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sábado, 28 de mayo de 2022

CUATRO NOCHES BLANCAS

 ¡Y qué no sentiría yo en la solitaria juventud, aquella en la que borracho y vencido acababa sentado sobre el poyo de alguna casa desconocida en la oscura madrugada, quizá acariciando a algún perro callejero que se acercaba, susurrándole casi entre lágrimas mis penas, qué no sentiría yo, repito, la primera vez que leí las "Noches blancas" de Dostoyevski! 

Qué no sentiría yo...

Uno no llega a Dostoyevski por "Noches blancas" como uno no llega a Madrid cogiendo la carretera hacia Liverpool. Se llega a Dostoyevski por "Crimen y castigo", por Raskólnikov; y después de leído por un espíritu joven, por un corazón sensible hasta lo enfermizo, viene todo lo demás, pues difícil es no ir por el resto una vez que se ha leído esa historia. Rodion Romanovich para enemigos y policías; Rodia para el amigo, la madre y la hermana; Raskólnikov para todos aquellos que alguna vez en la vida, algunas veces en la vida, hemos sido presos de un alma tan cismática como la suya.

Recuerdo comprar las Obras Completas en una feria del pueblo. Era la última noche, mi hermano y yo habíamos acabado de trabajar en el bar y en compañía de un amigo nos dirigíamos hacia la diversión, a pilla esto y lo otro, cuando paré un momento en el puesto de libros para echar un vistazo.

- ¡Venga, Kufisto!
- ¡Un momento, joder!

Lo de todos los años. Ya me iba cuando alzando la vista vi en las estanterías cuatro tomos en tapa dura con su nombre en letras doradas. Pregunté el precio. Veinte mil pesetas. Llevaba encima quince mil, les saqué el resto a los otros dos, que se cagaron en mi calavera, y me fui para casa. A leer. A leer a Dostoyevski. El corazón me latía como cuando todavía más joven, casi un niño, pillaba una revista porno en el kiosko de ese tronchao que acabaron cerrando porque también pasaba chocolate.

Puede que aquella misma noche, seguro, leyera "Noches blancas" Cosa rara, recuerdo con toda lucidez mi empeño en leerlas cronológicamente. La primera era "Pobres gentes", que me supo a poco aún cuando fue la que le dio la fama instantánea, tal y como contaba la extensa introducción del gran Rafael Cansinos Assens. Quizá fuera por ese motivo la impresión que me produjo "Noches blancas", mucho peor recibida. Yo era ese tío. Mejor aún, yo me "sentía" como ese tío, pues no en vano (y aún hoy) recordaba aquella magnífica frase de "Crimen y castigo" tras el asesinato de la vieja: "...pues aunque estaba solo no podía sentirse solo" Joder. 

Esta semana ha ido bien. El finde pasado me pasé un tanto de más pero bueno, lo superé y a otra cosa. El bar, la gimnasia, el saco de boxeo, los paseos con mis audiolibros de Nietzsche, Lovecraft y Howard, la alimentación, corto de fumar...bien. Con todo busqué algo más, por cambiar, en Spotyfi y me acordé de Dostoyevski aunque sin mucha esperanza pues, claro está, lo he probado muchas veces y apenas hay nada para esos novelones. Y para escuchar una versión reducida mejor pillo una revista porno y me hago una paja.

"Noches blancas, de Fedor Dostoyevski" 

Era una tía la que hablaba. No me gustan las tías que hablan. No me entendáis mal, me encantan las tías, lo que más me gusta en esta vida es verlas bailar, pero oír su voz en una historia de alguien como Dosto...¡joder! La descargué. Y luego, al salir del bar, me la puse para el paseo.

Y cero coma me faltó para echarme a llorar. ¡Qué voz, qué dicción, qué sentimiento! "Noches blancas" necesita la voz de una mujer. Un hombre no puede leer en voz alta esa novela.


Y mientras esto me decía andaba en pantalón corto entre los hirientes campos de maleza ya casi quemada por el fuerte sol que te llevan a la carretera de los molinos, cruzando las vías del tren, pisando piedras de trenes, no de hombres, jodiéndome los muslos, las pantorrillas, las piernas, el alma, el espíritu.


Y allí arriba los molinos. Los cuatro molinos. Vamos para allá, ¡arriba!, que Dosto se viene abajo, que Nástenka acabará por irse con el otro, que llegará, no lo dudes, llegará.


Y llega. Y se va con él. 


Y Dosto sabe que a pesar de todos sus juramentos jamás la volverá a ver.


Pero hasta el fin de los tiempo se quedó para él con cuatro noches blancas.


Cuatro noches blancas.

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