lunes, 17 de febrero de 2014

PEPITOACOJONADO




Iniciado por pepitoacojonado Ver Mensaje
Batallas ganadas por ahora:

* Gas Natural tarifa de 3.2 a 3.1 (Y 3 inviernos sin poner la calefacion)

"Buenas,

Pepitoacojonado, por favor, ¿podrías decirme las gestiones que has tenido que hacer para que te cambien la tarifa 3.2 a 3.1?. Tengo el gas con..."


Me reí. Me reí con ganas. Agarré el teléfono y me lo llevé a cagar para no perderlas; ya no basta con la memoria, de hecho creo que nunca me ha bastado para nada.

Pepitoacojonado, por favor...¡¡¡JAJAJAJJAJAJ!!!

Lo miré tres o cuatro veces más, me limpié el culo y finalmente decidí que sí iba a salir a devolver la película de la biblioteca. Unas buenas risas obran milagros.

Había despertado temprano, pero viendo que el sol sigue sin aparecer pensé que sería mejor emplear la mañana en quitarme de en medio algunas compras y pagos, siempre tan enojosos. Fui al banco, saqué 300 euros y ya andando me dirigí a la cercana oficina de correos para pagar el recibo del gas. Apenas había gente esperando, tampoco mucha detrás del mostrador, sólo una para ser exactos, que las otras tres o cuatro llegaron poco después. Me fijé que todas eran mujeres, charos como dicen por ahí; ninguna valía dos duros y pasé siquiera de imaginar nada. Miré mi recibo y lo leí sin entender nada, como siempre. Únicamente estaba claro el número que tenía que estarlo: 249.

Me tocó la vieja bruja de siempre, la que ya estaba cuando llegué, y le di el papel. "Esto no va", dijo tras un par de intentos. Se levantó y fue hacia el otro extremo, a una mesa donde yacía una de las que acababa de llegar. Volví la mirada hacia la ventanilla de la paquetería y vi atendiéndola a una cuarentona con cara de desayunar Prozac. No tardó en volver la otra, hablando en alto, como ya justificándose porque el otro ordenador no funcionara. "Se jodió el asunto" pensé. Otra vez pasó el código de mi recibo por su pistolita y otra vez no hubo respuesta. Estaba tan caído como sus tetas. 

- Pues no va...no sé qué le pasa
- Ya, bueno...ojalá no fuera nunca
- Pásate un poco más tarde
- Sí, claro. Adiós.

Estaba en la sección de frutería cuando dos de ellos felicitaron discretamente a un tercero por su cumpleaños, es lunes y los supervisores están dando mucha caña, que me lo cuenta el carnicero, un tipo que se pone hasta las cejas y más allá cuando consigue un día de descanso. Eché un vistazo al interfecto, un caraflán como otro cualquiera, "¿35, no?, "sí", "esta noche toca...", "a ver si me deja ella". Recordé el chiste del abuelo y su nieto y escogí tres buenos pimientos rojos. 

Me desilusioné un tanto al no ver a mi colega en la carnicería, estaría en la sala de despiece, o puede que en el hospital con su tensión estratosférica, tal vez se haya ido de este jodido pueblo, quien sabe. A quien le importa.

El otro es un tío fuerte, con gafas, uno con cara de putero de club de carretera. No me gusta, yo tampoco le gusto, serán las "proyecciones" y tal. Mi mundo es una proyección. Mi mundo es como el ordenador de aquella vieja bruja.

Le pedí ternera, sin mirar el precio, yo no miro esas cosas.

- ¿Como la quieres?
- Para plancha. Que sea buena
- Voy a empezarte este...

Y le quitó el plástico a un hermoso y gran trozo de carne, "babilla, 12´95/kg"" vi después en el ticket.

Mientras lo partía en filetes, y por no aumentar la tensión con nuestro mutismo, le eché un vistazo a la vitrina. Y viendo las carcasas de pollo pensé en comprar alguna para hacer caldo.

- ¿Algo más?
- Sí...¿Eso vale para hacer caldo, no?
- Claro
- Es que la otra semana lo hice con manos de cerdo y huesos salados, de esos que tenéis ahí, en las cámaras, y joder...estuve tres días con la lengua que me sabía a sal.
- ¿Cuantos le echaste?
- Todos

Me miró como si fuera subnormal.

- Emmm...¿y le pasaste agua primero?
- ¿A qué?
- A los huesos salados"
- "No"

Se ajustó las gafas.

- Ehhh...tienes que pasarlos antes por un chorro de agua, para quitarle el sobrante..."
- Ahhh
- ¿Y cuanto caldo hiciste?
- Un par de litros
- ¿Un par de litros?
- Sí, un poco más
- ¿Y no te subió la tensión?
- Nnno...Estaba bueno, pero un poco fuerte. Al día siguiente casi que había que partirlo con cuchillo y tenedor

Si hubiera sido el otro le habría confesado que el lunes pasado todavía andaba escalando la montaña en cuyo abismo me sumí el viernes anterior, y que cuanto más te alejas de él menos quieres que tu cuerpo te lo recuerde, bastante son todos los demás, pero esta vez no fue hasta la noche del miércoles, o puede que la del jueves. Casi fue mi K-2.

Pero bueno, un puño de sal no es nada si lo comparamos con según qué cosas.

