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domingo, 26 de junio de 2022

UN MAPA DE ISLANDIA

 El pequeño cabroncete entró por segunda vez a la barra.

- ¡Chuches! -gritó en esta ocasión. La primera no dijo nada; simplemente pasó hasta donde está el zumo que le gusta y lo cogió sonriendo mientras me miraba.

- ¡Adrián! -voceó la madre que junto a su cuñada estaba esperando las cervezas que yo andaba tirando- ¡Sal de ahí, Adrián! ¡ahora mismo! -dijo yendo a por él.

El chiquillo, quieto, seguía sonriendo con el zumo entre sus manitas, mirándome.

- Trae, torpedo -le dije. Se lo abrí, le puse una pajita y se lo devolví. 

- ¡No debes entrar ahí! -le riñó la madre recogiéndolo. Es una buena mujer, tiene otro algo mayor, ahora menos travieso que antes. 

Pero hoy habían venido al bar en compañía de otra pareja. A él lo conocía, es un comercial de tabacos, y enseguida caí en la cuenta de que era el hermano de mi clienta. Resulta curioso como se relacionan las cosas cuando coinciden en tiempo y espacio. Por separado jamás he caído en ello durante todos estos años, a pesar de que la hermana trabaja en un estanco, pero ha sido verlos juntos y decirme "sí, son hermanos. ¡Son iguales! El mismo mentón pronunciado...Son hermanos, Kufisto" 

Esta pareja nueva (a ella sí que no la conocía) venían con sus dos hijos, un chico ya algo mayor, de unos doce años, y una chiquilla de la edad del mayor de los otros dos. La madre tenía una mirada un tanto cansada, agotada. Era guapilla, más que la otra, mi amiga, pero se la veía más débil.

Enseguida, tras darle unos tragos a los zumos en la mesa donde estaban separados de sus respectivos padres, los chicos se pusieron a jugar a una especie de escondite que el grande (un chico alto, delgado y con gafas) intentaba que no se saliera de madre.

- ¡Chuches! -dijo riendo-
- ¡No tengo! -respondí convencido. Y la verdad es que no tengo- ¡Pero espera! -añadí recordando que en el revuelto de frutos secos hay gominolas. Tampoco quería que el chico pensara de mi que soy una especie de ogro. Quizá vengan por las tardes y alguno de mis hermanos les dé unas pocas. ¡Y a mi me encantan los chicos, joder!

- Toma -le dije poniendo en sus manitas un cuenco lleno de quicos, cacahuetes, avellanas y alguna que otra gominola de diferentes colores.

Esta vez fue el mayor quien estaba recogiéndolo. El pequeño salió disparado pero él se quedó mirando mi camiseta.

- Eso es Islandia -dijo-
- ¿Qué? -respondí más por incredulidad que por otra cosa
- El mapa de su camiseta. Es Islandia.

Era Islandia.

Es una camiseta verde con el mapa de Islandia en el pecho y dentro de él la figura de un caballo de ajedrez y h5.

- Sí, es Islandia -respondí completamente alucinado- ¿como lo has sabido?
- Me gusta mirar mapas. Y banderas. Las dibujo.

Recordé que cuando yo era chico también me gustaba mirar mapas y banderas. Y dibujarlas. 

- Muy bien...-dije sin salir de mi asombro- Esto que ves dentro de ella es una jugada de ajedrez y este de quien se habla detrás -dije dándome la vuelta por un momento- el jugador que la hizo allí en Islandia, en el campeonato del mundo de 1972...
- ¿En Reykjavik? -dijo sin pestañear-
- Exacto. En Reykjavik.

También conocía los nombres de las capitales de los países. De chico yo...

Marchó y seguí a lo mío pero ahora preso de una sensación indescriptible que ya no me abandonaría en el resto de lo que quedaba de turno, apenas una hora y media más.

- ¡Chuches! -aulló el enano por segunda vez, sudando como un monito-
- ¡Pero si tienes entero el otro! -le dijo su primo mayor-
- ¡Chuches!
- Espera -dije yo- Sé lo que quiere.

Pasé adentro y en una servilleta fui colocando unas cuantas golosinas, ya libres de los malditos frutos secos.

