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lunes, 10 de junio de 2019

NARANJAS Y TOMATES

Había subido y bajado cuatro veces los molinos y de regreso a casa sentí necesidad de agua fresca. La que quedaba de la botella con la que había partido un par de horas antes ya estaba algo más que templada y conociendo la cercanía del ambulatorio y su máquina expendedora me reservé de beberla. A veces el agua no es suficiente si no está fría.

No había salido con la idea de subir tantas veces el cerro. Creo que en todos los años que llevo haciéndolo jamás he pasado de dos y en muy contadas ocasiones; no tanto por la dificultad sino porque no había reparado lo suficiente en ello. Suelo hacerlo por las vías más escarpadas, las que no están alquitranadas y sí llenas de piedras, las más solitarias. También llego allí campo a través, evitando las vías normales de acceso. Ahora están llenas de maleza y hay que andar con cuidado por las malas hierbas. Ayer, sin ir más lejos, rocé una que durante un rato me dejó un pequeño recuerdo de mi paso por sus dominios. Luego, enseguida, llegas a la vía del tren, miras a los lados y las cruzas entre piedras y traviesas hasta alcanzar el camino un poco más limpio en cuyo margen izquierdo pastan las ovejas por las mañanas pastoreadas por un hombre de aspecto brutal y sus fieles perros. Un poco más allá, en una revuelta del camino, empieza el de acceso al de los molinos, en muy mal estado hasta que alcanzas el primer llano alquitranado. Ya casi arriba, en su parte más complicada, atajo por un infame sendero por el que nunca he visto a nadie subir o bajar si no es algún ciclista que otro, con el consiguiente peligro para los dos, aunque esto es algo que pasa pocas veces. Y casi resbalando en la arenosa y empinada pendiente final alcanzo la cima, toco el molino con las dos manos y sin más vuelvo a bajar por donde acabo de subir.

Esta mañana desperté aún más temprano que de costumbre. Eran las cinco cuando abrí los ojos y pronto me di cuenta de que no había más necesidad de sueño. Había dormido unas siete horas y me sentía descansado. Pensé que pronto amanecería (junio es estupendo para eso) y no me obcequé como otras veces por volver a dormir. Dejé pasar el tiempo y a eso de las seis me levanté, hice mis cosas, cogí el coche, fui al bar, adelanté unas tareas y salí a andar hasta la hora convenida con la mujer de la limpieza, las ocho y media. Bajé la avenida y llegué al mercadillo que como todos los lunes se estaba montando sobre la marcha. Los primeros en llegar estaban montando sus tenderetes casi en silencio, como se hacen las cosas cuando están tan claras que no necesitan palabras. Todavía en sombras, hombres y mujeres, españoles y extranjeros, juntaban hierros, sacaban cajas de las furgonetas y ordenaban mercancías conforme la tienda iba tomando forma. Entre toda la afanosa marabunta uno podía vislumbrar que el sol ya estaba iluminando el campo que iba buscando. Y cuando llegué a él eché cuentas y vi que podía dar una vuelta completa al arroyo antes de volver al bar para abrirle a la Dominga.

Hace tiempo lo hacía todos los días. Por entonces trabajaba de noche y muy mal tenía que estar para no levantarme pronto e ir a pasear con el primer sol. Me gustaba empezar el día a su ritmo, sentir su viento fresco, echarle un vistazo cuando todavía no hace tanto daño, ver su luz desparramándose sobre el campo como la última copa en el fregadero de un borracho que se va a dormir...Aquellas mañanas eran inspiradoras.

A la vuelta seguí a una vieja que con su carrillo se adentraba entre el todavía no completado mercado. Iba con el tiempo justo y decidí que eso era lo más acertado si no quería perderme en el laberinto en formación, ya bastante más iluminado y por lo tanto ruidoso que una hora antes. Las prisas y los últimos en llegar a sus sitios provocaban algunas pequeñas discusiones que se apagaban conforme se planteaban por la urgencia del asunto. Era maravilla ver a un gitano decirle un tanto a un paisano y quedar ahí la cosa sobre la marcha. Los negros, altos y estilizados, de aspecto inocente, sostenían hierros esperando órdenes. Al final, al principio de antes, ahora había un puesto de encurtidos atendido por una mujerona y su hombre. Un viejo que me recordó a aquel pastor, fuerte aunque no tan simple, probaba banderillas mientras le pesaban aceitunas. Y un poco más allá, ya lindando con la carretera, había uno que vendía especias junto a un gitano jovencillo que andaba a toda prisa por montar el chiringuito mientras respondía con grandes voces a las bocinas de los coches de la rotonda que le pitaban a su furgoneta.

