Cuando las ensoñaciones pasaron de eróticas a pornográficas decidí que lo mejor era levantarse de la cama e ir al mayorista para hacer la postergada compra del bar. No era mala idea, la verdad; mañana hará un calor del carajo y resultaba más conveniente quitarse la molestia de en medio cuanto antes. Después de todo, entre el calor y los tristes maullidos de la gata que no se cansaba de arañar la puerta cerrada del dormitorio, no había logrado dormir la siesta y estaba claro que con las imágenes que la mente iba pasando por mi cerebro iba a ser cosa imposible. Y ya no estoy para pajas.
El almacén está a las afueras, en pleno secarral manchego, pero dada mi situación antes tengo que transitar la principal arteria del pueblo. Y allí había chicas, mujeres, un montón de ellas. Y stops, y semáforos, y pasos de cebra, y Lovecraft, al igual que durante la abortada siesta, calentándome los cascos a través de los auriculares con su susurrador en la oscuridad, esa maravillosa comedia.
Tuve suerte, no choqué con nadie ni me subí a ningún bordillo y cuando llegué al almacén vi que había un sitio en el aparcamiento de sombra.
La compra fue tan rápida como siempre, sólo que al final añadí unos botes de cerveza para consumo propio a pesar del juramento realizado el pasado lunes. Esperando turno en la caja vi que había una chica nueva, una conocida que va por el bar, una mujerona de mi edad, una del tipo de las dos amigas a las que, puestas en pompa y esperando turno, estaba dándoles lo suyo en mi cama del piso, ya descartada mi joven y delicada francesita (¡Oh, Sonia!) y los dulces paseos bajo la luz de luna de Innsmouth.
- ¡Hola, Kufisto!
- Hola, Aurora, ¡qué sorpresa!
Estuvo muy simpática. Charlamos un poco mientras hacía su trabajo. Tiene contrato hasta septiembre y está contenta. Estupendo. Mi cama es grande. Cabrán tres tías a cuatro patas.
- ¿Estás segura? -le dije al oír la cuenta.
- Síii...Mira, pasa y la ves.
Pasé. Creí ver un error y se lo dije, pero ella me corrigió y tuve que darle la razón.
- La madre que me parió -acerté a decir a modo de disculpa.
- Sí, está todo muy caro.
Me despedí un tanto abochornado, cogí la factura y afuera repasé la cuenta. Sí, era eso. Todo correcto. Conduje hasta el bar, descargué el material y tiré para casa todavía con la pasta gastada en la cabeza, casi no lo podía creer, aunque no por ello dejé de tener espacio para un putón rubio, ya medio ajada por las drogas, que en minifalda roja y con negras medias de rejilla iba contorneándose calle abajo con el teléfono en la oreja y la mirada en modo Terminator.
"Cuatro, sí. Cuatro, Caben. Bien pegados caben los cuatro culos"
Metí todos los botes en el frigo y salí a andar un rato entre los desesperados lamentos de mi gata.
Eran las once y media de la mañana y no había ni veinte pavos en la caja. Salí a fumar a la puerta del bar dejando solo a un viejo cliente que tocaba con tiento los botones de la tragaperras. Al poco salió y se unió a la fiesta.
- No hay nadie por ahí -dijo- Deberías abrir más tarde los domingos, Kufisto. A las doce, doce y media...-se arriesgó-
- Ya
- ¿A qué hora has abierto hoy?
- A las siete y cuarto. Como siempre.
- Joder...¡Qué calor hace!
- Bueno, no tanto
- Dicen que la semana que viene será terrorífica...
- Pues nada...
- Bueno, me voy. Adiós, Kufisto.
- Adiós.
Lo vi marchar hasta su coche aparcado en la sombra de la vía de enfrente. Un par de minutos más tarde arrancó, se incorporó con cuidado a la inexistente circulación, hizo la rotonda por dentro y al pasar por el bar tocó el claxon como lo haría Jesús Quintero. Respondí con un leve movimiento de cabeza. "Está muy enfermo -pensé- Se va a morir muy pronto y tiene mucho miedo. Con lo que ha sido él..."