Me dio algunos consejos, me recomendó mitades para mis cantidades y que me olvidara de los huesos salados; o que sólo le echara uno, no cuatro. Y pasado por el grifo. No es mal tío. Cosas de la supervisión.

Vi a uno de estos apuntando en su bloc delante de los embutidos mientras me dirigía a la cola vacía. Era un chico joven, trajeado y narigudo, pálido y con gafas, muy delgado y con el mentón hacia dentro, la típica cara de cabrón, la típica cara de a ver a quien me jodo hoy sin que se dé cuenta

Ya en casa lo coloqué todo y miré por la ventana: el cielo estaba tan uniformemente gris como si nunca hubiera sido azul. Hace meses que no lo veo, puede que llore cuando vuelva hacerlo; como el sábado viendo 2001. La dejé en el intermedio. Estaba empezando a aburrirme y me dio miedo.

Comí a las doce, me inflé. El tupper de judías de madre y un filetaco de ternera, dura y correosa. Me acordé de aquella revelación que me hizo un "restaurador": "Kufisto, la carne, esta carne, mejor cuanto peor pinta tenga" Necesita cámara para estar en su punto. La buena carne debe llevar muerta el tiempo suficiente. En caso contrario es igual de mala que la mala. 

Un rato después estaba durmiendo en el sofá, junto al infernal brasero y mi gato. Desperté con los huevos a punto de ebullición, me hice un pito delante del ordenador y me lo fumé mirando gilipolleces, tonterías. Volvía a tumbarme, ya con el brasero apagado, y pensé que todo está perdido cuando abres los ojos. Así que me quedé otro buen rato con los ojos cerrados. Después los abrí sin querer, vi el cielo y me fui a la cama. Tenía frío.

Otra vez dormí, otra vez desperté y otra vez cerré los ojos. Al final me levanté decidido a no salir de aquí, a pasar el día tirado de un lado a otro, fumando delante del ordenador y leyendo gilipolleces. Después de todo, el sol lleva meses haciendo algo parecido.

Pero en una de esas vi lo de pepitoacojonado...

Y tuve que cagar una buena mierda y salir un rato a la calle. 

Afuera no había nadie ni nada que valiera más de media hora.

Y la Biblioteca que conocí ya no me vale ni para leer el ABC.

Pasé a su viejo water, me limpié las huellas que los pies habían dejado en el culo, me rulé un cigarrillo y fumándolo regresé a casa. 

Todo sigue como siempre.

Sólo queda escribir sobre ello.

Una y otra vez.


Una y otra vez.



domingo, 16 de febrero de 2014

DÍAS DE AJENJO Y ROSAS




El viejo lisiado buscaba a alguien y yo lo encontré antes que el otro quien, decepcionado, me miró como diciéndome que él lo había visto primero; puede que así fuera, aunque yo estaba más cerca y estuve pensándolo antes de decidirme, como la otra mañana cuando se me adelantó uno parecido dejándome con la miel en los labios, que la dulce miel es cosa que se transforma con el tiempo y las amargas noches que vas pasando.

Empujé la silla del viejo por el primer paso de cebra y me sorprendió lo poco que pesaba, tanto que era como si no llevara a nadie en ella. Una pierna siempre da para bastante, aunque viendo el resto tampoco la hubiera sentido mucho.

Paramos un instante en la mediana ante la llegada de un coche que al momento nos cedió el paso respetando toda ley, escrita o no; era demasiado temprano como para creerse con derecho a algo diferente: en la mañana, poco después de despertar, todavía recordamos como funciona el asunto. Otra cosa diferente es cuando ya llevamos tiempo con los ojos bien abiertos: allí cualquier cosa puede ser cualquier cosa, no lo que es. El sueño es el doctor paliativo de la vida.

Finalmente dejé al viejo al otro lado de la calle y regresé a mi sitio, desde donde lo miré un rato hurgarse en los bolsillos. Miré el cielo, enteramente nublado, empezaba a chispear, y decidí coger el coche para ir a fumarme un cigarrillo donde normalmente empiezo a andar si me queda poco para hacerlo a trabajar. Arrancando estaba cuando pensé en lo fácil que es ayudar si no tienes que mancharte las manos ni ver la cara del ayudado. Y también pensé que quizá hubieran pocas cosas más egoístas y que, seguramente, el mundo entero no sea más un torneo de egos donde muy pocos tienen la entereza y la honradez suficientes como para saber llegado el momento de abandonar la partida: jugar hasta el final, jugar cuando ya están apagando las luces, es un signo de mala educación. Y hacerlo en penumbra es cosa de topos, no de hombres.

Llegué adonde iba, me hice un cigarrillo y apagué la música, lo encendí e inhalé un par de buenas bocanadas; bajé un poco las ventanillas, lo necesario para que no entrara mucha lluvia con el buen aire y me acordé de la niña del vídeo que vi la otra noche, esa que sentía por primera vez la lluvia en su pequeño cuerpecito que apenas está empezando a crecer. El parabrisas estaba lleno de agua y todo se veía diferente a través de él, todo seguía siendo lo mismo, sólo que tú lo veías borroso. Pasé de accionar las escobillas. Ahora estaba pensando en la muchacha de larga melena ondulada, tan dorada como ese sol que hace tanto no veo, que había visto poco antes de ayudar al viejo.

