jueves, 20 de agosto de 2020

WILD CHILD

Los días van decayendo poco a poco. Hace semanas que me di cuenta de esto. Ese rayo de sol del amanecer dejó de deslumbrarme al doblar con el coche la primera esquina del breve viaje. La verdad es que ni bajaba la visera de tan próxima como está la siguiente curva. El rayo cegaba pero yo todavía puedo ver lo que viene de frente sin necesidad de parar la marcha.

A veces te encuentras con alguien delante de ti pero que no ven como tú. Suelen ser jubilados. Entonces paran durante demasiado tiempo y el primer fastidio del día llega antes de lo previsto. Miran a uno y otro lado, vuelven a mirar y cuando crees que al fin se han decidido a avanzar pisan otra vez el freno para dejar pasar a otro que no lo necesitaba ni de lejos. El jubilado cree que todo el mundo está jubilado. Mientras tanto, detrás de él, hay gente que aún tiene prisa por llegar a los sitios, quizá los mismos pero no de la misma manera.

Allí en la churrería que está al final de la avenida donde tengo el bar suele haber algunos, aunque lo normal a esa hora es que sean trabajadores. El tipo que me sirve los churros, un cincuentón con gusto por el oro, se llama Amalio, lo lleva escrito en la camiseta, sobre el corazón, aunque yo nunca le he llamado así ni tampoco de ninguna otra manera. "Ocho para llevar". Y él coge las pinzas y como mejor sabe va metiéndolos en una bolsa de papel y luego e otra de plástico. Hay días que recuerdo a mi joven padre al ver esa esclava en su muñeca.

- ¿Qué es eso, papa?
- Una esclava, hijo
- Ah...¿y para qué sirve? -preguntaba sorprendido por el nombre-

- Adiós -digo a modo de despedida-
- Adiós, chaval -responde siempre un jubilado sentado en un taburete y apoyado junto a la pared donde se fríen los churros-

Ya nadie espera mi llegada en la puerta del bar. El ciego hace meses que no puede valerse por sí mismo a causa de la cadera y Josemari, mi fiel ayudante, se fue a Ciudad Real hará dos meses. Antes de irse me dijo que sería para una semana, "dos como mucho, Kufistín...no me gusta aquello", pero no ha vuelto. La mujer tiene una hermana allí y al parecer estaba enferma, aunque vistos los acontecimientos que tras la partida se desarrollaron en su barrio marginal bien pudiera ser un quitarse de en medio. Primero fue el uno y después el otro. Al principio de verme solo lo noté.

Hay una muchacha. Trabaja en una establecimiento cercano al mío pero sólo ahora le ha dado por venir antes de entrar a trabajar. Es guapa. Todavía es joven. Yo creo que alguna compañera le habló de mi, de lo serio que era, y es como si ella adoptara una especie de excesiva seriedad al hablar para gustarme. Sí, está claro que le gusto: con demasiada frecuencia me habla de su novio. El otro día me dijo que iba a hacerse otro tatuaje. Lanzó la cosa como quien tira el anzuelo sin mirar al río y sólo vuelve la mirada hacia él cuando lo oye caer en el agua. 

Como azucarillo que cae en ella, así se deshacen los nudos más fuertes. Amistades que parecían y juránrose eternas se transforman en odio por causa de una borrachera descompensada. Así se ha jodido mi más preciada cuadrilla del bar. Una mala palabra, unas malas palabras a lomos de muchas otras que parecían olvidadas, y en un momento todo lo bueno que hubo entre ellos se va al infierno. Y por no verse, para evitarse el uno al otro, los he perdido a casi todos sin tener nada que ver en el asunto. Así es la vida cuando te ha tocado verla desde detrás de la barra con otra mascarilla encima de la que ya te pusieron.

- No puedes ser así, Kufistín -me decían de pequeño-
- ¿Y por qué no? -gritaba yo-
- Vas a penar más que garbanzo en olla

Mi entrañable amiga llegó puntual. Le puse un tercio y arrancamos a hablar. No había nadie en el bar y esta vez vino sola, lo cual ayuda bastante en este caso. Tampoco entró nadie durante un buen rato. Los ratos en los que no entra nadie son la nueva normalidad. Pero entonces se habla mejor.

- Me voy a hacer otro tatuaje, Kufisto -dijo- Aquí, en la pierna.
- Vaya -respondí-
- ¿Qué? -dijo ella-
- Una clienta me ha dicho lo mismo esta mañana, aunque no donde
- ¿Quien?

