patatas.
- "No, me quedé sin pan". Mentira, simplemente no me salía de los cojones darle de comer a esa cosa.

Me dí la vuelta y recordé a Rachel, tenía que quitarme ese horror de encima y mi cerebro me echó una mano.

Se fueron poco después.


- "MARQUÉ...¿SIERRA TARDE?"
- "No, ya estoy terminando..."
- "TE LO DIGO PO TRAÉME UNA SINTA MÍA AHORA DEPUÉ, CANTO YO MU BIÉ..."
- "Ja"


Les encanta que no los olvides, que los recuerdes, que temas su vuelta...son como niños.


Niños mal críados.


No volvió.


Pero consiguió que escribiera de ellos.


Ahí queda eso.

viernes, 15 de julio de 2011

DIOS ME QUIERE




El día que el maldito plátano francés le marcó aquel gol fue uno de los más tristes de mi infancia...

Mi clase era inmensamente blanca; luego había algunos rojiblancos madrileños, algún que otro blaugrana y nosotros, los txuri-urdines.

Eran los primeros años ochenta, la época dorada de la Real, y nos convertimos en el segundo equipo con más seguidores, ya se sabe que cuando eres pequeño vas con los que ganan o los que pueden hacerlo, aunque el paso del tiempo y la llegada de las derrotas vitales hacen que sientas simpatías por el perdedor, al menos es mi caso, te ves más reflejado en el que cae malherido en el suelo y trata de levantarse con todas sus fuerzas que en quien lo ha tirado...el caer de los días aumentan la estima por los caídos que al menos lo intentaron.

Me hice portero porque lo veía a él; todos, hasta los madridistas, querían ser como él: valiente, noble y extraordinario.

Entonces aún se podía jugar al fútbol en las calles; se reunían las pandillas y disputábamos los partidos sobre el asfalto, los postes de las porterías eran las aceras, si el balón iba demasiado alto se consideraba que no era gol, aunque claro, todo era interpretable y venían las discusiones y las peleas, por eso era mejor marcar las porterías en las cocheras o portadas, así estaba todo más claro, pero entonces el que nos quería currar era el propietario de las mismas, así que casi siempre jugábamos sin larguero, no hacía falta, y sino nos pegábamos y no pasaba nada.

Yo estaba como una puta cabra, primera y casi única condición para todo chaval que quiera ser portero, y tanto cuando jugábamos sobre el cemento del colegio como cuando lo hacíamos en el asfalto de las calles, o en la arena de los descampados, o en las pistas del polideportivo municipal, mi actitud era la misma: para mí aquellas superficies eran como el césped de los jardines de La Granja. Algunas veces, pocas, nos íbamos al parque y jugábamos sobre la hierba, entonces nos sentíamos profesionales, era una pasada, pero siempre nos echaban, la gente andaba a lo suyo y lo que menos querían era recibir un balonazo traidor, ellos andaban metiéndose mano, o fumando, o comiéndose un bocadillo de tortilla mientras veían cagar a su perro...gilipollas, ¿cómo podía ser posible que no estuvieran dando patadas a un balón, acribillando al portero?. No podíamos entenderlo, no podía haber nada mejor que el fútbol, todo lo demás era mierda, estudiábamos para que nos dejaran tranquilos, para que nuestros padres no nos prohibieran darle patadas al balón, lo nuestro era el fútbol, punto. Lo demás no nos interesaba.

Realmente cuando tienes nueve, diez, once años eres de goma, no tienes huesos, y si los tienes son elásticos, irrompibles...eres una esponja, un airbag de sangre caliente, nada puede romperte, ¡la de cabezazos que me habré dao con los bordillos!, ¡si tendría que haberme reventao el cráneo!. Magulladuras, chichones, algún que otro esguince que no te impedía seguir haciendo el animal hasta que terminabas y llegaba la noche y aquello se quedaba frío...nada, no pasaba nada, hubieran tenido que cortarnos las piernas, recuerdo que a veces mi abuelo se asomaba a la ventana para vernos, se ponía malo, "¡¡¡PERO KUFISTÍN...NO TE TIRES ASÍIII!". Me daba lo mismo, no le hacía caso ni a él, y sino se lo hacía a él no se la hacía a nadie. Derrotado, dejaba de mirarnos, supongo que se ponía a rezar para que no me abriera la cabeza, se ve que le escucharon, Dios escucha a los buenos. Y les hace caso.

Llegó el Mundial 82, ¡qué ilusión teníamos!...pero la cagamos, no salió bien, ninguno estuvo a su altura, ni siquiera Él, en fin...pero dos años después tocamos la gloria con las yemas de los dedos.

Jamás olvidaré el partido decisivo contra Alemania, estábamos obligados a ganar, los germanos eran los subcampeones del mundo, tenían un auténtico equipazo, con aquel enano cabrón, Littbarski...¡qué bueno era el jodío!.

Como siempre, lo ví con mi abuelo...jamás he visto a nadie parar lo que Él paró ese día, fue increíble, memorable, le dieron cuatros ases en el As, lo nunca visto. Sí, Maceda marcó el agónico gol de la victoria, con ese tremendo cabezazo, ¡la furia española, coño!, pero antes Él paró lo que no estaba escrito, los alemanes se llevaban las manos a la cabeza, desesperados...inolvidable.