Vi pasar gente andando, paseando, caminando. Vi ciclistas con cascos en la cabeza. Vi coches con solitarios gordos conduciéndolos con el brazo izquierdo por fuera de la ventanilla. Un asco indecible se apoderó de mi y de mi mal dormir. Un odio indescriptible hacia lo que mis ojos estaban viendo.
Fue entonces que levanté la mirada para mirar las danzarinas hojas de los árboles de la mediana. Y entonces tuve una especie de kairós.
Yo era arrastrado por un par de tíos que me llevaban a algún sitio. Abrían una puerta y me tiraban al suelo. Dolorido, exhausto, levantaba la cabeza y allí estaba Bill Gates on sus gafas.
- Hola, Kufisto. Bienvenido. Perdona la brutalidad, pero era necesaria. Necesitábamos comprobar que realmente eras capaz de llegar hasta el final. No hay muchos como tú, como nosotros, no...Bien, recupérate, siéntate ahí, en esa silla, sí, muy bien...No te va a pasar nada, tranquilo. Ya estás aquí y este es el final, nadie te va a hacer más daño. Has superado todas las pruebas y todas las trampas sin ceder ante ninguna de ellas. Bien. Muy bien. Eso demuestra que tú eres uno de los nuestros. Y nada nos gusta tanto como encontrar a uno de los nuestros. ¿Sabes? Todo ha estado tan perdido, tan oculto, tan deslabazado, tan a la buena de Dios...
- Hola, Kufisto.
- Hola, Javi.
Pasamos adentro y le serví su café previo a la ida hacia el bar de mierda en el que trabaja. Habló del tiempo y del calor que viene para arrasarnos a todos a no ser que tengas el aire acondicionado que tenemos roto desde hace unos días. Fue irse y acordarme de Pink Floyd. Puse el "Atom heart mother" y en ese mismo momento decidí que esta mañana se iba a oír de corrido a Pink Floyd hasta el "Animals", algo que aconteció a eso de las dos y media. No son largos los discos de los Floyd.
Poco a poco fue animándose el mediodía, una cosa llevadera, algo del peso conveniente para unas espaldas como las mías.
Y hubo un curioso momento, amigos míos. Llegaron al bar unos pijos, unos pijos rematados, medio clientes míos. Suelen venir de vez en cuando, no es raro verlos, al menos a dos de ellos, dos nuncafollistas de mi edad, dos buenos chicos. Entonces ya estaba por allí Kámel, el indigente que, mudo, se alimenta a base de chupitos de J/B y algún que otro pincho; mi amiga la atractiva folladora y su nuevo malote; un rojo depresivo tomando tercios en la barra y una pareja no menos extrema, ella limpiadora de escaleras y él no sé qué cojones pero vasco de pura cepa. Y fue tal el cuadro que cuando vi quien entraba por la puerta tuve que echarme la primera cerveza.
Demasiado aguanté. Desde ayer tenía ganas de beber algo. De John Ford decían que era dipsómano. Hace tiempo que lo miré en Internet y vi que eso era lo que más cuadraba conmigo.
Kámel pidió una tostada de queso, tomate y pimiento morrón. "Tengo hambre, Kufisto", dijo pagando por adelantando. Me preocupa. Lleva unos días hablando solo. Hace poco me dijo que el médico, "un buen hombre", le había dicho que estaba en las últimas. Pero él sigue con su régimen, J/B, marihuana y alguna tostada o pulga.
Kámel leía el "As" en una mesa adyacente a la de los pijos cuando llegaron más de ellos al tiempo que yo dejaba las consumiciones sobre la mesa. Una chiquita de no más catorce años, apañada, limpísima, saludó dándole la mano a un chaval de polo Martina y bandera de España en la muñeca ante mi absoluta estupefacción y su inevitable por efervescente y nerviosa incredulidad.