Cerré a las tres. Ahora cerramos a las tres y volvemos a las seis. Vuelven. Llegan otros.

Un amigo me llamó en el último momento.

- ¿Estás allí todavía?
- Sí, cerrando y a punto de irme pero todavía estoy.
- Espérate un momento que te llevo la botella.
- Vale

Una botella. ¿Una botella? ¡Ah, sí! La botella. La botella de DYC de diez años que le dije me comprara hace algún tiempo. Me arrepentí de haberle dicho que todavía estaba aquí.

Llegó con ella y a puerta cerrada bebimos, fumamos y hablamos. Él se metió algo de speed y siguió hablándome incluso cuando me fui a cagar. El whisky era bueno pero yo estaba sin comer desde el desayuno. Yo cagaba y me limpiaba el culo mientras el rememoraba una vieja velada en el Excalibur de Madrid, una en la que lloró escuchando el "Wild child" de los WASP


Subí los molinos por detrás, por un durísimo sendero recién descubierto. A veces me sorprendo a mi mismo. Años, años y años subiendo los molinos y jamás se me había ocurrido hacerlo por detrás.


El atardecer también está cambiando. Es menos escandaloso que su cara luminosa pero esto sólo es debido a un punto de vista: cuando él ya no está yo hace tiempo que lo estoy en mi casa. La noche viene antes que el día pero cuando uno está a cubierto no se entera de nada.



 

miércoles, 22 de julio de 2020

RED RIGHT HAND

- Venga, vamos a tomarnos algo -les dije a mi hermano y a su amigo mientras recogía una mesa abandonada. Eran las dos de la tarde, los últimos clientes de la flojísima mañana acababan de irse del bar y no encontré motivo alguno para demorar la celebración de mi 47 cumpleaños- Pero mejor allí en la barra, en el circulillo-

Nuestra barra es abierta; acaba como dije dejando un espacio abierto para entrar y salir. Hace veinte años, aquí en La Mancha, era algo poco habitual, aunque supongo que ahora será diferente, no lo sé, hace muchos años que no piso más bar que el mío. No recuerdo ningún otro local que la tuviera de esa forma. La diseñó un tío nuestro, un arquitecto que siendo joven se fue a Madrid para no regresar. Era wagneriano, jajaja...Sí, recuerdo entrar a la habitación donde estudiaba siendo yo un chico y ver un montón de discos de ese tío. Sufría lo indecible al vernos toquetear sus cosas, los dibujos, los planos, el instrumental, los discos...pero de lo que más me acuerdo es de Wagner. El bar entero fue obra suya. No quiso cobrarnos ni una peseta. Nuestro padre le regaló un jamón de Jabugo.

Abrí una latilla de berberechos a la brasa Güeyu Mar, aunque de lo de la brasa me di cuenta al abrirlos, pues estaba claro que no eran del tipo a los que aquí estamos acostumbrados. Pude haber leído la simpática etiqueta (son estupendas todas las de esa casa), cierto, pero no lo hice: aquí en La Mancha se lee lo imprescindible.Y aún menos si luego viene envuelto en un gracioso dibujo.

Estaban buenos, diferentes, pero no tanto como indicaba su precio, ni mucho menos. Cogí otra de la misma casa, esta vez de mejillones y ya sobre aviso de su braseado y me parecieron algo mejor por acorde a lo que costaba, aún un tanto inflado. Eché cuentas y vi que gastándome los 50 euros que ayer pagué por cosas para el bar podría maquillar la nefasta mañana laboral. Y cayeron otras dos latillas, esta vez de Cambados, "la que le gustaba a mi padre" como dijo mi hermano, una de navajas y otra de un delicioso bonito en láminas, la lata más barata de todas y sin embargo la mejor.

Y así, entre conservas y cervezas, pasamos el rato sólo molestados por un par de palomos despistados.

Pero fue el caso que tras una primera y reticente caña que me supo a gloria hice el cambio a la primera cerveza helada y tras un par de buenos tragos fue como si todo se deslizara entre nosotros, entre ellos y yo, tan distintos y difíciles de casar como Vassily Ivanchuk en algo que no tenga nada que ver con el ajedrez. Yo no sé lo que hará él, si es que hace algo, pero mi password siempre fue ese. Y el caso es que durante un cierto tiempo funciona la mar de bien.

La conversación fluyó de manera natural y todos nos animamos a contar cosas entre ciertas risas. Luego llegó otro amigo de ellos, otro que conozco de siempre, uno que huele a marihuana desde hace veinte años, un bruto inocentón, y todo continuó por el mismo cauce o aún mejor, pues resultó un espectáculo verle comer las sobras con los delicados tenedores que tenemos para tales manesteres: "¡Me cago en Dios, Kufisto, dame una puta cuchara!"

