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miércoles, 27 de diciembre de 2017

COPAS

El intermitente sonó todavía mejor que lo haría cualquier sinfonía de Mozart, no digamos que el último disco de los AC/DC. Regular y constante, medible y predecible, su monótono ir y venir resultó un bálsamo para mis labios. No tuve ninguna prisa en dejar el aparcamiento. Salí de él cuando alguien me dio varias veces las largas y pronto topé con una concurrida intersección. Todo el mundo iba a alguna parte y yo de vuelta a la casa de la que había salido doce horas antes. Eran las siete de la noche de otro día de Navidad. La puerta de la cochera estaba en movimiento cuando al fin llegué. Es tan lenta que de primeras no supe si estaba cerrándose o abriéndose, como más o menos le pasa al sol, que uno sólo sabe que está saliendo o yéndose porque conoce por donde lo hace. Pero la luz, en ambos casos, es la misma.

La puerta se abrió y viendo que ningún coche la subía bajé la rampa. Unos niños corrieron nerviosos, alegres, hacia las espaldas de su padre. Estaba maniobrando cuando inesperadamente sonó Boogie with Stu. Pensé que era mi hermano del bar y como pude cogí el teléfono de la bolsa que llevaba en el asiento de atrás. No era su número pero bien pudiera ser que estuviera llamándome con el de otro. Descolgué.

- ¿Sí?

Silencio

- ¿Sí?

- Sí, hola. Soy Aurora, de Vodafone, y quería ofrecerle nuestra oferta para móvil e Internet...
- No, no, no...

Colgué.

No se había abierto la puerta del ascensor y ya oía maullar desesperada a la gata. Dos horas de más pueden ser mucho para quienes están acostumbrados a dos de menos. Abrí la puerta de mi casa y salió disparada hacia la luz del ascensor. La enganché y pasamos adentro. Entonces vi encendida la del salón, cosa rara, rarísima, aunque no tanto como para no pensar que sólo se había tratado de un despiste mío, nada más. El sueño de anoche fue tan extrañamente profundo que esta mañana olvidé apagar la luz. Y así seguí, abismado, hasta que a eso de las cinco de la tarde, ya a punto de irme, empezó a llegar la gente.


Poner copas, eso es todo. Poner copas y ponérlas rápido, lo más rápido que puedas. No recordar nada y poner copas, sólo eso. Como una máquina. Como un robot. Poner copas. Poner copas. 


Y me puse a poner copas. La gente tenía tantas ganas de beber que me dieron ganas de beber. Y entre trago y trago, copas y más copas. Grandes grupos, comidas de empresa. Gente que nunca ves y mira, ¡ahora la ves! Un año, cinco, ¡quince! y ahora te piden canciones con una sonrisa. Copas. Más copas. Hay que poner copas, hay que ganar algo de dinero, hay que poner copas sin pensar; ponerlas, eso es todo. Nada importa que este te desdeñe o esta piense que todavía eres más anormal de lo que pensaba. Copas. Más copas. Un trago. Otra petición musical mientras ven como tus ojos tararean "El novio de la muerte" Otro trago. Mi hermano que al fin llega y se pone a hacer lo mismo que yo sin siquiera saludarnos. Sólo hay que poner copas, copas. Poner copas para ganar algo de dinero con el que poder pagar las deudas. Hay que hacerlo, no hay otra manera...no, no la hay. Copas, copas, copas..."Pon esta canción, pon esta otra, por favor..." Canciones horrorosas, canciones para que las mujeres de los gestores, de los banqueros, de los profesionales liberales rían sus ridículos bailes mientras ellos, complacidos, ven como ríen, como se menean ante un entorno controlado, como se la ponen morcillona al compañero que no puede catarla una vez a la semana, o al mes, o al año...


Luego todo se despejó y yo me fui con dos horas más de retraso.


Son tantas que ya me da igual.




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