viernes, 17 de mayo de 2019

ANASTASIA MAYO

A veces basta con abrir los ojos para saber que la cosa no va a ir bien. Uno al final se duerme y luego despierta temprano y conforme se incorpora del lecho ya sabe como va a ir lo que le queda del día. Ya en la ducha la termina con agua templada tirando a fría y al mirarse en el espejo borrado ve que la sensación permanece. Es como cuando tu profesor de Matemáticas borraba enérgico la pizarra que algún zote había ensuciado con sus gilipolleces.

Si veo una posición de apertura de ajedrez, un diagrama que llegue, digamos, a la jugada diez, puedo saber con un alto grado de certeza cual ha sido el desarrollo de la partida hasta ese momento. Quizá me equivocara en el orden de las jugadas pero al final todas serían las mismas. El orden de los factores no altera el valor del producto, aunque en el ajedrez sí puede alterarlo. El ajedrez es más complicado. Y la vida...bueno: es como un borracho intentando abrir la puerta de su casa.

Llegué al bar. Josemari estaba cantando junto a su bicletilla apoyada en la fachada del bar. Algún día le tirarán un cubo de agua.

- ¡Buenos días, Kufisto! -gritó
- Buenos días, Jose

Cogió las bolsas y pasamos adentro. Hablamos del tiempo, sacó la terraza, colocó el salón y lo mandé a por los periódicos y los churros. Y en ese momento me di cuenta de que se me había olvidado traerme las naranjas. Y mientras él se iba a por los churros yo volví a casa por las naranjas.

Uno olvida muchas cosas cuando recuerda que tiene 45 años, pero las naranjas es una cosa rara. Claro que cuando volví a por ellas vi que la tarde anterior las había dejado en la mesita de la cocina en lugar de la encimera donde suelo hacerlo.

La mañana fue perdiéndose entre cafés, tostadas y cambios para el tabaco. La gente entraba, algunos decían algo, yo contestaba y se iban a sus cosas.

Es una anulación. Estar en un bar es anularte. Dejas de ser tú para ser algo aceptable para los otros. Eso es, en esencia, lo que es estar en un bar: no has tenido el talento uficiente para ser cualquier otra cosa mejor y eso es lo que te toca, anularte poco a poco casi sin darte cuenta. Pero lo quieras o no te anulas.

Yo, cuando era chico en el bar de mi padre y la cosa estaba tan tranquila como ya acostumbraba a estarlo siempre que no fuera verano, me quedaba en la cocina leyendo novelas en espera de alguna voz pidiendo una ración de calamares. Así, de ese modo, me leí a Hesse casi entero. El calamar sólo tiene que ser de Cádiz, enharinarlo y freírlo. Lo de los los huevos y la leche y la madre que parió al mundo para ablandarlo es mentira o cosa de viejas desdentadas. El calamar hay que morderlo.

Harina y aceite caliente, no demasiado. Y ya está.

Y no hay más. Hay cosas sencillísimas. Todo es cuestión de medida. ¿Un arroz? un arroz. ¿Una tortilla? una tortilla. ¿Una carne? una carne. No falla. Sólo has de calcular las proporciones. Proporcionar, eso es todo. Lo mismo da para uno que veinte. Las Matemáticas no fallan.

La primera cerveza cayó a eso de las dos. Una clienta, una mujer que te mira como si hubiese parido seis hijos, llegó tras no hacerlo en un par de meses y de la alegría por verla la acompañé. Pronto llegó su marido y estuvimos hablando y bebiendo. Después se fueron y antes de darme tiempo a recoger llegó mi director porno favorito a por la chaqueta que anoche se había dejado.

Y hablamos de sus películas y las vicisitudes que las rodearon mientras bebíamos. Anastasia Mayo le dijo una vez que la llevara a su casa. Y no la llevó


El viento sopla fuerte ahí afuera. La gata está medio loca dando botes mientras escribo. Voy a bajar a por una botella de whisky.


Un par de copas y fuera.


No puedo con tanta cerveza.





sábado, 11 de mayo de 2019

TENDINITIS

"He estado viendo películas. Me he aburrido bastante..."

- ...y lo que pasa, Kufisto, es que me lo tiene que hacer un maxilofacial, no a un dentista, y aquí no hay de esos...

