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miércoles, 5 de diciembre de 2018

BLACK LABEL

Veinte grados.

Cinco de diciembre y veinte grados. Hice una captura de pantalla con el móvil y pensé en enviársela a alguien casi que descartando la idea al segundo siguiente. ¿A quien podría interesarle aquello? Quiero decir, ¿quien de mis contactos estaría dispuesto siquiera a dudar que tal cosa, semejante aborto, estuviese ocasionado por esas extrañas estelas que dejan los aviones en el cielo? Ni yo me atrevo a comentarlo. Bastante rara es ya mi situación como para encima ponerles más dioptrías a sus miradas. Recordé a Gustavo, el esquizo, aquel chico del que escribí en una ocasión. Él a veces, cuando por alguna razón deja de medicarse, cree en cosas a las que yo no puedo darle ningún crédito; supongo que nuestra situación en tales momentos es parecida a la que sería con los otros si yo les dijera lo que de verdad creo de todo esto. Pero callo. Gustavo también calla cuando está bien drogado. De hecho no dice nada, pasando por el bar como un espectro que todos ven e intentan ignorar. Yo le pongo su café y también callo si todavía está cercana su última crisis. Luego, poco a poco, si estamos solos, hablamos de cosas como esas extrañas nubes en el cielo o de otras parecidas. Pero entonces no hay lugar para curas contra el cáncer que alguien le impide hacer públicas, muertos que andan y hablan y extraños seres benévolos de lejanas galaxias. Cuando empieza así ya sé que está sin drogar y que lo mejor es dejarle soltar a borbotones todo lo que lleva dentro con la esperanza de su pronta marcha. Tal estado le dura algunos días. Luego desaparece durante un par de semanas y cuando vuelve ya es el mismo Gustavo de siempre, ese espectro silencioso que todos ven y casi todos pretenden ignorar.

Tampoco a él le mandé mi captura. Quizá fuera porque empecé a oír el crujido de hojas secas bajo mis pies, pulverizadas a cada paso que daba, deshechas cuando todavía deberían estar enmohecidas, muertas pero enteras, cadáveres aún bien conservados. Pero no, no era así; su ciclo de muerte y resurrección estaba acelerándose a pasos tan agigantados que pareciera como si quien estuviera a la vuelta de la esquina fuera la primavera y no el invierno.

Mi caminar fue haciéndose cada vez más pesado. El mortal aburrimiento de ocho horas más en el bar me había dejado tan exhausto de no hacer nada que a punto estuve de no salir a pasear. Esto, que antes nunca me pasaba, ahora sucede cada vez con más frecuencia. Antes no hacía falta ni animarse a salir con la seguridad de que un rato afuera sería suficiente para disipar cualquier nube, incluso de recibir algunos rayos de sol en forma de ideas para la cabeza. Cualquier cosa, hasta la más nimia, valía para que aquella enseguida empezara a carburar imaginando historias reales o imaginarias que contar. Caminaba por ahí con la idea encima y ya no veía nada más, llevara la música que llevara puesta o sin ella. Era divertido, excitante, prometedor. Llegaba a casa y me faltaban dedos para escribir lo que había llevado dentro. Pero con todo y eso algo quedaba.

Hoy desperté con un mosquito merodeando alrededor de la cabeza. El otro día alguien me dijo que los que quedan ya no pican y es verdad. Están como esas moscas que todavía hay por el bar, las últimas del año, las más tardías de todas ellas, aquellas que nacen a la vida tan tarde que no saben ni lo que hacer; ni molestar pueden. Las veo caminando sobre la barra y es como si buscaran que las mataran, que las liberen de su absurdo proceder. A veces extiendo un dedo en su trayectoria y veo como se suben a él y se quedan quietas, nada más. Luego, viendo que nada pasa, siguen su errático via crucis y al llegar al borde echan un vuelo tan pobre que dan hasta ganas de adoptarlas. Tal vez llegue el día en que hasta las moscas tontas puedan ser adoptadas. Harán a alguien tan feliz como ahora pueda hacerlo un gato.

