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martes, 2 de agosto de 2022

CUEVAS

 Son las tres de la tarde. El último cliente se va y echo la llave. La caja ya está más que hecha y no necesito ninguna visita en la prórroga para redondearla. Ha sido una buena mañana, ¿para qué exprimirla? Alguna cerveza más, cuatro cafés...Bah. 

Recojo con calma, silbando la canción que suena en Spotyfi, una de Offspring, aseguraría que su primer éxito allá por los noventa. No me gustaron entonces y tampoco me gustan ahora, pero acabo de cerrar el bar y creo que silbaría casi cualquier cosa.

Coloco la última carga del lavavajillas, enciendo un cigarrillo y echo un trago de cerveza que me viene larga. Ayer me pasé un poco, tampoco nada apocalíptico, y en verdad es una bebida que tengo un tanto atravesada desde hace años. Pero es un mal menor, un mal necesario para evitar el demonio del whisky, mi gran amor. Una especie de ejercicio espiritual jesuítico a la hora de escribir. Con la edad uno se vuelve un poco jesuita consigo mismo; también con los demás, por cierto. Sí, claro, todavía hay días para las heroicidades, tardes en las que ese brebaje maravilloso vuelve a despertar la furia que guardas dentro y entonces todo se transforma en tu cerebro y nada parece lo suficientemente sagrado como para no plantarle cara. Pero...

Tiro el último trago al fregadero, echo un último vistazo, salgo a la calle, cierro la puerta pensando que la estoy cerrando para después no quedarme con la duda y monto en el horno con ruedas que me acercara a casa. 

El aspecto del cielo me recuerda al de un hígado de pollo con su telilla. Una capa blanquecina moteada de nubes estériles, enfermizas, que a modo de hongo da la sensación de tapadera transparente sobre la sartén. Rompo a sudar de inmediato. El volante me quema los dedos. El trayecto es corto pero no tanto como para evitar que llegue chorreando a la puerta de la cochera. Acciono el mando y mientras la puerta se abre oigo voces de vecinos discutiendo en alguno de los pisos bajos, tan cercanas y al mismo tiempo tan lejanas que pienso que si estuvieran pidiendo socorro a gritos no haría sino lo mismo que voy a hacer: esperar que la puerta se abra lo suficiente como para permitir la entrada de mi coche, aparcarlo, coger el ascensor y subir hasta el piso para despelotarme.

Es un mes y medio. Un mes y medio largo con el ligero paréntesis de la última semana de junio. Un mes y medio con temperaturas mínimas de veinte grados y máximas en torno a los cuarenta. Los últimos treinta y tantos días a piñón. Si esto no es para volverse loco que baje Dios y diga qué cojones espera de nosotros.

Hoy desperté varias veces durante la noche. A las cinco de la madrugada, empapado en sudor, miré por gusto la temperatura en el teléfono. Veinticinco grados. Veinticinco grados a las cinco de la madrugada. Anda ya a tomar por culo.

La mañana estuvo bien. A eso de las ocho y media tuve un buen arreón, curiosa visita incluida.

Eran tres mujeres. Bueno, mejor dicho, pues saltaba a la vista: una madre con su hija y la abuela. Tres generaciones. La niña estaba para reventarla con sus mini vaqueros ajustados hasta más arriba de las nalgas. La madre también; bastante menos pero también. Y la abuela, pues oye...también.

Entraron como dudosas. Era la primera vez. Yo las había visto llegar mientras atendía una de las mesas de la terraza. Ya ahí me fijé en las piernazas de la chavala. Volví adentro cuando ellas todavía no habían alcanzado la puerta del bar.

Tomaron asiento, pidieron desayunos (la chica un Colacao y una tostada de atún con tomate que cargué a conciencia) y al servirlas noté como una tensión contenida de tipo sexual. Y no por mi, claro, sino por ellas; o para ser más exactos de la niña: tal vez una enfermedad venérea, una preñez a las puertas, que sé yo. Pero la nerviosa mímica de la abuela, sobretodo, y de la madre delataban algo por el estilo. La niña pasaba de todo mirando su teléfono. Buenas tetas. Menudo polvazo.