Y así fue como pensé en el círculo, en el anillo, en el eterno retorno: yo empecé con todos estos o parecidos, ya son 47 años y nadie sabe los que puedan llegar. Desde el principio, o casi, tiré de mi camino hacia otro lado pero sin ton ni son, sin ningún proyecto, sin ningún dibujo, sin ninguna baraja de cartulinas dylanianas, sin ningún maestro, sin ninguna disciplina, sin más universidad que una ciega confianza en una especie de magia que me arrancaría de todo eso.

Unas horas antes, a eso de las nueve, cuando el día todavía da para pensar en medio tapar la caja siquiera con un cuarto de bombones coronavíricos, recibí un wasap de otro amigo de todos estos, uno que en esencia siempre va colocado, un crack de la fotografía, la edición de vídeo y la dirección de películas porno, aunque de esto último ya hace algunos años. Me preguntó si todavía no había almorzado, le dije que no y media hora más tarde dimos buena cuenta de mi ensalada de arroz y sus filetes de lomo bajo de ternera.


Fui a ver a mi madre al salir del bar. Quería verme y viendo yo que quería escribir pensé que lo mejor era ir antes de ponerme a hacerlo. Ahora en verano cierro un poco a discreción: si dan las tres y ya no queda nadie, cierro. Ahorramos aire y pesadez.

Me serví un chupito de Glenlivet 18 mientras fregaba los platos, lo bebí de un par de tragos y me fui para allá.

No llevaba las llaves y me alegré: las había olvidado en el bar y esa era una excusa ineludible para volver a él y ya de paso pillar una bolsa de hielo para la media botella de Ballantine´s que robé. Llamé al timbre y tras una cierta espera se abrió la puerta. Estaba comiendo sola en la cocina y el pasillo hasta el llamador es largo. Me recibió con los brazos abiertos, me apretó fuerte al llegar a ellos y me dio dos besazos en cada mejilla. Y nos fuimos hacia la cocina.

Ella estaba terminando de comer. Me habló otra vez de que uno de sus cinco hijos varones, el último que quedaba en casa, iba a irse a vivir con una "amiga" Yo le dije lo que llevo pensando desde hace unos días, que se venga aquí conmigo. Esta vez también dijo que no, pero no como otras.

- Bueno, pero ya lo sabes, mama-
- Pero Kufisto, si no puedes ni aguantar la televisión, ¿me vas a aguantar a mi?-
- Eso se puede solucionar. Quizá hasta me guste ver las cosas que a ti te gustan. Pero tú aquí, sola, en esta casa tan grande...no. Piénsalo y te vienes conmigo-
- ¿Y por qué no tú aquí?
- ¿Y el chico? Tu nieto ya está echando a andar y están las escaleras...
- Os he criado a los cinco con las mismas escaleras y a ninguno os pasó nada-
- Ya, pero entonces tenías veinte, treinta años, ahora tienes setenta...

- Qué viejo eres ya, Kufisto...
- Sólo tengo 47. Y tu sesenta y nueve. No digas que tienes setenta porque pareces papa-
- Sí. Tu padre-
- A él siempre le gustaba ponerse un año más, no sé porqué, ¡me sacaba de quicio!-
- 48 años de casados y ocho de novios...-dijo mirando la foto que hay junto al pequeño televisor-
- Piénsatelo-
- ¿Pero y tú que vas hacer si encuentras a una mujer?
- Eso es lo de menos-


Volví al bar a por las llaves de mi casa y la de mi madre. Y ya de paso pillé la bolsa de hielo.







sábado, 11 de julio de 2020

MASCARILLA

Lo mejor, sin duda, era salir a la calle. El piso, especialmente el salón con su gran ventanal, lleva en modo horno algunas semanas y en esas condiciones no se puede hacer nada. Está la opción de quedarse tumbado en el dormitorio, algo más fresco por oscuro, pero resulta un tanto deprimente meterse en él cuando son las siete de la tarde. Miré el teléfono y vi que la temperatura afuera no era tan alta como otros días, podría soportarlo con cierta facilidad. Hace algunos años ni miraba esas cosas. Claro que entonces una de las cosas que no tenía era un teléfono que me dijera la temperatura que había afuera.