(Mi gata esterilizada maúlla mientras escribo esto buscando alguna ventana abierta que dé a algún sitio. Tengo bajadas lo suficiente las problemáticas)

Veinte grados, cinco de diciembre, una captura del tiempo y unas hojas muertas que creen estar a punto de volver a la vida...

Alcé la vista y vi los molinos, que me recordaron las Pirámides. O puede que algo me recordara las Pirámides y después mirara los lejanos molinos. El lunes subí a ellos por un camino no andado antes. Lo vi de sopetón como tantas otras veces pero en esta, sin pensarlo, lo tomé por ver como era. Se me hizo un tanto más duro que el habitual y al llegar arriba, al más distante del que suelo ir, no me conformé con ello y bajé por detrás, por otro que sí conocía aunque mucho menos que el habitual. El descenso por allí es mucho más duro y peligroso. Por mucho que vayas mirando las piedras no dejan de devolverte tu pisada en forma de incómoda respuesta. Un mal paso y no adiós mundo cruel pero sí hola esguince de tobillo. Y hay una cierta distancia hasta el pueblo y las tardes son cada vez más cortas.

Llegué abajo y también entonces decidí subir el cerro aledaño por distinto camino del normal. Estaba a punto de iniciar el cómodo ascenso cuando vi que a mi izquierda se extendía un terreno baldío que llevaba al mismo sitio. Tampoco lo pensé esta vez y ahí me metí, aunque pronto me di cuenta de que iba a costarme mucho más: las pisadas hollaban la tierra y la maleza provocaba que fuera haciendo eses, cosa esta bastante habitual en mi vida. Una vez dejado atrás este terreno (que parecía mucho más corto al principio de lo que luego se me hizo) alcancé la ascensión propiamente dicha, también fuera de cualquier camino; y aunque fue corta estaba tan llena de naturaleza odiosa, de esa en la que nadie repara hasta que se le encuentra, que al llegar arriba lo hice con las piernas tan cargadas como el camión grande de la Mahou en ferias. Tuve que parar un momento para recuperar el resuello. Después, ya con la aventura terminada, tomé el camino de siempre, pillé un par de viejos libros famosos en la biblioteca, llegué a casa, empecé uno que dejé a las veinte páginas y leí de otro que hoy esperaba terminar como quien termina sus ocho horas en el bar.

De chico me gustaban un par de cosas. Bueno, tres: el Universo, las Pirámides, y las banderas de los países. El Universo era tan grande que yo lo leía con la boca abierta, en el caso de que esto sea cierto, pero vamos, es una forma de hablar. Todavía hoy lo miro en la pantalla de vez en cuando, aunque con la boca bien cerrada. Las banderas de los países eran tan coloridas, estaban tan bien ordenadas, que podía pasarme horas mirándolas y copiándolas, con especial predilección por la del Brasil. Y las Pirámides eran tan grandes y tenían guardados tantos misterios que creo ya entonces decidí que algún día las vería. Y las tocaría.

Tengo una tía viajera, una solterona como yo pero que conoce los cinco continentes del globo más o menos como yo conozco los cinco rincones de mi provincia. Con ella fui a Madrid a ver a Bob Dylan hace cuatro años y desde entonces he hablado poco con ella. Agarré tal mierda y supongo monté tal show que se le quitaron las ganas de mantener el ya leve contacto que manteníamos en aquellos días. Pero recuerdo que una vez le pregunté por el sitio más impactante que había visitado y me dijo que ese era las Pirámides. Ya no eran ensoñaciones mías, eran hechos: una tía que había visto un montón de cosas decía que lo mejor era lo que yo siempre había soñado que era lo mejor.

