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viernes, 19 de agosto de 2022

ES VERDAD

 La anciana cree que su hija vendrá mañana. Está convencida. Pero eso no va a suceder. Mañana despertará y no lo recordará. Quizá sea otro día para acordarse de su querida tierra; o de su marido; o del hijo muerto por la botella; o de la cruel guerra; o de cuando podía andar sin la ayuda de nadie ni de nada. Y todo lo oirá, paciente, su cuidadora, una mujer fuerte y sencilla, manchega de pura cepa y madre de un par de hijas a las que poco les queda para levantar el vuelo. 

La anciana regresó no hace una semana de una estancia de mes y medio en su amada tierra norteña. El verano en La Mancha no es lo más indicado para una cántabra de tan avanzada edad. Ella no soporta el clima de esta tierra, nunca lo ha soportado en el largo cuarto de siglo que ha transcurrido; tampoco la ausencia de mar y la llanura inmensa. Si vino aquí con su marido ya jubilado fue por no dejar solo a su otro hijo en el que (a la postre y no sin serios problemas) será su último destino.

La cuidadora dice sí a todo. "Es verdad" es su coletilla. A veces estoy echando cafés y la oigo desde la barra: "es verdad". La anciana habla y ella le da la razón. A veces salgo de la barra y me siento en un taburete cerca de ellas. La anciana me quiere mucho. Dice que hago el mejor café del mundo. Me echa la mano y hay mañanas en las que pide que le dé un beso. Tiene la piel finísima y fría. Y a todo lo que yo digo la cuidadora responde "es verdad"

A veces las miro con cuidado desde detrás de la barra. La anciana de espaldas y la cuidadora de frente. Siempre se sientan así. Y veo a la cuidadora escucharla y decir "es verdad" cuando la anciana calla un momento. 

A veces la anciana no habla y entonces quedan silenciosas y la cuidadora mira el teléfono mientras la anciana mira el televisor. 

Algunas mañanas la cuidadora me comenta algo al acercarse a la barra para pagar. Tiene necesidad de contárselo a alguien, de hablar con alguien aunque sólo sea un par de minutos. No es joven, tampoco vieja, está en el mismo intervalo de tiempo por el que ando yo. Pero seis horas de todos sus días debe pasarlas junto a una anciana necesitada casi de tantos cuidados como sus hijas cuando eran bebés. Y día tras día, mañana tras mañana, la anciana rememora los recuerdos de vida que van quedando en su memoria, transfigurados algunos, imaginados otros, ciertos los menos y a todos ellos la cuidadora responde "es verdad" 


¡Ay, la vida...!

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