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lunes, 12 de marzo de 2012

MALDITO CERDO




No tendría más de catorce años, era verano, temporada de terraza, supongo que sería un fin de semana, ellos solían ir a diario pero la tarde del domingo sacaban a sus viejas mujeres, primero a misa y después al bar, llegaban y arramblaban con mesas y sillas como si estuvieran en su casa, todas las que hicieran falta y más, aquellos también eran malos tiempos y para conseguir clientes tenías que tragar mierda demasiado a menudo, además que ellos eran de los de toda la vida y eso les daba un plus que siempre transformaban en plus ultra, es lo que tienen las costumbres y tradiciones: nadie recuerda el porqué están ahí pero siempre están ahí. Y en primera fila.

Es curioso, ésta siempre fue zona roja, al menos hasta hace cuatro días, pero al mismo tiempo siempre ha sido de misa dominical y procesiones multitudinarias encabezadas por las fuerzas vivas de costumbre, entre las que nunca vi a Franco y sus camisas azules, cosas de la edad, pero sí a los diferentes alcaldes socialistas y todos sus concejales, muy serios y circunspectos, muy dignos con sus estandartes y collares macho-alfas...y nadie se extrañaba. Aquí, en la Mancha, donde ser soltero es sospechoso, la Iglesia siempre ha marcado el camino a seguir, con Franco y sin Franco; el asunto, el tema, es que a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César...hasta cierto punto. Ningún cesarín se hubiera atrevido a quedarse en casa en las procesiones claves de la Semana Santa. Ni se atreverá.

La Mancha es Tierra de Gigantes. Y hace tiempo que sabemos que no existen, pero ahí seguimos, atenazados ante cualquier cambio, más vale malo conocido que bueno por conocer, yo creo que es cosa de la llanura y el sol, de la lejanía del mar y sus mareas, a veces pienso que los manchegos no creemos que exista, que es cosa de cuento, de historiadores, no hay más que aquello que vemos, para todo lo demás ya está la Santa Madre Iglesia. Me temo que aquí a la Virgen del Carmen se la considera un poco puta.

La nuestra está en su altar, con las dos piernas quebradas, ya nos encargamos nosotros de sacarla a hombros cuando le toca. Eso sí que es una Virgen. Ay, Señor...

En fin. Aquellos de los que os hablé al principio eran de estos, de los que se ponían el capirote, o los colgantes de miembros de la Hermandad del Perpetuo Misterio, siempre metían la cabeza en las primeras filas de sus manifas sin pancartas, a pelo, aquí todos somos muy machos, los protestantes no están bien vistos, protestar es una falta de Hedukazión, "a callar y a arrimar el hombro". Claro que luego me enteré que la mayoría de ellos eran unos perfectos hipócritas: unos tiranos con sus trabajadores y unos puteros de cuidado. En la Mancha no estaba bien visto que un hombre se mantuviera fiel a su esposa, resultaba sospechoso, y para eso estaban las putas, las de previo pago, pocas tenían ovarios para jugársela sin ser del gremio, aunque esto sí que ha cambiado: ahora el que no es cornudo está en ello...pero tambien es bueno para el Convento, ya llegará don Arrepentimiento con el Tiempo, el fiel querido de la Esposa de Jesucristo.

Aquella tarde uno de ellos andaba extrañamente encabronado, cosa que me chocó, normalmente toda la transacción se realizaba entre sonrisas americanas, más falsas que Judas, era como una mala obra de teatro, todo resultaba forzado, no había naturalidad ni entre ellos ni conmigo, era como si todos nos estuviéramos cagando...

A la hora en la que le llevé su jodido montado de lomo o lo que fuera el tío se molestó porque decía que estaba poco hecho, lo devolví a la cocina y al rato volví a sacárselo, poco después me llamó gritándome como un loco, "¡¡¡ESTO ESTÁ CRUDO!!!", otra vez adentro, comencé a ponerme más nervioso de lo normal, "¡¡¡PASADLO MÁS, JODER!!!"...era la tercera vez que se lo llevaba, y mientras yo dejaba vasos y botellas sobre las mesas él protestaba a voces diciendo que estaba quemado, que era una vergüenza, que patatín y patatán...por primera vez en mi vida me contuve de verdad, por primera vez en mi vida no hice lo que tuve que hacer, por primera vez en mi vida me comporté como un pequeño gran hombrecito. Como una descarga eléctrica pasó por mi cabeza la idea de estamparle el resto de la bandeja en su maldita cara. Pero no lo hice, me callé, cogí su puñetero montado y al borde del llanto, temblando, llegué a la barra, dejé la bandeja y le dije a mi padre que me iba a casa. Salí corriendo sin esperar respuesta, me encerré en mi habitación y rompí a llorar mientras le daba una buena paliza a todo lo que encontraba, poco después llegó un tío mío a preguntarme qué me pasaba, le contesté que nada, que me dolía la cabeza, que estaba bien, que se fuera...


Esta mañana he visto pasar una de sus furgonetas, y al verla he recordado la primera vez que lloré por ir a pelear con las manos atadas, aunque no tan fuerte como para haberme impedido romperlas.


Ahora sí que están bien fuertes.


"Quien pierde un segundo pierde una eternidad".

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