Los pijos se fueron. Kámel también, "¡Adiós, hermano!" voceó mientras yo fregaba los platos.
Loren llegó cuando ya todo estaba hecho. Hacía tiempo que no le veía. Está alcoholizado desde hace muchos años.
- ¿Tienes billetes de cinco, Kufisto?-
- No.
- ¿Y la máquina? ¿Cambia?
- No lo sé.
Se fue a la tragaperras para ver si cambiaba billetes.
- ¿Cambia esta máquina en billetes pequeños, Kufisto. Me hacen falta para el bar.
- Ni puta idea.
Y se puso a cambiar. O a jugar.
Como Kámel, empezó a hablar solo. No era raro. Lo raro fue que me oyera musitar sentado en mi taburete de la barra.
- ¿Qué dices, Kufisto?- preguntó sin apartar la mirada de la máquina.
- Nada. Tú a lo tuyo -respondí sorprendido por su fino oído.
He ido al podólogo. Pedí cita ayer. En la puerta había un cartel de mascarilla obligatoria. Llamé, la puerta se abrió automáticamente, no había nadie en recepción y tomé asiento en la vacía salita de espera. Pronto salió él mismo de una de la puertas de enfrente.
- Enseguida te atiendo, Kufisto.
No dijo nada de la mascarilla. Pensé si tendría alguna en el coche pero lo dejé estar. El hilo musical era el de siempre, horroroso. Esta gente que ha estudiado no tiene gusto musical, lo tengo más que comprobado. Y yo sin los auriculares. Saqué el teléfono y miré cosas en la Red. Un chaval en patinete por la autovía adelantaba a un conductor que iba a 90 kilómetros por hora. La gente comentaba el fantástico vídeo.
- Pasa, Kufisto -dijo saliendo otra vez. "¿Y la recepcionista?" me pregunté
Sólo habían pasado cinco minutos cuando lo normal son quince o veinte o quizá algo más. A veces he tenido que salir un momento para renovar el ticket de la zona azul. Peo hoy que le había echado todo un euro no iba a tener esa inquietud.
- Siéntate y quítate los zapatos -dijo volviendo a salir por la puerta que comunica a otra habitación. Obedecí y ya instalado continué mirando el teléfono por no hacer mucho caso a los lamentos del demoníaco latino que también allí cantaba sus tonterías de amor. Una enorme mascota con forma de pez se tragaba a uno de los barrenderos de un partido de béisbol. Sonreí.
- Bueno, vamos a ver...
No hablamos mucho. Quiero decir de ordinario. Hoy incluso menos. Lo dejó hacer y ya está. ¿Para qué hablar? Yo no voy ahí a hablar. Y él tampoco se ve muy hablador, aunque que puede que fuera de allí sea otro. Su padre aún vive, un médico chiquitín, un practicante de los antiguos, vamos, jubilado desde hace mucho tiempo que siempre tuvo fama de follador. El otro día lo vi por la calle. Está muy viejo.
Llamaron a la puerta y salió. "¿Pero y la recepcionista?" Era alguien sin cita, oí la conversación. Regresó y sin decir nada siguió a lo suyo hasta que otra llamada le obligó a salir, indicándole que tomara asiento mientras terminaba conmigo. Otra vez a mis pies, a mi callo del pie izquierdo, "el derecho siempre lo tienes mejor", a mis uñas. Miré un pie que había a mi izquierda sobre la mesa de trabajo; bueno, los huesos de un pie. De un pie derecho, para ser más exactos, aunque reconocer esto me costó más dudas de las razonables al verlo de frente. Ando muy espeso estos últimos días. Y nadie más que yo tiene la culpa.
Es como un racimo de uvas. Se divide en dos. El gordo y el siguiente por un lado y los tres pequeños por el otro. Hay muchísimos huesos en un pie.
