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miércoles, 18 de abril de 2012

SIR ALFRED Y MONSIEUR FRANÇOIS




Hay libros que sin ser obras literarias o filosóficas poseen una belleza, un embrujo, muy superior a la mayoría de éstos.

Mis primeras lecturas fueron las típicas para un niño, es decir, novelas de aventuras, misterio, ciencia-ficción...Stevenson, Salgari, Agatha Christie o Julio Verne entre otros muchos, fueron presa de mi voraz hambre lectora; a la hora del comer siempre he sido así: mucho y rápido.

Tiempo después, cuando empiezas a preguntarte el porqué las cosas son como les parece a algunos, intenté encontrar respuestas en autores como Hesse, ese alemán de catón, esto es, sin ningún sentido del humor. Prácticamente leí toda su obra, era una lectura iniciática para los adolescentes, cosa que no sé si seguirá siéndolo, pero en aquel entonces decir que habías leído "El lobo estepario" era algo así como una contraseña, un pase a otro nivel, ya no eras un pringao, un puto crío...más aún cuando una de las más apetecibles golfas del garito en el que te emborrachabas con la pandilla te miraba interesada cuando oía hablar sobre él, ella también lo había leído y le gustaba un montón, era medio jipi o algo así, dos o tres años mayor que nosotros, lo que en esas edades son varios millones de años-luz. Claro que después de beber como un cosaco para vencer tu timidez y poder mirarla directamente a sus brillantes y verdes ojos mientras hablabas y hablabas y hablabas sobre que "ese libro me ha cambiado la vida", ella terminaba marchándose con su novio de entonces; efectivamente, el más macarra del lugar: un camello de su edad que no leía ni el As.

Hace poco le dí una vuelta, al libro, digo, y me pareció infantil que todo un hombre escribiera algo así, por algo gustaba tanto a los adolescentes: porque adolece de un montón de cosas importantes y se regodea en lo superficial, en lo obvio, en lo facilón. El lobo estepario había bebido demasiado vodka mientras escribía. Y nada bueno puede salir de la pluma de un borracho, como tiempo después aprendí de Bukowski: lo bueno del borracho nace con la resaca, con el dolor controlado. Sin riendas, un caballo te puede llevar a cualquier sitio, hay que tirar de ellas, usarlas a tu antojo, para que te lleve por donde tu quieres. O para que se pare, mejor. Para escribir algo hay que haber caminado, pero debe hacerse quieto, con calma, no como un el niño alemán y su ordenador. Cuando explota el volcán hay que echar patas, ya habrá tiempo para escribir sobre ello.

Me quité de la circulación, leí mucho, muchísimo, no hice otra cosa hasta que me puse a trabajar en serio. A partir de ahí, poco. Y después, prácticamente nada.

Y un día que andaba curioseando por la zona noble del Carrefour (apenas a cincuenta metros de las longanizas y las sardinas) vi un libro en cuya portada aparecía Hitchcock: "El cine según Hitchcock". Me pareció un título fantástico, inmejorable, y como precisamente daba la casualidad de que por entonces yo andaba revisitándolo después del natural ninguneo juvenil hacia todo aquello que te haya gustado de niño, no tardé ni 0´2 en echarle mano y pasarlo por caja, además que su precio era irrisorio en comparación con el de los mamotretos bestsellerscos que ocupaban estanterías enteras...la misma mierda de siempre.

No recuerdo si lo leí de un tirón, cosas del trabajo, pero sin duda lo hubiera hecho: es un libro FANTÁSTICO.

Como bien dice Truffaut en el prólogo, ese no es un libro suyo, en todo caso se considera el iniciador, el estimulador de la idea.

Viendo el ninguneo al que la sesuda crítica sometía al gran Hitch, su admirador francés le solicitó grabar una extensa entrevista con la idea de publicarla en un libro. El Maestro aceptó y durante un período de tiempo que no recuerdo grabaron 50 horas de material que quedaron comprimidas en un libro de unas quinientas páginas, un libro que no es otra cosa sino la transcripción de aquellas charlas aderezadas con breves y concisas interpretaciones que Truffaut hace sobre las circunstancias que rodearon a Hitchcock en los momentos decisivos de su carrera.