En semis nos esperaba Dinamarca, una verdadera máquina, el equipo revelación, y les ganamos en los penaltis, estábamos en la final, otra vez Él, otra vez el puño cerrado al aire cuando fallaron su último lanzamiento...yo era el chaval más feliz del mundo.

Final en París, contra la Francia que tenía el mejor jugador de la época, otro super-equipo, y allí estábamos nosotros, los españolitos, para demostrarles quienes la tenían más grande, ¡a por ellos!.

Cuando le metieron ese gol...me quedé como si me hubieran dicho que mis padres no eran mis padres, que Dios no existía y que me iba a morir esa misma noche. No me lo podía creer. El resto del partido estuve rezando para que empatáramos, para que Él se resarciera con un partidazo, para que llegáramos a los penaltis y Él los parara todos, para verle recoger la Copa de Europa...nada de eso pasó, cuando terminó rompí a llorar como pocas veces lo he hecho en mi vida, era imposible, la vida no era justa, me habían mentido, los buenos no siempre ganan, me habían mentido, todo era una mierda...ahí se me cayó la primera venda de los ojos.

Al día siguiente se montó la mundial en el colegio, me pegué con mil y la madre, "¡ARCOMANTA!", no podía soportarlo, estaban pitorreándose de mi Ídolo, hubiera preferido que me arrancaran el corazón a quedarme con las manos cruzadas, acabé fostiado, agotado, reventado...pero no me escondí, era lo menos que podía hacer por Él en ese asqueroso día. Y lo hice.


Hace unas semanas estuve hablando de Él con un cliente y amigo; para mi sorpresa me dijo que lo conocía, que lo veía de vez en cuando por motivos de trabajo, tiene negocios con sus hermanos y en ocasiones Él iba con ellos, que la próxima vez que lo viera le iba a pedir un recuerdo para mí...


Ayer vino mi colega al bar:

- "Kufisto...ven un momento"

Llevaba una bolsa de la Real Sociedad, "mira dentro"...un banderín con el escudo y algo escrito con rotulador:

- "Para Kufisto con afecto de su amigo...". Y Su firma.

Se me pusieron los pelos de punta.

- "Y en septiembre casi seguro que lo traigo a tu bar"


Habrá que aumentar la dosis de nueces.


Por la patata, digo.

miércoles, 13 de julio de 2011

EL TÍO VICTORIANO





No era tío nuestro, pero entonces les llamábamos así a todos aquellos viejos que eran amigos de la familia desde siempre.

Durante mucho tiempo no tuve claro el por qué a algun@s los llamábamos tí@s. Solían venir al pueblo en verano, durante sus vacaciones, pero yo no me aclaraba; era un niño y le preguntaba a mi padre: "pero si éste no es hermano tuyo...¿por qué le llamamos tío?", "se crió en casa del abuelo, con todos nosotros, su padre era primo del abuelo, murió muy joven y se vinieron a vivir con nosotros, así eran las cosas entonces...". O sea que era el hijo del primo de mi abuelo, o algo así. Nunca me he aclarado con esas cosas: yernos, suegros, cuñados...El caso es que si mi padre decía que era mi tío significaba que era mi tío. Y encima me caían bien y nos traían cosas de Madrid, así que cojonudo...eran mis tí@s.

Victoriano no tenía ningún lazo de sangre con nosotros; pero como el roce hace el cariño, y más que rozarnos estábamos pegaos, era un tío más de mi padre, de mi madre, de mis hermanos y de mí mismo. Curiosas familias las de entonces.

Era un hombre alto, muy alto, calculo que debía llegar al metro noventa, lo que para alguien nacido años antes de que Lenin liara la de dios es cristo en la Madre Rusia lo convertía en un gigante. A pesar de sus años (más de 70 cuando me dí cuenta de quién era) aún caminaba más tieso que un ajo de Las Pedroñeras; ayudado por una garrota, sí, pero bien derecho.

Tenía la cabeza grande, alargada, caballuna; ancha frente y prominente nariz; labios finos y mejillas increíblemente coloradas para su edad; algún pelo todavía rubio bajo su sempiterna boina; delgado pero no amojamado; manos grandes, huesudas, bien cuidadas, "de pianista"; manos de hombre que no había cogido un azadón en su vida, manos extrañas para un hombre de aquella época. El semblante serio, digno, concentrado; la gente lo saludaba y el respondía a la mayoría con un parpadeo que apenas se vislumbraba entre el espeso humo que salía de sus labios; siempre estaba fumando, calisqueños o caldo de gallina, un tabaco que apestaba, al menos para mí, un tabaco natural como lo era todo entonces. Había poco de todo pero lo que había era natural; era lo que era y no cualquier otra cosa.

Y es que lo natural no tiene por qué ser agradable.

Vivía cerca de nuestro bar con una de sus hijas. Extrañamente su mujer había muerto antes que él. Llegaba a primera hora de la mañana, se tomaba su café, su copita, encendía su puro y esperaba a que mi padre lo mandara a cualquier recado, o pasaba a la cocina para echar una mano pelando patatas y gambas, batiendo huevos, o picando cebollas, ajos...lo que fuera; él se entretenía y se sentía útil y necesario, cosa que, creo, es lo que más puede desear un viejo.