Iba conduciendo cuando me fijé en ella, estaba de pie, parada, bajo un árbol. Había alguien agachado detrás de ella, me dio tiempo a descubrir a una vieja, supongo que su abuela; estaba como limpiándola, como quitándole alguna mancha, alguna impureza que se hubiera adherido a las ropas que envolvían a esa criatura que mientras tanto miraba altiva al frente, como miran quienes viven sabiendo de su hermosura, como miran quienes no han conocido día en el que mil veces le digan lo guapa y lo hermosa que es, como miran quienes todavía sin salir de las faldas de su madre ya se barruntan que afuera será todavía más, todavía mejor, todavía todo. Me vio como a todos los demás. Casi me llevo un contenedor por delante.

No me había fumado ni medio cuando decidí volver antes de tiempo.

Miré por el viejo. Ya no estaba por allí.

Ni se me ocurrió pensar que pudiera encontrarme a ella.


domingo, 9 de febrero de 2014

EL LIBRO DE LO MUERTO




Compré la Playstation2 una tarde que fuimos a alquilar la película habitual, solía escogerla yo, a ella no le gustaba demasiado el cine, más bien poco. Lo suyo era estar con la gente, hablar, reír y, ya puesta, bailar música pachanguera: cuanto más, mejor. Pero en invierno la gente no sale todos los días y entretanto algo había que hacer. Así que llegamos al cine por puro aburrimiento, aunque el trato tácito incluía la visión de Telecinco, cosa que aún hoy me cuesta entender que fuera capaz de soportar. Ella se dormía con mis pelis y yo con sus programas. Y después, a veces, dormíamos juntos.

Estaban a punto de sacar al mercado la 3ª de la saga, por lo que aquella tenía un precio bastante asequible, creo recordar que fueron 150 euros o algo así; "¿la pillamos?" le pregunté, "vale" Películas, tele, consola...cualquier cosa iba valiendo.

Recuerdo especialmente un juego llamado Necronomicón que estaba basado en la obra de Lovecraft, autor bastante lamentable pero que por alguna extraña razón suelo releer cada cierto tiempo: supongo que la imaginación también tiene su valor. Aunque lo cuentes como el culo.

El asunto era bastante sencillo, sólo tenías que ir de un lado a otro buscando pócimas, hablando con gente inquietantemente extraña y resolviendo los diferentes acertijos que se iban presentando; no tenía nada de violencia, ni de luchas, ni de mierdas de esas, no había que coger vehículos supersónicos que te dejaran al borde del infarto ni aparecían chicas que te incitaran a hacerte una paja. No había armas, no había líos, no había rollos. Únicamente tenías que resolver problemas. Y a mi me gustaba tanto como no a la mayoría de los usuarios, como tuve ocasión de comprobar en la Red: Aburridísimo, era el adjetivo más utilizado.

Ya de chico pasaba de los arcades violentos, de los de matar y tal; lo mío era más el comecocos, los marcianitos, el Arkanoid y por el estilo, como eran la mayoría de aquellos inocentes juegos. Poco después llegó el Street fighter, pero a mi ya se me había pasado ese primer arroz y estaba empezando con el segundo, el primero que empiezas a cocinarte tú.

Algunos años después llegaron las consolas y el juego se metió en casa y se hizo adulto, o parecido. Yo alucinaba viendo como tíos de mi edad, ya bien entrados en la veintena, con novia formal y todo lo demás, echaban horas y horas delante del televisor para matar soldados, monstruos o gente que pasaba por ahí, por no hablar de los de coches o motos, siempre a toda leche, algo que te ponía mal cuerpo, o al menos a mi, que hasta me dolían los ojos al verlos, no te digo ya jugarlos en las contadas ocasiones que lo hice.

Una noche habíamos quedado en ir a cenar a la casa de unos amigos, o lo que fueran, que las cosas entre parejas son como las salas de espera de un ambulatorio. Llegamos los primeros, yo había bebido algo para entonarme, no me van esos rollos, y cual no sería mi sorpresa cuando tras recibirnos la anfitriona (una mujer que todavía no había cumplido los treinta. Un monumento) pasamos al salón y nos encontramos a su bigardo sentado en el suelo a un metro del vociferante pantallón de televisión, echando una partida, concentrado, casi ni nos hizo caso, yo no me lo podía creer, "nos hemos comprado la Play3 -dijo ella- Está todo el día dale que te pego. Ahora juegas tú una si quieres, Kufisto", "ehhh...vale" Me serví una copa y me senté en el sofá a fumar cigarrillos mientras llegaban los otros.

No duró mucho mi afición por la consola, no volví a encontrar un juego como aquel, a todos le sobraba o les faltaba algo, ninguno tenía lo que yo estaba buscando, aunque creo que esto era bastante difícil: seguramente no quería otra cosa que jugar al mismo sin recordar nada.

A punto de terminar la tarde, mientras miraba como llovía sobre los coches aparcados, me ha venido a la cabeza el último de aquellos juegos, uno de Drácula del que solamente fui capaz de superar por mis propios medios la entrada a la casa del inicio. No podía pasar de la primera habitación: una y otra vez me mataban sus monstruos antes de que tuviera tiempo para encontrar la llave.