Bajé en el ascensor alemán disfrutando de su frescor. Una pegatina sobre los llamadores mostraba la caricatura de una pareja de simpáticos ancianos sin facciones con una llamada solidaria. Es cosa de los del mantenimiento. Todos los meses hacen la revisión y ya de paso ponen una pegatina corporativa adecuada a las circunstancias del momento. Sólo las de diciembre sufrían algún acto de vandalismo. La del año pasado ya venía nada más que en castellano. Quedó impoluta.

La tarde, en efecto, era calurosa pero no tanto como en el piso. El movimiento (está demostrado) produce calor pero su ausencia causa desesperación. Pasé por delante de la piscina municipal, bajo los árboles del mediado aparcamiento, y ya sin más sombra que transitar enfilé hacia una de las avenidas de la desierta ciudad. Allí fue donde me crucé con aquel gilipollas.

Es una acera grande, espaciosa, con el tamaño suficiente como para hacer una vía de tres carriles de coches. De frente, a lo lejos, a unos doscientos metros, vi a un tío caminando en sentido contrario al mío. Con una cierta sorpresa (todavía me sorprendo) observé que iba con la mascarilla puesta. Bien, yo iba sin ella pero el espacio entre nuestras respectivas trayectorias era más que suficiente como para respetar al menos tres distancias de seguridad. Sin embargo, y poco a poco, noté como el tío tendía su línea de paso hacia la mía, tal que si hubiese caído en mi zona de gravedad y no pudiese escapar de ella. Y fue la cosa que al llegar el cruce de las dos fuerzas poco le faltó para sobrepasar el límite del cual iba él protegiéndose, quizá esperando que yo, avergonzado por algo, tendiese al otro lado, a la pared de la cual me separaba metro y medio, al paredón de los edificios, cosa que no hice en ningún momento. Tampoco bajé la mirada ni miré a ningún sitio más que al frente, pero en ese último instante pude ver auténtico odio en su mirada, algo tan desproporcionado que estuve a punto de echarme a reír. No miré atrás pero juraría que él sí lo hizo, pues la sensación de odio hacia mi persona la llevé conmigo durante lo que quedaba de avenida. Y fue esa misma sensación la que me dio fuerzas para decidirme a tomar el camino hacia los molinos. El odio fortalece. Sólo la risa destruye.

Tomé el camino que va junto a la carretera. Un camino lleno de maleza sólo aliviada por las huellas de los tractores, pero con todo preferible al escaso arcén alquitranado: allí casi puedes sentir al fuego subir por tus piernas. Apenas vi coches, qué decir de humanos. El campo abrasado, las tinajas derruidas, el puente y la vía del tren. Me las vi negras para cruzarlas: un mar de espinosos cenizos la guardaban celosos. Al fin encontré un claro y mirando a los lados bajé entre las traicioneras piedras puntiagudas. Volví a mirar y crucé las traviesas, los raíles, las piedras y las malas hierbas del otro lado hasta llegar al pequeño sendero que todo lo bordea. Allí meé y me rulé un cigarrillo para después.

La última vez que subí los molinos vi bastante gente. Ya era época de mascarillas pues muchos las llevaban puestas aún subiéndolos. En esta ocasión no encontré a nadie. Sólo arriba un coche aparcado junto al mirador daba señales de vida. Una pareja muy joven estaba sentada a la vuelta del segundo molino, en su sombra, la que a esa hora mira hacia el pueblo, abrazados. Bajé recortando por la cantera y ya en la otra cara del camino seguí sin cruzarme con nadie.

Tomé el atajo que hay antes de pasar el puente del otro lado que te devuelve al pueblo. Bajo él, a mano derecha, hay un difícil sendero que por detrás alcanza al cerro. A su vera, a mano izquierda, hay una pequeña finca con algunos árboles frutales: el limonero es un primor cuando está en flor. A la derecha, otra pelada y seca con un burro que vaga por ahí. Pero el que vi ayer era un burrito, no el otro que casi acaricié una vez tras la valla: se acercó tanto a mi desde tan lejos que estaba que tuve la tentación. Luego, cuando volvía a pasar por ahí, siempre lo saludaba. Él hacia el amago de venir pero yo no paraba y entonces la distancia parecía ser más grande. Este chiquitín se conformó con rebuznar con ganas desde su posición en la valla este. Yo le saludé a grandes voces mientras subía hacia el norte y él entonces se calló. Agarré bien la cuesta de cabras que alcanza el cerro por detrás y resollando alcancé su cumbre arbolada. En ella volví a mear y dejando atrás al santo de piedra salpicado por hoces y martillos y a la antena de telecomunicaciones enrejada descendí hacia la ciudad.

