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domingo, 5 de junio de 2022

ERAN LAS ONCE Y MEDIA DE LA MAÑANA Y NO HABÍA NI VEINTE PAVOS EN LA CAJA

 Eran las once y media de la mañana y no había ni veinte pavos en la caja. Salí a fumar a la puerta del bar dejando solo a un viejo cliente que tocaba con tiento los botones de la tragaperras. Al poco salió y se unió a la fiesta.

- No hay nadie por ahí -dijo- Deberías abrir más tarde los domingos, Kufisto. A las doce, doce y media...-se arriesgó-
- Ya
- ¿A qué hora has abierto hoy?
- A las siete y cuarto. Como siempre.
- Joder...¡Qué calor hace!
- Bueno, no tanto
- Dicen que la semana que viene será terrorífica...
- Pues nada...
- Bueno, me voy. Adiós, Kufisto.
- Adiós.

Lo vi marchar hasta su coche aparcado en la sombra de la vía de enfrente. Un par de minutos más tarde arrancó, se incorporó con cuidado a la inexistente circulación, hizo la rotonda por dentro y al pasar por el bar tocó el claxon como lo haría Jesús Quintero. Respondí con un leve movimiento de cabeza. "Está muy enfermo -pensé- Se va a morir muy pronto y tiene mucho miedo. Con lo que ha sido él..."

Vi pasar gente andando, paseando, caminando. Vi ciclistas con cascos en la cabeza. Vi coches con solitarios gordos conduciéndolos con el brazo izquierdo por fuera de la ventanilla. Un asco indecible se apoderó de mi y de mi mal dormir. Un odio indescriptible hacia lo que mis ojos estaban viendo. 

Fue entonces que levanté la mirada para mirar las danzarinas hojas de los árboles de la mediana. Y entonces tuve una especie de kairós.

Yo era arrastrado por un par de tíos que me llevaban a algún sitio. Abrían una puerta y me tiraban al suelo. Dolorido, exhausto, levantaba la cabeza y allí estaba Bill Gates on sus gafas.

- Hola, Kufisto. Bienvenido. Perdona la brutalidad, pero era necesaria. Necesitábamos comprobar que realmente eras capaz de llegar hasta el final. No hay muchos como tú, como nosotros, no...Bien, recupérate, siéntate ahí, en esa silla, sí, muy bien...No te va a pasar nada, tranquilo. Ya estás aquí y este es el final, nadie te va a hacer más daño. Has superado todas las pruebas y todas las trampas sin ceder ante ninguna de ellas. Bien. Muy bien. Eso demuestra que tú eres uno de los nuestros. Y nada nos gusta tanto como encontrar a uno de los nuestros. ¿Sabes? Todo ha estado tan perdido, tan oculto, tan deslabazado, tan a la buena de Dios...

- Hola, Kufisto.
- Hola, Javi.

Pasamos adentro y le serví su café previo a la ida hacia el bar de mierda en el que trabaja. Habló del tiempo y del calor que viene para arrasarnos a todos a no ser que tengas el aire acondicionado que tenemos roto desde hace unos días. Fue irse y acordarme de Pink Floyd. Puse el "Atom heart mother" y en ese mismo momento decidí que esta mañana se iba a oír de corrido a Pink Floyd hasta el "Animals", algo que aconteció a eso de las dos y media. No son largos los discos de los Floyd.

Poco a poco fue animándose el mediodía, una cosa llevadera, algo del peso conveniente para unas espaldas como las mías.

Y hubo un curioso momento, amigos míos. Llegaron al bar unos pijos, unos pijos rematados, medio clientes míos. Suelen venir de vez en cuando, no es raro verlos, al menos a dos de ellos, dos nuncafollistas de mi edad, dos buenos chicos. Entonces ya estaba por allí Kámel, el indigente que, mudo, se alimenta a base de chupitos de J/B y algún que otro pincho; mi amiga la atractiva folladora y su nuevo malote; un rojo depresivo tomando tercios en la barra y una pareja no menos extrema, ella limpiadora de escaleras y él no sé qué cojones pero vasco de pura cepa. Y fue tal el cuadro que cuando vi quien entraba por la puerta tuve que echarme la primera cerveza.

Demasiado aguanté. Desde ayer tenía ganas de beber algo. De John Ford decían que era dipsómano. Hace tiempo que lo miré en Internet y vi que eso era lo que más cuadraba conmigo.

Kámel pidió una tostada de queso, tomate y pimiento morrón. "Tengo hambre, Kufisto", dijo pagando por adelantando. Me preocupa. Lleva unos días hablando solo. Hace poco me dijo que el médico, "un buen hombre", le había dicho que estaba en las últimas. Pero él sigue con su régimen, J/B, marihuana y alguna tostada o pulga.

Kámel leía el "As" en una mesa adyacente a la de los pijos cuando llegaron más de ellos al tiempo que yo dejaba las consumiciones sobre la mesa. Una chiquita de no más catorce años, apañada, limpísima, saludó dándole la mano a un chaval de polo Martina y bandera de España en la muñeca ante mi absoluta estupefacción y su inevitable por efervescente y nerviosa incredulidad. 

Los pijos se fueron. Kámel también, "¡Adiós, hermano!" voceó mientras yo fregaba los platos.

Loren llegó cuando ya todo estaba hecho. Hacía tiempo que no le veía. Está alcoholizado desde hace muchos años.

- ¿Tienes billetes de cinco, Kufisto?- 
- No.
- ¿Y la máquina? ¿Cambia?
- No lo sé.

Se fue a la tragaperras para ver si cambiaba billetes.

- ¿Cambia esta máquina en billetes pequeños, Kufisto. Me hacen falta para el bar.
- Ni puta idea.

Y se puso a cambiar. O a jugar.

Como Kámel, empezó a hablar solo. No era raro. Lo raro fue que me oyera musitar sentado en mi taburete de la barra.

- ¿Qué dices, Kufisto?- preguntó sin apartar la mirada de la máquina.
- Nada. Tú a lo tuyo -respondí sorprendido por su fino oído.
- ¡Ah, vale! Creí que...


Salí del bar. El coche ardía.


- A casa, pequeño. A casa.

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