domingo, 31 de marzo de 2019

EL PADRINO IV

Quizá un poco de whisky venga bien. Este episodio de Colombo no tiene mala pinta pero el anterior no ha sido bueno. "¿Qué hago viendo esto?" La gata, arrullada entre mis piernas, me mira como preguntándose lo mismo. La boca cerrada realza todavía más sus bonitos ojos azules. Ayer hubo una muchacha en el bar. Era rubia y dulce. Sonreía todo el tiempo. Yo estaba en la cocina cuando se fue. Poco después vine a casa y vi algunos capítulos de Colombo. Pensé en poner la primera parte del Padrino, hace mil años que no la veo, pero era más fácil lo otro. También pensé en tomar algo de whisky pero no lo hice. Hoy sí.

El vecino de abajo estornuda mientras cago. Se oyen las campanas del Ayuntamiento. Miro un diagrama de ajedrez y no puedo seguir toda la variante ganadora. Son las siete de una fría tarde gris y ventosa. Anoche cambiaron la hora y lo noté al despertarme. El bar también lo ha notado. Creo que me vendrá bien un poco de whisky.

Es rubia y dulce. Cuando habla lo hace como a media luz. Anoche, en el último capítulo que vi, salía una chica muy parecida a ella aunque con algunos años más. Hacía de enamorada esposa del asesino, un exitoso director de orquesta de irresistible atractivo para las mujeres al que Colombo acaba atrapando por una flor. Esas flores las cultivaba su mujer para él. Ni a su jardinero le permitía que las tocara.

Vivían en una gran mansión, una casa de más de un millón de dólares de 1972. En aquel año fue Fischer campeón. Tenían cinco sirvientes y un enorme jardín con piscina y pista de tenis. Él dirigía la gran orquesta de su suegra, una viuda multimillonaria, melómana y clasista, que no tenía más ocupaciones que su orquesta y su hija, tan diferente a ella.

También había por ahí un trompetista medio alcohólico, uno que había sido el anterior novio de la víctima y que trabajaba sin saberlo a las órdenes de quien se le había quitado para luego matarla. No había podido superarlo y de vez en cuando iba a verla a su casa, yéndose en cuanto ella le decía que su nuevo amante estaba a punto de llegar. Y por esto fue sospechoso durante algún tiempo: una niña lo había visto por allí en la tarde del crimen. Pero al otro no. Cuando sale el otro ella estaba de espaldas jugando con el perro.

Yo estaba en la cocina lavando platos como un poseso y ella se fue sin darme cuenta. Cuando salí ya no estaba allí. Quizá se despidió pero no la vi. Puede que el próximo fin de semana se pase por aquí.

Hay otra chica un poco mayor pero muy parecida a esta. Es medio francesa y viene muy de vez en cuando para ver a sus padres, una pareja muy agradable que conozco desde hace tiempo, junto a su joven y serio novio francés de mandíbula cuadrada. La primera vez que la vi casi no podía dejar de mirarla. Era tal su belleza para mi que hubiese querido que alguien entrara para hacerle daño y meterme por medio para matarlo. También estaba la opción de decirle que me había enamorado al instante de ella y proponerle una cena o algo parecido, pero creo que casi ni la consideré. Era mejor lo otro, una pelea a muerte con algún hipotético cabrón que pasara por la puerta. Claro que su padre es como dos veces yo y la cosa habría estado competida, pero con todo me quedé con esa opción. El caso es que nadie pasó para matarla y yo les llevé las cervezas. Hoy sí han entrado tres de estos al bar, tres colgados sin ganas de irse a dormir, pero ella no estaba, era temprano, no había casi nadie y se han ido pronto. Mientras han estado allí he recordado las veces en las que yo fui como ellos. Y ha sido como verse en uno de esos espejos rotos y llenos de mierda que de niño te encontrabas en tus expediciones con la bicicleta por las casas abandonadas de los campos.