No sé qué tendrían todos aquellos hombres en contra de beber agua, pero a Victoriano jamás lo vi beberla; por contra adoraba el vino blanco. Bien frío y bien lleno.

Una mañana que salí del colegio me pasé como de costumbre por el bar para pillar el periódico y llevármelo a casa. Entré a la cocina, saludé a Victoriano y a Manolo, el joven camarero que teníamos, quien, como de costumbre, me pellizcó la mejilla hasta hacerla enrojecer. Cogí un trozo de tortilla recién hecha que sabía a gloria bendita. Comiéndola estaba cuando Victoriano me dijo:

- Kufistín, pasa a la barra y dile a tu padre o a Manolo que te den un vino para mí

Obedecí como buen chico que era. Pasé a la barra y le dije a Manolo que me diera un vino para Victoriano; pilló una copa de vino y echó el chato normal, de rigor; regresé a la cocina y lo dejé sobre la mesa en la que Victoriano andaba batiendo unos huevos para la siguiente tortilla al mismo tiempo que la ceniza de su caldo de gallina estaba que si sí o que si no se suicidaba sobre las yemas de huevo.

- "Ahí lo tiene, tío Victoriano"

Cuando lo vio...me miró y a grandes voces dijo:

- ¿PERO TE QUIERES REÍR DE MÍ?

Yo me quedé blanco.

- No...no...no sé
- ¿LO HAS PUESTO TÚ?
- No...no...ha sido Manolo...
- ¡SERÁ CABRÓN!

Y en ese momento se oyó la carcajada de Manolo, que había estado observándolo todo.

- Vengaaaaa...vaaaaa...deje al chico que ahora mismo yo le traigo el suyo...

Y regresó con un vaso de tubo lleno hasta el borde. Victoriano se levantó de la silla y, mirándonos, se lo bebió de un solo trago. Manolo se desgüevaba: "ya lo sabes para la próxima, Kufistín" Y volvió a pellizcarme la mejilla.

Jamás volví a equivocarme.

Victoriano tenía una salud de hierro; la verdad es que todos aquellos viejos eran portentos de la naturaleza. Y era normal: lo difícil no es sobrevivir a una guerra, eso es cuestión de suerte más que de otra cosa, lo verdaderamente jodido debe ser sobrevivir a una posguerra, cuando no hay de nada más que hambre y miseria; por eso solo los más fuertes salen adelante, por eso si consigues salir vivo de una situación así ya no le tienes miedo a nada ni a nadie. A una vieja amiga de mi abuela la oí decir en una ocasión: "Yo veo un muerto andando por la calle y no me asusto". Y sentías que era verdad.

Unos años después empecé a ayudar en la terraza durante los veranos; catorce añitos, un beibi, pero ahí andaba yo con la bandeja, "con cuidao" Era divertido...Antes que llegara la gente solía salirme afuera para fumarme un cigarrillo. Mi padre ya sabía que fumaba, seguro, los padres lo saben todo, pero había que tener un respeto, no ibas a estar con el pito colgando delante de tu viejo...Después salía Victoriano, nos sentábamos en los barriles, a la sombra, él se rulaba un caldo de gallina y me contaba historias de su vida, eran buenísimas, no podía creerme que un tío tan serio como él, al que todos trataban con un respeto rayano en la devoción, le hablara de esas cosas a un chaval como yo.

Recuerdo dos que no olvidaré mientras viva.

Una estaba ambientada en la guerra, pero no creáis que se trataba de algún acto heroico o algo así...Bueno, sí, bien mirado puede resultar hasta heroico.

Mi tío Victoriano estaba trajinándose a la mujer de su capitán y éste le pilló. Tuvo suerte que no llevara encima su arma porque en caso contrario allí hubieran terminado sus correrías, pero lo encerraron en el calabozo y le iban a meter un paquete del copón cuando el pobre cornudo murió en acto de servicio. Poco después la guerra terminó y todo quedó en el olvido. Había que verlo contando aquello, como hablaba de aquella mujer de generosas carnes, "su marido no le hacía caso", decía mirando al frente, a lo lejos, recordando...

La otra era la del barco negrero.

Después de la guerra, y viendo que aquí no había nada que rascar, se fue para el África española. Allí vio su oportunidad en el comercio de esclavos, todavía funcionaba (y supongo que seguirá funcionando) en esa tierra sin ley que es África. Por supuesto, el asunto estaba penado, te la jugabas, pero Victoriano no tenía miedo y sí ganas de tener mucho dinero. Y ésa era la forma más rápida de conseguirlo.

- Llené un barco de negros...y cuando estábamos a punto de llegar al destino el barco se fue a pique. Tuvimos que saltar en los botes salvavidas...penamos lo que no está escrito pero alcanzamos la costa...
- ¿También los negros?
- ¿Los negros? no, esos se quedaron en la bodega...

Machín todavía no había maraqueado por España sus "angelitos negros" Eran los años cuarenta. En los civilizadísimos Estados Unidos de los 60 aún andaban colgándolos de los árboles...

Regresó a España y se hizo tratante de ganado; ganó mucho dinero y se pulió el doble en mujeres, cartas y fiestas, aunque eso no me lo contó él.


Una mañana vimos que tenía mala cara: "¿Está bien?"...No, no estaba bien. Mi hermano Iván y Manolo lo acercaron a su casa y su hija lo llevó al hospitalillo.