"¿Maxilofacial? ¿a qué me suena eso? A una mujer dibujada con burbujas en lugar de pelo...Bueno, venga...He estado viendo películas. Me he aburrido bastante, lo suficiente como para hacerme más pajas de las necesarias...Joder, no"

- ...y me duele un huevo, tío...Puta muela del juicio
- Yo me volvía loco cuando me dolían las muelas. De chico me quitaron unas cuantas. Antes no empastaban ni pollas en vinagre: "¿te duele? pues fuera" Hijos de puta.

"Hijos de puta. Todo lo solucionaban arrancándolo. Yo todavía era un niño, joder, sólo un niño. Hijos de puta. Me jodieron la vida"

- ...¿te lo podrás creer, Kufisto? ¡que tenía que haber sido yo quien les hubiera llamado a ellos con los resultados del TAC! ¡pero donde se ha visto a eso! ¡y yo qué sabía! Ahora otros cuatro o cinco meses con este puto dolor...¡Dios! Es como un alfiler entre los dientes

"Lo de las pajas es una gilipollez. Bukowski estuvo bien pero ya está superado. ¿A quien le importan tus pajas? ¿qué aporta a la historia?...Putas pajas. No...He estado viendo películas y me he aburrido bastante, nada de punto. Una y arregla muchas cosas. Tanto punto parece como ese que mete las putas narices en la copa de vino para olerlo. Frases largas, con sus comas y sus puntos y comas. Que se jodan"

- Un sistema es enjuagarte con ginebra
- ¿Con ginebra?
- Sí. Echas un traguillo, te lo llevas donde te duele y aguantas todo lo que puedes. Luego lo escupes.
- ¿Lo escupo?
- Sí
- ¿No me lo bebo?
- Pues no
- Joder, pues vaya
- ¡Yo qué sé, coño! ¡pues bébetelo, joder!

"He estado viendo películas y me he aburrido bastante. Pedro el Barbas se arrancaba las muelas con los dedos en las vacías mesas de arriba del viejo bar. Luego bajaba, pedía una copita de ginebra y se iba al water. Una vez lo vi desatascar el de tíos a brazo limpio. Levantó la tapadera que había en la calle y cuando no hubo más remedio metió su fuerte brazo y sacó a pelo todo lo que obstruía el paso de la mierda. ¿Pero no te pones nada, Pedro? le pregunté. Cállate, coño. Y lo sacó y el water volvió a ir bien y él siguió bebiendo"

- Otro sistema es ponerte un clavo en la muela y apretar
- ¿Un clavo?
- Síii, coño, un clavo de esos de especia, uno de esos que se usa para guisar...
- ...
- Bah, es igual

"Maxilofacial...Sí. Había algo parecido cerca de mi piso. Una cosa de bronbuxtion o yo qué polla sé. La llevaba el nota que certificó que mi padre tenía cáncer de pulmón. Recuerdo pasar mil veces por ahí. Yo iba escuchando a Led Zeppelin y me importaban tres cojones las buxtions del mundo entero. Sí...era una cosa como de acupuntura, ahora me acuerdo, sí...Mi tía solicitó sus servicios durante el cáncer, sí...Bueno, yo qué sé...Era acupuntura, sí, pero era algo de buxtion o parecido...Joder"

- Hola, ¿me pones un vodka con seven up?

La verdad es que le metía un pollazo maxilofacial. No le queda un puto diente de la fila de arriba. Hoy me vino a desayunar pidiéndome por croissants y mierdas de esas.

- No. Churros y tostadas.
- ¿De pan Bimbo?
- No, de pan pan

Y se comió dos churros empapados en el café con leche.

He estado viendo películas y aburriéndome bastante. También me he hecho más pajas de las necesarias, qué coño. Tuve una tendinitis en la rodilla izquierda y casi que me quedé varado un día que volvía a casa tras pasear. Al día siguiente llamé al ambulatorio y esa misma tarde me vio la doctora. Es una mujer grande y fuerte, fea y seria pero simpática que también estuvo atendiendo a mi padre durante su enfermedad. Me mandó un antiinflamatorio más fuerte que mi querido ibuprofeno y todo el reposo posible en mi situación durante los diez días de duración del tratamiento.