Es curioso como se entrelazan las cosas. Las chicas dulces de ahora tienen mucho en común con las mujeres dulces de tu niñez. Aquella tía con la que tan cómodo estabas, la única de la familia con quien de verdad te gustaba estar, ahora, cruelmente muerta desde hace años, regresa a tu memoria en los ojos y las sonrisas de dos muchachas. Ahora, que ya estoy próximo a la edad con la que ella murió en agonía tras una trágica vida, vienen a mi vida ojos, sonrisas y figuras como las que ella tenía. Mi padre, aún delante de su mujer, siempre decía que la más guapa de todas las hermanas era ella, quizá también movido por la dura vida que la pobre había sufrido. Yo, de chico, no lo entendía, no me lo parecía, la pequeña y mi madre me parecían mucho más guapas, pero ahora sé lo que quería decir.

Nosotros, mi hermano y yo, íbamos a su casa cuando éramos chicos. Todavía hablo de nosotros cuando hablo de mi hermano y ya hace mucho tiempo de todo aquello. Pero pasamos tanto tiempo juntos que parece como si los años y las cosas no pudieran nada en determinados momentos. En fin, que íbamos a su casa a escuchar rock con mi tío, su marido, y él nos ponía a Deep Purple y todo aquello. Ya se había muerto su primogénito cuando todo esto. Habían pasado como cinco o seis años. Nosotros, al principio y por indicación de nuestra madre, íbamos con la intención de no molestar en lo más mínimo, pero enseguida se vio que a todos nos hacía bien estar allí y la cosa se hizo costumbre.

Una tarde, lo recuerdo perfectamente, nuestra tía subió a la habitación para estar con nosotros. No era habitual, prefería dejarnos a nuestro aire con el tío y el heavy con el que a ella le dábamos la tabarra, pero vino arriba con los cafés y se quedó un rato. En aquellos días estábamos intentando aprender a tocar la guitarra y aunque no pasamos del riff de Smoke in the water y el de The number of the beast  lo pasábamos bastante bien viendo las virguerías que hacía nuestro tío. "Toca esto" le decíamos, y el cabrón lo tocaba tal cual. Nosotros flipábamos y él se reía. Era tremendo, no he visto cosa igual.

Mi tía subió, dejó los cafés, le dijimos lo que estábamos alucinando con el solo que su marido había clavado de yo qué sé, supongo que del Master of Puppets de Metallica, y sonriendo con nuestra excitación se encendió otro Ducados y sonriendo se sentó para ver el espectáculo. Nosotros nos encendimos los nuestros (era el único sitio familiar donde podíamos fumar sin escondernos) y en un ambiente de buen rollo continuamos poniendo discos de la extraordinaria colección que tenía nuestro tío, interrumpida para los restos desde la muerte de su primer hijo.

- ¡Toca esto!
- ¡Y ahora esto!

Todo lo tocaba. Mi tía se reía.

- Ahora tócalo tú -decía él

Y yo cogía la guitarra eléctrica como si fuera de mantequilla y la tocaba como Arconada en el Parque de los Príncipes.

- ¿Por qué no tocas algo de los Beatles? -dijo ella

Y entonces su marido cogió la acústica y rasgó y cantó aquellas facilonas canciones de los Beatles que ya entonces no eran desconocidas para mi ni para mi hermano, pues fue lo primero que escuchamos en el viejo trasto olvidado que nuestro padre tenía por tocadiscos.

Nos reímos...¡como nos reímos! No había alcohol ni nada, éramos unos críos y ellos eran abstemios, y aunque nosotros ya nos habíamos emborrachado unas cuantas veces todavía era cosa de poco. Y aquello fue una cosa no sé, tipo Woodstock o algo así, un buen rollo increíble, nosotros fumando siendo unos mocos crudos y ellos ahí, nuestros tíos, nuestra familia, sin jodernos, sin darnos la brasa, sin decirnos nada que cortara el rollo...

Y luego mi tía dijo que tocara Yesterday y nuestro tío la tocó y la cantó. Y fue hermoso, tan hermoso que todavía, treinta años después, lo recuerdo; y estoy casi seguro de que esa fue la última canción que oímos aquella tarde.


- Bueno, ya has bebido. Mi mujer está llorando en su habitación. Consilliere mío, ¿qué es eso que tienes que decirme y todos menos yo ya saben?


Esto, Padrino.




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