Una muchacha de blanco se asomó por la puerta y saludó con timidez. Él no respondió y yo tampoco. Volvieron a llamar a la puerta y esta vez él siguió a lo suyo.
Terminó aún más pronto que otras veces.
- Hasta la próxima, Kufisto.
Todavía estaba poniéndome los calcetines cuando entró la chica. No era la de siempre. Era mucho más joven y mucho más guapa, aún con la mascarilla puesta. Le pregunté qué le debía, pagué con un billete de cincuenta y me sonrió al traerme las vueltas.
¿Se la estará follando? ¿o quizá sea su sobrina, o su hija? No sé, no me imagino al podólogo follando. La verdad es que no me imagino follando a nadie que vea por la calle.
Regresé a casa y con un audiolibro de Conan hice la tabla de gimnasia diaria que esta mañana había cambiado por comer y dormir, algo que me sentó bien. Me machaqué a conciencia, volví a ducharme y comí un bote de patatas cocidas con una lata de sardinas en aceite y algo de cebolla cruda.
Eran las siete y media cuando acabé. Salir a andar no era muy apropiado, la verdad; así fue que miré en Youtube y volví a decidirme por vídeos de chinos cocinando.
Bueno, no son chinos, son japos y coreanos, creo que algún tailandés, pero vamos, chinos. Son vídeos con sonido directo, sin comentarios, la mayoría de ellos incluso sin subtítulos que en todo caso puedes desactivar, tal y como yo hago. Son estupendos, muy bien grabados. Ayer vi uno de un solitario pastelero que empezaba a currar a las tres de la madrugada y era magnífico verlo obrar con esa rapidez y seguridad. Luego, sobre las seis, iban uniéndosele compañeros hasta que a las ocho abrían las puertas dando fin al vídeo.
Qué feliz parecía ese hombre trabajando solo, a su aire. O qué feliz lo veía yo.
Quizá sea por ese recuerdo que hoy, después de todo, he vuelto a coger la pluma antes que seguir viendo trabajar a otros en soledad.
¡Y qué no sentiría yo en la solitaria juventud, aquella en la que borracho y vencido acababa sentado sobre el poyo de alguna casa desconocida en la oscura madrugada, quizá acariciando a algún perro callejero que se acercaba, susurrándole casi entre lágrimas mis penas, qué no sentiría yo, repito, la primera vez que leí las "Noches blancas" de Dostoyevski!
Qué no sentiría yo...
Uno no llega a Dostoyevski por "Noches blancas" como uno no llega a Madrid cogiendo la carretera hacia Liverpool. Se llega a Dostoyevski por "Crimen y castigo", por Raskólnikov; y después de leído por un espíritu joven, por un corazón sensible hasta lo enfermizo, viene todo lo demás, pues difícil es no ir por el resto una vez que se ha leído esa historia. Rodion Romanovich para enemigos y policías; Rodia para el amigo, la madre y la hermana; Raskólnikov para todos aquellos que alguna vez en la vida, algunas veces en la vida, hemos sido presos de un alma tan cismática como la suya.
Recuerdo comprar las Obras Completas en una feria del pueblo. Era la última noche, mi hermano y yo habíamos acabado de trabajar en el bar y en compañía de un amigo nos dirigíamos hacia la diversión, a pilla esto y lo otro, cuando paré un momento en el puesto de libros para echar un vistazo.
- ¡Venga, Kufisto!
- ¡Un momento, joder!
Lo de todos los años. Ya me iba cuando alzando la vista vi en las estanterías cuatro tomos en tapa dura con su nombre en letras doradas. Pregunté el precio. Veinte mil pesetas. Llevaba encima quince mil, les saqué el resto a los otros dos, que se cagaron en mi calavera, y me fui para casa. A leer. A leer a Dostoyevski. El corazón me latía como cuando todavía más joven, casi un niño, pillaba una revista porno en el kiosko de ese tronchao que acabaron cerrando porque también pasaba chocolate.