Se fueron y recogí la mesa. No habían quedado ni las migas de la tostaza de atún con tomate de la niña. Hasta el sobre de azúcar con el que a modo de prueba acompaño al Colacao (70 % de azúcar en su composición) había sido gastado en su totalidad. Un polvorín. Un volcán. Fuego en el cuerpo. Juventud divino tesoro. Y yo sin dormir cuarenta días, otra vez resacoso y con estos pelos.

Al volver a casa a eso de las diez decidí hacer ejercicio para sudarla más. Había pensado en echarme pero como no iba a dormir decidí que sufrir era mejor que lamentarse. El asunto fue como de costumbre y tras la ducha y posterior comida ya estaba otra vez nuevo y con hora y pico por delante hasta la vuelta al bar. Puse el último vídeo de Lobo Estepario en Odyssey y encendí un cigarrillo. Otra vez estaba cagándose en todo. Y eso que anda por el Norte. Si estuviera aquí ya habría salido en el Telediario. Vente para La Mancha si tienes huevos, Lobo.

El mediodía resultó mucho más llevadero que la mañana. En otro sentido al de las tres mujeres me llamó la atención un grupito de cuatro tíos. Sólo conocía a uno de ellos, evidentemente el que había quedado aquí para tomar algo antes de ir a comer, un chaval formal de buena posición con mujer e hijos, uno de esos que estudió en tu mismo colegio católico algunos cursos más atrás pero que luego fue a la Universidad, se sacó una carrera de algo, contrajo matrimonio por la Iglesia con su guapa novia de toda la vida y tuvieron hijos. Había dos que parecían algo más jóvenes, treintañeros, bien cuidados también, muy educados y todo eso, el de la barba me pareció algo maricón; y luego uno mayor, un cincuentón que fue el último en llegar, uno de fuera, según oí mientras atendía, que tenía la pinta con la que uno se imagina a quien lleva un cilicio en el muslo, aunque esto sea cosa difícil de certificar cuando es algo que sólo has visto en las películas. Pero vamos, como que Escrivá de Balaguer, San Escrivá de Balaguer, planeaba sobre el bar.

En esto fue que llegó una de mis amigas, una mujerona que me da le está poniendo los cuernos al marido con su jefe. Una chica vital, muy vívida, majísima, que apenas acaba de entrar en la cuarentena con todo lo que eso conlleva, y más cuando el esposo, el segundo y padre de su último hijo, un hombre bueno, es casi diez años mayor que ella y hace uno que está en paro.

Tuvimos una conversación muy agradable, aún (cuando aquí sí) la tensión sexual no resuelta entre nosotros después de tanto tiempo era tan omnipresente como desde que la conozco. Con las piernas cruzadas sobre el taburete, mirando su móvil, era cosa de darle un bocado cada vez que volvía a la barra tras atender el salón para seguir charlando. 

Pagó la cerveza pidiendo que se lo devolviera en monedas para sacar tabaco.

- Vamos a echar un piti -dije-

Se iba a pasar la tarde de descanso en Ruidera con sus dos hijos pequeños. 

- No la conocen, Kufisto.
- ¿Que no la conocen? Pero si Iván tiene cuanto, ¿dieciséis años?
- Dieciséis, sí.
- Joder...Claro que para ir allí tienes que poder ir hasta allí...El coche y todo eso. ¡Bueno, pero cuando yo era chico estaban las motos! Pocas veces me habré ido yo con la vespino...
- El mayor sí ha ido. Pero yo hace como veinte años que no voy.
- Te gano. Dicen que está increíble.
- Sí. Van a disfrutar cuando lo vean.
- Y tanto. Como que no parece La Mancha.
-  ¡Así que ese es el plan de hoy! Jose se queda aquí, no puede venir...
- Ya...

En ese momento entró un cliente.

- Bueno -dije- que lo pases bien.
- Seguro. Apenas me acuerdo. Será casi como la primera vez.

Y riendo nos separamos.


Ruidera fue la medicina que Cervantes le recetó a don Quijote al ver que el valor su fuerte brazo empezaba a flaquear después de tanto sinsabores.


Y allí, triste, solo y a ciegas, hundido en la cueva, vio maravillas tan grandes como para que al menos el buen Sancho siguiera creyendo en él.


Y tiró de la cuerda para que lo sacara.

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