- ¿Bebes?
- Sí
- Pues no bebas. Al menos durante estos días.
- Gracias

La verdad es que me he aburrido bastante. Llegaba a casa, encendía el ordenador y veía películas. Recuerdo una que me pareció tan ridícula que sólo seguí viéndola porque Christopher Lee había prometido salir en los títulos de crédito. Y cual no fue mi sorpresa cuando al acabar de ver esa puta mierda vi que según la Wiki era una de las obras más celebradas del cine británico de los setenta, la verdadera década maravillosa.

Bueno. Ayer dejé de comer pastillas y hoy he vuelto a beber. Anoche vi "El verdugo" para acabar con el tema. He visto mucha mierda durante estos días y quería acabar sobre seguro. Hacía años que no la veía. Me hizo mucha gracia al principio y luego no tanto. Al final casi estaba deseando que acabara.


No hay nada, no queda nada, todo se va y nada deja huella ni tus chicas ni tus pelis ni tu música ni tus paseos ni los dolores de las muelas de los otros ni los puntos ni las comas nada. Ni James Joyce.


Volví a leerlo hace un par de años. Por primera vez iba entendiéndolo pero lo dejé a la mitad sin muchos miramientos. El resto iba estando claro.


Ya antes de irme a la cama, aún viendo la peli, pensé que tenía que hacer por escribir. Lo que fuera, cualquier cosa. Escribir.


He estado viendo películas y me han aburrido una barbaridad. Me he hecho más pajas de las necesarias y poco más.


Es sábado, la noche esta está el caer, he visto muchas películas y me follaría a una tía sin dientes de arriba.

viernes, 26 de abril de 2019

CANGREJOS




- ¿Cuatro por tres?
- Doce
- ¿Siete por cinco?
- Treinta y cinco
- ¿Ocho por nueve?
- Setenta y dos
- ¡Y todavía dice que tiene la cabeza turuleta! -dije riendo
- Tengo la cabeza turuleta -volvió a repetir la yaya

Mi madre le dio un pedacito de bizcocho que comió con gusto tras mojarlo un poco en el té.

- ¿Cuantos años tienes? -le preguntó
- Ochenta y ocho
- ¿En qué año naciste?
- No me acuerdo. Esto es una casa de locos. Tengo la cabeza turuleta.

La cafetería de la residencia estaba a medio gas en ese momento. Eran las seis de la tarde y la espléndida luz del sol poniente se derramaba generosa por los amplios ventanales. Alcé la mirada y vi los molinos a lo lejos. Pequeños y blancos, coronados en negro, parecían uno de esos paisajes que tanto se pintaban por aquí. La vista era magnífica y así se lo dije a la yaya, que no se dignó a volverse para verlos. Miraba su té y el bizcocho y a veces a mi y a la pared que había tras de mi. Las gafas ahumadas la protegen de las miradas de los otros.

- ¿Quieres que te limpie las gafas? -le preguntó mi madre cogiéndola por la mano- Qué fría estas...Trae, déjame las gafas -le dijo con cuidado

La yaya inclinó un poco la cabeza y entonces mi madre le quitó las gafas y ella miró como lo hacía. De vez en cuando me echaba furtivas y desconfiadas miradas. Enseguida las tuvo limpias.

Hubo más preguntas que fueron contestadas con casi absoluta seguridad. El nombre de sus padres, el de sus hijas, el de su hijo...Mi madre comenzaba a tararear una tonadilla típica y ella la terminaba de corrido, sin entonar. Dichos y refranes antiguos propios del pueblo fueron completados tan maquinalmente como la forma en la que tenía de coger el vaso de té, cosa que hacía con una seguridad y soltura tal que sorprendía en alguien tan frágil. Era algo tan extraño que cuando reparé en ello sólo esperaba que volviera a hacerlo.

- Vámonos -dijo un poco nerviosa
- Espera que todavía es pronto -contestó mi madre- Come un poco más de bizcocho que está muy rico -cosa que hizo obediente

Todavía faltaba un cuarto de hora para el turno de tarde en la administración de la insulina a los internos diabéticos. Pero a la yaya siempre le gusta ser la primera para ser la primera en irse. No le gusta relacionarse con los otros internos. No se habla con nadie.

Se habló un poco más entre las cada vez más frecuentes peticiones de la yaya para que nos fuéramos. Me fijé en las manos de mi madre, ya venosas y con lunares, cuando ella cogía las pequeñas y arrugadas de la suya para darles algo de calor.