Dos días después murió; le sacaron todas las enfermedades posibles en los análisis; no existía una que no tuviera...Pero cuarenta y ocho horas antes de estirar la pata aún seguía respirando tabaco y bebiendo buen vino fresco.


Cuando llegamos al tanatorio su hija nos abrazó y nos preguntó que si queríamos verlo. Yo y uno de mis hermanos le dijimos que sí; descorrieron la cortinilla, "llorar no es de hombres"...Entonces lo vimos todo lo largo que era, amortajado, esas grandes manos unidas...Cogí mis quince años y salí corriendo hacia afuera para llorar a gusto. No quería hacerlo delante de él. No quería hacerlo delante de nadie.

"Llorar no es de hombres"...


Pero no me dio tiempo.

domingo, 10 de julio de 2011

DOMINGO





Era uno de los mejores camareros de la ciudad, trabajaba en una afamada cafetería a la que nuestro padre solía llevarnos cuando éramos pequeños, lo mejor del lugar por aquel entonces, a nosotros nos hacían la ola, todos se desvivían por atendernos...y es que mi padre era la hostia, es la hostia, yo lo veía como algo normal, tanta atención y amabilidad, pero no, no era normal...mi padre no era ningún millonario, manejaba pasta, como tantos otros, pero lo que le diferenciaba era la clase, el estilo, el saber estar con unos y con otros, con el rico, con el pobre, con el que se las daba y con el que fuera...mi padre siempre era el mismo con todos ellos, no fingía ser otro, no pretendía que lo tomaran por otra cosa, siempre ha ido de cara por la vida, con naturalidad, sin miedo, como hay que ir, el personal enseguida se da cuenta si es real o fingido...pero hoy toca hablar de Domingo, de Dominguito.

A mi padre le haré la ola en otra ocasión. Y será un tsunami.

De todos los camareros que trabajaban allí recuerdo perfectamente a dos: uno, Vicente, "el tuerto", y el otro, Domingo.

Un gran bigote, nietzscheziano, eso era lo primero que veías en él, bajito, ojos pequeños, nariz maldeniana, perpetuas ojeras, carrillos colgantes, poquita cosa, pero como todos los bajitos se hacía notar, no les queda otra, él lo conseguía hablando fuerte, casi gritando, un tanto afeminadamente, se hacía el serio, el circunspecto, era un camarero de los de antes, de la vieja escuela..."LO DEL SEÑORRR, LO DE LA SEÑOOORA, LO DE LOS ¡NIÑOS!..." e iba dejando los servicios como si no nos conociera de nada, "venga, Dominguito, déjate de cachondeos..." le decía mi padre, y entonces Dominguito se reía fuerte mientras se marchaba.

Mucho tiempo después, una tarde que estaba trabajando, me dijeron que lo habían visto chupándole la polla a un chaval a plena luz de la mañana, en un banco, borrachos perdidos...yo no me lo podía creer, "¿en serio?", "yo lo he visto".

Aquello fue un bombazo.

Durante mucho tiempo se habían oído comentarios sobre él, que si era maricón, que si esa forma de hablar no era propia de un hombre, que si patatín, que si patatán...a la gente le encanta largar, y si es mal, mejor; pero el hecho era que Domingo estaba casado, tenía dos hijos y era habitual del puticlub oficial, eso lo sabían todos los que iban por allí, pero claro, yo te tapo, tú me tapas, así funciona ese rollo, "si me vistes es que tú también estabas", mejor callar...

Pero ahora las insidias se habían transformado en hechos. Demasiado para el marujeo de ambos sexos.

Su mujer, al enterarse, lo echó a la puta calle, le dió por beber malamente y terminaron por echarle del trabajo, en ningún sitio lo querían, tuvo que ponerse a vender lotería nacional, iba por todos los bares ofreciéndola:

- "Domingo, ¿eres gay?" le preguntaba el gracioso habitual.
- "NO. ¡SOY MARICÓN!"

Ja ja ja.

Ja.

Antes no era como ahora, que ser gay parece hasta una bendición, antes, y más en una pequeña ciudad donde casi todos conocen a casi todos, eso era una condena, un estigma, una cruz.

Yo no sé si Domingo fue gay siempre o si lo que le pasó fue que tuvo una mala borrachera y cometió una estupidez de la que luego se arrepintió, eso es cosa suya, ni se lo pregunté ni, a estas alturas, se lo voy a preguntar; lo que si está claro es que se lanzó a calzón quitado hacia su descubierta orientación sexual, era un espectáculo ver los gestos que les hacía a los chavales que le gustaban, normalmente pasaban de él y se reían, pero otros no, otros le inflaban a hostias por dudar de su hombría, ya sabéis que quien duda es porque no está seguro, así que aquellos que le pegaban seguramente lo hicieran por no pegarse a ellos mismos. Cosas del subconsciente.

Era diabético y a veces le sacudía una buena subida de azúcar de tanto como bebía, RAF, lo llamaba él, ginebra con coca-cola y rodajita de limón, muy setentero, el puto cubalibre de toda la vida hasta que algún listo nos descubrió que en lugar de ginebra era con ron, la cuestión es darle vueltas a la peonza...

