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sábado, 1 de diciembre de 2018

SUDORES

La hora del aperitivo se había alargado un poco más. Eran las tres y media de la tarde y los del jamón todavía estaban por el salón. Le dije a mi hermano pequeño que dejara ya de lavar platos, que se fuera, que me dejara a mi el resto y que poco a poco lo iría haciendo. El chaval había venido un par de horas antes para dejar las tapas y viendo el panorama se quedó conmigo sin necesidad de decirle nada. Cosas de hermanos. Las cinco de la tarde (su hora de entrada oficial sin contar la que al mediodía pasa en la cocina de nuestra madre preparando el tapeo) estaban echándose encima y luego, a eso de las ocho o así, cuando llegue otro hermano, se irá para volver a las doce con la marabunta de copas que conlleva una noche de sábado. Y es que después de todo los camareros también tenemos estómago.

- Venga, vete ya -le dije pensando más en mi que en él. No me gusta esperar en mi hora de salida. Y menos aún las tardes de los sábados con sus primeras copas.
- Vale, Kufisto. Acabo de limpiar estos y me voy

Hubo suerte y los del jamón empezaron a marcharse tras pagar a escote antes de que mi hermano acabara con aquel último pilón. Nuestra tía pasó adentro para agradecernos el esfuerzo hecho para con el jamón rifado en la reciente boda de su hija a la que asistimos casi en pleno y de la que nos marchamos en cuanto pudimos para volver a abrir el bar la noche de aquel sábado. Preguntó si había sobrado, mi hermano le dijo que sí, le entregó una bolsa con seis o siete bandejas del jamón que algún carnicero les había fileteado y envasado al vacío y después de preguntar por el queso que venía de regalo y decirle que de ese no había sobrado nada nos dio un par de besos a cada uno y una bandeja del jamón sobrante.

Y mientras yo recogía a toda velocidad el salón mi hermano acabó por pulirse todos los platos que quedaban.

Eran las cuatro y cuarto cuando dimos fin a la tarea casi al mismo tiempo.

- Quédate la mitad -dijo Álvaro
- No, quédatela tú

Él terqueo como es su generosa costumbre y yo volví a decirle que no. Al final se fue y tras comerme un plátano, unas nueces y una manzana fui al baño para lavarme las manos, la cara y mirarme al espejo.

Sí, yo también veo que tengo un lado de la cara más favorecido que el otro. No sabría decir por qué pero veo mejor el lado izquierdo que el derecho. Bueno, a Julio Iglesias le pasa algo parecido y le quiere todo el mundo. Quizá sean mis ojos los que no le gustan a la gente; mi abuela decía que los tenía del color de la miel. Y que mis manos eran de pianista.

Ya en la barra, con todo controlado y poco más que tres clientes amigos en uno de sus extremos, en el mío, decidí echarme una copa para pasar el rato que quedaba en conversación con ellos. Cogí un vaso, le puse un buen cubito de hielo macizo, la botella de Black Label y fui echando hasta que llegó a la cuarta fila de esos magníficos cuadraditos tallados. Lo dejé reposando, puse techno, salí a echar un pito con una amiga que está medio loca, vi pasar ante mis narices y sin saludar a parte de la gente que poco antes habían estado jamoneando el bar y volviendo adentro tras escuchar las locuras de mi muy jamona amiga miré el ordenador mientras hacía tiempo para que el buen, extraordinario, whisky pillara el frío toque que tanto me gusta a pesar de lo que digan quienes no han bebido de él ni la centésima parte que yo. Y pensé en la puta mierda de familia que tengo.

Ella ha enviudado hace poco. Ha tomado la costumbre de venir al bar. Aquí se siente a gusto y se nota. A veces la acompaña su amiga, la mujer de alguien que conozco de toda la vida y que fuera buen amigo de mi padre, y se ponen ahí a hablar de sus cosas. Cuando viene sola y la mañana no está muy ajetreada me pongo con ella y hablamos. Ella lo agradece y yo lo sé. En ocasiones viene con la nieta y ya no hay más tema de conversación. Es muy hermosa, muy pequeña, muy salá. Acaba de aprender a andar y es un no parar. El otro día no hacía más que sacar la comida que su abuela tenía en el carrito para dármela a mi.

- Muchas gracias, preciosa. Pero ahora vas a coger esta bolsa de patatas fritas y la vas a dejar en el mismo sitio del que la has cogido.

