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jueves, 30 de junio de 2022

CUATRO MÉDICOS JUBILADOS

 - Estamos esperando -dijo el viejo tras acomodar al anciano en una de las mesas del salón.
- Bien -respondí.

Estupendo. Pocas cosas hay que me jodan más que ver entrar al bar a dos desconocidos, dos vejestorios, y que me digan que están esperando a otros. Y hoy tampoco era el mejor de mis días. 

Era la una y media, hora de cañeo, hora de hacer algo. Y ahí tenía a dos momias ocupando una de las cinco mesas. 

Pronto llegó alguien, un médico recién jubilado, el más joven, uno a quien nada más verlo supuse que venía en avanzadilla del factotum. Y entonces vi la cosa con otros ojos.

Gente de dinero. Gente que se gasta la pasta.

Él llegó y enseguida pidió por todos. Jamón, queso, botella de vino...Estaba tan pletórico como siempre a pesar de su edad.

- ¿No tienes tortilla, Kufisto?
- No -respondí como tantas otras veces. Dejamos de hacerlas tras el confinamiento. Dimos un giro nuevo al bar. En una ocasión le di mi número de teléfono para que me advirtiera el día anterior a su venida, algo que de poco ha servido. Él recuerda la tortilla de patatas cuando ya está en el bar, no antes.

Es normal. Es un jefe. Ha vivido mucho y bien. Todavía hoy, años después de jubilarse, sigue tirando de quienes fueron sus subordinados en el hospital. ¿Por qué se iba a acordar de avisar a un camarero? 

Hombre de humor, vitalista, extranjero en La Mancha de los años ochenta, integrado, no apocalíptico, que diría Eco, algo que nosotros, nuestra familia, no quiso ver por pura cerrazón de la lealtad. Y así estamos como siempre hemos estado, según mi memoria, ya larga, recuerda.

Jamás le vi en el viejo bar de mi padre. Supongo que chocarían, Hoy me he enterado que llegó aquí en el 81, cuando este pueblo era otra cosa muy diferente a la actual. En aquel año yo ya tenía algo de razón; mi primer recuerdo del mundo es de diciembre del año anterior, el asesinato de Lennon. Pero él, entonces, era un tío joven, un atractivo extranjero medio moro, un ginecólogo que se encargaba de cuidar los coños de las santas mujeres del pueblo y de las de no tan santas, de esas chicas sobre las que los infantiles maridos de aquellas se medían entre cubalibres y partidas de dados que regularmente acababan a hostias. 

- ¡Otra botella, Kufisto!

Estaba sentado junto al anciano, un hombre que en ese momento me preguntó por si era hijo de mi padre. Yo le dije que sí, que era el mayor de sus hijos, y él respondió presentándose, y entonces supe quien era, una celebridad del viejo pueblo, no lo había reconocido, han pasado tantos años desde que nos fuimos del viejo bar...

Pasó el tiempo con el resto de clientes y nos quedamos solos. Una buena mañana si acabara ahora, a las tres y media, perfecta. El más joven había pagado la abultada cuenta y yo estaba deseando volver a casa, echarme en la cama y descansar.

- ¡Kufisto! -dijo el jefe- ¿qué tienes por ahí?

Más comida, más bebida. Fabada y garbanzos con callos, esto de bote, de Casa Gerardo. Primera División. No había más blanco del que habían bebido y se pasaron al tinto.

Me resigné. En verano cerramos durante las horas de más calor pero bueno, hoy estaba siendo una excepción. 

Otra botella de vino. Ya iban cuatro para cuatro jubilados. Jamón, queso curado, fabada, garbanzos con callos...

Eran casi las cuatro. Bajé las persianas del ventanal. Apagué la tragaperras y la televisión. No iba con ellos. Más cómodos. 

- Café, Kufisto.

Café. Y chupitos caros, "¡lo mejor que tengas!. Y chistes verdes, y recuerdos verdes y risas rojas.

El bar estaba como cerrado para ellos aunque no se diesen cuenta. Me serví la primera cerveza y esperé sentado en un extremo de la barra.


Bien. A fin de cuentas sólo es otro día en una existencia apocalíptica.

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