- Estas fría, mama
- Esto es una casa de locos

Cada respiración acababa en una especie de pequeño lamento inconsciente, imposible de ser voluntario. Era como si estuviésemos en la cafetería del Everest en lugar de la llanura manchega. Eran ochenta y ocho años sin fecha de nacimiento.

- Adiós -dijo levantándose una joven cuidadora que sola había estado merendando unos gusanitos sobre un plato en la mesa de al lado. Me recordó vivamente a una camarera que conocí hace algunos años. Pero no podía ser ella: era tan joven como cuando la conocí.

Un hombretón, sin duda el hijo de la anciana que tenía enfrente, hacía de tripas corazón para no llorar ahí mismo mientras mezclaba las fichas de dominó. Su mujer, o su hermana, y una madura cuidadora acariciaban a la señora anclada a una silla de ruedas. En el otro lado de la misma mesa estaba ese señor mayor que pasa todo el día ahí con su impedida esposa, una mujer que parece muerta. Mi madre me dijo una vez que el pobre sólo se va a dormir a su casa. El resto del tiempo lo pasa junto a ella.

- Vámonos. Esto es una casa de locos. Tengo la cabeza turuleta
- Espera un poco, mama. Todavía no es la hora.

Una mujer aún joven pero deforme por la obesidad entró dando voces en la sala con una peineta de papel en la cabeza. Una anciana empujaba su andador mientras le decía algo. Hace poco que abrieron un ala para enfermos mentales. A veces se mezclan. Supongo que se habrán hecho amigas.

Cuando llegamos a la residencia ellos salían a dar un paseo por los alrededores en compañía de personal de la residencia. Eran veinte o treinta y no vi a ningún viejo. Sí vi a un amigo de la infancia, un chaval que inexplicablemente perdió la cabeza muy pronto. Era fantástico jugando al fútbol, rápido como una liebre y muy hábil, imprescindible en el equipo del barrio. Callado y tímido, delgado y rubio, criado en una humilde familia muy religiosa, era el segundo de tres hermanos, tan diferentes entre ellos que de no ser imposible cualquiera hubiese pensado que eran de distinto padre. Luego, años después, cuando todo aquello hacía tiempo que se había deshecho, me enteré de que "se había vuelto loco" A veces lo veía andando por ahí y nunca me atreví a decirle nada. Tampoco hoy.

Llegaron casi las siete y no hubo más remedio que levantarse. La yaya insistía e insistía y mi madre cedió no sin antes meter una torta dulce en el bolso de la yaya.

- ¡Pero como le das eso si es diabética!
- Esta es sin azúcar
- Pero qué va a ser sin azúcar...-dije en tono de cariñoso reproche- En fin, supongo que ya da igual

A la yaya le gusta lo dulce, tiene ochenta y ocho años y quizá por ese químico balance aún le funciona la memoria mecánica y el coger el vaso de té mejor que su nieto el de whisky cuando le da por escribir.

Salimos de la cafetería y poco a poco, cediendo el paso las más de las veces, llegamos como al entrar pero al revés al gran salón todavía sólo iluminado por el sol poniente. Algunos internos miraban el televisor, otros hablaban con familiares o cuidadoras y había quienes parecían dormir. La gran mayoría eran mujeres. Mi madre, siempre cariñosa, saludaba a algunas mientras la yaya pasaba de todo el mundo en busca del pinchazo y la inyección.

- Bueno, yo me voy -le dije a mi madre- Te espero fuera. Dame un beso, yaya

Encendí un cigarrillo justo en la puerta. Eché unos pasos como si todavía estuviera dentro y miré tras los ventanales. Era una especie de biblioteca o algo así, sólo que tenía el mismo aspecto que la infantil de la municipal que tanto visito. Agudicé la vista y conseguí ver el título de un libro que descansa de espaldas, "El Atardecer" No pude ver quien era el autor. Pronto llegó una limpiadora, una mujer de ajado y cansado rostro, y la dejé hacer su trabajo.

Un poco más allá estaba una especie de sala de gimnasio. Era como esas que ves en los parques, sólo que limpia y algo mejor dotada. Una especie de conos de plástico estaban apilados uno encima de otro a modo de matrúska rusa. El sexo vino a mi cabeza y eché a andar unos pasos más allá, hacia donde daba el sol.