Al tercer día busqué las soluciones en la Red y lo pasé entero.

Así cualquiera. Así no se juega.

Pero es del otro de quien me acuerdo con agrado.

Después de todo uno hace bien lo que le gusta.

O al menos lo intenta por sí mismo.

Maldito Drácula chupasangres...

martes, 14 de enero de 2014

AUTOPISTA HACIA ALGO




Fue bajarme del coche y las nubes empezaron a chispear como si yo fuera un grifo de agua corriendo. Pero sólo estaba empezando a caminar, tanto que aún no había tenido tiempo para taparme los oídos. Miré hacia arriba, hacia el cielo cubierto, y viendo sus malas ideas de diferentes tonos oscuros recordé la gran bandeja del festín de Saló. Regresé sobre mis pocos pasos y me pareció increíble haber llegado tan lejos.

Por un momento pensé en ir a casa a por el paraguas, pero enseguida deseché tan tonta idea. Y no sé como, sin venir a cuento, determiné que era el indicado para ir hasta Tomelloso: hacía cinco años que no salía del radio del pueblo.

Apenas había entrado en la carretera cuando quité Radio Clásica (hay música para andar y música para correr, que diría Salomón) y metí a los Beatles que ya estaban dentro, cosa de la que ya empiezo a estar un poco cansado; de hecho, mientras iba con ellos hacia la casa de mis padres para celebrar la última noche del último año muerto, decidí que ya había sido suficiente, que ya iba siendo hora de cambiar de onda, pero...me olvidé. Bueno, no, no me olvidé: volví a dejarlo estar. Los brindis todavía estaban demasiado frescos.

A veces uno encuentra el porqué cuando ya tiene la misma importancia que el último condón de la orgía; pero no por ello deja de ser curioso como los motivos mueven a tus actos tal que si no fueras más que un trozo de madera del retablo de maese Pedro sin Quijote alguno entre la concurrencia.

- ¿Cuantos kilómetros tiene tu coche? -me preguntó mi padre el otro día.
- Veinticinco mil y pico -le respondí. Precisamente esa mañana le había echado el ojo bueno.
- Joder...-contestó como si le hubiera pedido un chupito de avellana sin alcohol.

"Cinco mil en cinco años...mil por año...menos de tres al día...hostia puta...ni mi abuela"

Casi nunca me han gustado los coches, pero cuando los conduzco en una carretera abierta son como la cuarta copa. Ya más la tercera. O la segunda. Según lo que lleve en el estómago. Pero el pie derecho, si no te pide la imposible sexta, todavía anda cómodo con su quinta.

Miré el reloj cuando vi la desviación del regreso.

Y me pareció increíble que ya estuviera tan cerca.

Sonaba Algo

El cielo estaba tan lleno de mierda que parecía a punto de reventar.


jueves, 9 de enero de 2014

LO PRIMERO ES UNA PÉRTIGA NUEVA




- Bueno, hasta aquí hemos llegado. Se acabó -me dije al dejar sobre el cenicero la mitad del primer cigarrillo del día, hasta arriba de ellos y de pieles de plátano.

Y es que me había despertado con el pecho dolorido, aunque no tanto como ayer, que parecía como si alguien estuviera friendo mis pulmones, algo horroroso, de verdad; ¿pero qué podría haber esperado después de haber echado el absurdo lunes que eché? Con todo y con eso encendí uno nada más levantarme de una cama que más había sido esa noche la de Dorothy de camino a Oz, aunque no vi enanos al despertar. Sólo me hubiera faltado eso.

Como será el vicio, qué poder tendrá la adicción, que aún tan malo no dejé de fumar durante el día, aunque algo menos. Tampoco mucho más. Y con la inevitable compañía de tres o cuatro ibuprofenos vadeé un día más de esta puta vida.

Pero hoy, ya con los niveles regresando a la normalidad, el pecho al baño María, tras un sueño algo menos movido y mientras estrenaba el nuevo día ante el Ordenador y el Espíritu de la Nicotina, ha sido como si el Ausente me hablara y me dijera: Ya es suficiente, Kufisto...Ya es suficiente...

Una vez en la ducha, bajo el agua, lo he visto todo tan claro que era imposible verlo de otra manera. Y así, al tiempo que me enjabonaba ligeramente las pelotas, he tomado la firme determinación de dejar el tabaco; aunque decir firme determinación es quedarme tan corto como político ante aquellos atentados. No: lo mío era algo impenetrable sin todavía haber habido lugar para recibir el impacto de una mariposa. Sería cuestión de ir por la vida con un chorro de agua sobre la cabeza. Y que se joda a quien le salpique.

Acabando el desayuno he decidido tirar a la basura no sólo el tabaco, sino todo lo demás. He cogido una bolsa grande y la he medio llenado con decenas y decenas de botes de Marlboro, los guardaba para dárselos a mi antigua asistenta, su hijo los coleccionaba no sé para qué; pero ya había pasado más de un año y todavía no había encontrado el momento de llevárselos, que yo para encontrar uno con según qué cosas soy peor que la conjunción entre Plutón y Mercurio, tanto que al final iban a acabar donde deben acabar las cosas vacías: en el vertedero.

