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sábado, 17 de agosto de 2019

NARCOTIZA A TU GALLO

La luna llena estaba empezando a perder su batalla de siempre contra el sol ante la indiferencia general. Borrachos y basureros se apiñaban en la pequeña terraza de la bien iluminada churrería en busca de harina frita en aceite requemado, unos para acabar la noche y otros para empezar el día que llegaba. En la penumbra del paseo que rodea el parque una gata trotaba tan cautelosa como todas las mañanas. Allí al fondo se veía la carretera tan bien iluminada como un circuito de carreras. Luz, más luz. ¿Para qué sirve ya la luna llena? Nunca hubo más gente en el mundo y nunca ha sido más ignorada.

El camión de la basura paró junto al contenedor y dos brazos mecánicos lo agarraron por las solapas hasta vaciarlo por completo sobre él. Centenares de kilos de mierda desaparecieron en un visto y no visto ante los ojos del paseante que quisiera contemplar el espectáculo, dos en ese momento. La aurora terminaba de dar sus cuartos al pregonero y las sensibles farolas fueron apagándose en orden y concierto. Tampoco nadie le hizo caso a todas estas maravillas, mucho más cercanas en el tiempo y la memoria que las de aquella luna lunera.

Algunos ciclistas bien equipados daban inicio a su día de descanso. Salían a las carreteras pertrechados de llamativos maillots y culottes más cómodos que muchos sofás. Botines, guantes, cascos y gafas constituían el resto del equipo necesario para concentrarse sólo en dar pedales. Un pequeño ordenador a bordo del manillar contaría cuantos y a qué velocidad. Otro agarrado al brazo les informara de las pulsaciones y del esfuerzo realizado durante el trayecto. Quizá al acabar lo escriban en un cuaderno con la fecha de hoy para recordar y comparar. O puede que ni eso haga falta. Las tarjetas de memoria se inventaron para evitar esas molestias.

Oí cantar al gallo con el sol ya sobre el horizonte. No vi ni al uno ni al otro, aquel oculto tras una vallas destartaladas y este sombreado todavía por una insignificante serie de casuchas a medio derruir. Los perros ladraban a mi paso por si albergaba la idea de colarme allí dentro en busca de sabe Dios qué. Perros grandes y amenazadores, enseñando los dientes de buena mañana. Así pasarán todo el día a cambio de algo de comida y un lugar fuera de la perrera.

La ciudad todavía estaba dormida. Su hora del gallo es la hora en la que los centros comerciales levantan las verjas. Entonces sí, dormidos y despiertos saldremos a comprar, los borrachos dormirán con sus cuerpos trabajando a destajo y los basureros seguirán limpiando calles y volcando contenedores hasta que todo quede bien limpio por un rato.

Los churros y las porras mantienen y guardan la dorada viña del señor.

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