Puede que aquella misma noche, seguro, leyera "Noches blancas" Cosa rara, recuerdo con toda lucidez mi empeño en leerlas cronológicamente. La primera era "Pobres gentes", que me supo a poco aún cuando fue la que le dio la fama instantánea, tal y como contaba la extensa introducción del gran Rafael Cansinos Assens. Quizá fuera por ese motivo la impresión que me produjo "Noches blancas", mucho peor recibida. Yo era ese tío. Mejor aún, yo me "sentía" como ese tío, pues no en vano (y aún hoy) recordaba aquella magnífica frase de "Crimen y castigo" tras el asesinato de la vieja: "...pues aunque estaba solo no podía sentirse solo" Joder.
Esta semana ha ido bien. El finde pasado me pasé un tanto de más pero bueno, lo superé y a otra cosa. El bar, la gimnasia, el saco de boxeo, los paseos con mis audiolibros de Nietzsche, Lovecraft y Howard, la alimentación, corto de fumar...bien. Con todo busqué algo más, por cambiar, en Spotyfi y me acordé de Dostoyevski aunque sin mucha esperanza pues, claro está, lo he probado muchas veces y apenas hay nada para esos novelones. Y para escuchar una versión reducida mejor pillo una revista porno y me hago una paja.
"Noches blancas, de Fedor Dostoyevski"
Era una tía la que hablaba. No me gustan las tías que hablan. No me entendáis mal, me encantan las tías, lo que más me gusta en esta vida es verlas bailar, pero oír su voz en una historia de alguien como Dosto...¡joder! La descargué. Y luego, al salir del bar, me la puse para el paseo.
Y cero coma me faltó para echarme a llorar. ¡Qué voz, qué dicción, qué sentimiento! "Noches blancas" necesita la voz de una mujer. Un hombre no puede leer en voz alta esa novela.
Y mientras esto me decía andaba en pantalón corto entre los hirientes campos de maleza ya casi quemada por el fuerte sol que te llevan a la carretera de los molinos, cruzando las vías del tren, pisando piedras de trenes, no de hombres, jodiéndome los muslos, las pantorrillas, las piernas, el alma, el espíritu.
Y allí arriba los molinos. Los cuatro molinos. Vamos para allá, ¡arriba!, que Dosto se viene abajo, que Nástenka acabará por irse con el otro, que llegará, no lo dudes, llegará.
Y llega. Y se va con él.
Y Dosto sabe que a pesar de todos sus juramentos jamás la volverá a ver.
Pero hasta el fin de los tiempo se quedó para él con cuatro noches blancas.
- Escucha, hermano -susurró Kámel acercándose otra vez a la barra- Ya no tengo...
- ¿Chupito? -respondí sin esperar más explicaciones-
- Ja, chupito.
Le puse el cuarto chupito de J/B, más las dos cañas de cerveza que ya llevaba puestas.
- Gracias, hermano. Apúntalo. Está mal la cosa. No tengo pero pago...Todos somos humanos...Gracias, hermano.
No lo apunté en su pequeña cuenta al debe. Ese último iría por el bote que casi siempre deja. Creo que es el cliente que más propina da. Creo no, seguro. El cliente que más propina deja en nuestro en bar es un pobre de iglesia. Literal. ¿Qué bar puede vanagloriarse de algo así? El nuestro.
Cogió el chupito y lo bebió como siempre, de un trago. Pasé a la cocina para fregar los últimos platos mientras él se embadurnaba hasta los antebrazos de gel hidroalcohólico.
- ¡Adiós, hermano!
- Adiós.