Ella me miraba sonriendo, los ojazos como universos, cogía la bolsa que yo le devolvía y con la decisión que da el no tener ninguna duda en la cabeza iba a trompicones hasta el carrito de la compra de la abuela. Y entonces cogía un paquete de croquetas congeladas y me lo traía sonriendo todavía más.

El marido era un tiarrón al que el cáncer se lo comió. Fue poco antes que se lo detectaran a mi viejo pero él duró un poco más siendo de lo mismo. Claro que el grado de malignidad del que padeciera mi padre fue mayor. Recuerdo que uno de los médicos, un tío muy serio que viene a comer churros al bar, me dijo después que no se creía su reacción cuando le dijo lo que tenía. Acostumbrado a ver derrumbamientos se quedó de piedra al ver el hormigón que era mi viejo.

- Kufisto...me sonreía
- Ya...mi padre era así. Tenía mucho ánimo.

Una vez, al final, en nuestra casa, en su casa, ya estaba muriéndose, poco antes de su último ingreso en el hospital del que no salió con vida, me dijo que él sabía que se moría. Se le había puesto la nariz aguileña, caída, floja, y estábamos viendo una de esas películas de Castilla la Mancha, una de esas vaqueradas que siempre veíamos, y yo lo miraba de reojo y veía como iba muriéndose en su nariz, una que no era la suya, una que parecía de otro, una que no había visto nunca.

Una tarde, ya muy al final, era tan mala la puta película de vaqueros que buscamos alguna otra en el picho cargado de pelis que la mujer de uno de sus hijos le iba grabando para que las viera. Recuerdo muchas, supongo que todas, pero esta fue especial. 

Mi padre fue un tío que quizá leyera cuatro libros en su vida. Pero desenvolviéndose en ella fue el bibliotecario de Alejandría.

Aquella tarde fuimos pasando títulos del pincho de su yerna. O ya los habíamos visto, o a la vista estaba que era una puta mierda para ambos, o yo le daba al FF sin escuchar su opinión, "Joder, Kufisto...no le das una oportunidad" o...salían buenos actores en los títulos de crédito.

Y fuimos a dar con una en la que salían y la dejamos estar. Yo sabía de qué iba la vaina (algo que dejaría a las combinaciones ajedrecísticas de Tal en las mías cuando juego borracho) y callé sin perderle ojo. Y poco a poco, por más que sus actores salieran en pantalla, vi como iba soliviantándose. Tenía una manera muy particular de recogerse las sayas sobre las piernas. Y venga echárselas para arriba, y venga ver algo que ni Magnus Carlsen vería...

- Oye, Kufisto...
- ¿Qué, papa?
- Quita esto, anda, y pon Pasapalabra
- Pero si todavía no es la hora
- Pues pon lo que sea


La viuda se animó un poco más cuando se pasaron a los cubalibres. Yo también al echar el segundo trago del mío. Es lo bueno de haber bebido tanto durante tantos años, que enseguida te entonas.

Habló de unas primas que apenas conocía e iban a venir al pueblo para ver qué tal estaba. Se quedarían el fin de semana y no sabía como hacerlo. No sabía si decirles que se quedaran en su casa, que se fueran a hotel o que, directamente, no vinieran. Si decirles que se quedaran en su casa, que se fueran a un hotel, que se fueran a tomar por culo sin necesidad de tener que decírtelo...¿qué coño hacéis aquí ahora?...¿qué?

 ¿Qué mierda habéis pintado nunca? De verdad, ¿qué hacéis aquí?

La mujer no hacía más que darle vueltas a la cabeza a voces.

- Hey, tía, llévatelos a los molinos. Hay horarios y tal.


Miré en internet. Había horarios para ver los molinos.


Una tarde de verano, una que estaba muerto de sed, subí los molinos como siempre hago cuando subo los molinos. Era fin de semana, horario normal, y pensé que allí arriba alguien me daría agua.


Llegué y nadie me la dio. Ahí estaban unos mejicanos escuchando hablar a uno de la tierra. Yo llegué pasando puertas, "¿tenéis agua?", y sólo decir esa pregunta fue algo molesto, algo fuera de lugar, algo de sobras.


Bajé bebiendo el mismo agua que cuando subí.


Hay que sudar.


Todavía no has sudado lo bastante.




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