Ya en ella tampoco vi a nadie durante unos minutos. Sólo cuando llegué a las inmediaciones del pabellón encontré a unos chavales jugando al baloncesto en una maltrecha pista adyacente. Un poco más allá el pequeño parquecillo trasero lindante a la carretera. Unos adolescentes se encaminaban hacia él riendo. 


Entré en la primera calle con nombre y encendí el cigarrillo. Dejé la sombra de la acera afortunada y me pasé a la del sol para no molestar a los contados enmascarillados que venían de frente. Con todo, por ella venía una mujer con su carrito de bebé. Y me eché a la calzada.


Y así, zigzagueando, fue mi regreso a casa.


Sólo al final, ya anocheciendo, cuando no hubo más remedio, me puse la mascarilla que había llevado en el codo todo el tiempo.




miércoles, 27 de mayo de 2020

TABURETE

Llega la noche, sus parejitas, sus cuadrillas y sus solitarios. Toca fijarse en estos, copa en una mano y teléfono en la otra, mirándolo como si fuera una estampita de aquellas que adoraban nuestras abuelas, esperando no se sabe qué, quizá introduciendo la secuencia correcta aparezca la Pataky deseosa de hacerte una mamada por la cara. Un trago, una mirada alrededor, nadie mira a los capullos solitarios con móvil en la mano, "ponme otra", y venga a teclear en la máquina, a levantar la mirada, a ver que nadie te mira. Al final, aburridos y decepcionados por otra noche más sin dar con la clave, se largan a sus cuchitriles para meneársela antes de dormir, ahí no hacen falta códigos ignotos, únicamente la mano y que aún se te ponga medio dura. Al sobre, a soñar que eres el que muchas veces soñaste llegar a ser.

Estoy recogiendo cuando entra uno de esos solitarios que se había largado media hora antes. Lo conozco, un cuarentón soltero, apocado, obeso, calvo, feo y vicioso. Hacía tres o cuatro años que no lo veía por mi bar. Es el típico desgraciao que se pone a todo lo que da porque no se soporta a sí mismo. Algunos lo llevan bien pero este no pertenece a esa categoría. No es peligroso cuando está pasado pero molesta. Me hizo las estúpidas preguntas de rigor, contesté en modo "pasando del tema", se bebió su copa y se marchó. Por eso me sorprende verlo otra vez. Aunque ahora no parece él.

Sí, es el mismo tipo que se había ido normal media hora antes, pero ahora tiene las pupilas tan completamente negras y brillantes que me asusto: son iguales a las de los demonios en forma de niños que atormentan a Judas poco antes de ahorcarse en "La Pasión" de Gibson. Enseguida me doy cuenta de que a ese tío le va a pasar algo. Para más inri me hace exactamente las mismas preguntas de antes. Yo lo miro y me quito de en medio esperando que le pase cualquier cosa en un breve.

Al minuto cae rodao del taburete. El nota está tirado en el suelo boca arriba, cerrados los ojos, un hilillo de sangre sale de su cabeza. Una tía que es bizca y enfermera, puta rematada, borracha como una cuba, se acerca a él. Nos aparta a los seis o siete que estamos alrededor del caído y empieza a hablarle, "¡¡¡LLAMAD A UNA AMBULANCIA!!!" El tipo consigue abrir los ojos y farfulla cosas ininteligibles. Se reanima un tanto y abraza como puede la cabeza de la chica:

- ¿Me...me quieres? -le pregunta
- ¡¡¡SÍ, TE QUIERO, ABRÁZAME FUERTE, NO TE DUERMAS!!!
- Yo...yo te quiero mucho...
- ¡¡¡Y YO A TI TAMBIÉN!!! ¿HABÉIS LLAMADO A LA AMBULANCIA!!!
- Sí, coño

Saco un paño limpio y se lo coloco bajo la cabeza. Llega la ambulancia. La enfermera de todos nosotros conoce a la doctora de guardia, una mujer bajita, consumida, que la hace a un lado en cero coma dos. Se agacha sobre el caído y le habla mientras apunta una luz sobre sus pupilas. El tipo va recobrando el poco conocimiento que le queda y habla, dice su nombre, su dirección, que siente mucho todo aquello, que lo dejen ir...Se lo llevan.


- Ponme una copa, Kufisto -dice ya más tranquila la buena samaritana llegándose a mi rincón-
- Vale, pero bébela rápido que voy a cerrar.

