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miércoles, 19 de diciembre de 2018

ANTONIO

Lo conocí una mañana que vino al bar. Era un hombretón ya mayor (al menos tan viejo como todavía lo era mi padre), de ojos claros y una mirada limpia, decidida, que causaba confianza en quien la reconociera por haberla visto en otros. Pidió una cerveza y se la serví con la sensación de que él sí me conocía a mi. Tenía la voz grave, profunda, de fumador precoz de hojas de patatera. Una cabeza romana, imponente, conservaba casi todo el cabello, también de aspecto fuerte; la tez roja denotaba la enorme vitalidad de la sangre que circulaba por sus venas; y una boca grande, de labios carnosos y buena dentadura, dibujaba en él un rictus de perpetua sonrisa aún sin sonreír, cosa que les pasa a quienes han reído mucho.

- Gracias -dijo cuando le puse la cerveza
- De nada
- Una cerveza bien tirada
- Muy amable -respondí como quien lo ha oído decir un millón de veces
- ¿Tú no me conoces, verdad? -dijo sonriendo tranquilizador
- Pues no, la verdad -respondí mirándole a los ojos- No le recuerdo ahora mismo...-dije respondiendo un tanto avergonzado
- Yo soy amigo de tu padre -contestó con seguridad, con una mirada tan penetrante que no dejaba lugar a la duda: no había más que verlo decir eso para saber que era amigo de mi padre. Se presentó y seguí sin reconocerle- ¿Qué tal está? ¿Viene por aquí? Tengo muchas ganas de verlo.

Entonces fue cuando le dije que había caído enfermo, sin ocultarle la gravedad, y que en esos días estaba pasándolo un poco mal por el tratamiento. Vi como le cambiaba la cara conforme se lo decía y él tuvo la delicadeza de no preguntar nada más. Poco después se fue no sin decirme antes que por favor le diera recuerdos de su parte y los mejores deseos para su mejoría. Así lo hice aquella misma tarde cuando fui a verlo a casa mientras veíamos una vieja película de vaqueros. Él sonrío en su sillón, dijo su nombre como quien se acuerda de algo agradable y añadió que era un buen tío, sólo eso. Después volvimos a callar y continuamos viendo a los vaqueros matando indios de la misma manera en la que lo hacían cuando todo estaba claro y no había lugar para la duda.

Aquellos niños que lo fueron en los años cincuenta del pasado siglo iban a la escuela a aprender las cuatro reglas y poco más. Algunos, las excepciones, eran buenos estudiantes y conseguían beca para entrar en la Universidad, pero la inmensa mayoría lo dejaba mucho antes para ponerse a trabajar. Todavía niños, andaban de acá para allá rodeados de mayores mientras aprendían un oficio. Entremedias se iniciaban en las cosas de estos y poco a poco iban haciéndose hombres. La religión, también ya fuera del colegio público, seguía siendo un coñazo reservado a mujeres y maricas pero no tenían ninguna necesidad de ir quemando iglesias: ya no tenían la obligación de ir, ni de confesar sus pecados a ningún extraño sospechoso, y eso no dejaba de ser otra liberación. Todo era trabajar, salir con los amigos, flirtear con las chicas decentes y, con el tiempo, irse de putas a un pueblo vecino para desvirgarse, cansados ya de las pajas que, casi por misericordia y un par de perras chicas, les hacían algunas señoras putas del pueblo en el que nacieron. Un poco más tarde conocían alguna buena muchacha, se hacían novios formales sin derecho a roce, llegaba el servicio militar, las cartas de amor y al regreso ya había que ponerse a trabajar en serio mientras se intentaba dilatar un poco más la alegre vida del soltero. Aunque muchos no regresaban tras conocer la vida de una gran ciudad. Y la mayoría de quienes volvieron, teniendo Madrid a tiro de piedra razonable, decidieron buscar fortuna en la capital del Reino. Mi padre no pero su amigo sí. Y por eso no lo conocía. Yo siempre trabajé con mi padre y nunca vi a su amigo por el viejo bar.

