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miércoles, 7 de agosto de 2019

EN EL ÁRBOL

Dejé las aventuras de Kim a un lado del banco, alcé la vista y vi el tronco cortado. Es lo primero que ves si te sientas donde yo lo hago. Tiene una considerable circunferencia. Años atrás tuvo que ser un árbol al menos tan enorme como el resto, aunque hará lo menos dos que ya no lo es. El año pasado durante estos mismos días me senté en este mismo sitio y recuerdo bien que estaba igual. Lo recuerdo porque toqué su resina por hacer algo y para mi sorpresa todavía estaba fresca. Algunos bichejos habían encontrado allí su última parada. Era de buena calidad, lo suficiente como para pegarte las yemas de los dedos si las juntabas, lo justo como para preguntarte en qué coño estabas pensando. Supongo que quedarán restos de ella en algunas páginas del ejemplar de "La Montaña Mágica" que saqué de la biblioteca. Quizá sus lectores de este año hayan tenido algunas dificultades para pasar las páginas de la Chauchat, tal y como a veces pasaba con las revistas porno que comprábamos entre amigos.

Este es el mejor sitio del parque para leer. Más aún este año, que han quitado la gran mesa de las cercanías de las barras para hacer dominadas. Allí solían juntarse cuadrillas de chicos y chicas para tontear mientras cada cual demostraba sus habilidades. La mesa no estaba anclada y la movían a su antojo, siempre hermano de la estupidez cuando uno tiene esa edad. Puede que algún gimnasta flipado sufriera un traspiés algo más serio y que alguien tomara la estupenda decisión de quitarla de allí. Es lo mejor cuando hay hombres y mujeres a medio hacer por medio. El caso es que este año, al menos durante estos dos días que llevo de vacaciones, no he visto a nadie rondando por allí. Les quitan la mesa y se van a hacer dominadas a otra parte. Todo el mundo necesita su público.

Es un buen parque. También lo era antes del proyectado canal navegable de la última ampliación. Aquella noticia cayó como una bomba en el pueblo: ¡un canal navegable con barquitos y todo eso! Se podía ver la ilusión hasta en aquellos que jamás habían entrado al parque por pensar que era cosa de pobres. ¡Pero un canal navegable! ¡Y puede que hasta con gondoleros como en Venecia! Eso sería ya el remate para demostrar quien manda en el corazón de La Mancha. Pasaron las elecciones, la ampliación bajó el ritmo hasta casi olvidarnos de ella y cuando alguien quiso darse cuenta no había nada de todo aquello más que una canalización para desahogar al pueblo cuando de higos a brevas llega una lluvia torrencial.

- Pues también está bien
- Pues sí

El cartel metálico con la pasta que se gastaron todavía está de pie tras la última verja del parque por si alguien quiere mirarlo.

Hay un canal que circunvala el parque por el que nadan los patos cuando están hartos de comer y algunos peces de los que sólo Dios y algún otro sabrá sus nombres. Allí donde yo me siento a leer, en lo más recogido, justo al lado de donde los empleados del parque tienen las casetas de los estúpidos patos, tras la valla de madera que guarda el canal, suele el mirón encontrar un buen reguero de plumas de palomas. Esta misma mañana, sin ir más lejos, vi a una gata llevándose a una entre los dientes de camino a su guarida, un poco más allá de donde yo leo novelas. Y esta tarde la he vuelto a ver en una de esas paradas de las aventuras de Kim.

La tarde era magnífica, que bien pudiera ser el comienzo de una novela. No, en serio, era magnífica. Yo estaba asándome en el piso y al salir fue como entrar a otro planeta. Llevo catorce años aquí y ayer me enteré del porqué paso tanto calor. Iba a subir en el ascensor desde la cochera cuando me encontré con un vecino (el presidente de la comunidad) que andaba por ahí con sus cosas; hay varios de estos aquí, quiero decir, jubilados o casi que prefieren andar allí abajo que arriba en sus casas, por lo que sea, por el fresquito o por la mujer, pero los veo más en las cocheras que en cualquier otro sitio, especialmente a uno, un señor que parece el Frankenstein de Mel Brooks y que rara es la ocasión en la que bajo a por el coche y no veo luz en su trastero.

- ¿Qué tal, Kufisto? -dijo como de buen rollo, como a uno que siempre está al corriente de pago, como alguien que no recuerda nada de los últimos catorce años, sobretodo de los cuatro primeros-
- Bien. Hoy empiezo mis vacaciones
- Eso está bien -contestó un tanto vacilante-
- Pues sí -dije yo-, ya me hacían falta...Me voy por ahí que estoy asao en el piso.
- Claro...Tú vives ahí arriba y te llevas todo el calor. Y encima con el techo bajante (¡Dios es verdad!) que te lleva todo el fuego
- Sí...claro...sí...
- ¿Tendrás aire acondicionado?
- Sí, lo tengo pero como si no lo tuviera. No recuerdo la ultima vez que funcionó. Estará descargado. Tengo que meterle gas y eso...
- Bueno, yo casi que tengo que taparme algunas noches (vive en el primero), pero tú...Adiós Kufisto
- Adiós, adiós...-y le di al tercero

Jamás había caído en el techo bajante, jamás. Coño, que lo tengo a un metro de mi cara si me ndoy la vuelta a izquierdas. Puto ático, puta lotería y putos libros.

Lo conté, sí. Ya lo conté hace unos días. Fui a casa de mi madre por unos libros que iban a tirar. Había un problema de termitas y mi hermano, el tercero, el único que todavía vive con ella, se cagó en Dios al verlas bajo el catre donde tantos años dormí antes que él y dijo que iba a prenderle fuego a todo aquello. Por suerte llegué en el último momento del plazo dado y arramblé con casi todo.

¿Qué hacer? Esta era una pregunta que muchos de los buenos se hicieron al vislumbrar la que se nos vendría encima. Antes de ayer era como si no estuviera de vacaciones e hice lo que siempre hago cuando no lo estoy, que es siempre menos dos semanas. Pero ayer ya era el día y había que leer algo. Y casi estaba decidido para ir a la biblioteca por el 2666 tantas veces recomendado por mi amigo el concejal de cultura cuando recordé que tenía toda una ristra de bolsas del Lidl llenas de libros rescatados de la ciega ira de mi hermano tercero. Eché un vistazo y para mi pesar cogí el primero que vi: "Kim"

No sé porqué pero hay libros que los ves y no te entran. Y este ha sido uno de ellos durante toda mi vida. Recuerdo verlo danzar en las colecciones que mis padres compraron para que leyéramos y nunca, nunca, tuve el menor interés en hacerlo. Quizá fuera el título, quizá, más tarde, fuera por saber
que era una puta novela de las Indias pero la verdad es que sólo meterle mano me daba un mal rollo increíble.

- Kim, Kim...¿qué puta mierda es esa de Kim? ¡Y encima este es el del libro de la selva y toda esa mierda! Que le jodan

Yo entonces leía cualquier cosa que no me recordara la infancia. Unos se van a hacer dominadas a otro sitio más concurrido y otros leen cosas para menos ojos.

Kim andaba en las manos de un mago cuando cerré el libro y miré el tronco. La suave brisa del oeste me dejó en una especie de agradable letargo consciente. El tronco cortado estaba allí, me levanté y lo toqué. No había resina, no había bichos, no había nada. Estaba seco y el tajo había sido un tanto problemático. Podían verse los diferentes cortes que hubieron de hacerle para tumbarlo al suelo. No había sido una cosa limpia, no...

Conté los anillos por encima: "Tatatá...cuarenta y pico"

Como yo.

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