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sábado, 15 de junio de 2019

MOLINO VERDE

No sabía qué hacer y me eché a dormir. Hay a quienes esto también les funciona y otros como yo a los que tampoco. Caen el cama, o en el sofá, o en el sillón o donde sea y les basta cero coma para quedarse dormidos; nosotros caemos y caemos y volvemos a caer y al final nos dormimos porque ya no hay más espacio por el que caer a no ser que estés muerto. Entonces sí, entonces supongo que ya no caes más y duermes tranquilo de una puta vez.

Esta vez ni busqué el aburrido libro que estoy leyendo como si fuera un potentísimo antiinflamatorio  ni cogí el móvil para navegar por el insólito mundo. Hay quien dice que para el objetivo buscado una cosa es buena y la otra no; también hay quien dice que lo mejor para dormir es estar cansado y ya si nos vamos a los malditos chinos afirman que antes de dormir es preciso haber estado despierto, sea esto lo que quiera Dios que sea pues aunque pretendas saber lo que significa al final te quedas igual que siempre, es decir, sin conseguir lo que quieres hasta que ya no queda más remedio. Es como en esos sueños en los que parece que vas a follar a muerte y de repente aparece alguien tan inesperado hasta para un sueño que hace que te preguntes el qué cojones pinta este aquí ahora, desvelando con su presencia que, no me jodas, eso está siendo un sueño y que esa ardiente mujer va a desaparecer de tus brazos ya mismo, haciendo que te levantes ante el nuevo día empalmado, ofuscado y con una cierta duda de si no habrá alguien descojonándose de ti en ese momento.

La cortina del salón estaba corrida aunque decir esto no sea decir mucho. Es tan leve y fue tan blanca que aún echada estoy seguro de que podrían verme si hubiera interés. Claro que podría haber bajado la persiana, pero eso me parecía algo intolerablemente deprimente para una tarde en la que no lo estaba: no había resaca, ni disgusto, ni se me había muerto el pájaro por no darle de comer en tres días ni había envenenado al gato en un descuido. Sólo estaba aburrido y cansado, por ese orden. La mañana en el bar había ido al trasatlántico de las mañanas en el bar y ni tenía ganas de salir a andar ni de irme al parque a leer. Puto libro de mierda. Si hubiese tenido uno como Dios manda ahora todavía estaría allí, sentado en un banco bajo la suave luz del sol filtrada por el verde, profundo y serio follaje de los pinos, fumando entre los piopíos de los pajarillos, las gilipolleces de los lejanos patos y el discreto encanto de las ardillas, esos bichos que al igual que los simpáticos gorrioncillos que veo picotear en la acera del bar parecen saltarse fotogramas en la vida.

Cerré los ojos tratando de no pensar en nada y enseguida vinieron pensamientos de mi mente: que si qué haces, que son las seis de la tarde de un día de junio, que el tiempo es estupendo, que todavía no hace calor, que bien podrías calzarte las zapatillas e irte a los molinos para subirlos una y otra vez como si en una de esas fuera a recibirte aquella banda de trompetas llena de tías buenas vestidas de verde con un tío de pajarita y micro al frente que te diera el premio de follártelas a todas por cansino, que si el parque, que si quizá la bici, que incluso salir a cenar por ahí (aquí me reí), que llamar a un amigo para salir a tomar algo (jajaja)..."¿Y si escribes algo?" llegó también, como no. Pero no, no puedo escribir nada. Escribir me estresa, me pone malo. El otro día vi una película de chinos en la que decían algo como que quien desea quiere poseer y que quien posee está dispuesto asesinar por lo poseído o algo así. Casi dos horas de película sin salir de una casita en mitad de un lago. Como me aburro, joder.

En fin, que ya estaba viendo imposible dormir por culpa de la cabeza cuando sonó el teléfono. Era tan extraño que por un instante pensé si en verdad no estaba soñando. ¿Quien podía llamarme a esas horas? ¿mi hermano preguntándome por cualquier cosa del bar? ¿mi madre por algún hecho inesperado? ¿mi...? Me levanté, miré quien era, lo cogí y un minuto y 48 segundos después colgué incrédulo por lo que acababa de oír. Era algo tan absurdo, tan subnormal, que no podía ser más que una señal para hacer algo, lo que fuera. Volví a tumbarme, alcé la vista y vi a la gata mirándome desde arriba, sobre el Cossío que tengo en la estantería superior. Lo hacía con calma y fijeza, como quien sabe que dadas las posiciones de cada cual resulta imposible cualquier movimiento amenazador que no deje el tiempo suficiente para la huida. Alcé el brazo derecho a modo de advertencia y ella ni se inmutó; todavía faltaba otro para alcanzarla. Moví lo dedos en señal de amenaza y sólo los miró por un momento antes de volver a clavarme la mirada azul. Y ya cuando vio que me levantaba se puso en guardia, pero yo me fui a la cocina a comer algo.