Salí a fumar. Kámel andaba por el segundo paso de cebra con una pequeña bolsa al hombro. Así que hoy no había venido con la bici. A veces pasa, no creo que se la hayan robado. Tal vez la tenga pinchada, o puede que no se fíe con este calor. Una caída, te rompes algo ¿y luego qué? Caminaba errático sin llegar a hacer eses. Alcanzó los bancos de enfrente y por un instante lo vi dudar. Pero la tarde era tan bochornosa que lo pensó mejor y dejó para otro momento el petardo de marihuana. Siguió adelante y de repente hizo un giro extraño, retrocedió y pasó por la calzada, detrás de los coches aparcados. Pronto vi la razón. Una pareja venía de frente y Kámel no quiso cruzarse con ellos. Es un ilegal en tierra extraña, un ex-presidiario de la sección psiquiátrica de Herrera de La Mancha, un hombre alerta que prefiere evitar los problemas. Tiene una navaja, me la enseñó una tarde que nos quedamos solos en el bar. Sólo me habla cuando nos quedamos solos. Entonces me cuenta historias de su vida, de su llegada a España hace once años, de la hija que tiene con una rumana que le amenaza. El resto del tiempo lo pasa callado, sentado en una mesita leyendo el periódico deportivo, ajeno a todo. Ya irá para un año que lo tenemos de cliente.
Recuerdo verle a la puerta de la iglesia cuando volvía de mis paseos. Un asco indecible se apoderaba de mi mientras le veía abrir solícito la puerta de entrada a las viejas que iban llegando. Yo caminaba escuchando el Zaratustra, venía de los molinos, fuerte como un sol matinal que viene de oscuras montañas, y veía eso y se me ponían los pelos de punta. Un par de veces estuve a punto de irme a él al ver que mantenía mi mirada. Tenía una cara toda arrugada, quemada, casi negra sin serlo, el pelo ensortijado, la boca grande de todos los mentirosos...¡Dios, qué puto odio me daba!
Kámel siguió caminando por la calzada y justo cuando iba a perderle de vista volvió a hacer otro giro extraño al ver que un coche de la Guardia Civil venía por detrás. El coche siguió su marcha hacia el cuartel adyacente y Kámel subió por la misma calle. Y allí lo perdí de vista.
Una pareja cruzaba el paso de cebra mientras apuraba el cigarrillo. Todavía pensando en Kámel casi no me di cuenta cuando se plantaron en la puerta del bar. Me hice a un lado, les saludé y entraron. Creí reconocer a la chica y un poco a él. Pasé adentro.
En el bar no quedaban más que dos busconas medio ajadas, dos de esas en las que sólo puedes pensar con la polla resacosa, que habían llegado media hora antes, cuando todavía estaban allí esos que mueven miles de euros como tú las decenas, una pequeña cuadrilla de nuncafollistas, una extraña pareja y Kámel.
La verdad es que me alegré de su venida. No me apetecía nada quedarme solo con esas dos. Ya al llevarles la segunda consumición una de ellas, la rubia con el rostro lleno de maquillaje, la amiga de la clienta habitual, me había jijeado. Sí, daba asco verla, pero llevaba un vestido ajustado que le marcaba todo y hoy yo andaba con esa resaca amable, esa resaca tipo zen, que te da el haberte retirado a tiempo la noche anterior. Las jodidas son peores porque entonces estás más salido que los picos de mil puertas y se nota.
Tan llevadera había sido la dulce resaca que a eso de las dos y media me había servido la primera cerveza, algo que evito desde hace tiempo; pero toda la mañana había pasado tan fácil como una partida de Capablanca y yo me sentía bien, tan despejado como un cielo por el que las nubecillas pasan como con miedo. Sí, afuera el cielo estaba cargadísimo, todo él hecho una nube baja, pesada pero blanca, una especie de olla mal tapada, pero yo me sentí ligero durante toda la mañana, tan ligero como el sueño que había tenido durante la madrugada.
