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viernes, 25 de octubre de 2019

ALPINISMOS

Una de las veces que salí a la terraza vi a Gonzalo hablando solo en la puerta del bar. Parecía tan cabreado como siempre que habla solo. Estaba apurando su cigarrillo y muy pronto pasaría adentro. "Malo" pensé. Hace dos semanas vino al bar tras salir del hospital de la revisión habitual con su psiquiatra, uno nuevo según me contó, un chico joven que le amenazó con ingresarlo "por su bien y el de todos" si continuaba con sus "delirios extraterrestres". Gonzalo, enfadado, se defendió de ello ante mi escudándose en Donald Trump, quien por lo visto ha reconocido su existencia. Yo lo escuché con cierta preocupación, más o menos la misma de todos estos años en circunstancias parecidas. De vez en cuando, por el motivo que sea (no tomarse la medicación o que se le quede corta, tal vez un poco de hierba, no sé, lo que sea), vienen a su mente estos estados alterados de consciencia que acaban en un ingreso hospitalario. Luego vuelve al cabo de un tiempo ya en su estado normal de medicación, es decir, "zombi" como dicen quienes le ven y evitan aún sin conocerlo, tal vez por esa superstición atávica al contagio que todos llevamos dentro. Yo, quizá, si no fuera el camarero haría lo mismo; así que tampoco aquí me pondré medalla alguna. Aunque en verdad me siento cercano desde siempre a todos los enfermos mentales.

En realidad es un buen chico, sensible, aficionado a hacer fotografías al amanecer en los molinos y lector incansable de todo lo relacionado con la espiritualidad y ciencias poco o nada reconocidas. Vive con sus padres pero se gana la vida en el mantenimiento de una guardería. Muchas veces, cuando llega el otoño, me cuenta el rollo que es barrer las hojas que caen de los árboles. Con una tímida sonrisa dice que alguien tiene que hacerlo por esos "pequeños cabrones" Muy de vez en cuando me envía por wasap alguna foto suya que considera buena, o algún enlace a una conferencia, cosas así. Siempre le respondo. A cambio, y también de higos a brevas, le envío algo de buena música, cosa de la que nunca hemos hablado.

Fue verlo hablando solo ya dentro con su café y darme ganas de beber alcohol. Ayer estuve con la sensación de estar incubando un resfriado que tras las precauciones tomadas no había quedado en nada. Desperté y enseguida me di cuenta de que estaba bien. Es bonito levantarse de la cama mejor de lo que uno había esperado cuando fue a acostarse. Por eso me vine todavía más arriba cuando vi a Gonzalo.

La cosa ya había empezado a despegar algunas horas antes, no muchas, pues era mediodía cuando Rubén y su joven ayudante llegaron al bar para desayunar. Con las caras por los suelos pidieron café y zumo. El joven me preguntó si tenía algo para el dolor de cabeza, algo que nunca falta en mi bolsa del trabajo. Le di la tableta de ibuprofenos y Rubén cogió otro sin pensarlo mucho.

- ¿Fue dura la noche? -dije sonriendo-
- Joder -respondió Rubén-

Hoy era yo el que no estaba enfermo; ayer no fui yo el que se volvió loco por ahí. El temor a la enfermedad pasajera consiguió que ayer le diera un día de descanso a mi vida para ahorrarme siete en ese tren. Dediqué toda la tarde y parte de la noche a seguir releyendo "La rebelión de Atlas". Unos ajos crudos, pocos cigarrillos, una nutritiva cena y una infusión de manzanilla con cacao y miel más un paracetamol antes de acostarme habían obrado el milagro: la enfermedad, la ilusión de mi enfermedad, se había diluido de una manera tan inesperada, tan graciosa, tan fácil, que casi daban ganas de ponerle un plátano delante de su jaula.

Y ese plátano lo cogió Gonzalo.

No pasó nada. No hubo el espectáculo de aquella otra vez. Gonzalo habló solo mientras se bebía el café con la leche fría que le puse. No movió el azúcar en el café como si estuviera leyéndolo como hace cuando está bien, al contrario, pero no hubo más. Intento recordar de qué hablaba pero con consigo recordarlo. Había poca gente en la barra, la mayoría estaba en la terraza o en el salón, y la agradable  y educada pareja que viene todos los viernes hacían como que no pasaba nada desde su sitio en la barra apenas a un par de metros de él. Yo no le hice ni puto caso. Es lo mejor. A los cinco minutos se fue maldiciendo algo...¡Ah, sí! Los ricos. Los ricos eran quienes tenían la culpa. Todo era culpa de ellos. Si él hubiese nacido con todo arreglado...

Apenas quedaba recoger la hora de las cañas. Eran las tres de la tarde y en la barra sólo quedaban un par de tíos mayores que yo, unos conocidos, unos de siempre y de nunca. Profesiones liberales y tal, como se suele leer en los anuncios de contactos; gente de cierto dinero que siempre están pelaos, gente que han marchao desde que nacieron, gente divorciada, con hijos ya mayores y a su marcha y todo eso, gente que sólo come en casa en Nochebuena y Nochevieja, gente que vino al mundo con el libro de instrucciones y averías más o menos correcto y en español.

Rulé un cigarrillo y abrí un tercio de cerveza. Uno de ellos hablaba de algo y conforme salí a la puerta comenté cualquier cosa. Se hizo la conversación tras la cortina metálica y al final, más molesto él que yo de vernos como en carta de ajuste, se decidió a salir. Con mirada cansada y mientras volvíamos para adentro, como de quien sabe que, después de todo, al final también él muere, dijo que lo mejor era reír.


- Reír, Kufisto, reír. Eso es lo mejor. Reír.


Mañana cambiarán la hora. Entonces será mi última oportunidad en meses para salir al campo, lo más lejos posible de los molinos, para reír como león riente que no teme a la luna que viene tras las luminosas montañas.

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