Ya bien comido pensé que, ahora sí, había que hacer algo. Apenas eran las siete de la tarde de un sábado y podía hacer cualquier cosa, incluso ir a los putos molinos. Decidido después de dudarlo mucho entre eso, el parque, volver al sofá, el libro o una paja me calcé las zapatillas y los auriculares y con Led Zeppelin a medio gas salí al patio. Y no había dado ni diez pasos cuando pensé que mejor sería ponerme otro par de calcetines si pretendía subir los molinos.

Andaba poniéndomelos cuando vi que no tenía ninguna gana de subirlos. Nunca, por más que los he subido, me ha pasado nada, nunca. Y las veces que pasaron fueron yendo en coche, hace muchos años. La verdad es que no sé qué coño hago andando tanto los molinos desde hace tanto tiempo. Y entonces fue cuando pensé en pillar algo de beber.

Sí, sería lo mejor. De hecho era perfecto. Apenas me quedaba el culillo de una botella de whisky y con que pillara unas cervezas sería suficiente. Es mejor no tener mucho whisky a mano.

Dudándolo un tanto cogí las llaves del coche. La idea fija era evitar el super de al lado y su personal, con demasiados antiguos amigos que ya no queremos vernos a no ser que yo vaya tan encendido como para que me importe tres cojones que me vean, e ir al cercano y anónimo 24 horas y hacerlo allí, pero quizá fuera incluso mejor salir a la carretera y hacer la compra en el mayorista donde tengo cuenta y ningún viejo amigo o amiga aunque sí algunos conocidos de aquellos tiempos, cosa que no dejan de recordarme siempre que me ven con sus torvas y, a la fuerza, discretas miradas. Sí, iba bajando en el ascensor cuando decidí que la compra iba ser ahí. Y también una botella de whisky, qué coño, que allí al menos no es garrafón como la del 24 horas.

Arranqué el coche y al salir por la rampa me dio el sol en los ojos. Iba a ser jodido llegar estar allí. Llevo el parabrisas lleno de mierda, hace un año que no lavo el coche, y así con el sol de cara...hay demasiadas rotondas y reductores y pasos de cebra y todas esas historias. Y sí, estoy sobrio total pero...mejor no, aunque esto es algo que decido en el último momento, en la última oportunidad, en el último desvío. Iba a quedarme sin la posibilidad de comprar whisky pero en fin...mejor así.

Entré a la tiendecilla dando las buenas tardes y fui donde las cervezas. No había nadie más y desde el fondo pregunté por el precio de las latas. La otra respondió una exageración por una puta Skol, ni llegué a preguntarle por la Mahou, y casi que a punto de tomar la determinación de salir a la carretera pensé que mejor era pillar una litrona y adiós muy buenas. Le voceé que cuanto era, me dijo algo más o menos razonable, pillé dos y cuando me vio aparecer vi que se puso nerviosa, como si yo fuera otro como el atracador que tuvieron hace un mes, o quizá miré a todos los tíos de la misma manera, yo qué sé...Yo iba con mi puta gorra regalada de los Bulls y mi camiseta de 2001, joder, que soy un buen chico. Hay que joderse. Qué castigo de vida. Qué puto castigo de vida.

Iba a irme ya con la compra para no ponerla más nerviosa de lo que estaba cuando un viejo pasó a por hielo y me lo recordó. Me adelanté (tienen la cámara fuera) y le di la suya antes de coger yo la mía y ni con esas la dependienta dejó de mirarme como si yo fuera un delincuente. Me largué de allí asqueado.

Y bueno, eso fue todo. Volví a casa y empecé por el whisky del que salieron dos copas que volaron mientras escribía los tres primeros párrafos. El jodío es bueno para eso.


Y ahora que ya estoy harto de cerveza de mierda que no voy a acabar voy a hacerle otra visita al 24 horas.









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