Las chicas pagaron y se fueron y la pareja pidió otra ronda de lo mismo. Yo conocía a la chica, bueno, a la mujer, pues ya no cumplirá los cuarenta años. Siempre ha sido feúcha, aún hace veinte años, cuando uno de mis hermanos, el follador, todavía estaba aquí, en el bar. El tío era un tío grande, de mi edad, de corta barba sin peluquería, buena gente. Enseguida alabó mi gusto musical, que no era sino una emisora del Spotyfi que había puesto unas horas antes a petición de un amiguete muy cansino por una canción de los Clash. Pronto llegaron los recuerdos de juventud y todo lo demás. Una conversación agradable. A su pasión por los Radiohead saqué a colación a mi hermano Marcos, el follador, y vi como a la chica se le encendía la mirada. Él no hacía más que hablar de bandas de los noventa, de los festivales, de la que se supone también tuvo que ser mi década, pero yo, aún conociéndolas a todas no había oído a ninguna. Sí, claro, conocía sus éxitos, ¡quien no!, pero mis bandas son otras más viejas. Y aquellos años, los años de mi juventud, los pasé de otra manera.
Jamás en la vida pensé, cuando era un adolescente que leía a Dostoyevski en la cocina del viejo bar mientras esperaba la voz de mi padre por una ración de calamares, jamás en la vida pensé, repito, que mi futuro estaría en un bar. No sé lo qué quería, no lo recuerdo, tampoco creo que entonces lo supiera, ya tempranamente fuera de los estudios y todo eso, pero seguro, seguro, no era esto.
Pero ahora, a mis casi cincuenta años, sin un duro en el banco y solo desde hace muchos años, algo que siempre me busqué, miro atrás, miro adelante, miro los coches que pasan por mi camino y los doy por buenos y sigo calle arriba.
Estoy escribiendo mi vida. ¿No sería eso lo que deseabas cuando leías a Dostoyevski en la cocina del viejo bar?
¿Y qué mejor sitio que un puto bar en el que tu mejor limosnero es uno que pide limosna?
Salí a fumar a la puerta del bar. El viento, el ardiente "solano" tan típico de La Mancha, corría con toda la fuerza de un nuevo amanecer; un poco más tarde, cuando el sol empezara a remontar el cielo, se calmaría. O no. Hay días en los que no deja de soplar, como ayer, y entonces la gente, sobretodo las mujeres, se quejan de dolor de cabeza.
La chavalería pasaba de camino a los institutos cargados con sus mochilas, ellas en grupo o en parejas y animadas charlas y ellos no tanto, algunos solos, los auriculares puestos, el móvil en la mano, la mirada dubitativa. Me fijé en uno que cruzaba solo el paso de cebra del otro lado de la avenida. Andaba cabizbajo, sin teléfono en la mano. Ya en el que da acceso a nuestro bar vi que tampoco llevaba auriculares. Pasó a mi lado, la mirada fija en el suelo, el semblante serio, tenso, reconcentrado...tenía las mejillas llenas de granos.
Una infinita ternura conmovió todo mi ser mientras le vi alejarse calle abajo. Era guapo, de buena estatura, pelo fuerte, complexión atlética pero...le esperaba otro día en el infierno. Las chicas no quieren besar a quien tiene esas mejillas. Las chicas ven eso con ojos de asco o, en el mejor de los casos, miran hacia otro lado; y los chicos...bueno, te humillarán todo lo que puedan, se vengarán en ti de sus miserias.
La enfermedad visible pasará y después, si todo va bien, no será más que otro borroso archivo de la mente. Eso es fácil decirlo. Todo recuerdo se torna llevadero porque la memoria es la fotografía de un molino de viento. Y si te ha tocado empezar a subir hasta él por el pedregoso sendero de las cabras, fuera del camino asfaltado, no te quedes abajo por ello. Sube, camina, siente el dolor en tus pies, aplasta a las piedras que sólo creen en pezuñas y luego, cuando dolorido, bufando y sudoroso alcances la cima del viejo molino, atado de pies y manos desde hace mucho tiempo cual monstruo de feria, sonríe; sonríele al sol, sonríele al viento, sonríele a la vida, sonríele a las piedras, sonríele a las cabras, sonríele a los granos.
Y entonces, chaval, sentirás como el viejo molino te sonríe sólo a ti.