La mayor parte de la familia de mi padre acabó en Madrid. Él tenía su bar, el buen bar de su padre, y no vio ninguna necesidad de irse a buscar suerte a ningún otro lugar. En cuanto mi abuelo vio que, por fin, lo de su hijo con mi madre iba en serio se retiró del bar alegando su enfermedad y no volvió a aparecer allí. Tres años más tarde mis padres se casaron y vivieron los años más felices de sus vidas haciendo hijos mientras sacaban adelante sus negocios. Al tercero, dicho por mi padre, el suyo ya empezó a mirarle mal. Él había tenido dos (con un aborto natural, el primero) y más de eso era exageración para un hombre tan austero como lo fue él. Cuando algunos años después, ya tras la casi consecutiva triada, mi padre le dijo que venía el cuarto tuvo una seria discusión. Y apenas un par de años tras esto llegó la anunciación del quinto y, directamente, le dijo que si estaba loco. Yo supongo que mi padre se reía con esto; era un hombre de buen humor y gran confianza y seguridad en sí mismo. Al final se había casado como tanto le insistían y qué otra cosa había que hacer sino hijos: cuantos más mejor. A él le encantaba ser padre, tenernos sobre su panza y besarnos con aquel bigote tan suyo cuando llegaba a casa de trabajar e iba a echarse la siesta después de comer: "teneros ahí, veros sonreír, acariciar vuestra piel, tan fina como si fuera de seda, cuando eráis bebés...eso es lo más grande que puede pasarle a un hombre, lo mejor que me ha pasado en la vida" me dijo alguna de aquellas últimas tardes que pasamos juntos.

Y en el quinto hijo paró porque mi todavía joven madre estuvo a punto de morirse desangrada y el médico le dijo que no tuviera más.

Un par de meses después (quizá cinco, no lo sé, el paso del tiempo es una cosa que cada día se difumina más) su viejo amigo Antonio de visita en el pueblo volvió al bar. Esta vez, y ya sobre aviso, lo primero que hizo fue preguntarme por la salud de mi padre. Yo no me escondí, le dije que estaba peor, y pude ver como le subía el dolor al rostro. Se desencajó todo lo grande que es y cuando se rehízo sin que nadie más que yo lo notara pidió una cerveza y un pincho de tortilla que comió con voracidad, como si otra vez tuviera quince años, como si haciéndolo así todo volviera a ser como fue, como si deseara atragantarse hasta quedarse sin sentido, algo casi que vetado para una constitución como la suya.

- Kufisto -me dijo muy emocionado una vez que hubo acabado-, por favor, te voy a dar mi número de teléfono para que se lo des a tu padre y me llame cuando quiera.

Hasta en eso tuvo la delicadeza de no pedirme el de mi padre. Pensó que en esas circunstancias lo mejor era que lo llamara él. Y así debe ser y así no se hizo.

Lo recuerdo perfectamente. Hay cosas que uno recuerda perfectamente y cosas que no.

Aquel día era jueves y no ningún otro. Llegué a casa de mis padres después de pasear tras salir del trabajo. Mi madre abrió la puerta con aquella cara, con esa cara de Pandora ante el señor de las mil llaves. Mi padre estaba meando con sangre otra vez, como en su penúltimo ingreso. Subí arriba y lo vi sentado en su sillón, asustado. Yo me senté en el sofá de al lado y mi madre en el otro, el que está junto a las ventanas. En la tele estaba la de vaqueros y hablamos bajito. Mi padre tenía los ojos brillantes. Mi madre, medio en penumbra, mantenía la cara como podía sin dejar de decirme lo que había ante el cabreo de mi padre.

- No es tanto -decía él- Es sólo que sale un poco manchada, como con color...
- Es sangre -decía ella- Bebe agua a ve si haces pis, que lo vea el chico.

Y mi padre, obediente al fin, cogía la botella y echaba unos sorbitos.

- Bebe más -decía ella con suavidad

Y entonces mi padre se cabreaba y echaba un buen trago.

"Parece que me estoy meando" dijo un rato después entre silencios y tiros. Mi madre se levantó, ayudó a hacer lo mismo a su marido y, poco a poco, llegaron hasta el water mientras yo permanecía clavado en el sofá.

- Ven, Kufisto -dijo mi madre un ratito después- Mira

Miré la meada de mi padre. Miré la meada del hombre que me acariciaba sobre su panza cuando volvía de trabajar. Miré la meada del hombre que me dijo como atarme los cordones de las zapatillas. Miré la meada del hombre que me enseñó a tirar una cerveza. Y había sangre.

- Hay sangre, papa. Poca, pero hay -le dije para tranquilizarnos.

