sábado, 23 de diciembre de 2017

VIRGILIO

- ¿Como te llamas? -dijo ella
- Virgilio -respondí. Nos echamos a reír y...


"No. Será mejor que salga a pasear. Otra historia forzada no vale una mala borrachera. Y menos siendo mañana Nochebuena. Tengo que estar fuerte, bien. Josemari estará esperándome desde las ocho y no puedo tenerle ahí muerto de frío y encima para llegar de mal humor, no estaría bien. Haremos tranquilamente el bar mientras canturreamos, después iré a comprar y luego a abrir entero, sin resaca, tranquilo y sereno. Sí, eso es lo que tengo que hacer. Ahora un paseíto, hora y media, y a casa, tranquilo. Luego leeré algo en el sofá y a las diez a la cama. Sí, eso es"

Puse la calefacción y salí a la calle.


Eran casi las seis de la tarde. Pronto, en cuanto pude, abandoné el estruendo callejero para alcanzar la periferia de la ciudad. Dejé atrás las luces de colores pero no así el ruido salvaje, confuso y machacón, de las diferentes atracciones ambulantes. En otra ocasión me hubiese puesto los cascos sólo para no oírlos, pero hoy ya había tenido suficiente ruido por mi parte y ni los cogí cuando salí de casa. Fijé la atención en los árboles de la vacía calle adyacente al parque que iba caminando. Secos ya desde hace unas semanas, sin una sola hoja apetecible para nadie en ninguno de ellos ni luz artificial que ilumine sus negros esqueletos, sin embargo estaban tan vivos o muertos como puedan estarlo los árboles del otro lado de la valla, de los que están dentro, de los de hoja perenne y cercana farola anaranjada, cálida; de los plantados entre la hierba; de los buscados por los niños cuando juegan al escondite y de los que amparan a las parejas que se aman; de los que tienen un horario en los atómicos relojes de quienes los cuidan y guardan y no uno que la única vez que te da la hora es para que sepas que estás empezando a morir otra vez.

Al otro lado del parque el viento frío venía de cara. Es curioso que uno apenas se dé cuenta de cuando lo lleva a favor pero sí cuando lo tiene enfrente. Lo bueno del viento de cara, entre otras muchas cosas, es que se lleva el ruido a otra parte. Y así, poco a poco, vas dejando de oírlo conforme más avanzas.

El sol se había ido pero su luz todavía coloreaba la parte de su cielo más cercano que yo ya había dejado atrás. Con todo, de vez en cuando giraba el cuello para verlo, aunque sin dejar de andar. Del rojo al negro iban pasando los tonos sin solución de continuidad, como en un travelling cósmico. Me fijé especialmente en el cambio del azul al negro, muy hermoso. Y entonces vi que justo abajo estaba el cementerio y me acordé de mi padre y de la primera cena sin él que mañana tendremos.

Levanté la mirada y a lo lejos vi los molinos iluminados, algo que se hizo hace poco. Nunca los he subido andando de noche. Y en coche hace mucho tiempo..."¿Por qué no?" pensé. No por la carretera, claro, aunque con una sonrisa me acordé de la cinta de ciclista con luz incorporada que Josemari me regalara unos días atrás, una que sólo Dios sabe donde se la encontrara. Pero sí podría subirse por la parte de atrás, por el sendero. No muy convencido dejé ahí la idea, sin decidirme mientras seguía el camino, ya fuera de la gran avenida y dentro de una calle industrial tan diferente a la que suelo transitar de día que apenas la reconocí.

Giré hacia la derecha, hacia las últimas casas de la ciudad, las de que antaño fueran de las pobres gentes que ya están muertas o en el proceso y ahora lo van siendo de quienes tienen el dinero suficiente como para edificar un poco más allá la casa-mansión de sus sueños, tan alejada del centro como sea posible.