Fuera por ir sin escuchar a Led Zeppelin o a Boris Brejcha, fuera por caminar haciendo polvo hojas que deberían hacerme resbalar, fuera por el aburrimiento mortal del paseo a veinte grados un cinco de diciembre tras ocho horas en el bar capaces de volver monje budista al Tyson de veinte años, fuera por no ser capaz de escribir una buena historia desde hace más tiempo del que puedo recordar, fuera por lo que fuera, provocó que mi cerebro, inconscientemente, buscara algo con lo que animarme. Y vi mis molinos, imaginé las Pirámides y pensé que no había tanta diferencia. No son tres pero más o menos están a las mismas distancias unos de otros. Quizá, si alguien mira bien, estén invocando a algunas estrellas del cielo. El Universo es tan grande que parece tener estrellas para todo. Son tantas que muchas de las que vemos están muertas desde hace más tiempo del que ellas vivieron. Este va a una marcha y el espacio a otra. La existencia es como estar esperando largo tiempo un concierto de Bob Dylan y estar para el big crunch en la tercera canción.


En otro tiempo no hubiera dudado ni cero coma en subir los molinos como un desafío en un atardecer como el de hoy: "¿dices que las Pirámides están muy lejos? ¡Ahí tienes tus molinos! ¡Súbelos aunque se te haga de noche, haga frío o nieve, ya sean ocho o dieciséis las horas de hastío, veinte grados arriba o abajo del cero! ¡tú eres un quijote, el último quijote, el único de tu gente que lo has conocido, el que has reído y has llorado con él, el que crees en él, el que piensas como él, el que si no tiene lo que quiere se lo inventa, el que pisa hojas muertas y se compadece de ellas, el que encuentra piedras traicioneras y no las evita, el que da conversación al pobre rico incómodo y asustado por la vejez que ya le llega mientras espera en el bar a otros más jóvenes que él para ir a comer y después a follar putas con la ayuda de Viagra, el que le pone un café con leche y una porra al desgraciao que ha pasado la, esta sí, fría noche en la puta calle de diciembre, el que hace porque Gustavo, ese buen chico, ese chaval que puede que su problema sea que vea más que todos vosotros juntos, vuelva una y otra vez a tu vez a tu bar, a estar contigo, a sentirse todavía partícipe de toda esta gran mágica pirámide pedregosa en la que todos estamos metidos, el que recoge un gato callejero (borracho, sí) y lo lleva a la veterinaria, y después a su casa, y lo cuida y hace por él, el que tras subir mil veces los molinos, plantando por tres veces las manos sobre ellos en forma de saludo y mirando por un momento a al infinito horizonte manchego, ha dado gracias a Dios por permitirle vivir ese instante de paz, de consuelo, de comprensión, de gracia, tú, hombre, que reconoces los errores cometidos cuando todavía no lo eras y los aceptas sin protestar en los que vas encontrando, tú, soberbio y envanecido, lleno de jactancia sin posibilidad de error, que por fuerza (como si no) te ves sumergido en las aguas de los otros y ves y miras y compruebas que tarde o temprano los jeroglíficos nos alcanzan a todos, que sin ser tus deseos sus certezas ninguno es tan diferente, que dos por dos siempre serán cuatro multipliques lo que multipliques, que tus ayeres son tus ahora y que tus mañanas serán el mismo chiste que al final fue todo lo demás, que lo que vendrá te hará comprender lo incomprensible, que el único límite que existe está en el miedo, en tu miedo, en el que le tengas a los límites, a los veinte grados en diciembre, a una mala mañana en el bar, a mil malas mañanas en el bar que te consumen el alma y el espíritu...Te conozco, Kufisto. Te conozco mucho más que tú a mi...Tú, tú, Kufisto, eres tan quijote como lo fui yo!"


Me sobraron dos esquinas para volver a casa. Derrotado me topé con una vieja que hacía ganchillo en una esquina que otrora fuera célebre en el pueblo. Un gato estaba muy quieto a un par de metros de ella.


- Qué gordo está  -le dije
- No, es que tiene mucho pelo para el invierno 
- Ya, a la mía le pasa lo mismo.
- ¡Ay, hijo mío, tú eres el hijo de Kufisto...! Ahora que te veo bien te conozco
- Sí, yo soy
- ¿Y tu padre? ¿como está?
- Murió hace año y medio.
- ¡Ay Dios, con lo bueno que era!


Y poco después llegué llegué a casa y abrí la botella de Black Label.

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