Ya en el salón decidimos esperar ante su reticencia de ir a Urgencias y la llamada que le hicimos al médico amigo de la familia. Era una cosa más o menos normal por el tratamiento y si no resultaba escandaloso no había necesidad de más.

Era el tratamiento, que era así.

Aquella noche me fui al piso pensando que mi padre de verdad se estaba muriendo.

Llegó el domingo. Mi madre había ido a ver la suya y estábamos solos.Vimos una de Berlanga y nos meamos vivos, casi hasta el paroxismo. Estaba acabando cuando mi madre regresó en compañía de mis tíos y todo se torció. Los muy idiotas encendieron las luces y no hacían más que hablar de que había que ir a Urgencias, que cada vez había más sangre en el meado de mi padre y que había que hacer algo, que no había otra opción, que por narices aquella noche, inmediatamente, había que ir a que lo miraran. Nosotros no hacíamos más que reír hasta las lágrimas viendo a Sazatornil con Torrebruno en aquella puta cárcel.

- ¡Callaros, coño! -dijo mi padre

Se callaron y vimos los diez últimos minutos de la película de otra manera. Y después nos fuimos al hospital.

Mi padre murió doce días más tarde, al amanecer de un sábado de primeros de marzo.


Algún tiempo después Antonio reapareció por el bar. Ya con el miedo en la mirada (¡qué mal le sienta!) preguntó por mi padre. Le dije que había muerto hacía algunos meses y que si no lo llamó fue porque ese mismo día en el que me dio su teléfono se puso malo y hubo que ingresarlo. Unas cuantas lágrimas se hicieron paso como pudieron entre sus ojos y se fue sin pedir nada, balbuceando que él quería mucho a mi padre.


Ayer (¿o puede que fuera el viernes pasado?) salí a fumar un pito a la puerta del bar. Estaba ahí, fumando solo, mirando los árboles de la mediana, cuando un carrillo mecánico de esos que transportan a un ser humano paró en la entrada.

- ¿Me ayudas? -dijo el que iba encima

Y reconocí a Antonio.

Calcé la puerta y le ayudé a subir la rampa sin saber muy bien como hacerlo. Era una de esas sillas electrónicas que se mueven controladamente con un sólo dedo mientras no haya un centímetro de desnivel en el acceso, como es el caso de mi bar. Puedes salvarlo con su potencia, claro, pero ahora en invierno, con las puertas cerradas, te arriesgas a estrellarte contra ellas. Dio la suerte que yo estaba allí fuera y no hizo falta más.

Lo pasé. Adentro había unos cuantos clientes que enseguida le hicieron sitio. Él se acomodó como mejor pudo y pidió un café que dejé en el borde de la barra para que pudiera cogerlo. Antes que pudiera decir nada llegó más gente y tuve que olvidarme de él hasta que alguien le ayudó a salir del bar.

Hoy ha venido otra vez. En esta ocasión yo no estaba fumando en la puerta. Él le ha dado el alto a alguien que pasaba por la calle y al final nos hemos apañado para entrarle al bar. Se ha quedado en la barra y ha pedido una cerveza y dos coreanos.

- ¿No quieres tortilla?
- No porque te voy a pedir un pincho.

Le he puesto un buen pedazo mientras lo veía levantarse de su silla para sentarse en un taburete.

- ¿Qué te pasa? -he preguntado la pregunta del otro día que no pude hacerle
- Nada, algo neuro-degenerativo
- Ah...

Y ha entrado más gente y las he atendido.


- Oye, Kufisto -ha dicho mientras pagaba- ¿tú sabes algo de Pepito?
- ¿De Pepito? ¿de vuestro amigo?
- Sí
- Pues sé que está en Madrid...o al menos lo estaba...Llamó a mi madre para darle el pésame por la muerte de mi padre...
- ¿Está vivo todavía, no?
- Sí...me hubiera enterado...
- Ya sólo quedamos nosotros dos de los cinco que éramos
- Ya...


- Yo me muero este año que viene, Kufisto.


Y luego vino todavía más gente, y les dieron por culo y esta vez fui yo quien sacó del bar a Antonio, el amigo de mi padre que va a morirse el año que viene.


Entré y todo el mundo quería tostadas con tomate.


Cogí el rallador y rallé tomates como si mi viejo todavía estuviera viendo viejas películas de vaqueros en su sillón.




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