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sábado, 12 de octubre de 2019

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En mi nuevo camino abandono pronto el pueblo. Llego hasta el cementerio y transito junto a su tapia para enseguida acceder a los senderos del bien conocido canal, siempre seco. Allí todavía puedes toparte con paseantes y algún que otro corredor o ciclista, aunque muchas han sido las ocasiones en las que no he visto a nadie. Luego, justo a su mitad, donde está el parquecillo infantil, lo abandono y voy hacia el oeste que señala el sol, todavía a esas horas más alto que mis ojos. Es un camino de tierra seca, tan seca que los más pequeños de los raros vehículos que van por ella son capaces de levantar enormes nubes de polvo por más cuidado que algunos quieran poner ante el paseante. Entonces yo, al verlos venir, me subo a la cuneta contraria. También los oigo bajo los auriculares cuando llegan por detrás. Entonces no recuerdo qué hago.

Mi mala cabeza me llevó a él y ahora le doy las gracias. Muchas veces me ha pasado esto, aunque decir muchas sea una cosa demasiado subjetiva. He tenido poco de casi todo y quizá todo me parezca más de lo que realmente es. En el cinturón de paseo que llevo en la cintura guardo una navaja para los perros salvajes. La única vez que me encontraron no hicieron nada al darse cuenta de que yo no les hacía caso. Iba oyendo a Led Zeppelin y ni me enteré hasta que tuve a la jauría casi debajo de mis huevos. De esto escribí algo hace mucho tiempo. Fue el no verlos llegar lo que me salvó. Y, cosa rara, al darme la vuelta no me asaltó el pánico y decidí que lo mejor que podía hacer era seguir caminando igual, aunque eso sí ya con los cascos fuera de las orejas.

Unos veinte minutos después alcanzas el puente que salva la autovía. Allí a veces tengo ganas de parar y ver como pasa la circulación desde lo alto, es una cosa bastante tentadora. Pero no lo hago, nunca lo he hecho, jamás paro cuando salgo a andar, ni para rularme un pito. Bajo el puente, meo, y accedo al camino que acompaña a la autovía mientras lío un cigarrillo que fumaré en dos veces.

Un kilómetro y pico más tarde alcanzo el otro puente. No he visto a nadie en tres semanas. Sombrea un canal de aguas estancadas, muertas, que extrañamente no exudan muy mal olor. Allí abajo, en el hormigón que lo sostiene, hay pintadas que se afirman a ellas mismas. Allí abajo, junto a las aguas estancadas, no hay resquicio alguno para una pintada más. Si yo quisiera escribir mi nombre en esos pútridos muros tendría que hacerlo sobre el de alguno.

A partir de ahí son veinte los minutos que cuesta volver al pueblo. A lo lejos, bastante lejos, hacia el este, los molinos. A veces los miro como si quisiera ir a ellos en la típica superabundancia de quien se siente fuerte y bien oyendo otra vez a Zaratustra en la voz de Artur Mas, pero no, ya no hace falta, ya los he subido todas las veces.


 - Ni hoy pone la tele para ver el desfile -le dijo el guardia a Paco el ciego-

Tenía puestos a los Brianjonestown Massacre en el equipo y el Dmax en modo mute, como siempre.

- ¿Pero es que no sabes que Kufisto es moro? -respondió Paco
- ¿Moro? -dijo el guardia
- Sí...Canta cosas moras y eso...
- Amos no me jodas
- Sí, cuando menos te lo esperas se arranca con un cante moro...

Pero sólo lo hago cuando Paco y yo estamos solos.

Los dos arroces, tanto el público como el privado, salieron en condiciones a pesar de todo y esta es una de esas cosas que siguen haciéndote mirar los molinos como si fuesen remolinos de feria.

Pasada la marabunta de las cañas empezó a llegar, poco a poco, la de las copas. Entre ellos vino un antiguo compañero mío de estudios, ese que cuando éramos unos chiquillos me achacaba lo cortado que era con las tías, y era verdad; luego, años más tarde, me enrollé con la que después fue su mujer y madre de sus dos hijos, pero en fin...

Y entonces, entre todo eso y más o menos, volvió a venir al bar esa tipa rubia con su nuevo novio.

- Hola ¿qué queréis? -pregunté-
- Yooo...-dijo ella- Un Jameson con cocacola light -respondió como sin verme-
- Zero -dije yo-
- Vale-

 Y el otro no dijo nada, como si se lo estuviera pensando; y entonces yo tiré para otro lado y atendí otras cosas y después volví, y ya él me dijo lo que quería, y cuando puse las dos copas ella me miró y dijo divertida que como era posible que supiera lo que bebía, y yo respondí que aparte porque lo había dicho ya sabía que eso es lo que bebía de otras veces, que me acordaba, y sonrió como si los molinos estuvieran a la vuelta de la esquina, y el tío no dijo nada y yo me fui a por quienes seguían viniendo a mi barra porque eso eso es lo que tengo que hacer.


Qué piernas. Tiene unas piernas estupendas, de molino, ya con un coño cercano a estar como las aguas de un canal de autovía de La Mancha pero parece que le da igual, que le basta y le sobra con eso.


Ayer acabé con los dos gigas del teléfono. Zaratustra pesa escasos diez días cuando debería haber aguantado sólo un mes.


El sol vuela alto. El mañana siempre regresa. La primera parte de la noche ya está aquí y yo ya no sé qué hacer. La gata corre vencida por los nervios. Le abrí una ventana sin escape para que me dejara en paz. Ella maulló un rato, la oí mientras escribía esto.


El nuevo camino acaba siendo el mismo.


¿Hay otra manera?


No. No hay más maneras.





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