Ya puesto, casi desatado, bolsón en mano, se la he echado a las boquillas, al papel, a los cantes que dormían el sueño de los descuidados sobre la mesa, a las hebras de tabaco caídas ante del combate, a la ceniza pesada, tanto que ya la dejas caer en cualquier parte, a los cartoncillos que mantienen firme el papel, a sus cajas vacías, al plástico seco de algodón, veneno sobre veneno, joder, "qué asco, me cago en su puta madre" Por último he reparado en los mecheros, esos seres demoníacos, y cogiéndolos como si fuera a exprimirlos ya iba a tirarlos cuando me he acordado de mi hermano pequeño y su perpetua carestía de ellos. "Pues para él" No me ha hecho mucha gracia la idea de ayudar en lo malo a alguien que quiero, pero me ha podido mi sentido de la utilidad, o mi temor a perder para siempre lo que estuvo conmigo, como si de esa forma, estando juntos aunque sea para nada, esta todavía parezca lo bastante lejana, lo suficientemente impensable como para darle una oportunidad. Y como de lo malo saca lo que puedas, esta idea ha traído a mi cabeza el recuerdo del peor: la botella de whisky. "Esta, para el bar" Que se la beban otros.

Y de esta manera, como un don Quijote en su primera salida, un poco más tarde, he salido a la calle a lomos de mi Kalos y con mis dos más fieros briareos en sus respectivas alforjas.

Lo primero ha sido determinar donde iba a deshacerme de él, pues sino un cuerpo mutilado sí era algo lo bastante grande como para llamar la atención de cualquiera, y yo todavía no tenía los nervios muy en su sitio como para aguantar algún comentario del tipo "no son horas" o por el estilo, algo que nunca me ha pasado, pero no era hoy el día para abrir el melón. De esta manera, y viendo que hacía una buena mañana y tenía algo de tiempo para pasearla, he pensado que lo mejor sería tirar la basura en un contenedor de las afueras que me aprestaba a andar.

Pasa a veces que uno mira pero no ve; y según quien, más es la regla que la excepción. Yo no sé mi lugar dentro de ese baremo pero de fijo que no muy arriba. Digo esto porque al llegar a mi destino me he dado cuenta de que carecía de un sólo contenedor en el que desembarazarme de toda la mierda que llevaba conmigo. "Años paseando por aquí y no he sido capaz de caer en ello" Tampoco era cosa de difícil solución, únicamente había que ir hacia el otro lado de la avenida, alcanzar la siguiente rotonda y girar a la izquierda, nada más, además que era ideal, apartado de miradas indiscretas. Pero ya era tal mi asqueo por la compañía que he estado a punto de dejarlo de cualquier manera, como pasa cuando uno al fin decide desembarazarse de algo que lleva mucho tiempo con él, que es como si así fueran a desaparecer todos tus problemas: de golpe. Y cuanto antes mejor.

Finalmente he llegado al contenedor y sólo me ha faltado escupirle o darle una patada al lanzarle mi carga.

Después he dado un paseo escuchando Radio Clásica, pensando en recuperar los ejercicios con el saco de boxeo ("¿tengo vendas? creo que sí...esta noche lo miro y mañana empiezo"), en olvidarme del pitido nocturno, en regenerar todo lo degenerado y volver a sentirme bien, que no es sino sentirse fuerte. En esas iba, absolutamente convencido, cuando he dado en desear que me asaltaran ganas de fumar un cigarrillo para decirle que no. Con todas las dos letras. Y de esta manera, como si ya todo estuviera hecho, me he ido al bar casi que dando palmas.

A eso de las doce, a la hora de mi primer cigarrillo allí, he tenido ganas de comer algo, lo que por otra parte no era nada anormal, es a la que almuerzo después de preparar el guiso del día; lo he hecho como de costumbre y he pillado un chicle de nicotina por si las moscas, chicles que también habían estado a punto de acompañar a lo demás, cosa que hubieran hecho de haberme acordado de ellos en ese momento de euforia. Pero tuvieron suerte. Y yo, ¡ay!, también.

Una hora más tarde ya me había comido casi que lo del día.

- Enseguida vengo -he dicho cogiendo abrigo y llaves. Nadie sabía que había empezado a dejar de fumar.

Hacía años que no conducía así por el pueblo. Podría haber ido al estanco y comprarlo allí. Pero no. Tenía que volver para rescatarlo.

Ahí estaba mi bolsa, pero ya no sola; hay una nave para animales en las cercanías y ya se habían deshecho de algún material. No pasaba nada, solamente había que aguantar la respiración y coger la mía, perfectamente cerrada. Pero al ir a echarle mano se ha roto al rozar unos ladrillos. Y se ha desparramado todo entre la mierda. "¡OHHH, NOOO...!" No podía alcanzarlos, no a todos, casi a ninguno, y yo buscaba uno entre cincuenta. "¡OHHH...DIOSSS!" Por un momento he pensado en dejarlo estar y resignarme a visitar el estanco, y no por el dinero, me la sopla, pero me había jodido tanto la cosa, me había parecido tan de chiste, que por mis cojones no me iba de allí sin mi tabaco. Y me he encaminado hacia la tienda de animales a ver si tenían una pala o algo así para dejarme. Yo, que no paso a un bar ni para pedir un vaso de agua, ahora me veía pidiendo algo absurdo en un sitio que no conocía de nada.