Simplemente es la conversación de dos tíos que saben de lo que hablan sobre algo que aman casi por encima de todas las cosas, pero de forma general, nada técnica, excepto en algunas memorables secuencias hitchcockianas en las que el entrevistador no se puede contener en preguntarle como logró tal o cual efecto, cosa que también está explicada de forma que puedas entenderlo. Recuerdo ahora mismo un par de ideas que Hitchcock no pudo llevar a cabo y que eran geniales en sí mismas. Una era en una película de su etapa inglesa, en una furgoneta filmada desde atrás, viene el dibujo y todo, absolutamente deliciosa. Y la otra es de "Con la muerte en los talones", ese tótem del séptimo arte, una escena en la que Grant iría a una fábrica de automóviles en Detroit y charlaría con el encargado mientras van viendo el proceso automatizado de la fabricación de un coche...no diré más, solo que al oírla Truffaut se quedó entusiasmado y apenado porque no pudiera llevarlo a cabo, "cosas del guión, la duración se podía arreglar pero era demasiado gratuita..." se justificaba Hitch. Una verdadera lástima que no la hiciera, pero gracias a este libro podemos verla en nuestra maltrecha imaginación. Y volver a maravillarnos del inaudito genio del gordinflón inglés.


Viajes al centro de la tierra, piratas borrachos que buscan un tesoro escondido, inocentes ancianitas que descubren a malvados asesinos, tipos desesperados de ellos mismos...sí, todo está en los libros, es verdad, o más bien su pálido reflejo, solo los verdaderamente grandes pueden ir un paso más allá, como Platón en "El banquete", cuando por boca de Sócrates nos damos cuenta de lo que es el Amor, de lo que de verdad es aquello que para bien o para mal mueve el mundo, de lo que nos hace que intentemos ser mejores, más dignos, merecedores de...pero eso no se puede leer todos los días, al menos yo, para alimentarte de algo tan grande, tan fuerte, has de ser grande y fuerte.


Así que en los intervalos entre fogonazo y fogonazo alimento a mis ojos con luz adaptada a mi visión.


Y hoy por hoy, en un mundo donde se baila entre espasmos a la luz de los quásares de moda, prefiero la bombilla que ilumina lo suficiente para que dos sabios puedan mirarse a los ojos mientras hablan de lo que más les gusta. Aunque yo no tenga ni puta idea.


Y es que soy un fotosensible de la hostia.

5 comentarios:

  1. Gracias por la recomendación, ya lo pensaba leer pero con esta entrada me has dado aún mas ganas de hacerlo, me encanta el cine de estos dos maestros... Me ha hecho gracia tus etapas de lector, me parece que voy por la de Hesse, jajaja. Un saludo!

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    1. Te gustará, seguro, no puede ser de otra forma.

      Saludos.

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  2. Si bien hay libros que son malísimos, soy de la opinión que no hay lectura mala. La lectura es un hecho individual, un reto personal al principio, porque cuesta, porque no es cómodo cuando crees que hay cosas mas importantes tales como ver la tele, sentarte en un banco de la calle o mirar moscas. Una vez coges el hábito lo normal es que aparezca la autosuperación, las ganas de leer cosas mejores, aparece el discernimiento, aparecen nuevas inquietudes. Hay que leer, hay que hacer que otros lean, no existe otra forma para desasnarse, aunque sea un poco.

    Rara vez los libros disfrutan de las rebajas que sufren otros bienes como ropas y otras historias. ¿Será por algo?

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    1. Ni lectura mala, ni lectura buena, Ogro, a veces simplemente es una pérdida de tiempo.

      El hecho de leer no te hace mejor, ni personalmente ni con respecto a la sociedad. No es el hecho en sí, sino el uso que le des.

      Hay que tener olfato con los libros porque les das lo único que tienes: tiempo. Y ya no es cuestión de ir desparramándolo como si fuéramos árboles milenarios, porque no lo somos.

      Un saludo, amigo

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  3. Maravilloso libro, ahí casi se enseña a hacer una peli. Crack.

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