- ¿Vamos a tomar la última por ahí, no? -dice-
- Venga

Subimos en mi coche y nos vamos. Acabamos la noche en el último bar abierto, el primero en abrir allí cuando todos los demás por fin cierran. Ahora sí nos tomamos la última, la dejamos casi entera  y conduzco hasta el cercano polígono industrial para ver la salida del sol. Aparco, me besa y me echa mano a la bragueta.


- Me voy, Kufisto -me susurra al oído recién duchada-
- Mmm...
- Que me voy a trabajar
- Ehhh...¿Qué hora es?
- Las doce y media
- Joder...Quédate un poco más, ¿no?
- No, tengo que irme -dice mientras me besa en los labios- Tengo papeleos que hacer antes de ir a trabajar. Eres un encanto
- Ohhh, joder...¡quédate un poco más! ¡te quiero!
- No...otro día, de verdad. Adiós, Kufisto


Oigo la puerta cerrar, me levanto, me doy una ducha, me afeito, me lavo los dientes y me miro en el espejo.


Jodeeer...




sábado, 23 de mayo de 2020

PIEDRAS

El sol pareció llegar como quien tiene prisa para irse a otro lado. Un cielo azul casi ocultado por grandes y perezosos cirros lo precedía. Por debajo de ellos la habitual procesión hacia el mismo destino de todas las mañanas, aunque ahora toca llevar los capirotes sobre la boca. No importa. Antes no era así y tampoco nuestra estrella varió su marcha. Le da igual. También a nosotros, claro: nadie le canta ya canciones. Está ahí, siempre ha estado ahí, y punto. Da su luz y nosotros andamos en ella, olvidados de él y absortos en lo que nos muestra. Es como poner la tele o la radio para que hagan ruido. Muchos sólo consiguen dormir así.

Flores que nadie ha plantado exhalan susurrantes alientos de vida para algunos y malestar para otros. Pequeñas mariposas blancas revolotean errantes entre ellas. El viento que nosotros no vemos y apenas sentimos las lleva como alcohólicas hacia nuevos bares. Hormigas enfiladas cruzan los caminos ajenas a los peligros que en ellos las acechan, aunque tal vez sean menores a no hacerlo. Es el instinto. Tienen que hacerlo como harían otra cosa si tuvieran alas blancas.

Malas hierbas crecen exageradamente junto al terraplén de la autovía vallada. Entre el espacio dejado por sus alambres se retuercen formando figuras grotescas, desafiantes. El breve alquitrán detiene la conquista y más allá quedan las tierras labradas y la perpetua lucha de quienes cuidan de ellas. Después, a lo lejos, la sierra ignota, todavía azulada, siempre azul.

Árboles salvajes junto a las valladas vías del tren hacen de urinario para los caminantes y cagadero para algunos perros sin dueño. Piedras de vía, piedras que sobraron, piedras caídas en el último momento, piedras volcadas por alguien que quizá volcó la noche anterior, piedras iguales o mejores a las que están allí arriba, en su sitio, entre las vías, sujetándolo todo unas contra otras, en la vibración, en la onda correcta. Piedras.


El chico estaba hoy un poco serio, o quizá sea mejor decir que no tan alegre como antes. Pronto hará un año y ya se le va notando. En sus ojos, en su intensa mirada azul, en la inteligente fijeza que ya demuestra, se ve que va dándose cuenta de que está dejando de ser un juguete en brazos de su tío o de cualquier otro. La memoria llegará más tarde, claro, pero el instinto ya está ahí: el instinto nace cuando puedes mover tus piernas y mantenerte sobre ellas, aunque todavía sea tan complicado como para necesitar la ayuda de su tío, de uno de ellos, aún de ese que habiendo andado mil caminos sigue meando fuera del tiesto.




martes, 19 de mayo de 2020

BABY BLUE

Mi padre apoyando las manos sobre la cámara frigorífica que estaba junto al ventanal, esa en la que enfriábamos las jarras de cerveza. Desde allí se veía el bar de enfrente. Él miraba y callaba. El nuestro casi vacío y aquel casi lleno. Una noche cualquiera. Otra noche de aquellas. ¿Cuantos años tendría él entonces?

Ni se miraban cuando hacían la caja, qué decir de hablar. Él y su socio, su primo hermano. Mi padre cogía las cuatro perras y luego nos íbamos a casa, andando. El trayecto era corto, apenas cinco minutos. Me gustaba andar junto a mi padre después de trabajar, de vuelta a casa. Hablábamos de cualquier cosa menos del bar de enfrente y de mi tío. Entrábamos en casa y mi madre preguntaba qué tal nos había ido. "Bien" era la respuesta de siempre, como cuando iba a ver al abuelo y me preguntaba por como iba el bar. Él lo dejó antes de cumplir cincuenta años, apenas cuatro de los que yo ahora tengo.