Yo lo veía a diario, con su lotería, su bigotazo y su cara de kamikaze, cuando alguien lo pierde todo se le pone esa cara, pero siempre estaba más o menos bien, en su línea, a su marcha...una tarde lo ví muy serio, decaído, incluso triste, hablaba bajito.

- "¿Qué te pasa, Domingo?"

Venía de ver desde una esquina como su hija salía de la iglesia de la mano de su marido.

No le habían invitado, su mujer y su hija no podían ni verlo, con el hijo si mantenía algún contacto, e hizo lo que suelen hacer quienes están tan mal que no se pueden creer que se puede estar peor: dar un paso más hacia el desfiladero, a ver si ya te caes de una puta vez o se te para el corazón al ver el negro abismo.

A Domingo no se le paró, se le rompió. Aquella noche se pilló tal borrachera que lo tuvieron que llevar a Urgencias.

Pero está visto que tenemos más aguante del que pensamos, se rehizo y volvió a lo suyo, a ir vendiendo lotería de bar en bar por el día y a mariconear por las peligrosas noches de la estación de ferrocarril.

Recuerdo que un año llegaron las fiestas y en el último momento nos fallaron un par de cabrones; necesitábamos gente y casi no disponíamos de tiempo para encontrar a alguien medianamente profesional para salir del atolladero. Me acordé de Domingo y se lo dije a mi padre, "pregúntaselo" me dijo.

Llegó por la tarde, a la hora de costumbre:

- "PONME UN DESCAFEINADO CON SACARINA, KUFISTÍIIIN"
- "Oye, tengo que preguntarte una cosa..."
- "QUÉ"
- "Necesitamos gente para estos días y hemos pensao que tú podrías echarnos una mano..."

Me miró como si no me hubiera oído. Después de un rato, emocionado, me dijo:

- "Ya no puedo, Kufisto...ya no puedo...casi no puedo andar...pero gracias, muchas gracias..."


Quizá ya no recordaba que había sido uno de los mejores, quizá ya no recordaba cuando todos iban a tantearle para que se fuera a trabajar con ellos, quizá ya no recordaba que gracias a su trabajo pudo sacar adelante a su mujer y a sus hijos...pero sí, sí lo recordaba.


En caso contrario no se hubiera echado a llorar porque alguien le había recordado que aparte de ser un MARICÓN había sido uno de los mejores CAMAREROS de la ciudad.

viernes, 8 de julio de 2011

ÁNGEL





Cuando la primera noche de tu luna de miel la pasas en una casa de putas...mal empiezas. Y es que a los gitanos no hay que hacerles mucho caso; y menos aún si les da por filosofar.

Allí pasaron su primera noche como marido y mujer mi amigo Ángel y señora.

Barcelona, años cincuenta, una pareja de pueblerinos bajan del tren después de un interminable viaje, salen de la estación y pillan un taxi, "llévenos a una buena pensión", le dice mi amigo, el tipo arranca la tostadora e inicia el viaje hacia la noche de la extraña pareja, después de dar las mil vueltas de rigor los deja ante un edificio, "aquí estaréis bien", mi amigo le suelta una propina, "que no se diga", y excitado agarra a su mujer, pasan para adentro, piden una habitación y la sube en volandas deseoso de hacerla ver las luces de colores..."deja que me asée", le pide su virgen, "no tardes", se lía un cigarrillo, lo enciende y en esas está cuando comienza a oír jadeos, risas, escaleras arriba y escaleras abajo, jarana, portazos, más risas...sorprendido va a la puerta para ver que pasa, y cuando la abre y ve dónde se ha metido recuerda al taxista, y a la madre del taxista, y al padre del taxista, y a la mujer del taxista, y al copón bendito que los había parido a todos...les había llevado donde las putas se trajinaban a sus clientes. Al salir su mujercita del baño, asustada, le pregunta, "¿dónde nos hemos metido, Ángel?", y mi pobre amigo no sabe qué decirle, ella se da cuenta y rompe a llorar, él la abraza, ella lo rechaza, él piensa en cogerla e irse de allí, pero es muy tarde, están en otro planeta y aún no se cree lo que les está pasando...pasó toda la noche tirado a los pies de la cama oyendo los lloros de su santa.

Ángel había nacido el día que se proclamó la II República, cosa que solía recordar con una pícara sonrisa, "así salí yo...", pasó la guerra, y empezó las posguerra, los años del hambre y las cartillas de racionamiento, su padre lo metió a trabajar en el mercado cuando debería haber estado aprendiendo a sumar y allí aprendió todo lo demás, todo lo necesario, lo básico: que si no se espabilaba se lo iban a comer las moscas. Y espabiló. Al menos allí estaba la poca comida que había y un chico listo podía atiborrarse de plátanos si sabía cuando podía hacerlo, rápidamente, engulléndolos como si fuera un pato, si lo veían lo inflaban a hostias, pero el hambre tiene que ser muy mala, tanto como para preferir que te puedan dar una paliza a seguir con el estómago vacío.