- Toma, que no se te caigan.

Y salió disparado.

El chaval se quedó un momento ahí parado, mirando a su primito.

- Así que te gustan los mapas -dije- La verdad es que me has sorprendido. Es la primera vez en los cinco años que tengo esta camiseta que encuentro a alguien que sabe el nombre del país. 
- Sí. Me gusta la Geografía y la Historia.
- ¿También la Historia?
- Sí.
- Ah, ¿qué tal el curso? ¿ha ido bien?
- Sí. El año que viene empiezo el bachillerato.
- Muy bien.
- Me llamó Andrés -dijo tendiéndome la mano.
- Y yo Kufisto -respondí extendiendo la mía.

Y sin dudarlo me echó mano al antebrazo. Estamos en tiempo de pandemia. 

- Pues a estudiar, Andrés.
- Sí. Quiero tener un futuro.

Faltó poco para que me diera un blancazo al oírle decir eso.

- Usted me parece simpático -dijo con firmeza.
- Claro -respondí al borde de caerme muerto.

Y se fue a cuidar de los pequeños.


Recogí el bar. Limpié los platos de la cocina. El lavavajillas hacía su trabajo entre tanto. Después barrí el salón y lo fregué por encima, lo más gordo. 

Eran las cuatro menos cuarto. Media hora más y estaría fuera. Me serví otra cerveza, rulé un cigarrillo y salí a la puerta. 

Dos chavales, dos chavales de todos los días, dos mostrencos, bajaban la avenida en chanclas, toalla al hombro y la gorra del revés en dirección a la piscina municipal oyendo a un fumeta diciendo gilipolleces por el Auto-Tune. 

Fumé. Bebí. Recordé la tarde de ayer, cuando un poco menos borracho que ahora mientras escribo esto decidí salir a andar tras escribir la historia de otro día: me sentí tan ciego y era tan temprano que era eso o bajar por una botella de whisky y ponerme hasta el culo.

Salí. No hacía mucho calor. Fui hacia la avenida de circunvalación. Vi los molinos, me quité la camiseta y una vez más tiré hacia ellos, esta vez por la carretera, en el arcén.

A mitad de camino vi una figura que se incorporaba. Así tan lejos no podía saberse si era hombre o mujer. A ojo de buen cubero serían doscientos metros largos los que nos separaban.

Quité a Lovecraft y puse a Metallica. Apreté el paso. 

Poco después me di cuenta de que era un tío. "Lo pillaré poco después de entrar en el sendero de los molinos" me dije caminando como un maníaco. Los coches que venían de frente cortaban el aire a cuchillazos a metro y medio de mi. Pero yo sólo veía al tío que iba delante. 

Apenas medio kilómetro más adelante, justo cuando uno entra en el camino hacia los molinos, ya tenía al tío a tiro. Allí mismo se paró y lo vi quitarse la camiseta y echar un trago. Medio minuto más tarde ya era mío. 

Subí la cuesta como nunca, a todo lo que daba. "Hijo de puta, te voy a mear la boca. Voy a subir y a bajar esto cuando tú todavía estés por el merendero"

A un ritmo brutal y por el camino más corto y jodido coroné el molino. Miré hacia abajo mientras descendía y no vi al puto subnormal. ¿Donde se había metido? Bajé con "St. Anger" a toda hostia en mi cabeza.

"¡Míralo! ¡Está allí, bajando! ¡Ja! ¡Ha subido hasta el merendero, nada más! ¡Hijo de puta!"

Apreté más el paso. Tenía que adelantarlo antes del final del puente, antes de desviarme hacia el segundo cerro. Lo alcancé al son de "Hardwared for self desctrut" Me vio sobrepasarle por segunda vez.

"Hijo de puta"

Subí corriendo la parte final, la más dura.

Eufórico y descamisado, pecho lobo, entré en el pueblo.


Estará vacunado. Es muy bueno en Geografía e Historia. Seguro que habrá buscado qué pasó en Reykjavik en 1972.


"Parece simpático"


Claro, chico. ¿Como no parecerlo cuando oyes a un chaval reconocer el mapa de Islandia?

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