Había un chico negro en la entrada, uno de los que van vendiendo cosas por ahí, lo conozco, como él a mi.

- Eh...Kufito
- Holaaa  

Estaba con quien parecía el jefe, llenando unos sacos o algo así. Cada uno se gana la vida como puede.

- Ehhh...sí, mira -he empezado a decirle al tipo, un tío pelón, fuerte y tuerto de un ojo- Venía a ver si puedes dejarme una pala o algo así...He tirado antes una cosa al contenedor y ahora me he dado cuenta de que me hace falta.

Me ha mirado con el bueno, "vale", y le ha hecho una seña a una tipa que no ha dicho ni mú, puede que fuera extranjera, o quizá muda, pero no ha tardado en volver con una hermosa pala.

- Estupendo...Enseguida vuelvo -Y he salido disparado a revolver la mierda.

Claro que no ha sido tarea fácil, tenía que mantener abierta la compuerta con uno de mis pies mientras bregaba con la jodida pala, tan familiar para mi como un maldito corno inglés; pero poco a poco lo estaba consiguiendo, ya había descartado unos cuantos cuando he sentido una voz.

- Dale bien, con fuerza.

Era él, el tuerto, el tío de la pala. Como un rayo ha cruzado por mi mente la imagen de Dustin Hoffman en aquel pueblucho galés. Y le he dado con más fuerza, ya liberado de hacer peso en la barra de pie.

- ¿Por qué no lo vuelcas?

Hostia nooo...ya lo había pensado antes. ¡Pero como iba a volcar un jodido contenedor por una lata de tabaco! Soy Kufisto, coño, ahora te lo explicará el negro. Ojalá no lo entiendas.

- No, si ya va, ya va...¡MIRA! ¡ESTE ES! -enterito, sin empezar...
- Yo dejé de fumar. A pelo. Me machacaba dos paquetes diarios
- Ya, ya...Muchas gracias

He dejado por imposible recuperar los librillos de papel, para eso hubiera tenido que volcarlo y ya tenía lo principal, incluso las boquillas.

"Menos veinticinco, quizá esté abierto el estanco..."

Sí, lo estaba. He aparcado como mi abuela cuando se sacó el carné a la 25ª vez.

- Hola, dos librillos de Smoking. Del corto.

Y mientras la chica los buscaba le he preguntado al chico si tendrían una tapa de sobra para mi lata, "la he perdido" Tenía a ese tipo encima de mi, un señorito capullo revolviendo en la basura por su tabaco, estaba oliendo a jena, ¡como coño iba a acordarme!

Y me han dado una. Soy buen cliente.

Sin mover el coche me he rulado uno.

Y ahora voy a comer algo, que ya va siendo su hora.

Pero Johnnie Walker se ha quedado en su destino final. Ese sí.

Primero la A.

Y después la B.

Sí.

Ese el orden correcto.

martes, 7 de enero de 2014

NO SON LOS TOROS PARA DORMIR CON LOS GATOS




- ¡¡¡EEEHHH...!!!
- ¡Ahhh...joder!

Y pasé al de tíos.

La vieja estaba jiñando en el de minusválidos, el del centro, sin echar el cerrojo; fue rápida, no pude ni abrir un cuarto de puerta. "Increíble -pensé- ¿como lo habrá hecho?" La de entrada estaba abierta, así que poco ruido pude hacer en esos dos metros; y soy de los que las abren como si no hubiera nadie detrás. Más aún en el cementerio.

Me fui hacia la izquierda, pasé de pasar al inodoro acerrojado y meé en los de pie, a la buena de Dios; pero a veces son preferibles las habitaciones sin cerrojos: sobretodo si no son los tuyos. Mañanas hubieron que me dejaron huella para una semana. En la boca. De espejo. Las peores de las visibles.

Con todo, apunté hacia los pelos que otros como aquella se habían dejado, salía con fuerza, y no es cuestión de ir desperdiciándola, tampoco de esconderla; además que resulta hermoso barrer la cochambre cuando todavía tienes la escoba entre las manos, sino impoluta, sí a medio gastar, que es como mejor rinden las cosas.

Salí, la otra todavía estaba plantando su semilla, cosas de mujeres. Si hubieran sido ellas las inventoras del ajedrez todavía andaríamos jugando con el reloj de arena. O un silo de ella. O un desierto de arena, pena...

El rincón de los gatos estaba como ahora lo está la fuerza de aquel ciclón, es decir, ninguno, y mirándolos olvidé visitar los huesos de mis muertos, no creo que se mosqueen, no creo que se acuerden, no creo que allí haya lugar para esas otras cosas. No creo que haya lugar para nada más que sentirte un poco más vivo.

El tipo de Radio Clásica empezó a decir gilipolleces, era demasiado temprano, así que me pasé a Stairway to Heaven, hacía siglos que no la escuchaba de corrido, pero no hay como que alguien que respetas te diga que está cogiéndole el punto a algo tuyo como para volver sobre ello para no perderlo, que lo perderás, pero mientras tanto...qué bien suena.

Llegué a casa y cogí el coche, fui al hiper y pillé granadas y manzanas, naranjas y pinchos morunos, chorizos y morcillas.De regreso a casa paré en el bar, cerrado, y dejé sus cosas. La puerta estaba abierta, "¿no cierras?" le dije a mi padre, "sí...ahora..." Todavía se acuerda, cada vez le cuesta más perdonar mis paranoias.