Allí, en ese lado, en los alrededores de aquella laguna, varias tías me la chuparon hace años en el coche. También las he cruzado en bicicleta no hace tanto, ¿o puede que sí?, más o menos...Si miras al frente ya ves la grandeza del pueblo y todo eso...Si miras un poco más allá, hacia arriba, ves la gran antena del cerro y los molinos a su derecha. Y si sigues girando el cuello te encuentras esas casas derruidas de los alrededores de la residencia, esas que alguna vez hollaste, tan asustado como excitado, en tus solitarias excursiones de juventud, cuando de la residencia no existían ni el sueño de sus planos. Y si ya mueves los pies lo suficiente como para no partirte el puto cuello ves la limpia torre norte de la residencia con su imponente letrero dedicado a la virgen del pueblo, nuestra señora.


Mi madre al fin salió. Me hubiera dado tiempo a echarme otros dos pitos. Las nubes pequeñas, bajas y leves, ya parecían cangrejos.


- ¿Qué tal?
- Nada. Ciento cincuenta.
- ¿Te llevo al centro comerciaaaal?
- Sí, tonto


La llevé. Había quedado con su cuñada.


- ¿No te quedas conmigo?
- No, me voy ya


martes, 23 de abril de 2019

A MI AMIGO NAPOLEÓN XVI




La Tierra es plana y los gorilas son tíos disfrazados.

Dicen que Napoleón ha muerto pero yo no me lo creo. Él hubiera dicho lo mismo que yo. Y don Quijote también.


¿Recuerdas como nos conocimos? Seguro que sí. La gente como nosotros siempre recuerda esas cosas. Tú ya andabas liado con tu Tierra plana y yo pasé y te apoyé. Aquello estaba lleno de tíos disfrazados de personas que intentaban ridiculizarte sin conseguir hacer mella en ti. Tú porfiabas una y otra vez, defendiendo y atacando al mismo tiempo como un gran maestro de ajedrez. Ellos, esos tíos bien disfrazados de sí mismos, hacían por destrozarte, por quebrantar tu ánimo, y ni trabajando en equipo como sin duda lo hacían podían contigo. Eras como Fischer en su camino hacia el título. Yo te leía y te daba las gracias por sistema, escribieras lo que escribieras. Tú te diste cuenta y me enviaste un privado agradeciéndomelo. Ahí me di cuenta de lo buena persona que eras. Ahí me di cuenta de lo solo que estabas.

Los tíos disfrazados de tíos como nosotros insistían una y otra vez en lo mismo: "la Tierra es redonda por esto, por esto y por esto" Y tú les contestabas que no, que era plana porque que era lo más lógico y porque ninguno de ellos había estado en el espacio para verla desde arriba. De hecho nadie lo ha estado, ni rusos ni americanos. Lo de la vela que se ve cuando el barco ya no está lo explicaste mil veces. Ellos hablaban del efecto Coriolis o parecido. Ni me molesté en buscar qué cojones era eso. Yo estaba contigo: sube una montaña, mira el horizonte y dime donde hay una puta curva. Se puede ver Mallorca desde Alicante. Se podría ver Australia desde el cerro manchego que subo todos los lunes si mi vista no fuera tan mala. Malditos hijos de puta. No entienden nada.

Esos tíos son así, Napoleón. Han estudiado lo de los otros y se lo saben; también sus experimentos. ¿Pero eso qué significa, Napoleón? Tú lo supiste ver bien: significa que saben y confían en lo que otros dijeron. Este y no otro es tu gran mandamiento, superior incluso al que dijera el gran Petrossian: donde él decía "confía, pero comprueba", tú dices "no confíes, comprueba" ¿Y quien podrá decir que tu juicio está equivocado? ¿quien con dos dedos de frente puede creer en nada ni en nadie de este mundo? ¿que es duro pensar así, algo propio de esquizos, de enfermos mentales, de fracasados, de defectuosos? Que les jodan, Napoleón. Que les jodan.

