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sábado, 14 de mayo de 2022

LATELY

La anciana llegó al bar apoyada en el tacatá bajo la cercana supervisión de su hijo que hoy como mañana hacía las veces de la cuidadora habitual. Acomodó a su madre en la mesa de todos los días y le acercó el desayuno. Pagó con el móvil y charlamos un poco acerca del programa de televisión que tenía puesto, uno nuevo, uno de ovnis. Ovnis a las nueve de la mañana. Estábamos bromeando sobre ello cuando la anciana voceó por menos volumen. Siempre lo hace, ya sean ovnis, yanquis buscadores de tesoros o anticuarios ingleses. Obedecí, el médico se marchó y regresé a la cocina.

- ¡Bájalo un poco! -oí otra vez. Salí a la barra, quité el volumen del televisor y puse algo de música suave, Lera Lynn, y ya la vieja no protestó. Tolera mejor la música cuando se queda sola ahí sentada, con las manos juntas como una buena chica, mirando la portada del periódico. 

- Gracias, hijo.

Nunca me ha llamado por mi nombre. Siempre me dice hijo o compañero. A menudo, cuando salgo al salón para atender a alguien, me sonríe y me echa la mano, una mano pequeña, fría y suave surcada por venas azuladas. 

- Cuanto te quiero, hijo. 
- Yo también a usted, compañera.

Al rato llega su hijo, la recoge y se van a casa. Y el día está hecho. El resto del tiempo lo pasa viendo películas, series o, ya menos, leyendo libros. 

- Ahora la tengo con las de 007 -me dijo su hijo esta mañana- Con el volumen quitado, sólo los subtítulos. Tiene una vista...Apenas utiliza las gafas.
- Y el oído ni te cuento.
- Jajaja...

Pero es estar en el bar lo que más le gusta, lo sé. Bajar del piso, salir a la calle, empujar su carrito y desayunar en el bar de su compañero que tan bien le prepara el café con leche.

- ¡Es que está perfecto! -dice casi nerviosa- ¡No sé, en mi casa no sabe igual! Tienes una mano...

Y yo sonrío y recojo la que me tiende.

- Me recuerdas tanto a mi hijo, al que se murió...Se mató con el alcohol, el pobre...Era tan bueno, pero...en fin. ¿Tu has estado en mi tierra, en Cantabria?
- No, compañera.
- Pues es una cosa...-dice con los ojos brillantes de emoción- Aquello es precioso, todo verde, el mar, las montañas...¡Con lo andarina que he sido yo y ya ves ahora! Pero aquí, en La Mancha, ¡no hay nada!, ¡y ese calor! No sé como podéis soportarlo.
- Quizá porque no conocemos Cantabria.
- ¡Ay si la conocieras, hijo...! ¡Vente con nosotros este verano!
- No puedo.
- Tengo una casa grande allí. Y el mar está cerca. Respirar aquel aire...Cuanto lo echo de menos. No me acostumbro a esta tierra.
- Pues ya lleva muchos años aquí.
- Sí, muchos...Demasiados
- Leí una vez una cosa sobre las mujeres cántabras...
- ¿Lees, hijo?
- Sí, compañera. Y a veces hasta escribo.
- ¿Y qué escribes?
- Cuentos. Bueno...cosas que me pasan.
- Yo también escribí cuando era joven. Poemas...Mi hija, la que está en Francia, es escritora ¿Pero qué era eso que ibas a decirme de las cántabras?
- Pues que según los romanos eran unas mujeres duras como ellas solas. Cuando parían eran ellas las que cuidaban del marido.
- Jajaja...Sí, somos gente dura, hijo. La vida es dura...la vida ha sido muy dura. ¿Pero sabes? No me quiero morir. ¡Y mira que ahora estoy hecha una piltrafa! pero no, no quiero morirme. Lo que peor llevo son las piernas. Si pudiera andar...Bien está, qué le vamos a hacer. Pero echo mucho de menos mi tierra.
- La tierra de uno lo es todo...
- Sí que lo es, sí. Más tarde te darás cuenta, hijo.




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