Dormí mal y salí a pasear. La mañana era espléndida pero yo no. Una vieja con mascarilla me dijo que yo no la llevaba y poco me faltó para mandarla a la mierda. "Todavía no es obligatoria, chivata" respondí. Ya son muchos días solo y hasta yo me sorprendí de la acritud de mi voz. La verdad es que me dieron ganas de partirle la cabeza. Puta vieja estúpida.

No tenía ganas de andar más y recorté. Bajé por el centro del pueblo y vi que algunos bares empezaban a sacar las terrazas, terrazas grandes, de esas que aún partiéndolas por la mitad todavía pintan algo. Pasé junto a la casa de mi madre y poco después llegué a la mía tras comprar algo en la tienda de la mora.

Me eché en la cama y miré el reloj: todavía faltaba un buen rato hasta las diez. Habría podido estar por ahí pero ya estaba aquí. Intenté dormir y no pude. El cansancio de la mala noche seguía, pero el sol ya estaba ahí aún con la persiana bajada. Abría los ojos y veía claridad. Era de día, era el día, y no se puede dormir así. Si ya es complicado de noche qué decir de día. Me levanté y comí antes del mediodía.

Volví a la cama y unos poceros me sacaron del sueño que llegaba. No pude volver a cogerlo por más que lo intenté. Cuando se fueron a eso de las dos yo ya estaba totalmente desvelado.

Pasé la tarde viendo una serie que ya he visto. No es mala pero tampoco buena. Demasiado larga. Las cosas deberían guardar el sentido de la medida, el tempo justo, la posibilidad de una isla donde pararse en mitad de un océano. Pero sigo viéndola, reviéndola, y ya no queda mucho para acabarla. Sé como acaba pero llegaré hasta el final. Y la verdad es que la parte final es lo mejor de todo: allí, con todo lo pasado, junto a todos los ventanales y vueltas a los refugios, entre sueños, cánceres y pajas a medio hacer, al final, suena una buena canción que medio te salva.


Y no es poco.




martes, 12 de mayo de 2020

EL PODER DEL ACERO

Conan. No tengo un recuerdo claro de ella. Sí de muchas otras...quizá "Karate kid" sea el más grande de todos aquellos años en los que las películas sólo podían verse en el cine. Esa patada a la pata coja del final nos puso a todos en pie, gritando como posesos. Era lo que habíamos estado esperando. Queríamos eso, que se cargara a ese chulo de mierda, a ese rubito de los cojones. Oh sí, aquello fue una auténtica explosión de felicidad por la justicia: el chico bueno vencía al chulo de mierda. Sí, me acuerdo bien. Pero Conan...no sé, no consigo recordar nada de entonces. Quizá lo viera como a un chulo de mierda. Todos esos músculos, toda esa fuerza, toda esa determinación estaba tan lejos de mi que no podía simpatizar con ello ni aún siendo el bueno. Para mi no había mérito en eso, supongo: Conan era demasiado grande y fuerte como para verme reflejado en él.

Hoy puse "Conan" Leí algo en algún sitio y la puse. Nunca vería "Conan" sin que otro me la recordara. Y aún así tampoco la vería: ¿para qué ver Conan a mis 46 años? Hay gente de mi edad que sí la ve, como ese que leí antes de hacerlo yo; será que para él si fue importante. Yo no he vuelto a ver "Karate kid" nada más que alguna escena suelta en televisión. Había muchas películas que ver en aquellos años y yo estaba creciendo. Pronto "Karate kid" me pareció algo ridículo. Pero una vez me hizo saltar de la silla y gritar de felicidad. Entonces uno salía de allí creyendo que al final todo acabaría por estar en su mano: los aplausos, el coche rojo y la buena chica no rubia.

La quité antes de acabar, justo después de incinerar a su walkyria, una rubia como todas las rubias de mi vida. De todas formas ya la había visto entera no hace tanto tiempo, también leyendo a otros, puede que a los mismos, no es que me mueva mucho ni en Internet. Hablaban del rollo nietzscheciano de la peli y bueno, yo soy nietzscheciano, ¿no? Sí, te la explican, la ves con su música y dices "sí, ecce Nietzsche" Pero no acabas de verla, o la ves entera entre miradas al reloj, o te olvidas de ella a los cinco minutos. Una cosa es leer a Nietzsche (que está bien), otra oírlo mientras haces algo (que es lo mejor) y otra muy distinta verlo.