A la mitad de mi primera subida a los molinos me quité los cascos. Iba escuchando a Iron Maiden, la playlist que alguien había hecho en Spotify, y cuando acabó "Run to the hills" pensé que ya era suficiente. Tengo 45 años, no 15, y ya es suficiente. No pasa nada, sólo que ya es suficiente.

Hoy no había escogido la ruta habitual. Me dolía el pie derecho y por mucho que había mirado la zapatilla estaba bien, sin roturas de ningún tipo. A veces me pasa eso, que me duelen algo por una buena razón y sólo me doy cuenta cuando el dolor es mucho más que notorio. No han sido pocas las ocasiones en las que sólo me he dado cuenta de que las zapatillas estaban para tirarlas al ver que la suela para ver que tenía tal raja que casi iba andando a pelo. Pero no, esta vez no era por eso. Y tras mirarla una y mil veces, gastada y sucia pero todavía no rota, no sé como pensé que quizá fuera por andar los malos caminos. Y me fui por los buenos. Y viendo que iba tan bien, que nada me dolía, que hoy es lunes y descanso, que seguro habría poca gente y que mañana será otro día, decidí que quizá pudiera ser probarse como las personas que andan los caminos normales. Y yendo y viniendo, subiendo y bajando, encontrándome para mi sorpresa con algunos que hacían lo mismo que yo, terminé por hacerlo cuatro veces, las cuatro sin pisar más que alquitrán, como todos.

Hubiera podido hacerlo siete u ocho, o diez. Quizá lo haga cuando el día de descanso venga seguido por mil días de descanso. Llevaba dos horas andando y apenas había bebido un trago de agua.

En la entrada al ambulatorio me salió al abordaje una niña de unos cuatro años que escapaba de su madre, que en brazos llevaba a otra más pequeña. La paré y al levantar la vista vi que se trataba de una mujer que viene a desayunar al bar todos los días, una muchacha que según me dijeron es del Opus y en su tiempo libre se dedica a ayuda en los comedores sociales y todo eso.

- ¡Ay, gracias...! ¡Pero si eres Kufisto!
- Sí, soy yo, jajaja
- No te había conocido con la gorra...
- Ya...A todo el mundo le pasa

Pasé adentro, seco, y había una abuelilla con sus dos nietos ante la máquina que yo iba buscando como si fuese el maná. La mujer estaba hurgando en el monedero mientras decía que no entendía nada. El chico, el mayor, de unos diez años, la miraba como si no pudiera entender todo aquello; la pequeña, de unos tres años, miraba fija la máquina como si fuese una caja llena de tesoros.

- ¡Ay, no sé como funciona esto...! ¿Pero esto da cambio? -dijo como queriéndose hacer oír por la recepcionista, que ni puto caso le hizo.
- Sí, señora -dije yo- Da cambio
- ¡Ay, gracias joven...! ¿Y como hay que hacerlo?

El chico seguía empeñado en no decir nada.

- Pues usted le echa la moneda, elige lo que quiere, y la máquina le devuelve lo que le sobre.
- ¿Pero donde tengo que darle para que salga la botella de agua?
- Usted eche la moneda que yo le doy.
- Ay, gracias, gracias...

La mujer echo la moneda y antes que yo llegara a pulsar los números indicados llegó el nieto y los marcó sin decir nada. La botella salió.

- Ay, gracias, gracias...¿Y el cambio?
- Ahí abajo, señora, tras esa pestaña -y conforme lo decía, el niño sacó la mitad del euro y se lo dio a su abuela, que lo volvió a echar ante el, esta vez, mi dudoso amago por pulsar el número correcto de su elección que sin dudarlo ni cero coma volvió a repetir sin decir ni una sola palabra.
- Ay, muchas gracias señor...Dadle las gracias a este señor, niños.

Nadie respondió nada. Todos se fueron, yo pillé mi botella de agua con el mismo número que había elegido el niño, tiré la otra y bebí un buen trago de agua fresca. La abuela todavía estaba guardándose el monedero en el bolso cuando salí de allí. Afuera mi clienta andaba arrancando el coche tras colocar a sus crías en los asientos. La saludé con un gesto. Ella sonrió tan dócil y firme como siempre.

Me rulé un cigarrillo sobre la marcha, lo encendí e iba por la mitad, disfrutándolo, cuando me encontré con un grupo de chiquillos que, nerviosos, escapaban de algo tras alguna trastada. Los perdí de vista y al rato los oí tras de mi, en la otra acera, diciendo palabrotas, riéndose nerviosos por ellas.


Sonreí.


- Dame una bolsa grande, Fátima, hermosa -le dije mientras ella pesaba lo de otro.


Y compré naranjas y tomates.




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