Con el paso de los años abrió una pescadería con su hermano mayor, se casó y llegaron los niños, uno tras otro, entonces un polvo sí que era situación de alto riesgo, "la jodienda no tiene enmienda", ahora sí que la tiene pero antes no, el marido trabajaba y la mujer embarazeaba hasta que la edad o algún problema se lo impedía, a la de Ángel le llegó con el quinto, supongo que darían gracias a Dios, por muy jodido que estés siempre hay que darle gracias a Dios, no sea que se mosquee y encima te regale un cáncer, hay que agradecerle hasta las desgracias, por lo que pueda pasar...Dios es el que reparte las cartas y conoce bien la baraja, así que mejor no juegues con Él.

"El día que nacistes armamos una buena..." me dijo en una ocasión, yo era el primógenito y mi padre un figura, un artista, puedo imaginarme perfectamente la que se lío sin que jamás me lo contara, el primero y un chico...

Ángel siempre andaba por el bar, o estaba en la pescadería o por los bares, en su casa paraba poco, para dormir en el camastro que le dejaron en un rincón, llegó un momento en el que su mujer no podía ni verlo, y como entonces no podían separarse tenían que tragar, vivían en la misma casa pero no se veían, se decía que era por culpa de Ángel, que había desatendido la casa y los niños, que casi todo lo que ganaba se lo pulía en juergas, que no era un buen padre ni un buen marido, que era un desastre de hombre en resumidas cuentas...a mí me caía bien, a mí siempre me cayó bien, yo no soy quien para juzgar a nadie, no estaba allí, no ví lo que pasaba, no conocí a su mujer durante todos aquellos años, a sus hijos los veía alguna que otra vez, pocas, pero yo siempre veía y hablaba con Ángel. Y era un tío cojonudo.

Era bajito, cabezón, ojos pequeños y una gran nariz, fuerte de pecho, buenas espaldas y manos de pescadero, hinchadas por el agua y el frío, con unos dedazos enormes, como morcillas, te cogía la mano y no la veías, a veces apretaba, de broma, y parecía como si unas tenazas estuvieran estrujándote los dedos, él te miraba con su eterna sonrisilla, veía como enrojecías y la soltaba, "Kufistín, Kufistín...".

Los últimos años de su vida laboral los pasó trabajando en la pescadería de una ricachona amiga suya, así pudo cotizar algo, y otro amigo le preparó los papeles del tal forma que le quedara una pesioncilla medio decente para su jubilación, él jamás había pagado a Hacienda cuando tenía su negocio, en aquellos años las cosas funcionaban de otra forma, no había máquinas que supieran hasta las veces que meabas y todo consistía en darles algo de dinero a los recaudadores cuando hacían acto de presencia en el pueblo; iban al Ayuntamiento y citaban a los autónomos, éstos les daban lo que podían y los dejaban en paz, con los años la cosa fue perfeccionándose y empezaron a pedir los libros de cuentas, Ángel me contó que en una ocasión uno de aquellos capullos no estaba conforme con lo que le daba, le pidió el libro de cuentas, mi amigo tenía un mal día y el negocio no marchaba bien, y para colmo ahí estaba ese capullo de la capital pidiéndole explicaciones...salió bufando del Ayuntamiento, fué al puesto, cogió un papel de estraza, garabateó cuatro números ininteligibles y con el sucio mandil de trabajar volvío a ajustar cuentas con ese maldito imbécil, "¡ahí tienes mi libro de cuentas!" le espetó, el otro lo miró y dijo algo así como que eso no era serio, entonces Ángel, condenao y hasta los güevos, le dijo quitándose la correa: "¡QUÉ QUIERES! ¿DARME POR CULO? ¡¡¡NO VES QUE NO PUEDO PAGARTE MÁS!!!". El otro al verlo le dijo que estaba bien, que les diera lo que pudiera...otros tiempos, otros hombres.

Yo hablaba mucho con él, era muy joven y exaltado, para mí todo era blanco o negro y él siempre intentaba hacerme entrar en razón, hacerme ver que la vida no era tan sencilla, que había que ser buena gente, no un cabrón, no quererlo todo para uno, que todos teníamos derecho a un trozo de la tarta...un viejo hablándole a un chico, alfiles de distinto color.

Las mujeres le gustaban con locura, las mujeres con carnes, "donde te puedas agarrar", es curioso, a todos aquellos hombres les gustaban las mujeres rollizas, con kilos de más se diría ahora, a ellos no les sobraba ninguno, renegaban de las flacas, "piel y huesos", Ángel ya era viejo y no se le ponía dura, "ya no hay nada que hacer" me decía con su sonrisilla, pero cuando pasaba alguna mujer de aquellas yo veía como la miraba, después él me miraba a mí y sin decir nada nos reíamos...había sido muy mujeriego, muy follarín, y puede que el nabo estuviera muerto pero el deseo seguía ahí, mordiéndole las pelotas...

Solo le ví perder la sonrisa en una ocasión, una noche en la que un amigo suyo, veintitantos años más joven, completamente borracho, le echó en cara lo de su familia, lo hacía a menudo, era un poco gilipollas cuando bebía y Ángel pasaba de él, no le hacía caso...pero aquella noche algo se le rompió por dentro al oír eso, lo enganchó por el cuello con la mano izquierda, lo estampó contra la pared y elevó su puño derecho para reventarle la cabeza, en el último momento bajó el puño y lo soltó, el borracho cayó al suelo, la cara blanca, acojonado, miré a Ángel y ví su mirada, jamás se la había visto ni se la volví a ver, daba miedo, no era él..."si vuelves a decirme eso te mato" le dijo jadeando, después se fue y todos nos quedamos a cuadros, estuvo varios días raro pero al final se le pasó, aquel imbécil volvió a meterse con el tema alguna que otra vez, siempre borracho, pero mi amigo no le mató, no cumplió su palabra, simplemente aquella noche algo le había crujido por dentro, y es que hay que tener cuidado con lo que se dice, cuando se dice y cómo se dice, aunque al otro se lo hayas dicho un millón de veces antes.