La posibilidad se acababa y yo no terminaba por decidirme. Miré otra vez al cielo y vi que la luna estaba como si ayer hubiera bebido. No. Otro día. Otra noche. Otra noche que me eche la cinta de Josemari a la frente.

Y fue no hacerlo y empezar a oír los lejanos ladridos de perros que no podía ver y la sierra eléctrica de alguien que estaba cortando algo. En la rotonda de acceso una mujer paró su coche y me dijo que no sabía donde estaba, que quería ir a otro pueblo y no sabía como hacerlo, que se había perdido y no sabía ni donde estaba. Miré al asiento de atrás y lo menos vi tres chicos pequeños que ni ganas tenían de mirar por la ventanilla, hartos de dar vueltas y más vueltas sin llegar a ningún sitio, cansados de oír a su madre y a la otra que iba al lado preguntando aquí y allá por como hacer para salir de la oscura ratonera en la que se habían metido, deseando llegar a casa, a cualquier casa, la que fuera, ¡hasta la de la abuela!, con tal de no tener esa sensación de pérdida y desencanto, de papás noeles más cutres que la Playstation 3 y con muchos menos huevos que Thor, el martillo de los dioses.

- Vas al revés. Haz esto, esto y esto -le dije

Creo que al final lo hizo, aunque no estoy muy seguro porque justo en ese último momento las casas taparon mi campo de visión.

El pueblo me recibió con indescriptible alegría. Tanto que me asusté y al final cambié el trayecto para ver de qué se trataba. Unas voces jóvenes, muy jóvenes y mayoritariamente masculinas, bramaban para poco después quedarse en silencio, como a la expectativa, hasta que otra vez empezaba el escándalo, los gritos, los aullidos, el nombre de alguien, "¡¡¡HÉCTOR, HÉCTOR, HÉCTOR...!!!" "¿Se estarán pegando?" al menos así era como se hacía antes, pero no tanto como para hacer ese ruido que más parecía de un concierto que de una pelea.

Llegué al sitio, una especie de parquecillo con unas gradas en uno de sus extremos, y vi que sólo era una gran reunión de chavales rapeando y seguí adelante. Delante mía una vieja viejísima iba del brazo de su hijo, uno que es más viejo que yo y al que reconocí hasta de espaldas, aunque bien es verdad que por haberle visto antes en la misma situación. Pasé adelante con mi gorro y mi braga sin necesidad de hacer ningún paripé del que, por otra parte, nunca ha hecho falta: él, por alguna razón, siempre ha creído que yo soy como mi padre sin haber cruzado una palabra ni con el uno ni con el otro y a mi siempre me ha sudado el nabo su tonta sonrisa de funcionario a las tres.

El centro era una fiesta. Todo el mundo hacía por divertirse. Todos somos Héctor. Enseguida me metí por una callejuela.

Claro que hubo tiempo para toparme y saludarme al paso con alguien insustancial que hacía veinte años no veía y ahora, en cuatro días, me lo he encontrado dos veces; también con una pareja de viejos, él enfurruñado por el ruido mientras ella le contestaba que eso era porque tenía más años que Matusalem y que si no se acordaba de cuando él era tan joven como ella e iba por ahí liándola más o menos tan parda como ahora lo hacían otros.


En la última esquina previa a mi casa di con con cinco o seis chavales. Eran dos chicas y cuatro chicos, todos muy bien arreglados. Hablaban de alguien ausente, de una chica a la que estaban poniendo de puta para arriba. Yo iba más rápido y el chico más gordito y feo, el más hablador, me vio llegar y se echó a un lado. Pasé y oyéndoles pensé que eran como del Opus.



- ¿Como te llamas? -dijo ella
- Virgilio -respondí. Nos echamos a reír y...


Y luego acabamos en el asiento trasero de mi R7 de segunda mano en los ciegos molinos de entonces.


Veinticinco años de distancia nos contemplaban esta tarde.


Es cosa de poco si lo trasvasas a años luz y de menos si ves al rico gilipollas con el que está.

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