Esos tíos, Napoleón, esos tíos disfrazados de tíos como nosotros, son gente mala. Pues sí este es un mal mundo como sin duda lo es y ellos se sienten cómodos en él es porque son malos. Tú eres el bueno y yo también. Y don Quijote también lo fue mientras fue. Y cuando cansado, muy cansado, dejó de serlo se murió de puro aburrimiento, sin necesidad de enemigo alguno que quisiera darle muerte porque ahí ya no había nada que matar. Pero antes de eso se enfrentó a los gigantes, a los leones y a los malos curas y a las malas putas de los que este infierno está lleno. Y dime, Napoleón, ¿quien más grande que don Quijote? Casi todos se reían de él, algunos hasta le pegaban y los más herían sus sentimientos. Y él seguía adelante con la sola ayuda de su voluntad y su fuerte brazo. No hay más, Napoleón, no hay más...Dos cojones, amigo, eso es todo lo que se necesita en esta puta vida. Dos cojones, un Sancho Panza y una muchacha dulce y hermosa que sólo esté en tu cabeza, lejos del alcance de los demonios que subyugan los foros y mercados de su tierra redonda.

Supongo que sabrás que siempre andaba por tus hilos. Hilo que abrías, hilo al que entraba para darte las gracias. Me doy cuenta de que ahora hablo en pasado. Quizá sea verdad que estés muerto. Estoy bebiendo y ya sabes...

Aquel último que escribiste, el de los gorilas que en realidad eran tíos disfrazados, fue de lo mejor que he leído en la vida. Reconozco que esa vez me reí con sólo ver el título. Incluso te di las gracias por anticipado. Y luego te leí y vi que volvías a tener razón. Eras increíble. Sólo alguien increíble puede conseguir que los buenos crean.

Eras alguien increíble, Napoleón. Eras un tío cojonudo. Eras valiente y arriesgado. Eras honrado y justo. Eras inteligente y culto. Eras un tío que se pasaba por los cojones los meses de marzo y abril.


Anoche supe que te llamabas Carlos y que sólo tenías 33 años (¡como no, amigo!) cuando hace diez días decidiste quitarte la vida en la habitación de un hotel.


Hasta para eso tuviste estilo.


Te voy a echar mucho de menos.


Mucho.











jueves, 18 de abril de 2019

NI REGLAS DE MIERDA

No hay motivos, ni sistemas, ni reglas de mierda. Es decir, hoy yo podría excusarme diciendo que el primero que vino al bar esta mañana fue el borracho de Loren, hoy tan extraordinariamente sereno (aún pidiendo lo mismo que de costumbre) como todos los grandes borrachos más o menos presentables que he conocido en mi vida; o que anoche dejé la bata colgada de la percha en lugar de tirada en la tarima de la cama; o que no terminé de ver una famosa película que me aburrió tanto que entre medias tuve que hacerme dos pajas; o que cuando yo soñaba durmiendo empezó a llover por primera vez en no sé cuantos meses...Sí, tal vez haya sido esto último. Están las presiones atmosféricas y todo eso, mucha gente lo dice sin saber de qué cojones están hablando pero les funciona: "me duele un hueso...me duele la cabeza...me duelen los huevos...me duele el alma"

Ayer por la tarde vino uno al bar, un chico que es igual a José Sacristán cuando trabajaba con Franco, y no sé como fue que el ciego, siempre alerta, me pregunto qué tal estudiante era yo. Yo dije la verdad o al menos así es como la recuerdo: uno de los primeros de la clase hasta que la llegada de la testosterona. Con todo aguanté tres o cuatro años más hasta dejarlo por imposible para hondísimo pesar de mi madre y un tanto menos de algunos maestros.

- Las compañías...-dijo el ciego
- No. Yo -respondí

Sí, recuerdo mirar medio escondido tras una esquina hacia el bar donde estaban bebiendo los malotes de mi clase y los nervios y las dudas que me asaltaban mientras me decidía a dar el paso que, tras mucho dudar, al final di, pero eso era normal. Entré, me hicieron sitio, bebí y puede que me emborrachara, no me acuerdo. Sí tengo memoria eterna de la primera, previa a esta, "¿Estáis beodos, Kufisto?" nos dijo el cura a mi amigo y a mi sacándonos de la misa...¿Beodos? ¡beodos!...nos descojonamos en su puta cara vaticanosegundista. Así que probablemente aquella fuera la segunda. No he vuelto a probar el anís ni sus sucedáneos desde entonces.

