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jueves, 4 de agosto de 2022

OMMMMMMMMM

 Fue un comentario descuidado. Cuando uno duerme bien le cuesta despertar del todo. La gente de buen dormir no se hace preguntas, no busca respuestas. Todos los problemas del mundo quedarán resueltos cuando una máquina extienda un manto electromagnético del buen dormir a todo lo largo y ancho del orbe, según hemisferios. Entonces, bien dormidos desde la cuna a la tumba, viviremos felices y en perpetúa armonía.

Me costó mucho tiempo del más precioso caer en la cuenta de la estupidez que era ir por la vida como si uno fuera la roca ungida que todo joven mal dormido se cree. Por otra parte acabó pronto y sin mucho dolor. En cualquier caso nada parecido a una tragedia, pues nunca he dormido tan mal como para alcanzar ese extremo. Ya por aquel tiempo mis ideas y gustos estaban cambiados y aunque sólo fuera subconscientemente sentía que ni yo mismo era capaz de defender lo que tanto me había arrebatado apenas dos años antes. Supongo que en ese momento, poco a poco, empecé a dejar de intentarlo con los demás. Las primeras caretas, ¡tan vívidas!, que uno encuentra en la vida se desplomaron como terrón de azúcar en el café de la mañana. No diré que no sentí una especie de vergüenza interior, todavía era demasiado joven, la innata vehemencia aún era demasiado acusada, pero una vez llegado otro cambio de rumbo, otra curva que se alejaba de la aparente recta anterior, la definitiva, le cedí el paso a la pregunta que desde entonces, y a pesar de todas mis pasadas renuencias, me ha acompañado toda la vida:

- ¿Y si esto siempre será así, Kufisto?

Con todo, no dejé de enamorarme. Todavía era joven, y fuerte, y apasionado. Exprimía lo que me gustaba hasta encontrarle gusto a las cáscaras. Y las defendía a muerte; ya no de entrada, claro, pero sí cuando alguien se atrevía a rozarlas. 


El día de ayer fue de descanso; no laboral, era miércoles, sino de lo mío de verdad, de lo auténtico y verdadero, de escribir. Estaba muy cansado tras muchos días de excesos y preferí parar. Por eso dormí bien las pocas horas que necesito para pasar todo un día con los ojos abiertos. 

Pero dormir mejor, en mi caso, es dormir peor. Y así fue cuando esta mañana llegaron al bar los primeros clientes de todos los días, ellas incluidas, unas chicas muy agradables que de una en una fueron llegando aunque ya la primera me reveló los desayunos que iban a tomar en la terraza, todavía fresca y sombreada a esas horas de este satánico verano en La Mancha como no ha habido otro igual desde que tengo conocimiento.

Serví los cafés y las pulgas de atún con tomate. Y entonces la más simpática de todas ellas, una chica de treinta años con una historia que algún día contaré, me dijo algo del yoga. En cualquier otra circunstancia, en cualquier otra mañana, hubiera optado por sonreír y volver al bar. Pero hoy no.

- Sólo me faltaba el yoga.

Y en ese mismo recordé que una de las otras, la que tiene los ojos para el polvo más guarro, me había dicho alguna vez que hacía yoga.


Hará más de treinta años que leí las novelas de Herman Hesse. Aquello fue una revelación. ¡Herman Hesse!, ¡el Lobo Estepario!, ¡Siddharta, Damian...! Bueno, ni os cuento. Sólo que en una ocasión, estando en la mili, entró un pobre chico a la habitación cuando yo estaba a punto de alcanzar el Nirvana y casi lo maté a fuerza de palabras. No hará tanto que le di una vuelta, ni siquiera un par de meses, el aburrimiento es insaciable, y no pude pasar de la página diez. Y la anterior, muchos años atrás, no llegué mucho más allá.


Bueno, quizá he perdido otro polvo. Tampoco es tan grave.


La verdad es que casi prefiero dormir bien y que todo me sude la polla.

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