Un incipiente Parkinson hizo que en los últimos años de su vida la cabeza se le moviera como un muñequito de esos que al tocarlo no deja de moverse. En lugar de ir al médico lo sosegaba con su alcoholismo, un curioso alcoholismo porque en todos los años que le conocí jamás lo ví borracho, sabía retirarse, sabía beber, pero no había probado el agua desde que era pequeño. Una vez lo ví con mala cara y le pregunté qué le pasaba, en voz baja me dijo que hacía una semana que no "hacía de vientre", le escribí en una servilleta el nombre de unas pastillas que mi madre tomaba para el asunto y se fue a la farmacia...al rato vino:

- "Kufisto, ¿son éstas?"
- "Sí Ángel, ésas son, tómate una, ¿quieres un poco de agua?"
- "No...dame un chato"

Se lo puse.

Al rato lo miré y me fijé que movía la boca como si estuviera chupando un caramelo...

- "¿Qué haces?"

Y se señaló la boca. Estaba chupando esa mierda.

- "¡Pero tragátela!"

Lo hizo.

- "¡Qué mal sabe!"
- "¡Pues claro que sabe mal, eso es para tragar, no para chupar! ¿es que no te has tomado una pastilla en tu vida?"
- "Nunca"

Me quedé loco.


Cuando murió, su familia lo enterró tan malamente que recordé aquella escena de los Simpson donde Homer imagina su entierro: una excavadora lo echa en un hoyo, unos tipos le tiran arena encima, se largan y enseguida llegan los perros para devorar las piernas que han quedado fuera.


Al menos a él lo habían enterrado entero, no se veían perros alrededor, solo estaba yo y el ocaso de un día de noviembre, junté las manos y recé un padrenuestro. Cuando me iba recordé una cosa que me dijo una lejana noche de verano.


- "Kufisto"
- "¿Qué, Ángel?"
- "Todo es mentira, menos la jodienda."


Para el hombre que soñaba con ser invisible.


Seguro que para comprobar si los demás eran tan buenos como decían.

jueves, 7 de julio de 2011

PEDRO





Tenía una hermana gemela a la que adoraba aunque yo no entendiera el por qué: se había casado con un ciego (como lo era su padre) y se habían largado para Sevilla, dejándole el muerto de la vieja madre viuda a él.

Cosas de gemelos.

Conocí a Pedro desde que tuve uso de razón, tenía un kiosko de prensa que había heredado de su padre cerca de nuestro bar; supongo que entonces, cuando la ONCE no existía, esas cosas se dejaban para la gente que de alguna u otra manera estuviera impedida. Yo salía del colegio e iba a comprarle la prensa para el bar, prensa que unícamente se reducía al As y que, invariablemente, me llevaba a mi casa para devorarlo con la comida, así que los clientes disponían de no más de cinco minutos para leer las noticias deportivas, lo que tardaba en beberme una coca-cola, picar algo y llevarle un par de botellines bien fríos al kiosko. Eran los primeros años de los ochenta y entonces la gente podía vivir sin noticias. Aunque ahora nos parezca increíble.

Por aquel entonces yo tendría diez años y Pedro andaría por los treinta.

En esta vida hay trabajos duros, trabajos jodidos y trabajos aburridos. El de Pedro era de los últimos. Un hombre joven y sano no sueña con meterse en un cubil donde solo cabe un taburete y verse rodeado de papeles y monedas para el cambio, pero como de algo hay que vivir y su madre todavía respiraba no podía dejarlo, así que se resignó a su suerte y la endulzó con alcohol: en lugar de los pedales del piano que tanto le gustaba pisoteaba botellines vacíos. Retornables, por supuesto.

Su madre murió y él dejó aquello; sabía de fontanería y hacía chapuzas por las casas, aunque lo que de verdad le gustaba era ir de bar en bar, y más que ninguno el nuestro. Para mí era como uno más de la familia. Y es que entonces las familias eran muy grandes.

Cuando yo empezé a revolotear por el bar, a eso de los catorce años, él ya se dedicaba casi por completo al bebercio. Mi padre (que era siete años mayor que él) le echaba unas buenas broncas de vez en cuando, Pedro lo escuchaba y agachaba la cabeza, tenía a mi viejo por un hermano mayor y no decía ni mú, era curioso ver como ese gigante de metro noventa se encogía ante un hombre que no llegaba (llega) al metro setenta. Pero las medidas y los pesos solo sirven para los mercados. La vida es otra cosa.

Poco a poco se abandonó, se "dejó" como decía él; unas enormes y descuidadas barbas (así empezaron a llamarle muchos) ocultaban su bello rostro casi por completo, vestía malamente y no daba un palo al agua, se convirtió en nuestra "mosca de bar", nos echaba una mano en los recados, en la cocina, en lo que fuera...y él bebía toda la cerveza que quería (mucha) y comía lo que podía (poco) de gratis. Se estaba convirtiendo en un alcohólico.