Loren controla bastante. Jamás me ha dado un espectáculo en el bar y considero como muy improbable que lo haya dado en ningún otro sitio decente. Está alcoholizado, pero como lleva toda la vida en los aledaños del negocio sabe estar. A veces parece como si viera moscas de medio kilo, pero las mira como si estuviera acostumbrado a las que pesan tres. Tiene un hermano mayor gordísimo y jubilado que vive con él y lo trae por la calle de la amargura con sus guisos y sus mierdas. No piensa más que en comer.

- ¿Qué comemos hoy? ¿unas gachas? -le pegunta
- No...no tengo hambre...
- Venga, unas gachas
- ¡Que no tengo hambre!

Y hace medio kilo de gachas.

- Kufisto -me dice-...Estoy hasta los cojones de él.

Recuerdo que al principio de dejar de trabajar por la noche, el primer año, ya con los cuarenta cumplidos, me tragué el Via Crucis romano casi entero. Un poco como la primera vez que tuve un día de descanso después de siete años sin tenerlo en el viejo bar. ¿Sabéis lo que eso? ¿Podéis siquiera entender lo que son siete años a piñón cuando andabas en la veintena? No, no podéis. Aquella tarde primera de libertad me fui a una pizzería y me puse guarro a mierdas. Los espejos fijados en las paredes devolvían las miradas como si fueras la Mona Lisa.

Patatas y carne, patatas y carne...

Y una cerveza. Y otra. Y son las tres y media, hora del bar, y te vas a la cinco, puedes controlarlo. Luego habrá tiempo para todo lo demás. Aguanta. No bebas whisky todavía. Aguanta...


No hay motivos, ni sistemas, ni reglas de mierda...


Es decir...



martes, 16 de abril de 2019

FOTO FINISH

La chica, alta y delgada, parecía salida de un anuncio de champús para mujeres. Una larga melena lisa y negra se balanceaba graciosamente sobre la espalda al vivo compás que los tacones le iban marcando. Caminaba junta a una mujer mayor, quizá su madre. Un vestido de color azul dejaba ver los hombros y las blancas rodillas. La cara ovalada y limpia, la boca pequeña y el pecho escaso y firme terminaban por causar una mezcla de resignado estupor. Los ojos miraban al frente o a la mujer que hablaba junto a ella. Pasé a un metro suyo y estoy convencido que no me vio.

Un par de pasos más adelante, sin solución de continuidad, echado con la cara hacia la pared en uno de los bancos pegados al Hogar del Jubilado, yacía un hombre ya mayor a cuenta de las canas que dejaba ver la sucia gorra que aún así llevaba puesta. Debajo del banco, a la hipotética altura de la mano, un litro de cerveza metido en una bolsa de plástico esperaba. El hombre dormía sobre la dura madera en posición fetal. Una pequeña mochila apoyada en una de las patas de hierro que agarraba con el brazo derecho hacía las veces de almohada para el cuello.

La tarde era espléndida. El sol todavía brillaba alto dejando caer sus dorados rayos en el intenso azul del cielo que apenas era interrumpido por ligeras nubecillas blancas y altas. Allá a lo lejos, en lo alto del chimeneón, una cigüeña guardaba su nido.


Todavía lo miraba sonriendo el niño, el cuello casi dislocado, una piruleta en la mano, cuando pasé junto a ellos.


- ¿Y el papá donde está? -le preguntaba a su madre
- Por comida. Enseguida volverá.


Doblé la esquina, llegué a casa y miré atrás antes de meter la llave en la cerradura.

sábado, 13 de abril de 2019

CUANDO SALTAN LOS PLOMOS

- No te entiendo, madre.

Cuatro meses habían pasado desde la última vez que la entendiera. Un ictus la había privado de articular palabra y de la movilidad del lado izquierdo del cuerpo. Los médicos dijeron que parecía imposible que hubiese sobrevivido al ataque. Varias veces todos los hijos fueron llamados al hospital en vista de la cercanía de la muerte, pero sobrevivió. Y a las tres semanas de aquello estaba de vuelta al piso de su único hijo soltero.

Cuatro años habían pasado desde que lo jubilaran por incapacidad total. La vista, ya pobre desde pequeño, había alcanzado la degradación suficiente como para darlo por inútil e incluso peligroso para el trabajo. Desde entonces se había dedicado por entero a cuidar de su anciana madre (ya casi sorda y muy debilitada de salud) en la vieja casa familiar que hacía tiempo sólo ocupaban ellos dos. Y si al principio había podido permitirse dejarla sola para salir un rato, esto pronto se acabó tras una mala caída de su madre.

