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lunes, 12 de agosto de 2019

DE LA MANO DE ZARATUSTRA

Zaratustra acababa de dejar atrás a la sombra, a su sombra, el último de los incordios que había padecido en aquel último descenso al encuentro del superhombre que había creído oír. El magnífico locutor describía ahora por boca del profeta las solitarias montañas de sus dominios, libres ya de toda decadencia en forma humana. Allí casi era mediodía y aquí la tarde caía hacia su ocaso. La sombra sobre la que yo andaba junto a la carretera revelaba que apenas faltaba media hora para la puesta de sol. Sus rayos ahora dorados recuperaban la horizontalidad del que va a dormir, que es la misma del que despierta. A veces me digo que no hay diferencia entre una cosa y otra. Si el sol hiciera su camino al revés sería lo mismo. Sólo el invisible viento que trae y lleva consigo te dice cuando es una cosa y cuando la otra. El viento y tu memoria del sol. Fuera de ahí todo es lo mismo.

Los coches de la carretera iban y venían, algunos con las luces ya encendidas. Un ciclista que luego vería de cerca iba rápido por el otro lado. Un poco más allá, apenas a tres minutos de mis piernas, el sol todavía podía derramar algo de su poder sin que ningún edificio humano le hiciera frente. El polígono industrial estaba cerrando sus naves y la carretera lo sentía en ella. Todo esto y alguna cosa más sin importancia lo vi sin darme cuenta. A veces uno anda mejor con los orejas.

El magnífico locutor decía ahora que el profeta se había sentado a descansar tras la extraña mañana. Uno tras otro habían ido apareciendo ante él los mejores de los hombres que quedaban en la Tierra, en peregrinación a sus montañas para verlo y oírlo. Y los mejores no resultaban ser más que viles caricaturas de lo que él estaba esperando: los dos reyes, el último Papa, el mago, el adivino...Especialmente ridículo y risible era aquel que se había retirado a vivir entre las vacas para aprender de ellas. Este había sido rico y lo había dado todo a los pobres, entre los que no encontró nada. Cansado de todo decidió ir en busca del último profeta. Y perdido se conformó con entender a las vacas y ser partícipe de su felicidad, algo que aún no había logrado. Zaratustra, al verlo, se había apiadado también de él invitándole a subir a la caverna donde estaban esperando todos los demás. Su misma sombra, muy pequeña a esa hora, había tomado el mismo camino viendo el ansia y el deseo de soledad de su amo. A todos ellos los despidió afable y hospitalario. Y ya solo se sentó y se quedó dormido.

Y en ese instante, justo cuando el profeta se quedó dormido con el sol en todo lo alto, oí un frenazo en la rotonda y vi al ciclista caer.

Llamé al 112 mientras me acercaba. Enseguida un remolino de gente, todos caminantes como yo, habían hecho círculo alrededor de él, que permanecía en la calzada. Uno que estaba con el teléfono me hizo señas como diciendo si ya estaba llamando yo. Le dije que sí y seguí acercándome. Los coches del stop más cercano estaban parados y el resto pasaban con cuidado por el carril interior. Cuando llegué, apenas un minuto después, ya eran nueve o diez las personas reunidas en torno al accidentado, que ya había logrado incorporarse. Un hombre de su misma edad se había hecho cargo y por la tranquilidad con la que se conducía supuse que tal vez fuese médico, o al menos enfermero. Las mujeres, que eran todas menos los ya citados, el chaval del coche y un trabajador que iba de camino a su nave, miraban aquello sin intervenir. Reconocí al chaval que estaba muy nervioso. Una voz de mujer al teléfono me dijo que le preguntara la edad al accidentado. Dijo que tenía 52. La mujer del teléfono dijo que le preguntara su nombre y ya no quiso responder, quizá mosqueado por algo tan estúpido en ese momento. No insistí, repetí la dirección, el hombre con pinta de médico le preguntó al ciclista si se podía levantar, poco a poco lo hizo y con cierto cuidado cruzamos todos los hombres la gran rotonda hacia el carril bici del otro lado.

El chaval del coche, un chico como la mayoría, uno que conozco desde que apenas sabía hablar y que luego se puso aros en las orejas y tatuajes en las piernas, un muchacho, otro, que pretendió ser lo que no es y que desde hace algún tiempo, quizá desde que murió su madre, parece haberse dado cuenta de ello, apenas me reconoció por los nervios. No hacía más que acercarse una y otra vez al ciclista para preguntarle como estaba y decirle esto y lo otro. Intenté calmarle llamándole por su nombre y dijo que acababa de salir de trabajar y que no lo había visto. Pensé en el sol que se estaba poniendo y en el ciclista que iba rápido. El hombre que parecía médico le dijo con la misma tranquilidad que lo mejor sería que quitara el coche de donde estaba, no fuera a ocurrir otro accidente. El chaval obedeció como hacen todos ante quien conserva la calma.

El trabajador se ofreció a llevar la bicicleta a su nave, cosa a la que el ciclista accedió. Le dijo la dirección y yo me quedé con el nombre de la empresa por si hacía falta. Le ofrecí un poco de agua que aceptó con la mano que palpaba su hombro derecho. La ambulancia llegó y cuatro sanitarios bajaron de ella. El ciclista se quejaba de la clavícula izquierda, seguramente fracturada. Algunas magulladuras en las piernas eran todo lo visible. Reconocí a uno de los de la ambulancia y este fue el que cogió al chaval para los datos del coche, que también lo conocía. Me fui con ellos adonde había aparcado el coche, llegaron unos familiares del chico y viendo que ya no tenía nada más que hacer allí me fui no sin antes decirle al sanitario el nombre de la empresa del trabajador que se había llevado la bicicleta.

Regresé a Zaratustra. Apenas escuchaba lo que decía. Mi paseo, que ya antes de todo esto estaba llegando a su fin, ahora se dirigía directamente hacia su ocaso.

Vi gente bailando en el parque. Era un grupo de chicas jóvenes haciendo una coreografía basada en uno de esos ritmos que tanto les gustan. Entonces volví a escuchar a Zaratustra. Estaba diciendo que la gente se siente mejor cuando encuentra y ayuda a alguien más desgraciado que ellos. Y que por eso mismo lo ayudan. Era la compasión.

Recordé a aquel volatinero muerto que el joven Zaratustra dejó en el hueco de un árbol. Había bajado de las montañas para hablar en la plaza y sólo el moribundo le escuchó. Cuando todavía estaba vivo entre sus brazos le había prometido enterrarlo con sus propias manos. Luego, después de haber cargado su cadáver durante horas por el bosque, tuvo un pensamiento y cambio de idea: un árbol hueco también es un buen lugar para un cuerpo muerto. Y siguió su camino.

Llegué a casa. La idea, el plan hecho poco después de haber salido a caminar bajo el sol, era acabar el día en el parque leyendo palabras escritas por otros. Cogería la bici e iría allí con todas mis cosas. Me sentaría cómodamente en algún banco apartado y bien iluminado y leería algo fácil en esta tibia noche de verano. Era una buena idea.


Pero al quitarme el calzado y lavarme la cara pensé que mejor sería escribir una historia propia.



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