Pero aparte de ser un alcohólico era una de las personas más honestas y buenas que he conocido en mi vida.

Un alcohólico puede perfectamente no ser un borracho; un alcohólico bebe porque ya no puede funcionar sin hacerlo, pero no se emborracha, no pierde los papeles, no llora por las esquinas...un alcohólico es un hombre que en lugar de comer para vivir, bebe para vivir, no para divertirse o ser sociable, bebe para seguir de pie.

Su alcoholismo no era de licores duros, únicamente se tomaba un par de coñacs cuando llegaba por la mañana para aplacar la temblaera. Después sólo cerveza. Y muy raramente, cuando terminábamos de trabajar y nos íbamos por ahí, se bebía algún cubalibre. Entonces sí, entonces se emborrachaba malamente y le pasaba lo que le pasa a los borrachos: que al día siguiente ven moratones y no recuerdan como se los han hecho. Si alguno de ellos estaba en el ojo entonces sabía que alguien le había dado una hostia. Y eso le pasó muy pocas veces, tampoco era para tanto; aparecía muy serio, callado, lo veíamos y nadie preguntaba nada, ¿para qué?, no hay que preguntar tanto, eso es algo propio de estúpidos.

Ya os he dicho que era un hombre alto, fuerte, de anchas espaldas y grandes manos; cuando se afeitaba para alguna ocasión excepcional (alguna boda o algo así) y se ponía un traje parecía una estrella de cine, a mí me recordaba al William Holden de "El crepúsculo de los dioses", con esa ancha mandíbula y el hoyuelo en la barbilla. A pesar de la mala vida que llevaba, cuando se arreglaba causaba impresión, yo me daba cuenta de como le miraban las mujeres, incluso hasta las que lo conocían.

Pero a él le daba igual.

Me lo contó una noche de borrachera. Era un tío muy reservado, no le gustaba llorar en hombro ajeno, orgulloso como él solo y poco amigo de miradas conmiserativas a las que respondía echando fuego por sus ojos.

Sí, una mujer del pasado a la que seguía viendo a diario. Pero ver no es tener. En ese caso es mejor no ver.

La casa en la que vivía, la casa de sus padres, era una vieja casa grande con un jardín que lo fué en la parte de atrás, en aquellos días era una auténtica selva por lo descuidado que lo tenía. Una casa tan grande llena de recuerdos para una persona que vive sola se convierte en un estrecho ataúd, por eso solo iba allí a dormir. Y por eso tenía que beber para poder hacerlo.

En el pasillo de entrada, a la izquierda, tenía un piano desvencijado que solíamos aporrear alguna que otra noche que íbamos allí para tomar la última. A pesar del mal estado de conservación todavía podía arrancarle algunas dudosas melodías, recuerdos de una infancia tan lejana que ya no recordaba bien las canciones aprendidas, era un show verlo tocar iluminado por la vela de rigor, casi siempre tenía la luz cortada y no aceptaba que le diéramos dinero para pagarla, mi padre tenía que hacerlo a escondidas cuando se enteraba, él lo sabía, seguro, pero no lo pedía, si a un hombre le quitas su orgullo le quitas todo.

En todas las paredes había cristos colgados, cuadros de vírgenes y santos, sus padres habían sido muy religiosos y él también lo era, a su manera pero lo era. Durante un tiempo nos dejó las llaves de su casa a mi hermano y a mí, para nuestros ligues o para lo que fuera, para tener un sitio donde ir en esos momentos, todavía no teníamos edad para el carnet de coche...era flipante ver las caras de las chicas cuando veían todo aquello, "¿pero quién vive aquí?", "es igual...déjame...".

No duró mucho, los vecinos se enteraron y no les hizo gracia, era el barrio más antiguo y conservador de la ciudad, pronto tuvimos que cambiar los colchones de plumas por la hierba del parque.

Hablando de su religiosidad...solamente le veía llorar un día al año a la misma hora: el Viernes Santo y la procesión del Santo Entierro.

Toda la comitiva pasaba delante de nuestro bar y dentro de ella el Cristo yacente; cuando veíamos que se acercaba, mi padre mandaba apagar casi todas las luces y no se servía a nadie hasta que pasara el Cristo, cosa que tampoco era necesaria porque todo el mundo salía a verlo, también nosotros, un pequeño respiro en ese día de locos que era el Viernes Santo para los bares de aquí. Salíamos para fuera y veíamos a todo el capullerío local al frente, daban asco hasta en ese sagrado momento, no es que yo creyera mucho o no, pero era realmente emocionante VER ese silencio...cuando el Cristo pasaba ante nosotros yo invariablemente le echaba un vistazo a Pedro, ya sabía lo que me iba a encontrar pero también me resultaba hasta hermoso de ver...


Ese alcohólico, ese hombre solitario, ese tipo duro que a veces echaba fuego por los ojos, ahora los tenía arrasados por las lágrimas...


Entonces a mí se me ponía un nudo en la garganta y volvía a mirar al Cristo muerto.


Aquello parecía un campo de cebollas.



Hace más de diez años que el puto bicho te llevó con Él.



En tu memoria.