La casa grande se hizo enorme y el hijo decidió comprar un pisito cercano adonde vivía una de sus hermanas. Así, pensó, las cosas serían algo más fáciles. Pero las buenas palabras y las mejores promesas de sus hermanos pronto quedaron en el olvido y sólo su vecina hermana le echaba una mano cuando podía.

Estaba claro: él no tenía familia propia ni nada que hacer y era el más indicado para cuidar a la madre. Por supuesto que ellos siempre estarían disponibles en los escasos momentos que las familias y los trabajos les permitieran, tan excepcionales que muy pronto acabaron siendo poco menos que protocolarios y a la carrera. Pero no importaba. Él cuidaría de su madre hasta el fin. Y luego, todavía sin ser un viejo, aún tendría algún tiempo para vivir. Quizá encontrar una mujer, o quien sabe si formar una familia, o dedicarse a viajar por ahí, sí...Durante toda su vida había sido ahorrador y disponía de un bonito capital que unido a la pensión y a la ausencia de deudas daban de sobras para vivir lo que le quedara sin locuras pero tampoco con privaciones.

Aquella mala caía trajo consigo una rotura de cadera y esto lo complicó todo un poco más. A nadie parecía importarle y momentos había en los que en silencio maldecía a sus hermanos por su indiferencia. Alguno hubo, ya al borde de sus fuerzas, en el que llegó a decírselo de viva voz con el consiguiente enfado para todos, cosa que acabó por hacerle ver que de aquellos hermanos que fueron quedaba muy poco. Les dijo que nunca más volvería a pedirles nada. Y así, con la sola ayuda de la hermana, continuó cuidando de su madre.

¿Qué había hecho él? ¿por que tenían que haber salido las cosas así? ¿qué culpa, qué crimen había cometido para merecer todo eso? La opción de la residencia para mayores siempre estaba ahí, claro, pero él se negaba a admitirla: no dejaría a su madre en manos extrañas.

Un día la hermana le habló de las monjitas que vivían a la vuelta de la esquina. Allí iba la madre a oír misa cuando todavía podía valerse por sí misma. Tenían algunas habitaciones y podían encargarse de ella, además que en cualquier momento podrían ir a visitarla. Y tras muchas dudas y algunas preguntas veladas eso fue lo que hicieron. Dos semanas más tarde estaba de regreso en el piso. Dos semanas habían sido suficientes para darse cuenta de la desidia con la que las monjitas trataban a las ancianas. Su madre no protestaba pero él podía verlo en su cara: "siete hijos para que al final tengan que cuidarme estas malas monjitas a las que nada les importo"

La Navidad estaba próxima cuando llegó el ictus. Y ahora sí, la apuntaron en la lista de espera para la residencia de ancianos. Tan sólo había que esperar las vacantes que fueran quedando. Ella era la cuarta en la lista.


Cuatro meses habían pasado desde la última vez que la entendiera. Sonidos ininteligibles salían de su boca torcida por la enfermedad. Había que vestirla y lavarla, darle de comer y llevarla al aseo, no olvidarse de poner las barreras en el sofá y en la cama para que no se cayera al suelo, acompañarla y estar con ella, ver la televisión y mirar la primavera por la ventana...

Ya habían caído tres en la residencia. La próxima muerte sería la puerta de entrada para su madre. Pronto le llamarían. Todavía tenía que venir algo de frío. Y si no qué más daba: aquello estaba lleno de viejos esperando morir. No podía faltar mucho.


La magnífica tarde estaba apagándose tras las cortinas del salón. En la tele un tronante presentador se dedicaba a hacer de casamentero entre una pareja de nerviosos viejos maquillados. La luz de la lámpara del techo, encendida desde hacía rato, poco a poco iba haciéndose más presente convirtiendo la estancia en algo casi fantasmal para nuestro amigo. La madre río un poco con alguna ocurrencia del guapo presentador y dijo algo que nuestro amigo no entendió. Y la miró y tuvo miedo. Y la madre siguió diciendo algo entre caóticas risas sin quitar la vista de la pantalla y él siguió sin entender.


- No te entiendo, madre...De verdad que no lo entiendo.


Y se fue la luz.