La anciana llegó al bar apoyada en el tacatá bajo la cercana supervisión de su hijo que hoy como mañana hacía las veces de la cuidadora habitual. Acomodó a su madre en la mesa de todos los días y le acercó el desayuno. Pagó con el móvil y charlamos un poco acerca del programa de televisión que tenía puesto, uno nuevo, uno de ovnis. Ovnis a las nueve de la mañana. Estábamos bromeando sobre ello cuando la anciana voceó por menos volumen. Siempre lo hace, ya sean ovnis, yanquis buscadores de tesoros o anticuarios ingleses. Obedecí, el médico se marchó y regresé a la cocina.
- ¡Bájalo un poco! -oí otra vez. Salí a la barra, quité el volumen del televisor y puse algo de música suave, Lera Lynn, y ya la vieja no protestó. Tolera mejor la música cuando se queda sola ahí sentada, con las manos juntas como una buena chica, mirando la portada del periódico.
- Gracias, hijo.
Nunca me ha llamado por mi nombre. Siempre me dice hijo o compañero. A menudo, cuando salgo al salón para atender a alguien, me sonríe y me echa la mano, una mano pequeña, fría y suave surcada por venas azuladas.
- Cuanto te quiero, hijo.
- Yo también a usted, compañera.
Al rato llega su hijo, la recoge y se van a casa. Y el día está hecho. El resto del tiempo lo pasa viendo películas, series o, ya menos, leyendo libros.
- Ahora la tengo con las de 007 -me dijo su hijo esta mañana- Con el volumen quitado, sólo los subtítulos. Tiene una vista...Apenas utiliza las gafas.
- Y el oído ni te cuento.
- Jajaja...
Pero es estar en el bar lo que más le gusta, lo sé. Bajar del piso, salir a la calle, empujar su carrito y desayunar en el bar de su compañero que tan bien le prepara el café con leche.
- ¡Es que está perfecto! -dice casi nerviosa- ¡No sé, en mi casa no sabe igual! Tienes una mano...
Y yo sonrío y recojo la que me tiende.
- Me recuerdas tanto a mi hijo, al que se murió...Se mató con el alcohol, el pobre...Era tan bueno, pero...en fin. ¿Tu has estado en mi tierra, en Cantabria?
- No, compañera.
- Pues es una cosa...-dice con los ojos brillantes de emoción- Aquello es precioso, todo verde, el mar, las montañas...¡Con lo andarina que he sido yo y ya ves ahora! Pero aquí, en La Mancha, ¡no hay nada!, ¡y ese calor! No sé como podéis soportarlo.
- Quizá porque no conocemos Cantabria.
- ¡Ay si la conocieras, hijo...! ¡Vente con nosotros este verano!
- No puedo.
- Tengo una casa grande allí. Y el mar está cerca. Respirar aquel aire...Cuanto lo echo de menos. No me acostumbro a esta tierra.
- Pues ya lleva muchos años aquí.
- Sí, muchos...Demasiados
- Leí una vez una cosa sobre las mujeres cántabras...
- ¿Lees, hijo?
- Sí, compañera. Y a veces hasta escribo.
- ¿Y qué escribes?
- Cuentos. Bueno...cosas que me pasan.
- Yo también escribí cuando era joven. Poemas...Mi hija, la que está en Francia, es escritora ¿Pero qué era eso que ibas a decirme de las cántabras?
- Pues que según los romanos eran unas mujeres duras como ellas solas. Cuando parían eran ellas las que cuidaban del marido.
- Jajaja...Sí, somos gente dura, hijo. La vida es dura...la vida ha sido muy dura. ¿Pero sabes? No me quiero morir. ¡Y mira que ahora estoy hecha una piltrafa! pero no, no quiero morirme. Lo que peor llevo son las piernas. Si pudiera andar...Bien está, qué le vamos a hacer. Pero echo mucho de menos mi tierra.
- La tierra de uno lo es todo...
- Sí que lo es, sí. Más tarde te darás cuenta, hijo.