Dejé toda la mierda colocada en el maldito frigorífico y me fui para mi puta casa, Abrí la botella de vino que acababa de secuestrar y empecé a bebérmela mientras escribía algo. Eran las once y media.

Bueno, mi tío llegaría a las doce, tenía un cierto margen, tal que ayer cuando le gané una partida a un israelita mientras me hacía unos spaguettis con atún, ¡qué gusto me dio!, y eso que estaba perdido en el medio juego y mi reloj ná más que tic-tac, tic-tac...jódete, cabrón. Me gusta ganarles a los putos israelies; seguro que tengo un score favorable. Lo doy todo contra ellos.

Abrí la botella de vino, los ibéricos de oferta y el último puro del frigo. Y buscando algo que olvidara mi última cagada retomé aquella de la vieja, una de las congeladas, como puede acabar esta, aunque va a ser que no.

Estaba dándole forma al primer párrafo cuando llegó quien ya no esperaba, que es lo que pasa cuando tratas con gente seria, de derechas, puntual...Ya eran y veinte y casi me había bebido la botella, "ojalá no venga ya"; puedo aguantar un mes más con la puerta como la de Occidente, sólo es necesario tener un cacho de hierro en el suelo para que no se cierre, me cago en la puta, que casi me vuelvo loco cuando la vi cerrada, como aquella vez con aquella golfa rumana...

Pero llegó; es lo que pasa con los de derechas, que siempre llegan aunque sea tarde.

- ¿Kufisto?
- Tío
- Ábreme
- Voy

Y bajé. Llevo ocho años aquí y todavía no sé como tienen que llamarme. O, mejor dicho, no sé como explicarlo. Y al principio venían, sí...pero ni entonces sabía.

Yo ya estaba medio pedo, el puro colgando, "tu hijo estaba fumándose un puro a las doce...", no creo, me la sopla, soy un escritor y tengo que inspirarme...mierda puros de mierda...

- Dame los tornillos, Kufisto

Milagrosamente los encontré sobre un cenicero donde guardo...ná. Milagro.

Me serví otro vaso de vino mientras intentaba darle forma a la cagada de aquella vieja.

- Bueno...voy a por la cerradura...¿estás fumándote un puro?
- Sí...es que acabo de comer un poco...Ahora echamos un pincho
- Sssi, bueno...ahora vengo

Fuese, vino y equivocóse, que también les pasa a los hijos de los divisionarios azules, aunque más fue por el mierda crío que por él, claro, que se llevó la cerradura: "Así" Y se la dieron del revés.

- Me cago en su puta madre...bueno, me voy otra vez pallá

Aproveché el tiempo machacando la botella, escribiendo: "¿descripción del water de tíos o pispás? ¿olor de la mierda de la vieja o pispás? recorta, Kufisto, cabrón, recorta..."

Finalmente, en medio, arregló la cerradura; hoy ya podré dormir solo otra vez, como mejor se duerme, digan lo que digan, claro que yo soy más de Bertín, no de ese locón, y ni os cuento de Julio, es mi ídolo, pero una vez se lo oí decir a Bértin Osbourn, como le llamamos entre los colegas: "sí, ya...pero después cada uno a su cama" Palabra de follador. Y no es que me folle a este cabrón, no, pero es sentirlo, ronroneando así, echo un puto ovillo, y como que parece tal que te cagaras en dios al moverte, no sé...Un gato que duerme es como un tabernáculo con el manto echado.

Partí un poco del ibérico que acababa de comprar y ya había empezado y abrí dos cervezas, nos sentamos junto al ordenador y mantuvimos una agradable charla, de las que se quedarán, tampoco hemos tenido tantas, de hecho sólo me acuerdo de otra y fue hace un trillón de años luz. Después se fue a por su mujer, la de la eterna sonrisa que a punto estuvo de apagarse cuando empezó a morir este último verano, y yo me quedé dándole un poco más a esta historia y hasta los gavilanes de la Estacada, un vino que ya no me sabe igual que antes. ¿Pero qué lo hace?

Atrancado ya no me acuerdo donde, lo intenté con un poco de Johnnie, otro qué facilón, pero viendo que no progresaba más que como un progre determiné dejarlo y echar a andar, que es cosa buena siempre y cuando te funcionen los pies, y si no también, que no sólo de pan vive el hombre y tampoco la vida ha de ser pluscuamperfecta: ¿que te duele? te jodes, pero andas. Ya llegará el día en que ni te duela ni andes.

Con todo, no tardé mucho en regresar para mis costumbres, costumbres que ya van dos meses que dejaron de serlo; pero más fue porque iba un tanto afectado que por otra cosa. Soy como los toros bravos que se crecen con el dolor; pero esa pesadez, ese picotazo de veterinario comprado por el apoderado...te puede. Tanto que pensé en llamar a un colega para la puntilla, pero en el último momento recordé mi naturaleza y decidí que lo mejor era comer algo y descansar un poco, que ser de corazón bravo no significa tener cabeza de bolo. Eso para los toros de Domecq.

