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domingo, 10 de diciembre de 2017

EL PEQUEÑO ADRIÁN

- ¡Dame un vaso de agua, Kufisto! -gritó el pequeño demonio entrando en la barra como una exhalación
- Con cuidao, Adrián -dije acabando de tirar una caña
- Tienes camarero nuevo -dijo la mujer sonriendo
- Sí...Mira como estás -le dije al enano- Pareces un pollo, todo sudao, que te va a dar algo. Me vas a desgraciar el pobre futbolín -dije. Y viéndole me acordé de mi jugando al Comecocos con algún año más, pocos, de los que ahora tiene él.
- ¡Dame un vaso de agua, Kufisto!
- Voy, voy, voy...no toques nada
- ¡Grande!
- ¡Que no toques eso!
- ¿Qué es?
- Mierda
- ¿Qué?
- Basura
- ¿Basura?
- Sí, ahí se quedan las chapas de los refrescos. Toma tu vaso de agua y vete
- ¿Qué es una chapa?
- Lo que tapa la botella de los zumos
- Ahhh...-y se puso de puntillas con la intención de echarles mano, pero todavía es demasiado pequeño. Sólo tiene cuatro años- Dame una chapa, Kufisto.

Se la di.

- ¡Esta no, otra!

Le di otra.

- Dame otra más, Kufisto.
- Toma y tira, anda
- Dame otras dos. Quiero cuatro.

Se las di.

- ¡Y compártelas con tu hermano pequeño!
- Vaaale -dijo el pequeño torturador de hermanos aún más pequeños.

Lo conozco desde que nació. Es el primer hijo de una pareja amiga. Al principio era muy bueno y calmado, pero al echar a andar se transformó en un ciclón. Y cuando le dio por hablar pasó a huracán. Poco después nació su hermanito, un niño que ya anda y empieza a hablar intentando hacer lo que hace el mayor, aunque siempre con la suelta espada de Damocles colgando del ligero puño de Adrián. Rara es la mañana en la que no lo hace llorar siete veces. Luego llora él alguna cuando su muy civilizado padre pierde la calma. Desde que lo es de dos se le ha puesto cara de Michael Douglas yendo al trabajo en mitad de un atasco.

Adrián llega y pasa corriendo a la barra para meterse en la cocina.

- ¡Hola, Kufisto!
- ¡Hola, Adrián!

Y se va directo adonde tengo los frutos secos y las gominolas.

- ¡Quiero frutos secos! -dice esperando que vaya a dárselos. Entonces cojo una tacilla de café, la meto en el bol y se la doy- ¿Y las gominolas? hay muy poquitas -dice hurgando. Y tengo que cogerle cuatro o cinco chuches más de las que la suerte le había echado

- Gracias -responde desde hace algún tiempo. Luego se le olvida en el fragor de su batalla. Todavía es tan pequeño que no recordará nada de todo esto.

Acto seguido llega su hermanito y me mira. "¡Ah!" dice señalando con su dedito lo mismo que su hermano ya pide por su nombre. "Toma" Y me mira muy serio con esos grandes ojos tan brillantes. "Ten cuidao" le digo al verlo coger la tacita con sus pequeñas manos. Y así, mirando a su tesoro y dando pasos aún más cortos se va obediente con sus padres.

Durante unos minutos que siempre se hacen pocos están sentaditos en los taburetes de la gran mesa central, aunque decir sentados sea decir demasiado en el caso del inquieto Adrián. A veces me salgo con ellos. Llegan temprano y apenas hay nadie en el bar. Los mayores hablamos de algo y los peques van comiendo alegremente, como si cada bocado de aquello estuviera tan bueno como nosotros ya no podemos recordar. Da gusto ver como lo hacen, escogiéndolos con sumo cuidado y mirándolos antes de llevarlos a sus bocas. El más pequeño, muy bien sentadito y protegido por los brazos de su padre, mira alguna que otra vez a su hermano el contorsionista. Y este lo ignora y si encuentra algo que le gusta mucho se lo dice a su mami con una gran sonrisa de felicidad correspondida.

Pero el café seco no dura para siempre. Y ahí abajo hay todo un mundo seguro y ya conocido para jugar.

Como la Mesa Grande con una Tabla en medio y otra debajo por las que reptar peleando por la posición conquistada. O las sillas de la suerte de Kufisto, tan derroidas que algunas tienen el asiento suelto y es una risa cuando se caen y te pones a saltar sobre ellos. O la persiana del ventanal y sus tiras que tapan la luz del sol si les das la vuelta. O la cortina metálica de la puerta del bar de Kufisto que es un gustazo coger sus hilos entre tus brazos, echarte para atrás y soltarlos para que hagan ruido. O el futbolín, que es todavía mejor cuando no hay que estar pendiente de una pelota y puedes dedicarte a darle vueltas con todas tus fuerzas a los palos que sujetan a los monigotes hasta ir tan rápidos que hacen mucha risa. O la barra abierta de Kufisto, que puedes entrar a ella cuando quieras y ver todo lo que hay dentro, que es estupendo aunque te regañe...

Eran las dos del mediodía cuando Adrián se puso a jugar con un globo rojo entre la barra y el salón. Le daba manotazos y el globo subía hacia arriba. Adrián no lo perdía de vista y en cuanto lo tenía al alcance le daba otro bien fuerte. A veces lo hacía en el lugar correcto y el globo subía aún más ante su excitación, tanta que el siguiente solía ser un mal golpe. Al rato se cansó del globo, lo dejó por ahí y poco antes de irse alguien lo explotó. Y aparte del susto general no se oyeron lloros.


- ¿Le has dicho adiós a Kufisto, Adrián? -dijo su madre


Vino corriendo a la barra, sudando como un pollo que hubiera estado jugando al Comecocos en el bar de sus papas.


- ¡Adiós, Kufisto!
- Adiós, Adrián


Y le di cuatro carrizos de los gordos.

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