Eran casi las cinco de una tarde lluviosa. Estamos confinados y salir a la calle es un riesgo hasta los ocho. Y además, ando por la mañana, entre las seis y las diez; prefiero ver el sol cuando sale y sube hasta arriba. Claro que no siempre aprovecho todo el tiempo permitido, de hecho sólo lo hice el viernes pasado y eso bajo el signo de una buena resaca que me sacó pronto de la cama. Lo normal es a las ocho, ocho y media, y a las diez o así en casa. Y ya no salgo. Aparte que a las ocho de la tarde están todos los vecinos cantando abajo en el patio y me da cosa pasar entre ellos. Bueno, no todos, serán algunos, pero cada vez que paso al water en esos momentos los oigo cantar por la ventanilla ciega canciones folklóricas, algo a lo que le tengo un asco indecible desde mis tiempos de chaval en la terraza del viejo bar: aquellas tardes de festivales eran las peores, un completo horror en todos los aspectos, nada más que viejos y viejas atrincherados por horas en nuestras sillas con un puto trinaranjus o una leche manchada. Joder, madre mía, qué tardes aquellas...De todas formas las juntas de las ventanas del piso son buenas (no así las puertas) y aparte no hacen mucha falta con esto, ninguna en verdad, pues sólo se oye ahí, en el water, y tampoco tarda tanto uno en mear. Pero siempre que los oigo me acuerdo de toda aquella mierda.

No dura mucho. La verdad es que ya nada dura demasiado. Pronto lo olvido y a otra cosa. Aunque sí, hay veces que uno se emociona al encontrar algo nuevo y enseguida vuelva a él aquella patada a la pata coja pero no, no es lo mismo. Es un rato, un ratín. Por entonces te dormías pensando en eso que acababas de procesar. Ahora lo único que quieres es quedarte en blanco para dormir.

Fregué los platos y las sartenes de ayer y hoy, limpié un poco la cocina. Pensé en fregar el piso del salón. Hace unos días que fregué la habitación y la cocina y el cubo todavía está ahí, en el pasillo. Volví a dejarlo para otra ocasión. La lejía aguanta.

Era otra hora y ya no sabía que hacer. Leer ya me tiene harto, no leo más que libros de mierda. Ayer acabé de un tirón con la biografía de David Mustaine. Y no porque me gustara sino porque no di para otra cosa: leí algo en algún lado, vi que se podía descargar y...en fin, lo de siempre. Nunca fui fan de Megadeth pero bueno. Es un gilipollas y el libro es basura pero el tiempo muerto está dilatándose tanto como el culo de esa chica de la que el otro día hablaban en la Red: joder, se mete cualquier cosa por el culo. Intento recordar su nombre pero no lo consigo. Cuando acabe esto pondré una foto suya, sé donde tiene que estar, me muevo muy poco en la Red. Pero ahora estoy escribiendo.

"True detective" Ya la he visto entera dos veces. Jamás hubiera caído en que ese mamón fuese capaz de hacer un papel como el de Rusty. Jamás hubiera pensado que un chulo de mierda como él, el tipo al que en mi adolescencia le habría hecho un karatekid de haber podido, treinta años más tarde iba a transformarse en algo tan cercano como lejano: el tiempo es relativo, sí, pero también lo es el espacio.

Ahí estaba el dolor del chulo de mierda, el de la patada final. Jodido y demacrado, tan jodido y demacrado como cualquiera, castigado al fin por la vida. Pero aún así hablaba con los polis de otra manera a la imaginada alguna vez por ti: todavía en la mierda era claro que aún diciendo lo mismo que tú imaginas decir a alguien, él lo hacía de otra forma, mejor, más creíble, más todo.

Lo quité a medias del tercer episodio, en el flirteo con la potente mujer de su compañero que más tarde se follará y despreciará tras haber hecho una heroicidad, después de su pasada por la iglesia evangélica, cuando me di cuenta de que en esa serie en el mejor de los casos yo no sería más que otro sospechoso.


Héroes, Nietzsche...Conan y Karate kid...


El grupo de wasap de los hosteleros en el que estoy metido lleva unos días un tanto parado. Estamos todavía en fase cero, ya como deprimidos, a la espera de las alegres cadenas. Algunos se mueven un tanto para pillar en común gel hidroalcohólico a buen precio. Todo son buenas palabras y frases tipo Paulo Coelho.


Ninguna patada de pájaro a la rótula del otro.


Ni mucho menos algún rastro del poder del acero.


A fin de cuentas todos somos camareros.


También tú.