A eso de las seis y pico, en la que ahora es la hora loca de los gatos, viendo que se iba el sol y yo no hacía más que derramarme en gilipolleces sin fin, en discusiones que me la soplan más que el puto Louis Armstrong a su mierda-trompeta, determiné hacer la tercera salida del día que ya iba a ser noche, otra vez, como esta mañana cuando me desperté. Qué ganas tengo de que llegue Mayo...aunque marzo ya va estando bien.

Diez minutos y otra vez el dolor, otra vez el pisar mal, otra vez andando en la memoria, que es como no se tiene que andar: no es tanto que el caminante haga el camino, sino que el camino no te haga recordar tu caminar.

Pasé, no lo olvidé pero tampoco le hice mucho caso; hay días que es mejor vivirlos como si no hubieran muchos más. Y caminé lo que siempre he caminado. A veces es mejor joderse que joder.

Ahora estoy aquí, sentado, rematando esto, todavía vestido de romano, todavía con mis cosas de escribir, mis pinchazos, mis pastillas azules, ¿o eran las rojas?...Qué más da.

Mañana será otro día, sí...

Y todavía estaré aquí para contarlo.

Con mis cerrojos en orden, claro.

Que los del maldito cementerio no son cosa mía.


sábado, 4 de enero de 2014

¡¡¡VIENTOS!!!...¡¡¡VIENTOS!!!...




Es el viento.

O el sueño agitado.

O no andar el sol.

O las medicinas que anoche dejé.

Pero algo tiene que ser...

Cobró el que me esperaba; tampoco había habido tiempo para nadie más. Callé el último habiendo sido el primero. Y, entre medias tan corridas, apenas hubo nada. Yo a mi sitio y él al suyo. Logré que se diera cuenta de mi deseo de ignorarlo. Y así, de esta manera, pasamos el primer rato: yo picando ajos y él esperando las patatas salvajes que no llegaron.

Apenas había llegado al pimiento verde cuando me reconcomió la conciencia; pero nada dije: lo hice una vez y no he vuelto a hacerlo. Será porque estuvo bien. Y yo no suelo estarlo.

Poco a poco, como el tiempo, empezamos a volver a olvidar; tanto que al irse le dije hasta luego dos veces: así es como el padre sabe que su hijo está pidiéndole perdón. Así estamos. Así estáis. Así está el mundo.

Como una jodida película de Buñuel...

Salí a fumar y vi como todo seguía igual que esta mañana, igual que hace treinta años, cuando llegábamos a septiembre y su colegio, aquellos septiembres grises y fríos, lluviosos, oscuros, de campanas a muerto...Ahora son de otra manera, lucen como mayos, ya no abriles; no sé qué cojones está pasando con ellos. No sé qué coño está pasando. Sólo que pasan.

Fumé. Vi las últimas hojas muertas arrebatadas por el viento, yendo de un lado a otro sobre el suelo pegado al agua, como la última trampa. Miré si una se juntaba con algo, no me acuerdo que era, pero sí que no era otra hoja; estaban como bailando, tan cerca que hubieran podido olerse de haber tenido nariz. Pero no.

Tiré el pito a la pista de baile y entré adentro sin mirar donde había caído.

Comí algo, bebí un poco, pillé un taburete y me puse a hablar con quienes ya creen que no quieren ver, con los últimos de Misoginia, con la sentimental hez de la Red: la cárcel está en tus ojos.

Abrílos un poco después, no para muchos, la tarde estaba como me había levantado.

¿Hay algo que no esté cuando te levantas?

Me serví una copa, y leyendo a unos y viendo a otros fue como si en verdad fuera Kufisto: interesante.

¿Será que no me he afeitado hoy?...

Ahí estaba la gente. Tus amigos de la infancia, ahora tan lejanos como Plutón, tu rollete de la juventud, ahora tan lejano como un satélite de Plutón, tus desconocidos del día, tan estimulantes como el de hoy, tus colegas de ahora, tan fiables como un reloj de los negros, tus recientes clientes, tan vistos como los que estuvieron antes que ellos...Pero también estaba ella, tan ¿es posible?

Y entonces un mierda me pidió una canción de mierda, algo a lo que jamás se hubiera atrevido de no haber estado colocado: yo soy Kufisto, el que tira para atrás.

La busqué, me daba igual, me veía bien...Y entonces, al no encontrarla, les pregunté a ellas, que estaban a la vuelta.

- ¿Me dejas que pase?
- Claro

Y pasó. Y la estuvo buscando muy cerca de mi.

- ¿A ver esta?

La pinché.

- Nnnnno, no es la buena...¡pero bueno!

Y se rió tan bien que la puse.

Era horrorosa.

- Kufisto
- Dime
- Me pones al Barrio
- Claro

Y he puesto al puto Barrio.

Ha llegado mi hermano, he salido yo, ella estaba con el suyo junto al mierda y otro truño, no sé como irá el tema, me da igual...pero parece tan posible como esa isla de Houellebecq...

Ya vestido de sherpa, como me gusta, he visto que me miraba.

- Vaya día, ¿eh?
- Sí...
- ¡Te habrá gustao la sesión de Barrio!
- Jajaja...¡pero a ti no te gusta!
- No mucho
- Jajaja...
- Bueno, me voy...

A mitad del camino he pensado en pillar un litro de cerveza y escribir algo.

Johnnie tenía en casa.

Es el viento.

Y el sueño.

Y la noche.

Y el hielo